Blogia
soyquiensoy (Ricardo R. González)

Con 2...

«Con 2 que se quieran» Reynaldo González (Parte I)

«Con 2 que se quieran» Reynaldo González (Parte I)

 “Hay que hacerse gente”

Amaury Pérez. Buenas noches, estamos en “Con 2 que se quieran”, como siempre digo en el corazón de Centro Habana, en el barrio de Lezama, en los legendarios Estudios de Sonido del ICAIC. Hoy está de invitado, honrando con su presencia nuestro pequeño espacio, el eminente escritor cubano Reynaldo González. ¿Qué tal, Rey, cómo estás?

Reynaldo González. Pues muy bien, encantado de la vida, encantado de estar contigo.

Amaury Pérez. Es una vieja amistad que vamos a intentar trasladar a la televisión.

Reynaldo González. Sí señor, “Con 2 que se quieran” y un viejo amor.

Amaury Pérez. Un viejo amor. La primera pregunta es: ¿qué significa ser Miembro de Número de la Real Academia…

Reynaldo González. …De la Academia Cubana de la Lengua, que está vinculada con la Real Academia.

Chico, es tener una distinción por haber usado el idioma y por estarlo usando y dentro de lo posible, contribuir a que se use bien, se estudie, se conozca, no se maltrate, porque el asunto es que la prisa ha ido convirtiendo, no el nuestro, todos los idiomas, en una bagatela y hay que impedir que la prisa acabe con tantas cosas como ya ha ido acabando…

…Porque estamos rodeados de una prisa, de una turbulencia que va arrastrando las virtudes, va arrastrando los afectos, va arrastrando tantas buenas cosas; es como una especie de ciclón, que ha ido acabando con tantas cosas… ¿Sabes que el Miembro de Número es de nominación y por votación secreta y directa? Yo saqué el total de votos; fue por unanimidad.

Amaury Pérez. Pero, ¿por qué de Número?

Reynaldo González. De número, porque ocupa un número, son 28 porque son los números de las letras del alfabeto. Aparte de eso puede ser que se trabaje con las letras mayúsculas para multiplicar los miembros en el país donde haga falta hacerlo. Y el que no vive en la ciudad donde existe la Academia, puede ser miembro correspondiente de la Academia. Nosotros tenemos miembros correspondientes que son personas que viven en otros países, pero son grandes personas que nosotros queremos tener cerca en el afecto y en el trabajo también.

La palabra “de Número” es por los sillones; usted ocupa el sillón tal y a mí me tocó la T de Santo Tomás de Aquino, y eso me alegró mucho.

Amaury Pérez. Aparte de lo que usted me dijo, de tratar de que el idioma no se maltrate, etc. En un país donde el idioma es tan cambiante, como el nuestro, donde aparecen palabras nuevas constantemente, ¿qué hacen ustedes?, ¿aceptan esas palabras?, ¿las discuten?

Reynaldo González. Aquellas que vale la pena incorporar se incorporan, hay palabras que pasan y desaparecen; hay muchos modismos que quedan después. Y hay otras palabras que creemos que estamos inventando y resulta que están en el idioma del Siglo XV. De momento me he encontrado palabras -¡Ah, esto!, ¿será un cubanismo?-, la buscas y está allí, ya existía. Cuando trabajas con un diccionario etimológico encuentras realmente que esa palabra existe, que está ahí.

Amaury Pérez. Y para que un intelectual pueda ocupar una silla de estas ¿tiene que fallecer la persona que la ocupaba?

Reynaldo González. Sí, lamentablemente, la vida sigue a la muerte. Por ejemplo, este año hemos perdido a Ángel Augier, quien murió de 99 años, llegando a su centenario.

Yo le decía: “Usted va a ser el Presidente del Comité Pro Centenario de Ángel Augier”. Ahora que murió Ángel, habrá que buscar un sustituto que lo merezca. Preferentemente filólogos, también intelectuales porque visten bien, o porque sus obras lo ameritan.

Yo recuerdo que lo que aceleró mi entrada a la Academia fue mi novela Al cielo sometidos, que fue un juego con el idioma del Siglo XV, de tal modo que la gente creía que estaba leyendo una novela en español antiguo; utilicé algunos trucos, un español virtual que yo creé para eso. Eso sorprendió a mucha gente.

Amaury Pérez. Ya hablaremos de Al cielo sometidos,  una novela que a mí me parece fantástica. Ahora, una de las cosas que a mí, enseguida que pensé en entrevistarlo, en invitarlo al programa, siempre dije: cuando pienso en Reynaldo, además de su literatura, de su ingenio, de su inteligencia y de su belleza, que todavía la conserva…

Reynaldo González. Muchas gracias por el piropo.

Amaury Pérez. …siempre pienso en su sonrisa. Reynaldo es un hombre que siempre se está riendo.

Reynaldo González. Quizás por aquello de “al mal tiempo buena cara”, ¿no?, no me enseñaron a quejarme: aunque te duela, no te quejes. Quejarse busca más desgracia. Hay dos cosas que atraen mucha desgracia: la queja y la tacañería. El tacaño muere solo y pobre. Está escrito. Por eso los gitanos dicen: si tienes tres, puedes dar uno; si tienes cinco puedes dar dos, pero nunca des más de lo que tienes, pero no dejes de dar, porque el tacaño muere solo y triste.

Amaury Pérez. Y también decía la Madre Teresa: hay que dar hasta que duela.

Reynaldo González. Eso es muy femenino. No es mi caso. (Risas)

Amaury Pérez. Reynaldo, usted es Premio Nacional de Literatura. ¿Uno siempre merece los premios?, en lo profundo de su vanidad. Está en su casa y dice: me dieron el Premio, me lo merezco, ¿o duda?

Reynaldo González. Mira, ese es un pensamiento mezquino. A uno le dan los premios… y si los premios vienen, bien, pero no hay que envanecerse con ellos. Yo estoy muy contento con mis seis Premios de la Crítica, porque son por libros específicos… El Premio Nacional de Literatura es un regalo que te da el país, un reconocimiento alto, pero nunca olvido aquellos premios que fueron por libros específicos. Seis es una escala, ¿no?, y ser Premio Nacional de Literatura te complica más… si yo mañana hago una chorrada y escribo una tontería, dicen: “mira, mira, lo que hacen los Premios Nacionales de Literatura”, ¿comprendes?, Creo que hay que tener más cuidado a partir de ahí.

Amaury Pérez. Pero en el discurso, precisamente en el discurso de aceptación del Premio Nacional de Literatura, usted dice, voy a citar: “Más hecho a homenajear que a recibir honores, ante el Premio Nacional de Literatura, vivo una pausa en un largo camino entre el ayer que fui y el que ahora soy.” ¿Qué hay del que fue en el que es?, sería mi pregunta.

Reynaldo González. Uno cambia y sigue siendo el mismo, hay muchísimo, porque uno olvida pero no perdona, o uno perdona pero no olvida. Y porque uno recuerda para crear, en el caso de un narrador, en el caso de un escritor; uno vive también del pasado, uno succiona del pasado lo bueno, y lo malo te deja una resaca amarga, ¿no?. No vas a dejar de ser tú nunca, vas a ser tú con añadidos, con enriquecimientos y ojalá todos esos añadidos sean bondades. Porque el camino del hombre está previsto que sea hacia la perfección. La perfección no puede vivir sin bondades. Del pasado, uno se propone -es mi caso-, recordar aquello que te enriqueció -a veces, hasta los golpes enriquecen-. Uno no es igual cuando ha sufrido. He tenido hostilidades, dificultades que no me merecía, o que no esperaba y, al mismo tiempo siempre hubo alguien que me tendió la mano y me hizo sentirme no tan solo en el mundo. Hubo momentos en que, realmente, Amaury, me sentí muy solo, una soledad pavorosa, pero esa mano de alguien, que a lo mejor no se dio cuenta, me hizo entender que la vida no terminaba ni iba a ser peor, iba hacia adelante, iba a mejorar.

Uno no camina para atrás, eso lo hacen los cangrejos; el ser humano camina, después dobla, pero camina siempre hacia delante. Tenemos esa virtud. Y eso te hace mirar el horizonte, el horizonte nunca es triste, aunque en una isla el horizonte es mar, y a veces se siente la insularidad muy marcada en una isla. Caminas, el mar, caminas, el mar, pero ahí adentro, hay un montón de personas que te quieren.

Amaury Pérez. Bueno, ahora se le dedicó la pasada Feria  del Libro. Cuando se enteró de que le iban a dedicar la Feria del Libro, ¿en qué pensó enseguida?

Reynaldo González. Lo primero que pensé es si me lo merecía.

Amaury Pérez. No, pero enseguida uno piensa en las reediciones. Es la oportunidad de que te reediten toda la obra, ¿no?

Reynaldo González. A mí se me convirtió en un problema. Mira, algunos libros no fueron tecleados antes en computadora, ¡imagínate esto!. Tenía yo que revisarlos como nuevos, no hay pesadilla peor. Entonces, por otra parte, decía: si los cambio y los mejoro tanto, ya no soy aquel que los escribió.

Amaury Pérez. Claro.

Reynaldo González. Ahora le voy a insertar aquel conocimiento, utilizar ardides, truquitos, palabras que tienen otro significado y que mejoran aquellas.

Amaury Pérez. Sí, un libro reescrito

Reynaldo González. Reescribí un libro, una novela.

Amaury Pérez. Sí, ¿cuál?

Reynaldo González. Siempre la muerte, su paso breve.

Amaury Pérez. La que fue mención del Premio Casa de las Américas.

Reynaldo González. Mención del Premio Casa de las Américas.

Amaury Pérez. En el 68.

Reynaldo González. Sí, pero esa novela tiene su novela. ¿Puedo contártela?

Amaury Pérez. Sí, claro, claro.

Reynaldo González. Mira, cuando escribí esa novela tenía 27 años, era muy atrevido. Yo estaba muy informado de las modernidades, estaba muy al día. Trabajaba en el Consejo de Cultura recibiendo los libros de literatura y poniéndolos en las bibliotecas y me propuse hacer una novela corta. Pero todo el mundo cuenta la novela: un paseante que va por la calle, cuenta la novela, y eso era muy difícil de llevar y además usé mucho la segunda persona. Se dice que yo fui el que introdujo la segunda persona en Cuba. Yo no me engaño, eso lo hizo Carlos Fuentes, en Aura, en México y es una maravilla, un recurso muy caprichoso. Al personaje central le cuentas su novela, le cuentas qué le pasó.

Pero esta novela tenía algunos momentos difíciles, en un momento en que afloraba una concepción nueva, completamente ridícula, estrecha, totalmente desencontrada con la sentimentalidad y la sensibilidad cubanas, y yo tenía tres héroes en la novela. Uno propiamente héroe, el conductor de un proceso revolucionario en medio de la lucha clandestina contra Batista. El otro es un homosexual, que realmente era la joya de la corona, porque era divertidísimo.

Amaury.Pérez Es un personaje muy divertido en la novela.

Reynaldo González. Nadie se ha preguntado qué le pasó a Silvestre. Yo le puse Silvestre, porque una persona como él se da como la verdolaga. Y el tercero es el protagonista, que es un adolescente que empieza a vivir admirando a uno y al otro y siguiendo al héroe, porque se está integrando a la Revolución.

Pasa el tiempo y pasa un águila por el mar y en 1982, me la piden para publicar y ahí sale la segunda versión. Pero te digo la verdad, todavía sin Silvestre. Pues ahora, tú has dicho hoy, hemos hablado del premio tal, del premio más cual, que me dedican la Feria y todo eso, pues es en este momento en que va la novela como yo la concebí.

Amaury Pérez. Pero, ¿el personaje Silvestre, el que usted rescató ahora, es el que usted tenía en su imaginario entonces o es el que ha llegado con los años, el que le ha traído el devenir?

Reynaldo González. No, no, está el de entonces. Todo eso que corté, como en el cine, lo guardé en un sobre amarillo. Y ahora lo saqué y lo incorporé.

Amaury Pérez. Entonces ha servido, entre otras cosas, aparte de que le dedicaron la Feria del Libro, para sacar Siempre la muerte, su paso breve como lo soñó Reynaldo.

Reynaldo González. Pues sí, como fue pensada, como lo soñé.

Amaury Pérez. ¿Y Miel sobre hojuelas? Por qué no hablamos de ese primer libro, de ese libro iniciático de cuentos…

Reynaldo González. Sí, pero a mí no me gustaba ya casi nada, era un libro muy hemingweyano. Era un libro con muchas influencias de mis primeras lecturas. Es el libro que escribo a los 24 años. Yo he sido muy precoz para tener una primera novela a los 27, y la gente no sabe que a los 19 hice una y tuve la inteligencia de quemarla. En un rapto de lucidez la quemé.

Amaury Pérez. Como Carlos Manuel Loynaz.

Reynaldo González. Estaba por allá, sí. Ese libro yo no lo quiero tanto. Todo el mundo paga un diezmo que es contar aquello que vivió y el gran reto del escritor es después contar lo que no ha vivido, lo que le ha ocurrido a otros. Es ahí donde se empieza a sentir uno más escritor, claro, es más difícil. Es más difícil imaginar, concebir.

Cuando yo leo la novela tuya, donde hay dos mujeres, dos mujeres que son impresionantes y un pajarito que detona la novela, me doy cuenta que ya tú empezaste a escribir lo que no has vivido tú. Y te voy a decir, no te voy a tirar piropos, pero, el comienzo de esa novela es tan particular, tan peculiar. ¿Tú has leído El cuarto de Jacobo, de Virginia Wolf? La señora Flanders está escribiendo una carta y mira y de momento se da cuenta que hay lluvia, que está lloviendo y es que la señora Flanders está llorando. Ese truco de Virginia Wolf está en tu primera novela.

Amaury Pérez. Reynaldo, ¿qué leía usted de niño en Ciego de Ávila?

Reynaldo González. De todo, a lo bestia. Un niño en el trópico, en Ciego de Ávila, con los aguacates que los puedes coger con las manos, y de momento sufriendo por los diálogos sartreanos de los personajes de la posguerra. Te das cuenta que era un sin sentido y aún con sentido. Y leí también los clásicos, leí mucho los clásicos.

Amaury Pérez. Pero también oía mucho la radio.

Reynaldo González. Y tenía la radio. Has hecho bien en recordarme Tarzán, Leonardo Moncada

Amaury. Tamakún

Reynaldo. Tamakún, el vengador errante. Bueno, bueno, bueno y Héroes de la justicia. Y sobre todo las novelas lacrimógenas al por mayor. Era más pañuelo que oído.

Amaury Pérez. Bueno de ahí sale Llorar es un placer, ¿no?.

Reynaldo González. Bueno, después con los años me puse a escribir, pero no como se quiere ver para atacar a la radio. No, al contrario, creo que escuchar la radio fue muy formador y animó mucho la vida del hogar cubano. Era mejor ese refinamiento falso, si se quiere, que la bullanguería y la vulgaridad que predominaba y que con los años ha ido in crescendo y que creo que ahora tenemos que hacer realmente una campaña contra la vulgaridad.

Amaury Pérez. Reynaldo, ¿cómo era su vida de familia en Ciego? ¿Cómo era la casa? ¿Cómo era su relación con su mamá?

Reynaldo González. Una casa pobre, construida sin mano de obra pulida, tres niños con una madre viuda que trabaja para mantenerlos y para hacer posible que vayan a la escuela. No tuvimos universidad, naturalmente. Además, la universidad estaba cerrada, al final, cuando nos hubiera correspondido.

Una vida pobre, pero con una alegría interna. Yo no recuerdo con tristeza esa pobreza. Yo hice de todo para vivir; el niño que limpia piso, el niño que vende naranjas, que vende aguacates o pasteles. Pero que tiene que tener una sesión para estudiar. O vas por la mañana a trabajar o vas por la tarde, pero una de las dos sesiones a la escuela.

Y yo soy ese niño que crece mimado y al mismo tiempo con el rigor de la pobreza. Vaya, recuerdo ir hasta la biblioteca de Ciego de Ávila porque ha llovido y los zapatos no tienen calzo, voy con los pies en el agua prácticamente, escondiendo los piecitos para que no me los vean. Porque mi hermano mayor me depositaba allí y se iba a noviar con las muchachas, ya era mayor y yo ahí.

Amaury Pérez. ¿Usted es el menor?

Reynaldo González. Yo era el niño, el bebito sí, el más pequeñito de la familia, éramos tres y madre que murió muy joven, murió de 42 años, yo creo que se agotó de trabajar tanto.

Amaury Pérez. Ah, caramba.

Reynaldo González. Pero bueno, ahora no nos vamos a poner en eso. Tú me hablaste de la sonrisa, mi madre era encantadora, sonriente. Para tenernos cerca nos enseñó juegos de cartas -yo te sé jugar brisca, carta tasajo, tute, tute subastado, otro juego infame que se llama machuca. Todo eso, vamos ahora a jugar esto, porque así nos tenía al alcance de la vista y era la gallina con los pollitos y eso nos alegraba muchísimo, nos hacíamos cuentos… ¿qué leíste? Llegaba con los muñequitos del domingo. Mi madre trabajaba a veces de criada y traía los periódicos dominicales, no porque estábamos suscritos en mi casa, olvídate de la posibilidad, venían en los semanarios, pues todo eso fue formando algo que después es el escritor, yo era muy atrevido para hacer las cosas que hice, porque creía que era fácil como tanta gente cree que escribir es fácil sin darse cuenta de que es una pesadilla.

«Con 2 que se quieran» Reynaldo González (Parte II)

«Con 2 que se quieran» Reynaldo González (Parte II)

Amaury, Reynaldo, la actriz Isabel Santos y Rafael Solís, director de fotografía de "Con 2 que se quieran".

Amaury Pérez. Lo que pasa que es una pesadilla a veces muy bien recompensada.

Reynaldo González. Bueno, sí, y gozosa, porque esa gente que dice: cómo yo sufrí para escribir esto. Ay, pero qué bobería, si yo sufriera no escribiría, porque yo no soy…

Amaury Pérez. No soy masoquista.

Reynaldo González. Yo no soy masoquista, si voy a sufrir no me pongo a hacer eso, me pongo a jugar dominó, que es lo que hacen otras personas.

Amaury Pérez. Reynaldo, ahora en la Feria del Libro se editó este libro: Reynaldo González: Lezama revisitado.  Independientemente de las cosas que siempre se ponen atrás en los libros, yo quisiera que me hablara de Lezama, porque dice aquí: “Nunca me sentí transportado con tanta velocidad y deleite, como desde aquel sillón, frente a su sonrisa y su sabiduría en la magia de su conversación.” ¿Cuándo conoció a Lezama?, ¿cuánto lo pudo disfrutar?, ¿cuánto aprendió de él?

Reynaldo González. Yo lo conocí muy pronto que llegué a La Habana, pero lo traté más tarde. Yo trabajaba en el Consejo  Nacional de Cultura que estaba donde ahora está el Ministerio de Cultura y Lezama trabajaba a dos puertas de mí. Pero era un señor que pasaba, llegaba, se sentaba a trabajar y no se levantaba hasta que se iba. Sus amigos lo iban a visitar, yo no era su amigo, pero cuando salió Paradiso decidí acercarme a Lezama Lima y conocerlo bien. Escribí un artículo que se ha publicado mucho, que se llama, que le da título a un libro mío, Lezama, el ingenuo culpable, y Lezama entendió que yo era uno que servía para defender la obra, que tuvo problemas, la novela fue atacada y yo salí a defenderla. Él lo señala en una de sus dedicatorias y ahí me acerqué a Lezama. Y me acerqué, como él dice, en ánimo de justicia y con ganas de conocerlo profundamente. La vida me lo regaló todo, porque me regaló la posibilidad de editar un libro de Lezama.

Su último libro en vida Lezama en La cantidad hechizada, hace un análisis de la poesía y de la pintura nuestra en el Siglo XIX. Era un banquete. Cada conversación era una universidad, era conocer de nuevo a Zenea, a Plácido, a Milanés. Entraba en el análisis de la cultura de la burguesía esclavista con Saco. Era conocer un mundo, no de perfecciones, sino de imperfecciones. Yo le llevaba tabaco -yo fumé 14 años tabacos, Montecristo número 1-, y yo le llevaba a Lezama y humeábamos juntos. Yo me sentía levitar con Lezama porque él hablaba de cualquier cosa. La gente habla de Lezama como un hombre muy difícil, una especie de gurú, no, no, no, Lezama Lima escribía como hablaba, no era la impostación de la personalidad, pero además, creo que Lezama, como otras personas, vieron el atrevimiento de aquel “Joven del trapecio”, ¿no?, y me mimó mucho.

Hay unas cartas que se han publicado de Lezama, cuando yo estoy estudiando en un central azucarero y trabajando para hacer La fiesta de los tiburones. En las cartas me dice: “vuelve, vuelve ya, porque vamos a fumar juntos”. Y es muy bonito porque yo creo que él se dio cuenta de mi avidez por quererlo, por conocerlo y porque a través de él estaba conociendo parcelas de Cuba.

Una vez me mostró Cromitos cubanos, de Ramón de la Cruz. Lezama me dijo: “tiembla” este fue el ejemplar que leyó Martí”, y hay unas notas de Martí. Tiembla y, claro que temblé. Temblé porque era un José mostrándome al gran José. Como él decía: “en la cultura cubana hay dos grandes tendencias; una que empieza en Martí y sigue conmigo, y otra que nace en  el Norte y sigue con ellos”.

Amaury Pérez. Dicen que escribía, a veces, versos solamente para epatar a sus amigos, a sus amigos del grupo Orígenes, ¿no?

Reynaldo González. “¿Qué querrá decir?: vamos a averiguarlo juntos”, decía. Era una cosa muy bonita porque claro estaba el “epateur” jugaba consigo mismo, en cada verso ponía mucho de su vida también. Yo tuve un acercamiento respetuoso-cariñoso y en los tiempos difíciles, solamente te voy a contar algo: Estaba muy mala la cosa; la cosa está mala, la cosa. Siempre hablábamos de “la cosa” y yo unía mi poca carne que me tocaba y me iba a Trocadero y cocinaba la mía con la de él, y después yo comía poco, eso pasó varias veces. Y él me decía:  ”Usted es de buen cocinar, pero de poco apetito”, y yo tenía un hambre que parecían dos, pero me iba tan tranquilo dejándolo disfrutar. Esa penuria compartida es a lo que él llamaba la pobreza irradiante.

Amaury Pérez.  Bueno, después de ese comentario, demos vuelta a la página. Once años al frente de la Cinemateca de Cuba, sustituyendo al que parecía insustituible, Héctor García Mesa. ¿Cómo fue el Reynaldo de esos once años en la Cinemateca? ¿Y qué significaba tener el espíritu de Héctor sobre sí, a quien recuerdo tan grave, tan preocupado, tan maravilloso?

Reynaldo González. Yo fui muy buen amigo de Héctor, Héctor conocía mis investigaciones sobre los medios masivos y me ayudó mucho y de momento Héctor enferma para morir. Vienen Pastor Vega y Julio García Espinosa a preguntarme si yo podía sustituirlo.

¡Ah!, ellos se enteraron que yo quería cambiar de trabajo, llevaba 28 años editando libros. Agota mucho editar libros para un intelectual, para un creador, porque cuando llega la noche estás cansado de leer y ya no hay quién te haga tomar ni tus propias páginas, por supuesto.

Y de momento vienen ellos a decirme, y lo pensé dos veces, pero no tres: “voy”. Héctor había fundado la Cinemateca, llevaba 30 años dirigiendo la Cinemateca. Había colocado la Cinemateca de Cuba en un rango impresionantemente importante en el mundo y, todos los cinematecarios del mundo rendían pleitesía a la Cinemateca de Cuba. Y estaban los compañeros de la Cinemateca embargados en un proyecto del Congreso Mundial de Cinematecas en La Habana y Héctor enferma. Bueno, acepté y ahí conocí a un grupo de locos maravillosos, de gente que ama el cine, gente que lo cuidaba, gente que me enseñó que no solamente amar el cine era ir a ver una película de Gregory Peck, no, era cuidar un organismo vivo que puede enfermar y que puede morir. Que lo daña el aire, lo daña la humedad, lo daña la polución…  y lo peor, me entregan la Cinemateca en el Período Especial. Y había que rescatar aquello. Pues aprendí a amar el cine como materia que puede morir y aprendí que no solo se podía opinar de cine. Tú me preguntabas de momento “¿qué tal la película de Fulano?” Y yo respondía: “en el segundo escaño, a la derecha”.

Porque yo dirijo esto, no puedo opinar, yo estoy dirigiendo la Cinemateca, la Cinemateca es un archivo de cine, no produce. Ahora salió a la Feria un libro mío, se llama Cine cubano, ese ojo que nos ve. Al fin pude opinar sobre el cine cubano, antes nada; por principios, nada. Pero empecé a amar el cine y empecé a comprender más a Héctor García Mesa.

Estuve once años y yo dije: bueno, acababa de cumplir 50, estoy hasta los 60, estuve dos más. Lo hice todo recordando la gran amistad con Héctor, que tenía una visión no peyorativa de la literatura, o del arte, y mucho menos del cine. Hay una tendencia a negar el pasado. Llegó la Revolución, el cine anterior es malo, descartado. Héctor no creía eso. Él me decía: en cada película mala hay, de momento, un destello, algo bueno.

Pero sobre todo en ese cine que se trataba tan drásticamente de manera tan peyorativa, había la música cubana, el humor cubano. Un sentido popular que yo venía defendiendo en lo que iban a ser mis dos libros sobre los medios masivos Llorar es un placer y después Caignet, el más humano de los autores.

Bueno, pues esto fue una experiencia impulsado por seguir en el acercamiento a un hombre que me abrió las salas del cine para que yo viera, y que buscaba películas de esa época, porque yo estaba estudiando.

Amaury Pérez. ¿La época de Ramón Peón y Romance del Palmar?

Reynaldo González. Todo eso.

Amaury Pérez. La Caridad del Cobre.

Reynaldo González. Y sobre todo el cine impulsado por Caignet, que se hizo productor de cine, creó una productora, hizo 27 películas, 9 con textos de melodramas, o sea, que es un hombre sorpresivo, por eso después volví a trabajar sobre Caignet, que también se miraba por encima del hombro, porque somos de una facilidad para negar lo existente, impresionante. Es como cuando se habla del bufo…, bueno, pues el bufo cubrió una etapa de la información cubana, del humor cubano, del gracejo popular cubano. ¿Que había páginas groseras?, bueno, si no las hay ahora en todas partes, qué vamos a hacer. Desde la época del reguetón no podemos mirar por encima a nadie y hay que tratar de entender que cada época tiene sus parámetros.

Amaury Pérez. Yo estuve revisando: novela, cuento, testimonio, ensayo, periodismo y, sin embargo, un solo libro de poesía.

Reynaldo González. Bueno, es un libro de amor.

Amaury Pérez. Envidia de Adriano.

Reynaldo González. Es un libro de amor. Al principio imprimí dos ejemplares, uno para cada uno de los amantes.

Amaury Pérez. ¿Cómo anda de amores, por cierto, en estas épocas?

Reynaldo González. Siempre tengo buenos amores, soy de cadenas perpetuas. La vida me ha facilitado…, esa es una de las anclas posibles en los momentos difíciles. No me ha faltado el amor. Claro, el amor exige dedicación, cuidado. Las parejas no surgen, las parejas se hacen, se construyen, se defienden y se cuidan. Yo aprendí esa lección. En esos momentos estaba locamente enamorado y escribí Envidia de Adriano que es el último poema, son sonetos amorosos quevedianos, muy quevedianos.

Era una exaltación de la poesía amorosa del Siglo de Oro y, ya te dije, de la primera edición están impresos dos ejemplares. Pero después, llegó Pablo Armando Fernández, que es un ángel custodio, es un hombre bueno, un hombre que acaricia con la mirada y que llora; llora por alegría, llora por tristeza, porque te quiere, tanto te quiere que le saltan las lágrimas, ese hombre es la bondad, Pablo es la bondad y vino con ese empeño, él agarró el libro, los sonetos, que los tenía en un ejemplar mostrado para él y le hizo un prólogo y salió. Yo nunca me he considerado un poeta y no quiero ser un poeta vergonzante de domingos.

En este país la poesía se da naturalmente, nuestra polución es la poesía. Como las nubes, las metáforas van y vienen. Hay muy buenos poetas en Cuba. Hay una gran poesía cubana y yo no quería competir con gente, no quería entrar en la lidia con los poetas, al contrario, soy tan amigo de ellos… Pero ese libro fue un libro de circunstancias, logré lo que quería: que me quisieran.

Amaury Pérez. Cuando le pregunté sobre la Cinemateca, me dijo que lo pensó no tres, sino dos veces. Cuando Silvio lo llamó y lo invitó a la gira por las prisiones de Cuba, ¿cuántas veces lo pensó?

Reynaldo González. Pregúntale a Silvio: ni una. Yo creo que el flaco se quedó con las ganas de darme una “muela” y de explicarme. Oye, ¿cuándo salimos? Ya tengo la mochila.

Bueno, aparte de que yo he estado muy cerca, como tú sabes de la música popular cubana, pero aparte de eso, mis preocupaciones sociales me llevan a esa población carcelaria de la cual se habla mucho y se conoce poco, que también se mira por encima del hombro. Cuando me dijeron qué íbamos a hacer, llevar libros, llevar 305 libros a cada cárcel, los mismos, en cuya selección participé, para que fueran libros que exaltaran la vida, libros que dieran a conocer aspectos humanistas. Grandes escritores, grandes, grandes escritores.

Porque yo sé, o imaginaba lo que era el enclaustramiento de estas personas, aunque se ha hecho mucho por humanizarlo, por cambiarlo y eso nos lo demostraron, te tuve a ti cerca en momentos difíciles y recuerdo que nos mirábamos, porque había nudos difíciles en las gargantas cuando uno miraba aquellas gentes cuyas vidas injustamente por sí mismos las han echado a perder y, para recuperarlas es tan difícil. Ahí es cuando ves cómo se puede destruir algo tan rápido y para reconstruirlo qué trabajo se pasa, gente que -por eso me parecía importante ir- entrevistamos y me acercaba a ellos, almorcé con algunos de ellos.

Amaury Pérez. Sí, porque hacía más que llevar los libros.

Reynaldo González. Claro.

Amaury Pérez. Yo lo vi visitar las clínicas donde están los presos enfermos con el VIH.

Reynaldo González. Hay momentos allí en que vimos algunos sanatorios. Eran presos de distintas cárceles reunidos por una enfermedad, por una amenaza de muerte. Compartían gentes que antes no se conocían, las traían para aprovechar los recursos… Mantener vivo a un hombre con el síndrome de la inmunodeficiencia adquirida, es una cosa tremenda para un país pobre, y eso se hacía allí. Entonces, verlos, hablarles, que me contaran -yo no le hablaba de la enfermedad-, no tenía valor para eso. Le hablaba de la vida, ¿qué hacías antes?, y si sales, ¿qué vas a hacer? Y ¿cómo la pasas?

Había uno de esos lugares que tenía un jardín, un jardín enorme, entonces la preocupación de aquel hombre, todo el tiempo, era: “¿me va a mandar tal semilla? Mándeme libros sobre jardinería”, que le he mandado después…

Amaury Pérez. Que siendo presos y enfermos, hablaban de vida.

Reynaldo González. Claro, si es que el hombre nunca renuncia a la vida, eso está en la condición del hombre. Por eso es tan duro cuando un hombre mata a otro, cuando corta una vida y deja niños.

Yo me sentaba, si te diste cuenta, me sentaba después con los familiares de ellos. Iba y me sentaba con los familiares de los presos a ver la parte de ustedes, mi intervención era muy breve, y después me sentaba con ellos. No les hablaba, escuchaba qué comentaban, porque tenía mucho pudor para interrumpir eso que estaban viviendo ellos.

Pero a mí esas cárceles, este recorrido nuestro por allí, yo creo que me dio mucho elemento vital, fíjate qué curioso.

Amaury Pérez. Bueno, es que hablamos de jardines, hablamos de vida, hablamos de cosas vitales, y usted dirige justamente una revista literaria que se llama La siempreviva. ¿Qué cosa es La siempreviva? ¿Qué importancia cree usted que tiene dentro del panorama de la literatura cubana actual?

Reynaldo González. A mí se me pidió la revista, yo he dirigido revistas siempre e hice una revista para informarle a Cuba sobre literatura e informarle a los cubanos sobre la literatura de ayer que no han leído, porque aquí se lee mal, se lee mucho, yo sé, pero se lee mal, y quería que la revista fuera mostrable, que fuera hermosa, que fuera bella.

Amaury Pérez. Y es bella, además.

Reynaldo González. Es bella y debe estar rodeada de belleza y de afecto.

Amaury Pérez. Bueno, voy a volver al discurso de aceptación del Premio Nacional de Literatura, usted habló bien duro y utilizó dos palabras, por lo menos a mí me perecieron duras: victimismo y tolerancia. ¿Por qué incluyó esas dos palabras tan fuertes y están tan marcadas, porque no están de pasada en el discurso?

Reynaldo González. Tolerancia porque hubo mucha intolerancia. La intolerancia dañó vidas, entre ellas, la de Lezama Lima. La intolerancia marcó una etapa de la cultura cubana que dañó a la gente del teatro, a los escritores, a los pintores, hizo mucho daño y a la cultura se le puede hacer daño por decreto, pero por decreto no se cura el daño. De tolerancia se habla allí para cortar la intolerancia.

Yo sé lo que soy y lo que represento en la cultura cubana, y sabía que al darme a mí ese Premio Nacional de Literatura, se está reconociendo a personas como yo. Y es un paso que no tiene retroceso.

Pero hablé también de victimismo porque también cuando a uno lo han golpeado, hay una tendencia natural en las personas débiles a utilizar lo que padecieron como arma para conquistar otros escaños y me parece que realmente eso es una posición un poco incómoda, ¿no?, miserable; hay que tener orgullo. Los grandes escritores como Virgilio Piñera, Lezama Lima, tuvieron orgullo, dignidad de escritores y supieron que su destino era arduo, pero lo aceptaron como una imposición de la vida y de su propio talento y de su vocación.

Amaury Pérez. ¿Quién fue entonces el amigo que le dijo: “los viajes sí, porque ilustran; pero para morir y vivir, la Isla”? No sólo quién fue, quisiera saberlo, si se puede, sino ¿por qué dijo morir, primero que vivir?

Reynaldo González. Es una manía cubana de morir. Siempre ha habido el riesgo de perder la patria, la patria amenazada, la muerte posible, desde la época de Martí, desde la época de tantos amigos y hermanos que perdieron la vida, yo creo que fue por eso, pero realmente podríamos decir: “para vivir y morir, si toca el momento, la Isla”. Ese fue Pablo Armando Fernández y está en su novela Los niños se despiden, una frase que yo amo, porque esa radicalidad la sentí en los momentos más difíciles de la Patria.

Amaury Pérez. ¿Qué quiso decir su madre y su hermano después con “hay que hacerse gente”?

Reynaldo González. Eso, ¡que linda frase!, ¡hay que hacerse gente!. Mi madre, esa viuda que te he descrito, tenía mucha preocupación por sus hijos. Vivíamos en un barrio muy pobre ¿sabes cómo se llama el barrio? “Chincha coja”, en Ciego de Ávila. Yo nunca supe por qué.

Tiene otros nombres muy rimbombantes, pero nadie la va a conocer como otra cosa que no sea “Chincha coja”. En aquel barrio éramos tres niños prácticamente indefensos, con una madre igual, y la preocupación de ella era: hay que hacerse gente, que quiere decir: no hay debilidad posible, por eso: ¡no te quejes, no te quejes!, ¡hay que hacerse gente! Quería decir empeñarse en salir adelante. Yo estoy en ese problema, cuando sea grande te lo voy a contar.

Amaury Pérez. Bueno, Reynaldo, muchísimas gracias. Me siento profundamente orgulloso de haber vivido una parte del tiempo de Reynaldo González.

Reynaldo González. Muchas gracias a ti.

Amaury Pérez. Siempre. Soy tu amigo.

«Con 2 que se quieran» Carlos Alfonso (Parte I)

«Con 2 que se quieran» Carlos Alfonso (Parte I)

Amaury. Muy buenas noches, estamos en Con 2 que se quieran, en el corazón de Centro Habana, en Prado y Trocadero, en el barrio de Lezama, en los legendarios Estudios de Sonido del ICAIC.

Esta noche está con nosotros un gran amigo mío, un gran músico cubano, una voz única dentro del rock cubano también. El líder de varios grupos y ya hablaremos por qué que han dejado una huella importantísima en la cultura cubana y en la música cubana. Es un honor para mí recibir a mi hermanito Carlos Alfonso.

Bueno, Carlitos, como seguramente este personaje, el primero del que te voy a hablar, va a estar saliendo en toda la entrevista, porque tú eres Carlos Alfonso, pero no eres Carlos Alfonso sin tu pareja, sin tu media naranja, yo quiero que tú me hables de Ele Valdés, la gran cantante Ele Valdés, la gran animadora de Tema 4, primero y de Síntesis después, ¿cómo la conociste?

Carlos. Cuando aquello andaba con mi guitarrita a cuestas…

Amaury. …cuando aquello, ¿estamos hablando sobre qué año?

Carlos. Sobre los años 70, 71, yo andaba con mi guitarra, estaba trabajando en Matanzas. Después te voy a hacer el cuento de cómo llegué a Matanzas. Vivía en Mantilla y cerca de mi casa, por el paradero de la 68 y la 4, vivía Beatriz. Cuando aquello Beatriz era…

Amaury. ¿Beatriz Márquez?

Carlos. Beatriz Márquez, yo iba allí, la visitaba y un día estaba Ele. Yo vi a aquella flaquita, de unas 108 libras, cantando cosas de los Swingle Singers y también cosas de Michel Legrand, “Los paraguas”, todo eso con Beatriz. Miré a aquella chiquita y dije: esta va a ser mi mujer. Lo dije y entonces la perseguía, además, sin que ella lo supiera. Si la veía en una guagua me bajaba, me montaba en la otra y un día le dije que si quería cantar con un cuarteto y ella me dijo que no, pero que me podía ayudar.

Ella era muy orgullosa, siempre leyendo, no me hacía caso; y yo ahí. Después logré que entrara en el grupo, porque ella estaba con Hilario y Micky, eran dos…, una francesa y un trompetista pianista mexicano de los mejores.

Amaury. Sí, que vivían aquí en Cuba.

Carlos. Sabía que ellos un día se iban a ir y ella se iba a quedar sin cantar con ellos. Entonces vino la segunda proposición, cuando estaban ensayando en casa de Luis Carbonell.

Amaury. ¿Para armar qué grupo?

Carlos. Para armar lo que fue Tema 4. Y el rodar del tiempo, los ensayos y todo eso, Ele era casada, pero yo no le quitaba la vista de encima. A veces me decía: ¿Por qué tú me miras? Y yo ahí, hasta que no te ocupes, el gavilán ahí, persistiendo.

Amaury. Y un buen día te dijo que sí.

Carlos. Sí, un día ya, en Santa Clara.

Amaury. ¿Y cómo tú conociste a Eliseo Pino? Porque tú venías de trabajar con Pedro Luis Ferrer.

Carlos. Sí, a Eliseo lo conocí estando becado.

Amaury. ¿Dónde estaba la escuela?

Carlos. En Ciudad Libertad, tremenda escuela, creo que una maravillosa escuela, de la cual guardo, de su profesorado, los mejores recuerdos, la verdad.

Amaury. ¿Y ahí conociste a Eliseo?

Carlos. Ahí estaba Eliseo que estudiaba Electromecánica. Y ahí también conocí a Manolito que fue el que me metió a mí en la música, y a empezar a ensayar y todo eso.

Amaury. Y el gordo Pedro Luis, porque siempre me has hablado de él a lo largo de estos años.

Carlos. Nosotros hicimos un grupo dentro de la escuela, con Roberto.

Amaury. ¿Y cómo se llamaba el grupo, Carlos?

Carlos. Los Francos, y como íbamos a ensayar a la casa de Roberto, en Santos Suárez, Pedro Luis vivía muy cerca de allí, y él vino a robarse mi guitarrista, así fue que yo lo conocí. Pero le gustó tanto el grupo, que él se quedó. Él decidió dejar su idea. Cuando aquello tenía una cinturita de avispa Pedro Luis, le decían El torito, ya tú sabes por qué. Tenía 15 - 16 años, un chiquito lindo.

Amaury. Todavía lo es

Carlos. En Santos Suárez, enamorado, con aquel vozarrón de toda la vida, enamorando a todas las chiquitas del Pre de allí, y ahí empezamos a dar tumbos.

Amaury. Sí, pero dimos un salto atrás para ir colocando un poco la historia, vamos a ir ahora mucho más atrás que Tema 4. Porque yo siempre pensé, hasta que tú me lo dijiste el otro día, que tú no naciste en Mantilla.

Carlos. No, yo no nací en Mantilla, yo nací en Santos Suárez, en Santa Emilia No 8 entre 10 de Octubre y Rabí.

Amaury. Y siempre me has hablado, a lo largo de todos estos años, hace muchos años que nos conocemos, por suerte, de tu mamá. Pero me has hablado siempre poco de tu papá. ¿Por qué no hablamos de ese entorno familiar en el que tú creciste?

Carlos. Eh, bueno, para quitar a mi papá, a mi papá yo no lo conozco, así que no sé, ya, de él no te puedo hablar. El día que nací, según me cuenta un tío mío, yo dormí en un parque, en el parque Santos Suárez. Entonces, era muy negrito y mi abuelo decía: ese es hijo de un negro, todo eso del racismo cultural. Después, por fin accedieron a que mi mamá viviera allí, eran 8 hermanos, además de mí, 9. Más abuelo y abuela, 11 personas, durmiendo en un cuarto y me crié ahí.

Me crié en Santos Suárez, hice mi infancia completa en distintas escuelitas del barrio; estuve en una escuela, cómo se llama esto, de pago…

Amaury. Pago, privada.

Carlos. Una escuela privada, que era San Patricio, porque mi mamá trabajaba en la escuela, limpiando allí, y la directora, que era tremenda directora, Olga, me acuerdo que se llamaba, accedió a que estudiara allí en aquella escuela.

Amaury. ¿Pero, como cambio por el trabajo de tu mamá o como una dispensa que ella les otorgó?

Carlos. No, como un favor.

Amaury. ¿No era que le descontaba de su salario a tu mamá por tus estudios?

Carlos. No, para nada. Mi casa era muy interesante, era una de las casas más pobres que había visto, pero más rica en arte. Ahí se oía Ópera, que era lo que había, se oía música clásica, se oían mucho todas las Sinfonías de Beethoven, la música de Tchaikovski y Verdi. Y se leía. Mi abuela siempre estaba recitando poesías.

Creo que de ahí parte mi manera de ver la vida, porque la pobreza no tiene nada que ver con la cultura. Se relaciona, claro, si tú estás embarcado, tú compras comida y no te compras un libro.

Pero mi casa estaba llena de libros. Todos los libros estaban leídos, no estaban ahí de adorno. Se oía música muy buena, y se leía mucha poesía.

A mí y a mis hermanos mi mamá nos crió de una manera que cada uno decidiera en su vida lo que quisiera hacer. Ella nunca criticó a nadie, y yo los quiero muchísimo. No soy una persona que estoy todos los días al lado de ellos, pero siempre tenemos algún tipo de contacto.

O preguntan por mí, o yo pregunto por ellos. Si hay alguien que esté necesitado por cualquier cosa, nos ayudamos. La mayoría de las veces ellos son los que me ayudan a mí.

Amaury. ¿Verdad? Yo conocía a tu mamá, son parecidos, tú eres muy parecido a ella.

Carlos. ¿Sí?

Amaury. Era una mujer, la recuerdo, enérgica, con mucho carácter y a mí me impresionaba las veces que yo fui a verte allá a Mantilla, la recuerdo con mucha presencia. ¿Cómo tú la recuerdas  a ella?

Carlos. Mi mamá era un angelito, es un ángel que siempre anda por arriba de mí, siempre me anda cuidando. Sabes que el día antes de ella fallecer, nos pudieron avisar a todos y estuvimos los tres hermanos ahí, pasó una cosa bien rara, porque salimos un momento.

Primero nos acercamos a ella, no sé si habrá sentido nuestra presencia, porque estaba inconsciente.

Amaury. Seguro sí.

Carlos. Pero salimos dos minutos, hubo un remolino muy grande de viento, y cuando entramos ya había fallecido y aquello me impactó y me impresionó.

Amaury. ¿Tú fuiste un buen hijo?

Carlos. Sí fui un buen hijo.

Amaury. ¿Y cómo eras tú de muchacho?, yo no tengo mucha idea, porque tú eres muy chispeante, de mucho ingenio. ¿Lo eras de niño también, o eras más bien retraído?

Carlos. No, era medio retraído, como niño era el del palito, el que pasa el palito por la cerca, que ese tiene un obstine tremendo ¿tú sabes cuál es, no?

Amaury. Sí, lleva en la mano el palito, va caminando, sale de la escuela y va con un palito dándole a la cerca.

Carlos. No fue muy feliz mi infancia, pero la pasé. Mi padrastro fue el que me cuidó. Ya cuando nació mi otro hermano, me di cuenta qué cosa era un padrastro. Es decir, la diferencia entre un padrastro y un padre. Hay por ahí algo que se nota.

Amaury. Y sin embargo, sin haber conocido a tu papá… ¿Por qué tú estás en Matanzas?, porque empezaste hablando: te voy a contar después cuando estuve en Matanzas. ¿Qué hacías en Matanzas?

Carlos. Probamos suerte en Matanzas. En el año 70 fuimos hasta allí. Estaba una gorda que ella se decía, Yoryana, pero es Florinda como se llama, cantaba precioso. Y en Matanzas nos vio Timor, que era el director de la orquesta de Música Moderna de Matanzas. Nosotros de verdad que estábamos que sonaban hasta los armónicos.

Amaury. ¿Leonardo Timor?

Carlos. Sí, éramos Pedro Luis, Eliseo, Manolito, esta muchacha y yo.

Amaury. ¿Qué música tocaban, Carlos?

Carlos. Un poco las cosas de Pedro Luis, un poquito las cosas que yo iba haciendo por el camino, no como compositor ni nada. Cuando aquello uno no pensaba si era compositor. Cuando llegamos allí, ellos se impresionaron y dijeron: ¡Ustedes tienen trabajo aquí! Entonces Pedro Luis dijo: ¡no, yo no voy a quedarme en Matanzas!

Amaury. El gordo que no estaba de acuerdo. (risas)

Carlos. Florinda dijo: ¡yo, los fósforos!, y se fue.

Amaury. Yoryana.

Carlos. Yoryana. Y fuimos Eliseo y yo allá a buscar trabajo, es decir, regresamos a La Habana y cuando volvimos vimos que lo que era cultura estaba cerrado. Y había un miliciano en la puerta, frente al parque de Matanzas. Y dice el hombre: ¡Olvídense de esto, aquí todo el mundo está para la zafra! Entonces nosotros dijimos: ¡Yo no voy a virar para La Habana ahora! Le preguntamos ¿dónde está el campamento, dónde está la gente de Cultura en la zafra? Y para allá nos mandamos, yo no sé ni dónde era.

Aquello fue mejor de lo que pensaba. Estuvimos medio escondidos como tres días, porque no podíamos estar allí porque no éramos de Cultura, ¿no? Entonces cortábamos caña con dos gentes de los principales de Los Muñequitos…

Amaury. …De los Muñequitos de Matanzas.

Carlos. Vino el director de Cultura y nos dijo: ¡bueno, aquí hay un cuarteto que se rompió, si logran componer ese cuarteto, armarlo de nuevo, yo les doy trabajo! Efectivamente, así lo hicimos, pasé un año trabajando con ellos, un año y pico.

Fantástica vida que nos dimos en Varadero, después de pasar tanta hambre, estábamos gloriosos comiendo todos los bocaditos que nos daba la gana. Nos tomábamos todos aquellos batidos. Estábamos felices.

Y ahí es donde empata, que llega Pedro Luis y me dice: ¡oye estas dos canciones! Y me toca Romanza de la niña mala.

Amaury. Bueno…

Carlos. Y una canción de Mike Porcel, no era “Ay del amor”.

Amaury. ¿Cuál sería, de las primeras?

Carlos. “Cómo ves solamente he vivido…”

Amaury. ¡Ah, “Diario”!.

Carlos. Que no me dijo que no era de él ¿me entiendes? Él me cantó las dos canciones. Esas dos canciones hicieron que marcaran para mí, el que yo estaba allí perdiendo el tiempo, que esa no era mi vida, y nos fuimos de Matanzas por esas dos canciones.

Y ahí es donde yo he visto cómo es posible que una canción pueda cambiar tu vida. Es decir, para mí eso es, ¿cómo una canción puede decidir que tú hagas otra cosa?

Amaury. Bueno, es que tampoco era una canción, ¡son dos de las grandes canciones que se han hecho en la historia de la música cubana!.

Carlos. ¿Pero cómo es posible que eso haga cambiar tu vida? Y entonces, bueno, empezamos con el lío de venir de Matanzas para La Habana, y es que conozco a Ele.

Amaury. Y fue que formaste Tema 4.

Carlos. Caímos en F y 9, ahí caímos todos, con Bidopia al frente.

Amaury. Julio Bidopia, Tony Enríquez…

Carlos. Bidopia, Tony Enríquez. Pero yo tenía el afán de investigación y de todo eso, de hacer otra cosa y le digo a Bidopia que queríamos hacer un estudio en la universidad de Santa Clara, de las Tonadas Trinitarias y Bidopia nos apoya y nos dice: ¡váyanse para allá, que ahí tienen el respaldo de todos nosotros! y, nos vamos para allá.

Hicimos toda la investigación, grabamos, hicimos partituras, descubrimos cantidad de cosas que para una persona jovencita, que no sabía nada de nuestra cultura, pues eso fue una enseñanza muy grande.

Cuando viramos, estaba castigado por haber ido allá, porque yo no pertenecía a La Habana, pertenecía a Matanzas.
Me dan un cincel a mí, y otro a…

Amaury. …Eliseo…

Carlos. Cuando tú entras en el Sauto, por el parquecito, hay una puerta a la izquierda, esa puerta nos la hicieron abrir con cincel. Y a aquello tú le dabas un cincelazo, y salían chispas. Eso lo hicieron los españoles, yo no sé quién hizo eso. Eso no había quién rompiera la piedra esa.

Amaury. ¿En el teatro Sauto, ahí está la puerta?

Carlos. Un día pondré ahí: esta puerta la abrieron Carlos Alfonso y Eliseo Pino, por haber defendido la cultura cubana.

Amaury. Bueno, por haber defendido en ese caso las Tonadas Trinitarias. Ahora, Carlos, hay un momento breve en tu vida, en todo esto que vamos hacia alante, y hacia atrás, que es lo que más disfruto de este programa, que voy recordando cosas. ¿Tú fuiste alfabetizador?

Carlos. Sí.

Amaury. ¿Con qué edad y dónde?

Carlos. Coño, yo tenía…

Amaury. Una prueba a tu memoria.

Carlos. Tenía 11 años y mi tía se me iba a alfabetizar. Mi tía tenía 12, y yo dije: yo me voy, y arranqué y me monté en la misma guagua de ella. Me fui escapado, sin decirle nada a nadie, ni a mi mamá ni a mi papá y me fui.

Amaury. ¿Pero te fuiste con el uniforme y todo?

Carlos. Llegamos a Varadero y nos dieron como un curso allí, nos dieron un farol, unas botas.

Amaury. ¿La cartilla, no?

Carlos. Diez pesos en un sobre, que yo no sabía, tenía un cuñito de alfabetizador.

Amaury. ¿ Tú no sabías que había dinero ahí?

Carlos. No, yo no sabía y boté el sobrecito del tren para afuera. Bueno, después de Varadero para allá. Llegamos a Gibara y alfabeticé en Gibara, en el cuartón Jucaral, en Fray Benito, Oriente.

Yo alfabeticé a tres personas allí, a cuatro, me quitaron uno.

Amaury. ¿Pero tres que eran de la misma familia?

Carlos. Sí, tres que estaban cerca, y había uno más lejos que ya a ese sí me lo quitaron porque tenían miedo de que algún contrarrevolucionario me hiciera daño o algo de eso. Yo creo que de todo lo que he hecho en mi vida, es una de las cosas de las que más orgulloso me siento. De haber ido a alfabetizar y me parece una cosa muy bonita.

Amaury. Ahora, ¿cómo formas Síntesis, por qué se forma Síntesis? ¿Quiénes integraban Síntesis en esa primera etapa?

«Con 2 que se quieran» Carlos Alfonso. (Parte II)

«Con 2 que se quieran» Carlos Alfonso. (Parte II)

Carlos. Bueno, Síntesis se creó…Siempre hago el mismo cuento, porque…

Amaury. No puedes cambiar el cuento cada vez que te hagan una entrevista.

Carlos. Con aquella playa azul de Varadero, con el agua por nuestra cintura, -cuando la teníamos-.

Amaury. Teníamos cintura. (risas)

Amaury. Era una cosa de la Nueva Trova.

Carlos. Sí, un Festival.

Amaury. Un Festival de la Nueva Trova.

Carlos. Nosotros éramos un cuarteto que ya estaba siendo acompañado por dos o tres músicos, que uno era Kike…

Amaury. Kike la Fuente.

Carlos. Enrique la Fuente, Fernando Calveiro y un baterista de Tropicana y queríamos formalizar aquella cosa ¿no? Entonces, hablamos contigo, hablamos con Mike Porcel y hablamos con José María Vitier, que es parte de la vida de Síntesis.

Y antes de Síntesis conozco a José María de aquella época donde Pedro Luis tenía 14 ó 15 años.

Amaury. Sí, Jose creo que es uno o dos años menor que Pedro.

Carlos. La mamá y la abuelita de José María nos alimentaban al cuarteto allí. Nadie tenía un medio y entonces cuando ensayábamos con él, la abuelita de José María siempre nos preparaba un refrigerio y todo eso.

Pero bueno, todo el mundo dijo: ¡sí, maravilloso!, que lo íbamos a hacer. Después, tú fuiste el primero que te fuiste.

Amaury. Sí, ya yo estaba en otra cosa.

Carlos. Tú ya estabas metido en la cosa de la Nueva Trova. Y el grupo se inicia en la Catedral de La Habana, a finales de los años 70 y…

Amaury. 76.

Carlos. El 14 de diciembre con el concierto de La Plaza de la Catedral que empezó aquello con un piano, que no sé de dónde salió. Un piano de cola montado en la Catedral. El concierto para mí fue memorable y, ese fue el inicio de Síntesis, que cuando aquello, entre nosotros, nos llamábamos “Nueve ejemplares no tan raros”.

Amaury. ¿Quiénes más pasaron por Síntesis? por Síntesis -digo, el inicio- después por Síntesis ha pasado…

Carlos. Malanga y su puesto de vianda. (risas)

Amaury. Sí, yo puedo recordar a Ernán López Nussa, puedo recordar a Gonzalo Rubalcaba. Gente que volvió, como el caso mío que volvimos algunas veces.

Ahora, hay personas que tú recuerdas y las que tú nombras: Lucía Huergo. Tú hablas normalmente de esas personas en tus entrevistas.

Carlos. Sí.

Amaury. En tus entrevistas escritas y las verbales, pero hay gente de las que tú no hablas. Hay gente que para ti siempre fueron de Síntesis y gente que pasaron y tú has querido olvidar. ¿Por qué?

Carlos. Mira, de todas maneras no es un comercial lo que estoy diciendo, pero agradezco a toda la gente que pasó por aquí. Pero hay gente que no, que pasaron por el grupo y que no debían haber pasado por el grupo.

Fueron muchas veces músicos por una necesidad temporal y otros que abandonaron. Porque este trabajo no da nada pero a nosotros nos gusta hacerlo, es decir, esto no es para viajar, esto nunca fue como dicen, para “fastear”.

Entonces la gente pasa un tiempo contigo, es como un colador; los buenos, los que piensan que esto es un trabajo cultural se quedan, y el que no, se decanta y se va para otro grupo donde posiblemente gane mucho más y tenga más suerte que con Síntesis. Esos son lo que casi nunca menciono.

Amaury.  Recuerdo que estaba escuchando el disco Hilo Directo, y aparecen dos temas que deslumbran y que cambian la suerte de Carlos Alfonso nuevamente, de Carlos, de Ele, del grupo, que es cuando aparecen Asoyín y Mereguo.

Recuerdo irme en una guagua a Varadero con el grupo Síntesis y tú me diste a escuchar ese disco, eran walkmans, en aquellos tiempos.

¡Oye, cuando oí aquello, aquella recreación de los cantos ancestrales afrocubanos llevados a lo contemporáneo, con aquel sonido! Además ese disco estuvo muy bien grabado. ¿Cómo surge la idea?
Carlos. Mira, a mí me cae un disco en la mano que se llama Viejos Cantos Afrocubanos y lo tenía en la casa. A cada rato oía el disco; y un día, oyendo Asoyín, se me ocurre ponerle un tipo de armonía. Desde que había ido a Trinidad me di cuenta de que había dos cosas que me erizaban: la música de Tchaikovsky  y la música afrocubana y quería saber por qué me erizaba esa música.

Entonces bueno, hice “Asoyín” y Lucía estaba en el grupo. Incluso el tema de Lucía, que hizo “Mereguo”, no era “Mereguo” la base, ella lo cambió después.

Hicimos los dos temas con tremenda vergüenza, no se lo quería enseñar a nadie, porque, capaz de que me hubieran matado. ¡Mira este en qué se metió!, todo ese tipo de crítica. Y resultó ser un boom y además con el apoyo incondicional de la gente que trabaja el folclor.

Y después la EGREM me llamó, Ana Lourdes que era la directora, de que por qué no hacía un disco de este tipo de música, y fue cuando hicimos el disco Ancestros, que se ganó el gran premio EGREM de ese año.

Amaury. Pero tú has seguido insistiendo a lo largo de todos tus discos en hacer canciones con letra y ahora también está Esteban.

Carlos. Sí.

Amaury. Sin embargo, siempre los grandes momentos son los ancestros, la música afrocubana, esa recreada por ustedes, que después han hecho muchísimas más canciones. ¿A qué tú se lo atribuyes? ¿Tú eres religioso?

Amaury. Religioso, religioso, no. Yo de verdad, si tengo un niño enfermo y tengo que poner algo… y, he ido, me he consultado y todo y siempre me dicen lo mismo: tú no te tienes que hacer nada. Entonces yo vivo feliz, no tengo problemas en mi vida, entonces no practico la religión así.

Amaury. ¿Y Lázaro Ros, Titilaye?

Carlos. ¡Ay, mi madre, ese cuento, vaya! Lázaro Ros fue totalmente la inspiración del primer disco de nosotros. A él le debemos ese disco, la carrera prácticamente de Síntesis. Él fue un gran maestro para nosotros y además, cuando él estaba en el Estudio de la EGREM, el viejo, el de La Habana, allá arriba, él estaba al lado de nosotros ahí.

Le dije: ¡Lázaro, yo no puedo con esto! ¿Dime qué hago con Titilaye? Entonces le dije: ¿tú puedes hacer algo, a ver como tú lo cantarías? Y él salió de la cabina cantando, ese es el tema que está grabado en ese disco.

Es decir, esa es la única toma que tiene ese número. Eso fue sagrado, ¡vaya!, hasta el polaco Yuri estaba erizado. ¿Qué tiene que ver Yuri con eso?

Amaury. Sí, pero tú tienes que explicar que el polaco Jurek, no Yuri, es el grabador.

Carlos. El Ingeniero de Sonido.

Amaury. Que además es polaco y que además no se llama Yuri como le dice Carlos.

Carlos. Jerzy Belc.

Amaury. Unos le decimos Jurek y Carlos siempre le dice Yuri, ¡es una cosa! Bueno, también Ana Lourdes, nuestra gran productora y amiga.

Ahora, voy a caer entonces en un tema que sé que te fascina; tú escogiste a la mujer indicada, eso cuesta trabajo. Es decir, la mujer esa que uno la descubre y dice: ¡esto es para toda la vida!

Carlos. Sí.

Amaury. Ya es toda la vida, pero además después, con esa mujer tienen dos hijos extraordinarios, dos hijos maravillosos X Alfonso y M…

Carlos. …Alfonso.

Amaury. Yo no voy a entrar en la pregunta absurda del abecedario y las letras, porque esa pregunta; primero, se ha hecho mucho y segundo no tiene ningún sentido, cada cual le pone el nombre a los hijos que le da la gana. Pero ¿qué son tus hijos para ti?

Carlos. Son mis dos piernas, ¡vaya! Yo adoro a mis hijos, no sé qué decirte de ellos. Son maravillosos, son fruto de su mamá, de su insistencia. Y yo que los llevé a la escuela siempre. Yo era el que los levantaba por la mañana, el que le daba cariñitos.

Insistí para que fueran músicos, porque X, que es el mayor, tenía tres años y tenía ya un talento… Te puedo decir que tenía menos de tres años y cantaba “Molinos de mi corazón”.

Amaury. De Michel Legrand.

Carlos. La de Michel Legrand y ese tema tiene un pasaje, tiene un truco, que si no eres músico te vas, y él lo hacía. Después se metió en la carrera de video y ha ganado una pila de premios. Y un disco que hizo del Benny que fue nominado como mejor productor, como mejor grabador.

Amaury. Sí, al Grammy.

Carlos. Al Grammy y todo eso.

Amaury. ¿También ustedes, no? En la familia han tenido como cuatro o cinco nominaciones. ¿Qué importancia tú le das a eso?

Carlos. No voy a decirte mentiras. A mí me gustaría tener un Grammy, pero me parece que en el momento en que a nosotros nos podían dar un Grammy, pasó.

Eso me ha quedado, es decir, tú sabes que la nominación al Grammy del disco que nosotros hicimos “Habana a flor de piel”, ni siquiera es el mejor disco de Síntesis. Pero fue el único que había llegado ahí.

Pero los “Ancestros” ninguno de esos nosotros teníamos conocimientos de cómo colocarlo, además, el Grammy Latino empezó hace como 10 años nada más. Y los discos “Ancestros” ya tienen 20.

Amaury. Bueno, pero faltan discos.

Carlos. Faltan discos. Pero sí me gustaría tener un Grammy.

Amaury. Pero fíjate, eso que me estás diciendo, de que a lo mejor tu mejor tiempo pasó, con respecto al Grammy…

Carlos. ..Sí…

Amaury. Eso se contradice con la imagen que yo siempre he tenido tuya, de que Carlos es como un personaje de dibujos animados. Tú sabes que en los dibujos animados, las personas hacen locuras, los árboles se mueven. Los carros hablan, cantan. Para Carlos Alfonso ¿todo es posible?

Carlos. Sí, yo soy el que cree que… ¿tú sabes cómo es eso? Si es ruso te hubiera dicho: El mono no habla, claro, científico. Pero yo te digo, te pago si lo haces hablar, es decir, te doy esa posibilidad. Es mi manera. Creo que todo es posible.

Amaury. ¿Cuánto estarías dispuesto a arriesgar por un chiste ingenioso?

Carlos. El 25%. Tú sí el 100% que te he visto (risas).

Amaury. Tú eres una persona muy ingeniosa y tengo a veces la impresión de que estás muchas veces como en el borde. Tú te quedas en equilibrio, en el borde. Un chiste bueno en un lugar correcto, bien colocado, vale muchas veces más que una canción, ¿sí o no?

Carlos. Es verdad, sí. A mí me gusta. Es que a uno le pasan muchas cosas que están en la vida. Me acuerdo una vez que yo estaba velando a una persona, un familiar, y llegó un tipo y me dijo: ¿quieres tela de caja de muertos? Eso de verdad, ¿no es maravilloso?, ¡vaya! Tela de caja de muertos estaban vendiendo en la funeraria.

Una vez yo estaba parado ahí, con mi carrito, ahí, en el semáforo y se para un tipo y me dice: ¡Oye, vieja, un fula hasta 70! ¡Oye mami, un fula hasta 70! fue como me dijo. (risas)

Amaury.  Mima, fue lo que te dijo.(risas)

Carlos. Sí. Y yo en Puerto Rico, ¿hago ese cuento?. Me dicen: abuela. Y yo no miré. ¡Qué coño, si yo no soy la abuela de nadie ni nada de eso! Y yo no vuelvo, no miré hasta que lo miro y me dice: ¿Abuela, tú estás sorda? (risas)

Amaury. ¡Se te cayó la cajetilla de cigarros! (risas)

Carlos. Andaba con un pantalón todo guarabeao y vaya, estaba hecho un desastre.

Amaury. Bueno, Carlos, tú acabas de cumplir 60 años.

Carlos. Sí.

Amaury. Y cumplir 60 años es más que la certeza de que uno está vivo, que uno ha vivido, que uno ha transitado una etapa importante en la vida. ¿Cómo tú ves de ahora para adelante?

Carlos. Mira yo de verdad no pienso mucho en eso.

Amaury. Ahora que tienes nietas.

Carlos. Yo necesito mi futuro ahora, porque si trabajé para el futuro, el futuro debe estar al llegar, ¿no?, debe ser ya.

Amaury. Sí, pero supuestamente, cuando uno se plantea el futuro y uno tiene 15 años, el futuro sería tu presente.

Carlos. Yo el futuro lo necesito ahora. Necesito tener más tiempo para trabajar en la música, menos tiempo perdiendo el tiempo para poder trabajar en la música. Necesito un apoyo incondicional del Estado a la gente joven, a la gente como mis hijos.

Amaury. Como tus nietas.

Carlos. Necesito un apoyo incondicional, que no pasen el mismo trabajo. Yo tocando puertas por todos lados a ver cómo podía hacer música. Pero necesito que eso sea ya.

Amaury. ¿Y no sería contraproducente, pienso yo, tomando en cuenta tu propia experiencia? Tú has llegado a dónde has llegado justamente porque tuviste que derrumbar puertas o cincelar puertas en el teatro de Matanzas.

Carlos. Sí.

Amaury. A veces, el paternalismo del Estado lo que hace es acomodar a las personas y evitar ese esfuerzo, o tú crees que ha habido…

Carlos. …¡No, lo que hablo es de canalizar….!

Amaury. ¿Canalizar el talento?

Carlos. A mí nadie me ha preguntado cómo hubiera querido que fueran las cosas, y es una cosa que estoy esperando hace años. ¡Oye! ¿Cómo tú querías que fuera tal cosa?

Amaury. Esa es una pregunta muy difícil de hacer, aunque tú tengas muy clara la respuesta. Porque las cosas son como son.

Carlos. Sí, pero bueno…

Amaury. …y fueron como fueron.

Carlos. Pero este país que ha hecho tanto por los jóvenes y por los niños, y que ha graduado a tanta gente, yo quisiera que se quedaran aquí en el país. Y que ese talento no se fuera de aquí.  Conozco a muchos de los jóvenes que están viviendo en el exterior, y ni siquiera están viviendo bien, ni nada de eso.

Muchos están pasando trabajo, unos están fregando por la mañana para tocar guitarra por la noche y eso quisiera que el Estado lo cuidara. Que ese talento que la Revolución ha hecho y ha cultivado en las Escuelas de Arte se quede aquí, dentro del país, y no tenga que buscarse afuera nada, que no sea un contrato de trabajo o una cosa digna.

Amaury. Claro, una cosa que lo eleve. ¿Qué significa para ti ser cubano?

Carlos. Yo no soy de esos que dicen que el cubano es el que es. Yo no soy ese tipo de…

Amaury. …lo sé, por eso te lo pregunto.

Carlos. Creo que nosotros somos, sí, un poco especiales. Si te digo la esencia, para mí, en mi caso, es poderte mirar a los ojos. Es decir yo soy una persona que no tengo que bajar la cabeza para nada. Es un orgullo, para mí lo más grande que yo tengo en la vida, es poder pararme dondequiera, en este país ante cualquier persona y poder mirarle a los ojos. Para mí eso es lo más importante.

Amaury. Bueno, Carlos, gracias. A veces me cuesta trabajo decirle gracias a los invitados y mucho más trabajo me cuesta cuando quiero y admiro tanto a la persona que tengo en frente. Te quiero mucho, siempre y bien.  Cuídate mucho.

Carlos. Gracias.

«Con 2 que se quieran» José María Vitier (Parte I)

«Con 2 que se quieran» José María Vitier (Parte I)

“No hay nada más político que la búsqueda de la belleza”

Amaury Pérez: Muy buenas noches. Estamos en “Con 2 que se quieran“, en el corazón de Centro Habana, aquí en Prado y Trocadero, barrio de Lezama, en los legendarios Estudios de Sonido del ICAIC. Hoy tenemos con nosotros en nuestro espacio, a un gran músico, a un gran amigo, a una maravillosa persona, ingeniosa, hábil, locuaz, suspicaz, elocuente. Uno de los seres más virtuosos que tenemos en la música cubana hoy, el maestro, José María Vitier. Bienvenido, Jose.

José María: Una presentación que probablemente me enmudezca en los próximos minutos.

Amaury Pérez: No, te van a enmudecer las preguntas, algunas, por lo menos (risas). La primera; ¿Tú crees en la desaforada e incontrolable libertad de expresión?

José María: ¿La pregunta es exactamente si yo creo que eso es bueno?

Amaury Pérez: Que eso es bueno, que es sano, que es bueno para la sociedad.

José María: Primero hay que dejar bien claro que sin libertad de expresión no tendríamos una cosa tan importante como el arte, por ejemplo. Por lo tanto hay que tener mucho cuidado cuando se habla de esto para dejar bien claro que ese es un logro del ser humano, que hay que aceptar con todos sus riesgos, que hay que asumir con valor y es una meta irrenunciable de la sociedad.

Eso es una cosa. Dicho eso, no cabe duda, como ocurre con cualquier exceso y como ocurre con cualquier descontrol extremo, cuando la persona confunde su libertad de expresión, con el derecho de los demás, o con el respeto a los demás, indudablemente también comete algo indeseable, o sea, ante todo, hay que defenderla y hay que merecerla y hay que asumirla, esa libertad de expresión. Pero también hay que ejercerla con respeto, con responsabilidad y creo que nadie tiene ni siquiera derecho a expresar cualquier cosa que sienta, si esa cosa que siente es algo que daña al resto.

Amaury Pérez: Sí, por eso me refería a desaforada, a fuera de control.

Vamos a ir rápidamente a la música, pero me voy a circunscribir, por lo menos en esta segunda pregunta, a algunos textos que están en tu disco “Pulso de vida”, que como todos tus discos, es un tratado y un homenaje a la exquisitez.

Tú dices con respecto a la música y voy a citar: “El acto de escribir música, debería desembarazarse un poco de lo causal y utilitario y recuperar la jerarquía de una actividad secreta que no aspira a nada más“.

José María: Creo que estaba pensando en desembarazarse sobre todo, de eso que los músicos llamamos, “los encargos”. Vivimos de un encargo en otro y, gracias a Dios que es así, pero a veces recuerdo con un poco de melancolía, con un poco de nostalgia, la época en que me sentaba a escribir sencillamente lo que se me ocurría, hacía una obra para piano solo, una canción de regalo, o inventaba una melodía, sin otro fin, sin otro propósito que, probablemente halagar a alguien y, en última instancia, pues dar algo de mí, sin concretar exactamente un fin social, u otro medio, como puede ser el cine, o un disco.

Realmente con el paso de los años cada vez uno trabaja menos de esa manera desinteresada, por así llamarlo. Y cada vez es más esclavo de los sucesivos encargos, de los sucesivos empeños por los que te va llevando la  profesión, y uno termina trabajando para un disco sí, para una película, y a veces no tanto para uno mismo. Aunque uno trata que eso que hace para los demás o que hace para otros medios sea también una necesidad interior, pero, indudablemente  a lo que estoy echando de menos y a lo que me refiero ahí, es a esa actividad absolutamente libre, desinhibida y absolutamente desinteresada, repito, de crear por el placer de crear.

Amaury Pérez: Sí, pero cuando haces música para cine y has hecho mucha música para cine, también dices y vuelvo a citar: “Esa pasión casi clandestina de componer música al servicio de emociones ajenas, me ha aportado un cierto oficio y sobre todo una cierta humildad“.

José María: Yo nada más, y qué mejor lugar que éste para comentarlo, nada más tengo palabras de gratitud para el cine y para las oportunidades que me ha dado y para el aprendizaje que ha consistido trabajar en él.

Digo que, qué mejor lugar, porque tú sabes que aquí se grabó una parte muy importante de la música del cine cubano y una parte muy importante también de mi obra para el cine cubano y no sólo para el cine cubano, porque también aquí se grabó “La Misa cubana”, por ejemplo, me estaba acordando ahora.

Bueno, trabajar para historias ajenas, sí, porque en definitiva uno entra en un proyecto, se entera entonces de una historia. Ahora mismo me estoy leyendo una historia, que no es mi historia personal, es la historia de otras personas, pero tengo que hacerla mía, no solamente mía, sino entrañablemente mía, para poder realmente desde ese punto de vista, que de repente tiene que ser el mío, sinceramente mío, asumido, tratar de expresar entonces las emociones, que es de lo que se trata al final escribir música y dedicarnos a esto, emocionar a la gente.

Amaury Pérez: Hay un tema, que por suerte toco en casi todas las entrevistas, pero en este caso ese tema adquiere un matiz especial, porque coincide que tu esposa, tu compañera es, con mucho, una de mis mejores amigas, mi siquiatra, mi confidente. Entonces quisiera oírte hablar en un programa como este, de Silvita, de Silvia Rodríguez Rivero, tu esposa, tu compañera, como ya dije, y la mamá de Adriancito.

José María: Bueno, primero comunicarte que es, no una de las mejores, si no que es mi mejor amiga. (risas).

Amaury Pérez: ¡Gracias a Dios!

José María: Lo cual es algo de lo que realmente me felicito. Soy un hombre afortunado, por varios motivos, pero quizás por ninguno tan relevante para mí.

En el año 2012 dicen que se van a celebrar no sé cuántas cosas y que van a haber algunas catástrofes, tú sabes que se habla mucho de eso. Bueno, en el año 2012 van a ser y, no es ninguna catástrofe, yo espero (risas), se van a cumplir 40 años de que nos conociéramos.

Cuando digo que nos conocimos, quiero decir que empezamos a vivir juntos, porque eso ocurrió todo a la vez.

Amaury Pérez: Si no es indiscreción, ¿cómo fue?

José María: Conocí a Silvia de una manera muy fortuita, de una manera que yo mismo ahora pienso: ¡qué fácil hubiera sido que no hubiera ocurrido! Un lunes 17 de julio del año 1972, en que fui por primer vez, no tenía hábito de ir y no recuerdo haber ido muchas veces después tampoco, a un club que se llamaba Johnny’s Dream, que tú recordarás.

Recuerdo que entré, estaba lleno el lugar, y había que entrar por pareja y yo estaba solo, tú sabes como eran esas cosas. Entonces con la patraña de que iba a trabajar ahí, que iba a tocar, cosa que era mentira entré. Yo me sentía realmente un admirador de todo lo que musicalmente ocurría ahí, iba a oír a grandes jazzistas que se reunían ahí, yo era un estudiante de la escuela de música.

Entre mis amigos estaban mis primos, siempre mis primos fueron y estuvieron entre mis mejores amigos, y están. Recuerdo que mi primo Lichi se me acercó, porque me vio sentado en una mesa, yo no sabía quién era la muchacha que estaba enfrente de donde yo me había sentado,  estaba Sara González también en esa mesa y me dice: ¡óyeme, ahí donde estás sentado hay una muchacha que yo conozco! y, recuerdo que me dijo: ¡no la dejes escapar!

A su vez a Silvia le habían hablado de mí, también, la propia Sara González, quien la había conocido en una escuela al campo. Ella estudiaba ballet también.

Amaury Pérez:¿Pero quién estudiaba ballet, Sara, no?

José María: No, Silvia, mi esposa, estudió un tiempo, unos años ballet (risas). Me has hecho perder el hilo.

Amaury Pérez: No, ahí te encontraste con los ojos claros.

José María: El caso es que se fue acabando el show y la gente se fue yendo y ella fue al baño, se demoró un poco, y yo me quedé a esperarla. Cuando salió, quizás pensando que ya no había nadie, yo estaba esperándola.

Fuimos al Malecón, ahí sí ya empezamos a romancear mucho y esa noche me quedé a vivir en su casa por los siguientes 20 años.

Amaury Pérez: ¿Cómo fue tu entrada en el Conservatorio y en cuál Conservatorio?

José María: Yo estudié en el Conservatorio desde los 14 años. Antes de ese momento estudiaba con profesores particulares, de los cuales tengo recuerdos luminosos realmente. Cecilia Echevarría en el barrio, en mi Víbora natal y Margot Rojas, la eminente pedagoga, que fue la que me preparó para entrar al Conservatorio.

Entré en el año 68 al Conservatorio Amadeo Roldán, donde me formaron, o hicieron lo posible por hacerlo, un grupo tremendo de profesores, algunos muy, muy destacados, no quiero omitir ninguno, ni mencionar ninguno especialmente, salvo a mi maestro de piano, el inolvidable César López.

Amaury Pérez: ¿Qué compañeros de los que hoy son eminencias, como tú, en la música cubana te acompañaron en aquella aventura del Conservatorio?

José María: Tú sabes que yo tocaba en un grupo en esa época que se llamaba Los Gnomos, y casualmente, todos los que formábamos ese grupo entramos en el Conservatorio a estudiar bajo, guitarra y batería. En el Conservatorio había muchas más hembras que varones, de lo cual nosotros tratamos de sacar temprana ventaja. Había gente tremenda en la escuela. Había músicos de la talla de Lucía Huergo, por ejemplo, de Hilario Durán.

Amaury Pérez: Claro. La misma Sara.

José María: La misma Sara, por supuesto, músicos y gente que después fueron musicólogos, gente como Roberto Chorens, profesor y organista.

Bueno, estudiar tantos años en un mismo centro, puede llegar a ser tedioso realmente, pero a mí me estimulaba mucho el ambiente intelectual del conservatorio y tenía mucho orgullo de mis compañeros, de mis maestros, la verdad.

 

Amaury Pérez: ¿Y cuándo es que descubres la Vieja Trova de Santiago, cuando eras estudiante o ya te habías graduado?

José María: No, yo todavía estaba estudiando.

Amaury Pérez: ¿Cómo llegas a la Vieja Trova?

José María: Fue en Santiago, en un viaje que hice en el año 71 cuando descubrí aquel fenómeno. Yo tenía una idea, por supuesto, en mi casa se oía mucho, mucha música tradicional cubana y por supuesto mucha música clásica también, pero más música popular que clásica.

Además, era la música que se hacía, con mi abuela pianista, mi padre violinista y que empezaba a hacer mi hermano también, que empezó mucho primero que yo con la guitarra.

Pero bueno, la Vieja Trova que tú me preguntas que fue la que me marcó y la que siempre que voy a Santiago  se lo digo al público y donde quiera que voy lo digo, cambió mi vida, la visión de mi carrera, curiosamente cambió el día que escuché a algunos guitarristas de estos centenarios tocando guitarra.

Amaury Pérez: ¿Quiénes eran?

José María: Tuve suerte. Conocí a Emiliano Blez, que había sido alumno de Pepe Sánchez y compañero de Sindo Garay. Pude oír a Ángel Almenares, también, muy, pero muy mayor. A Manolo Meléndez, a Los Castillos, a Augusto Castillo, Manolo Castillo. A Ramón Márquez, yo oí a Pucho el Pollero.

Ya existía la nueva canción, la Nueva Trova y yo era fanático, además. Existía el grupo de Experimentación, mi hermano tocaba en el grupo, yo había participado aquí mismo en algunas grabaciones como suplente, porque ahí había un pianista de miedo que era Emiliano Salvador.

Pero paralelamente me entronco con esta antigua Trova, con la Trova tradicional, la Trova que le llaman profunda de Santiago. Y fue un deslumbramiento.

Amaury Pérez: ¿Tocabas guitarra ya?

José María: Aprendí guitarra para tocar esas canciones. A veces he dicho que la guitarra es un instrumento mucho más manuable, sobre todo para romancear, y para conocer muchachas, realmente el piano, el piano a veces, inclusive, no era del todo recomendable (risas) y eso que en la Víbora habían muchos pianos. Era muy frecuente que hubiera pianos en las casas y todo eso, pero indudablemente la guitarra tenía un glamour, en aquel momento, que era casi imprescindible, había que aprender primero a tocar algunos acordes y yo empecé y volví de Santiago tocando porque fui con una guitarra y vine con algunas canciones aprendidas. Después he descubierto con los años, que muchas de esas canciones ya solo las recuerdo yo, nadie más las canta y algún día, si las cosas siguen como van, a lo mejor me decido y las grabo y las canto yo mismo.

Amaury Pérez: Pero ya tenías un vínculo, como lo has dicho, con La Nueva Trova. ¿Con quiénes?

José María: Bueno, imagínate, por supuesto que con Silvio y con Pablo, sobre todo, el vínculo que me venía por mi hermano.

Amaury Pérez: Pero después terminaste haciendo arreglos para Silvio y para Pablo.

José María: Después terminé haciendo arreglos y tuve más, tuve el gran honor, que no me podía imaginar en aquel momento, (porque en esa época no componía ni canciones ni nada, lo que hacía era estudiar el piano y tocar guitarra, más o menos), tuve el gran honor de que me cantaran, que pusieran su voz para cantar canciones mías en la producción mía de canciones que fue una actividad clandestina, hasta hace un tiempo, en que ellos -y tú también, por cierto-, me han honrado con su voz y dándole por supuesto un vuelo que me halaga mucho.

Amaury Pérez: Ya que estamos hablando tanto de este Estudio por eso digo en la presentación ¡Legendario!; aquí todos hemos dejado un poquito de nuestras vidas juveniles y no tan juveniles.

Aquí se grabó La Misa Cubana. Para mí y para muchos colegas y público, es de alguna manera como un momento cumbre en tu carrera. ¿En qué año escribes esa obra?

José María: Durante el año 96. Seis años antes habíamos concebido la idea de que esta obra era no solamente posible, sino necesaria, por lo menos para nosotros, Silvia y yo habíamos hablado de que algún día la haríamos. La idea empezó a madurar, en mi caso la música, en el caso de ella sus textos. De alguna manera afloró por algún  motivo en el año 96. No identifico ninguna causa externa, porque hay quien piensa que se hizo para cuando viniera el Papa, yo no sabía que el Papa iba a venir, ni el Papa lo sabía tampoco (risas). Esto fue una cosa que de repente surgió. Tuvimos un apoyo importante cuando configuramos bien la idea, un apoyo que  siempre me gusta recordar, porque fue un apoyo combinado -y creo que no muy frecuente- entre el Ministerio de Cultura, el Fondo para la Cultura, y el Episcopado. Fue de esa forma que salió aquella primera edición de La Misa Cubana.

Amaury Pérez: Recuerdo que algunos amigos mostraron una cariñosa y tierna oposición a que se grabara esa obra.

José María: Oposición quizás no es la palabra exacta. Lo que percibí, era, algunas personas que se preocuparon un poco, decían, ¡Caramba! ¿Para qué se van a meter en eso?, que a lo mejor no es oportuno, o eso a lo mejor no es bien recibido en este momento, con lo cual, por supuesto, que tenían toda la razón del mundo. Lo que no pensé en aquel momento, ni ellos tampoco, es que no hay nada que le haga más bien a una música que una cierta oposición. Algo que puede ser aparentemente anodino, tú le haces una cierta oposición y lo puedes lanzar inmediatamente a la celebridad. Así que las personas que de alguna manera se opusieron, me hicieron el servicio de la vida, la verdad.

Amaury Pérez: Sí, pero esta pregunta de la oposición me lleva a la historia, la génesis, el origen de esta obra y ese origen me lleva a tu hijo y de Silvita, y de alguna manera mi sobrino, José Adrián.

José María: Te mencionaba el año 90 y en el año 90 nosotros tuvimos un percance que pudo haber sido muy grave con la salud de nuestro hijo. Tuvo un accidente. Realmente estuvo muy delicado y fue operado de urgencia, una operación muy delicada. Y en una circunstancia como esa, y eso, al que le ha pasado, lo sabe y el que no lo ha pasado se lo puede imaginar, uno se agarra de todo.

Silvia y yo también, porque nuestra desesperación era la misma, intentamos pedir ayuda, intentamos ser escuchados y tuvimos un poco la sensación de que sí, de que éramos escuchados. Sentimos consuelo, sentimos esperanza, el desenlace de todos aquellos acontecimientos no pudo ser mejor y juntos decidimos que algún día haríamos algo para devolver la Gracia que habíamos recibido y nos ha hecho vivir a los dos, a ti y a mí, por cierto, momentos inolvidables.

«Con 2 que se quieran» José María Vitier (Parte II)

«Con 2 que se quieran» José María Vitier (Parte II)

Amaury Pérez: Experiencias inolvidables. A veces con elenco cubano y a veces con elenco foráneo, con músicos extranjeros…

Jose, tu familia es de todos conocida, una familia de profunda vocación religiosa y has dicho también en este disco -y es lo última cosa que voy a citar-, tú has dicho: “Soy creyente -por lo menos en la primera parte-, Soy creyente porque creo en las cosas cada día“. Cuando tú dices soy creyente, todo el mundo sabe que tu formación es católica, lo acabas de decir, pero eso se puede haber extendido a muchas otras zonas.

José María: Eso se extiende, de hecho se ha extendido y se extiende a una actitud religiosamente muy abierta y una sensación creciente y actualmente total de respeto hacia todas las formas en que el hombre ha tratado de explicarse lo desconocido, de las cuales una de ellas es la religión, pero no la única. Eso es lo que ocurre, por eso digo… y también me refiero a ser creyente en el sentido en que lo decía Ernesto Cardenal. Ernesto Cardenal decía que “creyentes eran las personas que creían que el hombre podía cambiar”, eso era para él un creyente, lo cual es una definición muy original y sobre todo, viniendo de un sacerdote, un sacerdote que era además un revolucionario y un poeta. Así que en ese sentido puse la frase.

Amaury Pérez: José Adrián Vitier Rodríguez. ¿Cuánto tú reconoces que hay de Vitier y cuánto reconoces que hay de Rodríguez? En el caso de tu hijo.

José María: Mira, para responderte esa pregunta, tendría que decirte que yo, como ya se ha dicho y estoy tentado a decir que hasta la saciedad, provengo de una familia destacada.

Amaury Pérez: Eso lo sabemos todos.

José María: Exacto, y siempre se vuelve sobre eso y es correcto y a mí me honra muchísimo, pero es que yo caí en otra familia destacada.

Amaury Pérez: Ahí iba.

José María: Yo caí en una familia que es un tronco de familia, ¿me entiendes? yo caí en una familia numerosa, cubanísima, que es la familia de Silvia, donde había un grupo de personas que de repente conocí, que pasaron a ser mi familia y que a lo largo de los años constituyen mi familia, y el mundo, sobre todo, relacionado con su mamá, que ha sido como una segunda mamá para mí, Cuca Rivero, y el mundo de sus tías, que tú sabes que es un mundo fascinante.

Amaury Pérez: Es un mundo fascinante.

José María: Completamente fascinante y un mundo de valores y un mundo de cultura, no en el sentido profesional de la cultura a la que uno se dedica, de la que uno vive, sino en el sentido profundo de la cultura como educación, como raíz, como valores, repito, y yo soy deudor de ese aprendizaje también y aprendí mucho, y le debo mucho a esa familia, y yo creo, por eso me alegro que me hayas hecho esa pregunta, que José Adrián también sacó mucho de Rodríguez y Rivero. Aunque no cabe duda que Adrián, quien no resultó ser talentoso para la música, sí heredó indudablemente cierto talento, como diríamos, esté mal decirlo…

Amaury Pérez: No cierto, no cierto…

José María: …Más que cierto talento para las letras, para la pintura.

Amaury Pérez: Y los idiomas.

José María: Los idiomas, la traducción, para el diseño. Tiene una mente muy completa. A veces recuerdo con ternura la frase de Martí y la comprendo muy bien. “Hijo soy de mi hijo” porque uno termina siendo hijo de su hijo también. Uno termina aprendiendo.

Amaury Pérez: Ahora voy a hacer un viaje atrás. Voy a llegar a la casa de Arroyo Naranjo, donde compartías con tus primos, donde había también un ambiente musical muy rico. ¿Cómo era eso?

José María: Tanto yo como Sergio nos pasamos toda nuestra infancia, yendo todos los domingos de la vida, los cincuenta y pico de domingos que hay en el año, a Arroyo Naranjo y por supuesto, ahí es que creció el cariño entrañable que hubo entre nosotros como primos. De hecho mis mejores amigos fueron mis primos y de hecho lo son.

Amaury Pérez. Los primos, los hijos de Eliseo Diego.

José María. Los hijos de Eliseo Diego y de Bella García Marruz. Los hijos de Sergio García Marruz también, están los hijos de mi tío Felipe. Es que éramos muchos primos. Pero claro, con los que estaba más unido era con…

Amaury Pérez: …Con  Lichi, con Fefé y con Rapi.

José María: Exactamente.

Amaury Pérez: Que además, los tres han llegado a ser grandes profesionales también.

José María: ¡Cómo no! Incluso yo comencé mi carrera en el cine trabajando con mi primo Rapi Diego. Mi primo Lichi, tú sabes que es un novelista…

Amaury Pérez: Destacadísimo.

José María: Exitosísimo además, y muy destacado. Y mi prima cuando se ha sentado a escribir ha dejado a todo el mundo con la boca abierta.

Amaury Pérez: Jose, primero dijiste que Silvia era tu mejor amiga, después dijiste que tus primos eran tus mejores amigos. Ya estamos hablando mínimo de cuatro personas. Y me has dicho a mí, y me has confesado varias veces, que tú te consideras una persona que tiene pocos amigos. Y es bien curioso, porque uno va a tu casa, donde uno es atendido a cuerpo de rey, realmente, donde uno come las “delicatessen” que hace Silvita y nunca te veo con tan pocos amigos. ¿Por qué tú afirmas eso?

José María: Acuérdate del programa de tu mamá, “Amigo y sus amiguitos” (risas). Tuve muchos amiguitos y amiguitas. Yo quizás me cogí muy en serio el asunto ese de la amistad también, y me dio por decir que era una cosa que no se podía prodigar demasiado, que uno debía tener amigos buenos, amigos verdaderos, quizás no muchos, pero…No es que me haya negado nunca a tener amigos, sencillamente me parece que es un cargo muy exigente y a veces, cuando saco la cuenta, esa cuenta que uno no saca por televisión, por cierto, como tú comprenderás…pero que uno sí saca ante uno mismo, veo que siempre han sido pocos. En algunos casos los he perdido, porque se fueron, o mejor dicho, se los llevaron, a esos amigos tan tempranos.

Amaury Pérez: ¿Pero tú crees que los amigos nuevos, llamémosle de alguna manera, ocupan el espacio de los amigos que ya no están, de los ausentes?

José María: Eso es lo que uno se cree, pero no, en la práctica no ocurre así. Nadie ocupa sino su propio lugar y nadie sustituye a nadie. Las personas son todas irrepetibles y todas insustituibles. Los amigos que se pierden, se pierden, y los amigos que aparecen son bienvenidos.

Amaury Pérez: ¿Se llega a tener una obra discográfica tan amplia y una obra videográfica tan abundante sólo con talento o hace falta un esfuerzo adicional?

José María: Ahí hay una combinación. Hay una combinación de  plantearse la profesión como un servicio y como algo que uno está en el deber de hacer, además de que es un placer, o casi siempre es un placer.

Me he sentido afortunado. En primer lugar, porque vivo en este país, que es el país de la música, el país, para mí, de la creatividad musical. En segundo lugar, porque efectivamente tengo muy poca música engavetada, que no haya grabado. Viéndolo retrospectivamente, quizás yo mismo haría una antología de todo lo que he hecho y trataría de no ser tan prolífico y ser más exigente. Pero sí, en general estoy satisfecho con mis discos, grosso modo, sobre todo con algunos de ellos, estos últimos que he hecho, este “Pulso de Vida”, por ejemplo, que es un disco muy autobiográfico.

Amaury Pérez: Donde hay poemas….

José María: Es el disco donde más intimidad mía se puede descubrir y de mi relación también y de la interacción que tenemos en la vida y en el arte Silvia y yo.

Amaury Pérez: Jose, el público debe saber, como un dato privado, que tú y yo somos los músicos que más temprano nos levantamos en el país y tenemos conversaciones hilarantes y muchas veces absurdas, una lucha de ingenios, sobre las siete de la mañana…

José María: Tú sabes que yo vivo en el campo, o sea, en una zona medio campestre, no llega a ser el campo, llego en carro a mi casa, quiero decir. Pero lo único que ocurre antes que se produzcan esas conversaciones, es esa especie de chateo que tienen los gallos, y los sinsontes por la mañana en la casa, que es enloquecido completamente.

Amaury Pérez: Y que nosotros intentamos continuar, de hecho, emular…

José María:. Si, pero no logramos ser tan coherentes como ellos.

Amaury Pérez. Ahora, Jose. ¿Por qué eligieron vivir en la periferia? ¿Por qué se fueron del Focsa?

José María: Es muy difícil decir que uno eligió, porque tú sabes que uno elige pocas cosas en esta vida, las cosas pasan y hay veces que uno tiene cierta potestad para elegir y había otras opciones también. Nosotros queríamos salir de La Habana y buscando algo más íntimo, no tan íntimo que fuera el Pico Turquino, pero queríamos una cosa que nos mantuviera lejos y de forma casual, a través de unas amistades que surgieron, alguien nos comentó que existía ese lugar, en Bauta, en las afueras de Punta Brava y que había terrenos y que había una política incluso, de que fueran profesionales a instalarse allí incluyendo artistas que se quisieran establecer en los pueblos, para, quién sabe con qué ideas en aquel momento, quizás pensando en enriquecer un poco la vida cultural del interior, no sé. Y nosotros hicimos la casa.

Amaury Pérez: ¿Pero llegaron a un terreno baldío?

José María: Había una pequeña propiedad, mínima, la mínima que puede haber, que nosotros nos dedicamos a remodelar, y ampliar, fue un proceso que duró diez años. No fue que vamos a construir y vamos a mudarnos en unos meses, o sea, nos mudamos a los dos años o algo así y hace ya 18 años que vivimos ahí, y después, ya mudados fue que la terminamos, muy poquito a poco, a golpe de, -por eso no debo hablar mal de los encargos-, a golpe de encargos.

 

Amaury Pérez: Tú me has dicho varias cosas que me llevan a pensar, y me voy a la casa y no sobrevivo muchas veces a esas sentencias tuyas. Una de ellas la quiero comentar ahora contigo. “No hay nada más político que la búsqueda de la belleza”.

José María: Me acuerdo perfectamente cuando dije eso y a quién se lo dije y todo. Era una actividad de esas que le llaman… o era la perspectiva de trabajar en una actividad, de eso que le llaman político-cultural.

Yo insistía, no sólo yo, muchos artistas también insistimos en que había que participar en este tipo de actividades con el arte mejor que tú pudieras hacer. No necesariamente un arte que fuera explícitamente portador de un mensaje político, porque en definitiva y, ahí viene la cita, el verdadero mensaje, el verdadero servicio público que hace el arte es enaltecer al hombre, es hablarle de que la belleza es posible y que al final, sin tú proponértelo, y sin tú poner por delante ni siquiera un mensaje ideológico determinado, tú estás creando valores, estás trabajando en la conciencia de las personas y trabajando en el espíritu de las personas, de una manera, según mi opinión, más directa, más eficiente.

Nosotros trabajamos con emociones y las emociones, a veces, juntan a las gentes más que las propias ideas. Las ideas con mucha frecuencia separan a los seres humanos. Las emociones tienden a hermanarnos.

Amaury Pérez: Y la otra sentencia, Jose, es mucho más arriesgada, tú me has dicho: “El Estado se puede equivocar, La Revolución no”.

José María: Sí, hay una cosa que he tenido muy clara siempre y la tengo clara porque me la hicieron ver muy clara también. Es una cosa que yo aprendí con papá y, por supuesto, con mamá también. Hay cosas que son irrenunciables, hay ideales que son irrenunciables; esos ideales, a veces, están cabalmente representados por las personas correctas en el momento correcto, y son las personas que nos representan, que representan la autoridad, que organizan la vida del Estado, pero también puede ocurrir que no. También puede ocurrir que esas personas se equivoquen, que esas personas no sean consecuentes con esos ideales, o que los mal interpreten o que hagan un uso indebido de ellos, y eso no quiere decir que los ideales sean falsos.

Creo que a las personas que hemos estado cerca, por ejemplo, de las creencias religiosas, ese es un pensamiento que nos es muy afín, porque estamos acostumbrados a, sin renunciar a esas creencias, no transigir ante lo que consideramos que son errores, de la propia iglesia, por ejemplo, o de determinadas autoridades. Hay que ver lo que es la historia de la iglesia católica, es una cosa tremenda, es una historia que está plagada de errores graves y de crímenes graves, sin embargo, los mensajes, los principios, son absolutamente diferentes de eso y son absolutamente inocentes de eso y no están comprometidos, desde mi punto de vista.

Igual siento yo con los ideales revolucionarios en el sentido de que yo no siento que estén comprometidos con las actuaciones de tal o más cual funcionario o autoridad.

Yo creo que esas autoridades pueden acertar y pueden también fallar. Lo que no puede fracasar son estos conceptos dentro de uno, inclusive aunque fracasen socialmente. Pero la forma en que uno se formó, las cosas en que uno creyó, las cosas en que uno cree que está cifrado, inclusive, el único futuro posible del ser humano y de la humanidad, esa confianza, esos ideales que son los que para mí encarna la Revolución, eso no fracasa. Eso no puede fracasar. Aunque los hombres a veces hagan lo posible por hacerlo.

Tengo fe en eso sabes, como la vida tampoco es tan larga, no creo que me de tiempo de cambiar estas ideas de una forma significativa, porque son ideas que tengo desde hace muchos años y que la vida lo que ha hecho es reafirmarlas y enriquecerlas.

No confundir, porque no siempre son coincidentes en su accionar, los mecanismos del Estado y los principios de la Revolución. Hay que tratar de que siempre sean, que sean consistentes, que sean coherentes, que sean correspondientes para algún día estar plena y justificadamente satisfechos con la sociedad que tenemos, cosa que no ocurre, por supuesto, todavía.

Amaury Pérez: “Cuba dentro de un piano” es el título de un disco tuyo. Brevemente, ¿por qué no José María dentro de Cuba?

José María: Bueno, tú sabes que sale de un poema de Alberti, con lo cual quisiera redimirme un poco, porque el título parece…. alguien me lo señaló, parece un poco pretencioso. Y yo solamente quise decir un pedazo, una parte de nuestra Cuba a través de una parte también de mi forma de tocar. Ni remotamente se me ocurrió la idea que hay quien ha interpretado que yo pretendía que Cuba estaba toda dentro de un piano, ni del mío ni del de nadie.

Lo que sí reivindico y lo uso muy frecuentemente en mi obra es  el apelativo de cubano cuando hablo de Cuba como el eje de todas las búsquedas y la pasión, así que Cuba por delante, la verdad, siempre esa ha sido mi divisa. De más está decirte que me siento profundamente privilegiado de ser cubano. Y cuando digo Cuba no estoy pensando en una abstracción, estoy hablando de la sociedad y la Cuba concreta que me tocó vivir, con sus luces y sus sombras.

Amaury Pérez: Bueno, Jose, muchas gracias, te despido y despido el programa con el consuelo de ser parte de uno de esos pocos amigos que tienes. Muchas gracias por haber venido.

José María: Sí, sí lo eres, sí, gracias a ti.

«Con 2 que se quieran» Eduardo Roca (Choco) (Parte I)

«Con 2 que se quieran» Eduardo Roca (Choco) (Parte I)

“Ser cubano es una religión y fuerte”

Amaury Pérez. Muy buenas noches. Estamos en “Con 2 que se quieran”, en el corazón de Centro Habana, en Prado y Trocadero, barrio de Lezama, en los legendarios Estudios de Sonido del ICAIC.Hoy está conmigo y con ustedes, en el programa, uno de los más grandes artistas plásticos, el rey de la colagrafía en Cuba, grabador, pintor, escultor, bueno, es que él lo ha hecho todo y además, es una de las más maravillosas personas que he conocido en mi vida, Eduardo Roca, más conocido por el público y por la firma de sus cuadros como Choco. Bienvenido, Chocolate.

 Muchas gracias por aceptar estar aquí conmigo. ¿Qué significa para ti especialmente, y para tu generación, Servando Cabrera Moreno?

Choco. La vida, yo creo. Servando, no fue de mis primeros maestros, fue de mi segunda generación de maestros, fabuloso, y que entró profundamente en mi cuerpo y alma, no solamente mía, sino de mi generaciónen total. Nos influenció, nos amó y por tanto pienso que dejó bien firme su obra y que nosotros fuimos, yo pienso, buenos hijos suyos y que hemos continuado con mucho amor.

Amaury Pérez. En tu casa nueva, que está en mi barrio, hay un cuadro inmenso, que preside el gran salón, es como el custodio de la casa, es un cuadro de Servando, ¿cómo llegó a ti?

Choco. Tiene una historia tremenda.

Amaury Pérez. Adelante.

Choco. Primeramente yo vivía en un apartamento en el que vivió Rafael Paneca, mi gran amigo, que formó parte de una frase que nosotros la hemos llevado siempre encima, Los Cuatro Jinetes dela Apocalipsis: Rafael Paneca, Edmundo Orozco, Ernesto García Peña y yo. Ese cuadro presidió siempre ese apartamento. Después Paneca permutó y ese cuadro como pertenecía a él, se fue.

Siempre, nosotros, en mi casa, mi familia, mis hijos, mi esposa, pensábamos que ese cuadro tenía que volver y volvió, no recuerdo bien de qué forma. Yo sé que no se fue nunca. Creo que es, además del cuadro de Servando, la Yemayá de mi casa porque preside los tonos azules. Dicen los religiosos, los de la religión afrocubana, mis amigos, brujeros, babalaos, que yo soy hijo de Yemayá y por tanto ese cuadro tiene que estar en mi casa.

Amaury Pérez. Bueno, normalmente ellos tienen la razón, así que, ¡qué bueno que está en tu casa!

Tú naciste en Santiago de Cuba, eso se sabe, porque cualquiera que averigua de ti sabe que eres santiaguero, y a mi me gusta mucho…

Choco. Y de pura cepa…

Amaury Pérez. Y a mí me encanta Santiago, me encantan los santiagueros. Ahora, ¿en qué barrio de Santiago de Cuba tú naciste?

Choco. Nací en un barrio de Santiago de Cuba, que pudiera haber sido como el barrio aquí en La Habana, que se llamó…

Amaury Pérez. ¿Las Yaguas?

Choco. Las Yaguas. Y mi barrio se llamó La Manzana de Gómez.

Amaury Pérez. ¡Dime tú, La Manzana de Gómez! ¿Así se llamaba el barrio?

Choco. ¡Así mismo!

Amaury Pérez. ¿Pero todavía se llama? ¿Todavía existe ese barrio?

Choco. No. Cuando la Revolución triunfó, recuerdo que una vez, Fidel, en los años 60 ó 61, se apareció en Santiago, a ese barrio, y lo liquidó e hizo el barrio de Vista Alegre Nuevo, porque en Santiago hay un Vista Alegre, que es el viejo que era donde vivían los tipos millonarios, ¡fíjate tú!

Amaury Pérez. Hizo entonces un Vista Alegre nuevo.

Choco. Un Vista Alegre nuevo, precioso, un barriecito precioso.

Amaury Pérez. ¿Pero tu casa no era una casa mala? Tu papá tenía un buen trabajo.

Choco. Mi papá era jefe de obra. Bueno, cuando mi padre muere, yo era muy chico, muy chico,  tendría un año, pero sí sé que la gente del barrio, los amigos de él, hablaban siempre, han hablado siempre cosas muy lindas y me ha hablado mi mamá y todos han hablado cosas muy sabrosas de mi papá. Por tanto creo que era una de las pocas casas que estaban hechas…

Amaury Pérez. Como se deben hacer.

Choco. Pero bueno, como el barrio se destruyó completico…

Amaury Pérez. También se fue la casa esa.

Choco. También se fue esa casa.

Amaury Pérez. Ahora, ¿Cuántos hermanos son ustedes, Choco?

Choco. Un mogollón, como dicen los españoles. (RISAS). Somos once hermanos.

Amaury Pérez. Tú. ¿Qué lugar ocupas en el escalafón ese de los once?

Choco. Soy, de los varones, el tercero. Éramos cuatro hombres y siete mujeres.

Amaury Pérez. Una gran familia.

Choco. Era casi un ejército.

Amaury Pérez. ¿Cómo tú mamá se las arreglaba para manejar ese ejército?

Choco. Mi mamá, yo creo que era una campeona. Una mujer con una fuerza tremenda, una mujer fuerte. Recuerdo que a veces cuando salíamos, ella parecía la hermana de mis hermanas, porque ya en aquella época las hermanas mías tenían unos cuantos años.

Fue una mujer muy fuerte que tuvo que lavar y planchar para la calle, para podernos criar. Creo que era una mujer con muchas habilidades, e hizo una pequeña tiendita, que tenía un bar. Entonces todo el familión éramos los que nos ocupábamos de la tiendita.

Recuerdo que yo tendría como 8 ó 9 años y me ponían en una mesita, como especie de un banquillo, a despachar. Con eso cogí mucha habilidad en matemáticas y mis hermanas eran las que un poco se ocupaban del barcito que estaba al lado. Imagínate, en un barrio como ese también, los individuos que iban a tomar un trago allí, se ponían un poco pesados. Había una vitrola que ponía mucha música mexicana y había una cultura de música mexicana increíble. Miguel Aceves Mejías…

Amaury Pérez. ¡Hay un grupo de mariachis santiagueros importantes!

Choco. Sí. Uno de esos muchachos que después creó ese grupo de mariachis es mi amigo. Bertha Zuno, la mexicana y Pancho, el comandantedespués mantuvieron con mucha fuerza ese grupo.

Amaury Pérez. ¡Cómo no, y los llevaron a México y todo!

Choco. Parecían auténticamente mexicanos, imagínate tú un negro con el sombrerote grande así tocando el violín como si fuera uno de los mexicanos, bueno sería haber escuchado tanta música mexicana de niños.

Amaury Pérez. Tú sabes Choco que yo, desde que te conozco y te conozco hace como 40 años, siempre cuando pienso en ti, cuando veo tus cuadros, incluso los que hay en mi casa, que hay dos, yo miro y veo los cuadros, pero siempre pienso en tu sonrisa, es decir, en una persona que siempre se está riendo, que siempre está buscando ese lado de la vida por el que vale la pena sonreír y ahora que me hablas de tu barrio, lo que tú me estás contando es como para que tú estuvieras siempre serio. ¿Cómo eran tus juegos de niño? ¿Qué cosas hacías en el barrio, que nos han revelado después la gran alegría que tu tienes de vivir?¿cómo era la atmósfera en tu barrio?

Choco. Nosotros jugábamos mucho a los escondidos, veíamos cómo la gente tocaba rumba allí en la esquina, y los borrachines hacían una rueda allí y tiraban los níqueles (monedas de diez centavos) para reunir dinero para tomar. Y nosotros veníamos, como chamacos así, veníamos por detrás a llevarnos algunos níqueles, algunos kilitos, y así. Todos los días tratábamos de inventar algo.

Amaury Pérez. Y ¿quién descubre que tú pintabas?

Choco. Una maestra mía.

Amaury Pérez. ¿Pero de primaria o de secundaria?

Choco. De primaria.

Amaury Pérez. De primaria.

Choco. Ella, las pocas veces que nos hemos visto, se pone muy orgullosa, muy contenta. Como uno siempre ahora está muy enredado, yo quería un poco acercarla. Últimamente no sé en qué estado está, ni dónde está; si sigue en Santiago, si sigue dando clases…

Amaury Pérez. Ya debe ser una persona mayor.

Choco. Sí, pero no tanto. A lo mejor este programa ayudaría…

Amaury Pérez. …a que ella apareciera, ¿no?

Choco. Apareciera y me escribiera.

Amaury Pérez. Bueno, va a salir una dirección a donde se puede escribir al programa. Así que ahí se sabrá. ¿Pero ella lo descubrió porque tú te entretenías en el aula pintando?

Choco. Sí, todas libretas estaban llenas de dibujos y, en fin, tú sabes que a veces uno se entretiene y uno a veces no se quiere aburrir en una clase y como tú…yo siempre digo que todo el mundo tiene dentro un pintor y lo desarrolla ahí, en esa mesa. A mí me da mucha gracia Fabelo, por ejemplo, como en reuniones se pone a pintar, a dibujar y está siempre dibujando. Ya eso no lo puedo hacer, no puedo dibujar, no puedo trabajar muchas veces cuando estoy fuera de Cuba, cuando estoy fuera de La Habana. Tengo que estar por ahí, hablando con la gente, viendo cómo caminan, cómo cocinan…

Amaury Pérez. No pintas, fuera de Cuba no pintas.

Choco. No puedo, pocas veces lo he hecho. Tengo que nutrirme de todo eso y después, cuando llego a La Habana; que realmente te digo que La Habana me encanta. Es el lugar donde quiero siempre estar, donde quiero siempre hacer mi obra.

Creo que mi vida, por lo general, ha sido aquí en La Habana. Santiago para mí, es la vida, y creo que lo conocí con mucha fuerza cuando fui a ser maestro de la escuela José Joaquín Tejada, en Santiago. Santiago está siempre dentro de mí.

Amaury Pérez. ¿Eso fue cuando el servicio social, no?

Choco. Sí. Estuve dos años allí trabajando y realmente conocí Santiago con mucha fuerza.

Amaury Pérez. Ahora, esta maestra te lleva entonces a una convocatoria, según tengo entendido, porque te tiene que haber llevado a algún lado para que de ahí, tú puedas venir a La Habana.

Choco. Sí. Eso salió en el periódico y me dijo: Mira tú que siempre estás garabateando ahí, ¿por qué no haces esa prueba?

Amaury Pérez. ¿Era para Instructores de Arte?

Choco. Para Instructores de Arte y ahí hice las pruebas. Un día llegó un telegrama, dice que me habían aceptado y vine para La Habana solo.

Amaury Pérez. ¿Pero todo eso fue a espaldas de tu mamá?

Choco. Bueno, te puedo decir que mi mamá me apoyó muchísimo, que en aquella época eso era muy complicado, que un negro vaya a estudiar las artes, la gente piensa en otra cosa. Ahora no, ahora todo el mundo, de cualquier color, quiere estudiar arte. (RISAS).

Pero en aquella época eso era muy complicado; y eso que yo no iba a estudiar ballet, si llego a estudiar ballet, a lo mejor mi familia me hubiese cogido y me hubiese ahorcado en la puerta de la casa (RISAS).

Amaury Pérez. Choco, ahora yo tengo una imagen así, veo a ese niño, no sé de qué edad, 12 ó 13 años, que se monta en una guagua en Santiago de Cuba y se baja con una maletica de madera en la Terminal, con un telegrama en la mano y llega aquí, a La Habana, solito.

Choco. Te puedo hablar con mucha fuerza de esa faceta, porque para mí fue una cosa muy extraña. Mi mamá me dio una maletica de palo, de rayitas, un suetercito y cinco pesos. Vine en una guagua Camberra, de esas impresionantes que habían en Cuba. Yo estaba impresionado en aquella guagua y nunca me bajé hasta que no llegué a La Habana.La guagua iba parando en diferentes lugares para orinar, descansar o comer. Y cuando llegué aquí a La Habana, a mí parecía como si hubiese llegado a Nueva York, porque todos aquellos edificios grandotes eran impresionantes para mí, recuerdo que un señor, taxista, me montó en su taxi. Yo le enseñé el telegrama y me dijo: ¡ah sí, te llevo! Me montó  en su taxi y cuando pasamos por el cementerio, me dijo: ¿tú debes venir con mucha hambre? Creo que me dio con un palo en la cabeza, porque era exactamente lo que yo tenía. Dobló y paró en la cafetería La Pelota, que en aquella época era una cosa impresionante, con unas luces increíbles, con unos bates y tenía unas fotos de peloteros. Él me invitó, el taxista me invitó.

Amaury Pérez. ¿Te acuerdas a qué te invitó?

Choco. El taxista me invitó a comer, a merendar y me dio un sándwich. En aquella época a ese sandwich que le llamaban “ladrillo”, porque era una tonelada de carne y un trocito de pan así, un sandwich grandísimo, con una latica de jugo. Después me llevó a la escuela, que era en el Hotel Comodoro.

Amaury Pérez. ¿La Escuela de Instructores de Arte estuvo primero en el Hotel Comodoro?

Choco. La escuela de Artes Plástica estaba en el Hotel Comodoro y allí estaba también parte de la gente de música y parte de la gente de teatro.

Amaury Pérez. ¿En qué año sería eso más o menos, Choco?

Choco. En el 62, 63. Me acuerdo que en los primeros meses lloré muchísimo, ¡imagínate!, tenía 13 años, solo, primera vez que me separaba de la familia, pero ya después me fui aclimatando. La gente me cuidaba mucho. Había un compañero mío santiaguero que hace poco me llamó de allá de Santiago, Francisco Revé y toda esta gente que eran mayores y que estaban ahí cuidándome, me pusieron a mí Chocolate. Ahí me pusieron Chocolate y yo cogí mucho gorrión porque, ¡coño!, no me gustaba que me dijeran Chocolate. Y Chocolate para arriba, Chocolate para abajo, hasta el punto de hoy que ya no me acuerdo como yo me llamo. A esta altura, mi mamá, mis hijos, todo el mundo me dice Choco.

Amaury Pérez. ¿Tú mamá también te dice Choco?

Choco. Sí, mis hermanos, todo el mundo y en Santiago de Cuba me decían “Pie” (pay).¡Parece que tengo que ver algo con la dulcería, chico, es una cosa tremenda…! (RISAS).

Amaury Pérez. Entonces, ¿te gradúas de Instructores de Arte y qué, ¿vas para la ENA de maestro?

Choco. No. Me gradúo en la escuela de Instructores de arte y tenía que ir a hacer el servicio social, porque eso era lo que decía el proyecto para ser instructor. Pero no tenía la edad suficiente.

Amaury Pérez. Eras muy niño todavía.

Choco. No tenía edad suficiente para obtener una plaza laboral. Creo que eso fue lo que nos salvó a este grupo de gente, que fuimos directo a la Escuela Nacional de Arte sin hacer pruebas. Luego que me gradúo, en el año 70es que voy a ser maestro en la escuela, allá en Santiago de Cuba.

Amaury Pérez. Y después ya vienes para La Habana.

Choco. Ya vine para La Habana a ser maestro.

Amaury Pérez. ¿Estuviste en la escuela de San Alejandro, no?

Choco. Estuve como tres años, después me dieron posibilidad de ser maestro de la Escuela Nacional de Artes, y allí estuve como siete años.

 

«Con 2 que se quieran Eduardo Roca (Choco) (Parte II)

«Con 2 que se quieran Eduardo Roca (Choco) (Parte II)

Amaury Pérez. Llega el 78 y el Choco va para Angola. ¿Quiénes eran del grupo que fue para Angola contigo y a qué fueron?

Choco. Nosotros fuimos como asesores culturales del Ministerio de Cultura o del Consejo de Cultura. Era formar escuelas, formar estudiantes. Hicimos mucho trabajo también con algunas delegaciones culturales. Algo parecido así a la UNEAC. Trabajamos en el incipiente Museo de Antropología, que era muy interesante; hicimos diferentes recorridos tratando de formar eso. Fuimos a Dumbo, a Mosamedes, a muchos lugares en Angola que estaba en guerra.

Amaury Pérez. Todavía el tiro estaba sato en el 78…

Choco. Dificilísimo. Y el grupo estaba formado por Nelson Domínguez, Johannes…

Amaury Pérez. ¿Johannes de danza, no?

Amaury Pérez. Sí. Era un grupo grande, ¿estaba Joaquín Betancourt?

Choco. Joaquín va después, junto con Gloria. Este es un grupo que viene un poco a sustituirnos a nosotros.

Amaury Pérez. Sí, pero están un tiempo juntos.

Choco. Estuvimos juntos un tiempecito que fue maravilloso.

Amaury Pérez. Además había dos personas ahí que estaban solteras, nada más que dos, que eran tú y Gloria. ¿Cómo fue ese encuentro con Gloria? Yo le quiero decir a los televidentes, como este programa no tiene graficación, que Gloria es una de las mujeres más dulces que he conocido en mi vida y una de las mulatas más bellas, el rostro más bello de esta Habana, lo tiene Gloria. ¿Cómo fue que tú pudiste conquistar a ese monumento de mulata?

Choco. Gloria me conocía a mí, dice, porque yo era maestro de la escuela, y ella era estudiante. En fin, ella empezó a decir montones de cosas, porque, mira, el Choco es un tipo tan feo, imagínate tú y al final, nos empatamos ¿Cómo fue? Tú sabes como dice eso, como son las cosas cuando son del alma, aconteció. Creo que todo vino como debía venir.

Amaury Pérez. ¿Tú te enamoraste enseguida de ella?

Choco. Nos enamoramos, nos vimos, nos hablamos y…

Amaury Pérez. …Hasta hoy.

Choco. Tenemos una familia, una familia bien bonita.

Amaury Pérez. Ahora, fíjate qué curioso. Cuando tú me dices eso, pienso de repente en los grandes momentos de tu vida, y pienso: una maestra, un taxista, África, Gloria, o sea, como hay una secuencia, ¿no?¿Cómo tú ves ahora a Gloria?, cómo es ella, tu compañera, la persona que más te defiende en el mundo, la que más te protege nadie te protege como Gloria.

Choco. Gloria. Yo he estado muy lejos de la familia por trabajo, a veces, porque no teníamos donde vivir y he estado a veces solo, después he estado viviendo en diferentes casas, de amigos… y  de ahí, poco a poco, he ido haciendo un grupo de gentes, un grupo de amigos, vecinos y siempre la familia. Creo que eso ha sido profundo en mí y para mí, porque sin eso hubiera sido imposible hacer la obra. Gloria es una mujer dura, a veces difícil, pero al final se cuadra como dice la gente. (RISAS).

Amaury Pérez. A mí me parece la mujer más dulce del mundo. Eso de difícil lo dejo para tu matrimonio, conmigo ha sido siempre una princesa.

Tus hijos estudian música ¿ninguno es artista plástico?

Choco. No, yo no quiero competencia en casa (RISAS). Si quieren que le hagan competencia a su mamá, que es la músico. Sandro es músico, está estudiando percusión, buenísimo, vago, como todos, creo que puede que desarrolle un gran talento pero es como todos nosotros.

Siempre dicen: ¡Mira tú, Amaury es tremendo cantante, pero cuando era chama era tremendo descarado y era no sé qué más y no iba a la escuela! (RISAS)A la mayoría de los famosos le ha pasado eso. El Tosco era un tipo increíble. Recuerdo que El Tosco era una cosa impresionante. Y ahora tú dices: ¡coño, qué clase de músico!

Amaury Pérez. Habría que crear una escuela para desaprender.

Choco. Así mismo, pero bueno, parece que eso es parte de las reglas.

Amaury Pérez. ¿De qué se graduó Gloria?

Choco. De dirección coral.

Amaury Pérez ¿Y la ejerce?

Choco. La ejerce, aunque ya últimamente lo que está es apoyándome y hace de vez en cuando, como consejera de grupos de muchachos, de corales, de cantantes. Ella ha ayudado mucho a gentes que hoy son grandes músicos como Lazarito Valdés (Bamboleo), Mayito (Van Van). Yo creo que es una gran maestra.

Amaury Pérez. Espero que también te sirva de educadora en tu propia casa.

Choco. Si.

Amaury Pérez. Porque además es la diseñadora de tu casa nueva.

Choco. Sí, ella es medio arquitecta.

Amaury Pérez. Ahora, vamos a ir de lleno a una cosa que se llama la Colagrafía. ¿Qué cosa es esa técnica? Porque eso es una técnica…¿de dónde sale?

Choco. Chico, la colagrafía es una técnica de grabado, muy contemporánea, surge por la década del 50, la crea un norteamericano de origen francés, de apellido Goethe, que ahora no recuerdo su nombre. En los años 80, nosotros empezamos a trabajar aquí, y yo fui uno también de los primeros. Ahí estaba Alfaro, Oscar Carballo…

Amaury Pérez. ¿Aquí en el Taller de Gráfica de La Habana?

Choco. Sí,  y también en Santiago de Cuba, pero la técnica no era universalmente conocida.

Amaury Pérez. Pero, ¿qué incluía? ¿Aquellas cosas que ustedes hacían que tenían trapos y sogas y madera, y todo mezclado en el grabado?

Choco. Te voy a explicar, porque es parte de eso. Después ya empiezo a trabajar inventando, porque viene el período especial, y esa técnica entonces viene como anillo al dedo. No hay que usar grandes recursos.

Recuerdo que mandaba a la gente que trabajaba conmigo a buscar por ahí lo que encontraran, entonces estaban los planes tarecos e íbamos por la calle recogiendo cosas, metidos en los latones de basura, y la gente nos gritaba buzos, cuando estábamos buscando cosas para hacer texturas. Ahí encontré cosas que botan mucho las viejitas, sobrecamas, que tienen unos tejidos maravillosos.

Amaury Pérez. Los mantelitos de las abuelas.

Choco. Exacto, pedazos de blue jeans, playwood, que cuando tú lo metes en agua salen las tiras que tienen una textura maravillosa. Todo esto empiezas en una matriz a pegarse y a componer, a conformar tu obra. Eso te da una textura maravillosa, te da una imagen increíble, que no la notas hasta que no la imprimes.

Siempre que yo imprimo una colagrafía es un misterio. Cuando la sacas y la ves tú siempre haces ¡¡Ay!! te quedas asombrado, cada vez que haces una. No me aburro, porque aquí no hay que medir, aquí no hay que contar, es experimentar.

La colagrafía, a veces se confunde con la litografía en muchas cosas. La colagrafía en muchas cosas se confunde con el grabado en metal, porque hay cosas que salen como si hubieses trabajado con esos otros procedimientos del grabado. Es un procedimiento muy contemporáneo.

Amaury Pérez. ¿Pero no se aceptaba mucho en los concursos?

Choco. No estaba aceptada en aquellos años.

Amaury Pérez. ¿Qué pensaban, que era una cosa menor, que era un arte menor o no lo comprendían?

Choco. No sé. No concursaba. Después empecé a hacer diferentes cursos en España, Japón, en el propio Estados Unidos hice varios cursos en diferentes universidades.

Y aquí había gente maravillosa, como Belkis Ayón, por ejemplo, que desarrolló con mucha fuerza la colagrafía sin utilizar color. Lo hacía en blanco y negro y le daba una riqueza de grises impresionante.

A veces me llamaban de otros lugares diciéndome: ¡Óigame, usted que inventó la colagrafía! ¡No, no, ojalá que hubiese sido yo! Lo que pasa es que como había período especial aquí, yo inventaba cualquier cosa, todo lo que aparecía, que pudiera darle vida a eso, lo usaba.

Cogía arena. Hasta un día fui a buscar arena allá a las playa del este, con mi impresor y cuando estábamos allí cogiendo con una bolsita, llegó un policía y: ¡oiga, que usted no puede coger arena! ¡Ven acá, mi hijo, si lo que quiero es una bolsita!

Amaury Pérez. Sí. ¡No voy a hacer una playa en mi casa!

Choco. Hasta la arena del mar se puede utilizar para hacer millones de cosas con la colagrafía, es una técnica, un procedimiento muy dócil, muy suave.

Amaury Pérez. Y natural.

Choco. Sí, te da unas posibilidades increíbles.

Amaury Pérez. Pero la gente aquí no te conocía mucho. Aquí no era demasiado reconocida esa técnica hasta que te dan el premio en Japón.

Choco. Sí. Ya casi no hacía otra cosa que la colagrafía. Lo que pasa es que el premio de Japón vino a poner la tapa al pomo.

Fui a Japón a recoger el premio y después tenía que dar unos cursos en Filadelfia, a trabajar en Filadelfia con otra gente, iba Belkis Ayón, en fin.

Fui a Nueva York a un taller donde trabajé con uno de los artistas y de los impresores más grandes que tiene Estados Unidos. Él ya estaba viejito y habían cambiado a mucha gente. Fui al taller y pregunté por Black y me dicen: no, Black está muy enfermito, no está viniendo. Estaba hablando con un puertorriqueño y me dice: ¿Y tú de dónde eres? Le digo: yo soy cubano. Me dice: ¡Ah, oye, los cubanos están haciendo montones de cosas interesantísimas. Allá hay un cubano que ganó un premio muy importante en Japón, que vi en la prensa, un tal Coco, Choco! Yo me quedé así mirándolo y le digo: ¡Ah, mira, soy yo!, él se quedó como si yo le estuviera diciendo una mentira.

Bueno, creo que esto continúa, acabo también de venir de Estados Unidos, porque la Universidad de Carolina del Norte me pidió hacer un curso sobre este procedimiento. Allí fue muy interesante y creo que si las situaciones no se ponen difíciles, podemos establecer un intercambio de estudiantes, que de hecho se está haciendo, de estudiantes, de artistas, que vengan y que vayan. Creo que los norteamericanos, los buenos norteamericanos piensan cosas muy interesantes sobre nosotros y creo que nunca nos han quitado la visión de que en Cuba se están haciendo y que hay muy buenas cosas por hacer.

Amaury Pérez. Ahora, tú sientes, Choco, cuando tú estás solo, cuando no está Gloria ni están los muchachos, ni están los amigos y yo sé que eso es una de las cosas que más tú adoras, estar con tus amigos. He participado alguna vez, más de una vez en esas reuniones y sé que esa es una de las cosas que tú disfrutas.

Pero ¿tú has tenido, dentro de Cuba, por ejemplo, todo el reconocimiento que merece tu talento, tu tenacidad y tu trabajo?

Choco. Mira, no sé si falta un poquito más pero lo que sí te puedo decir de corazón, es que la gente, la gente de pueblo, el cubano común y corriente, como se dice, me reconoce, me mima y me dice muchas cosas lindas y yo siento que ese es el reconocimiento más grande que a lo mejor yo merezca.

Amaury Pérez. Estoy acercándome a la curva final de la entrevista. En tu obra, que la conozco bien, hay la sensualidad de tu raza; seres con grandes labios, muchos elementos religiosos, de la cultura ancestral cubana de la que viene de África. ¿Tú eres una persona religiosa?

Choco. Soy religioso con los hombres. No me gusta que me digan mentiras, no quiero que le digan mentiras a la gente. Respeto muchísimo lo que se llama religión en sí.

Creo que los hombres tienen que creer en algo, si no en los vivos, en los muertos, o en lo que sea. Pero yo no estoy en ninguna religión,  me gusta hablar con los balalaos, con los espiritistas; que me miren, que me digan. A veces siento que hay cosas muy misteriosas porque he visto eso en África, en Haití, en Brasil, porque he estado allí. He visto eso de otra forma en algunos pueblos españoles, creo que el hombre piensa en eso.

Yo lo pongo en mi obra porque detrás de la puerta de cada casa, hay algo, un amuleto, cualquier cosita para espantar los malos espíritus. Porque además, la religión afrocubana, yo digo que es la religión cubana, como todos nosotros los cubanos, es parte de nuestra cultura, es parte de nuestra vida, y por tanto, la tengo que reflejar en mi obra de una forma u otra, porque lo he visto en mi casa, lo he visto en mi familia, lo he visto en mis amigos, que con fervor algunos creen en eso y lo practican, entonces eso merece un respeto.

Amaury Pérez. Bueno, igual que hay musulmanes, católicos, religiosos afrocubanos de todas las tendencias, espiritistas. Para terminar ¿tú crees que ser cubano es una religión?

Choco. Yo pienso que sí, y fuerte.

Amaury Pérez. Vamos a creer en ello. Te quiero mucho.

Choco. Igual.

Amaury Pérez. Muchas gracias por haber venido.

Choco. ¡Coño, gracias por invitarme!