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soyquiensoy (Ricardo R. González)

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«Con 2 que se quieran» Frank Fernández (Parte I)

«Con 2 que se quieran» Frank Fernández (Parte I)

“El pánico tiene ojos grandes”

Amaury Pérez. Buenas noches, estamos en “Con 2 que se quieran”, en el corazón de Centro Habana, en el barrio de Lezama, en los legendarios Estudios del ICAIC. Hoy nos acompaña, llenando de luz este espacio, este escenario, un hombre extraordinario, uno de los más grandes pianistas que ha dado la historia de nuestro país. Uno de los compositores más inspirados, uno de los amigos más queridos yentregados, uno de los más valientes, el maestro Frank Fernández. Gracias, Frank, buenas noches.

Frank Fernández. Es un placer.

Amaury Pérez. Yo quería empezar con una pregunta que puede sonar un poco ambigua. El maestro Ennio Morricone hace una separación muy clara entre la música absoluta, que es la música que hace el compositor para sí mismo, para desarrollar su obra, y la música aplicada, que es la música que se hace para una imagen, o para un arreglo.

Como usted, me voy a permitir tratarlo de usted, si quiere, y si no de tú, por la confianza que nos tenemos.

Frank Fernández. Tú, todo el mundo sabe que somos amigos.

Amaury Pérez. Sí, todo el mundo lo sabe. Bueno, tú que has trabajado en todos esos mundos. ¿Reconoces que hay una diferencia muy marcada entre esa música absoluta que decía Morricone y la música aplicada o hay un punto en que pueden converger?

Frank Fernández. Primero, nunca había meditado sobre ese aspecto. Hace muchos años, desde que yo tengo uso de razón, se habla de la música pura, ahora tú dices el término…

Amaury Pérez. Absoluta.

Frank Fernández. Absoluta, de Ennio Morricone, de la música por encargo, de la música incidental, de la música para oírla en momentos donde tiene un sentido utilitario. Yo creo que la música en líneas generales, es una sola. Creo que casi todos los compositores tienen una estrecha vinculación con su música que los ciega.

De hecho, desde Tchaikovsky, con el odio que le tenía a “Cascanueces” y al “Lago”, Cervantes, por citar a uno de los grandes nuestros, que decía que sus danzas para piano no eran para tocar en conciertos y resulta que nadie se acuerda de lo que él hizo para tocar en conciertos.

Y creo que podemos colocar también a Ennio Morricone, con todo el respeto y la admiración que él me merece, porque aunque la fama de una obra no justifique en absoluto su calidad, en el 95 por ciento de los casos, las obras que tienen calidad se hacen famosas.

A mí me parece que la música para cine, la música para medios audiovisuales, obliga al compositor a crear con mayor imaginación que cuando haces música absoluta.

Amaury Pérez. En un momento determinado hablaste de por qué una persona es más famosa y eso me lleva a otra pregunta: Porque tú eres famoso, pero además, eres popular y además, eres querido ¿Cómo se puede combinar todo eso?

Porque yo he estado en tus conciertos en Cuba y fuera de Cuba, e incluso los que no te conocen personalmente, terminan llorando, abrazándote y sintiéndose amigos tuyos siendo del público. ¿Cómo se pueden manejar esas tres cosas?, ser querido, ser famoso y además ser popular, incluso para el que no conoce demasiado la obra de Chopin, de Rachmaninov o de Tchaikovsky. ¿Cómo tú manejas eso?

Frank Fernández. Yo no creo que sea un músico famoso. Creo que soy un músico de mucho prestigio, no soy tan famoso. A veces el prestigio y la fama tienen su contradicción, y el precio de la fama es en muchos casos muy prostibulario, por usar una palabra elegante en este programa.

Yo sí sé que soy muy querido, sobre todo por mi pueblo, y me siento muy orgulloso de eso. Dijiste otra tercera cosa que no recuerdo ahora.

Amaury Pérez. Hablé de popularidad.

Frank Fernández. Eso está muy cerca de la fama.

Amaury Pérez. Es que quizás ningún músico cubano de concierto sea tan popular como Frank Fernández.

Frank Fernández. Considero que eso sí es cierto, aunque dicho sin modestia, se debe a que realmente yo amo profundamente la música popular. La música popular tiene una gran poesía, la verdadera y buena música popular.

Yo recuerdo que Mirta Aguirre, hablando de la Trova Tradicional, ella me decía, refiriéndose a los textos que ahí había una poética de oro que todavía estaba por reivindicar. Y me parece que ese amor y ese respeto que yo he tenido para la música popular, y que se ha manifestado no sólo en haber compartido con grandes músicos populares, haber producido discos a grandes músicos populares, haber hecho arreglos a grandes músicos populares, sino también en una actitud personal de amor, la gente la capta.

Entonces yo llego a Mayarí y está Pachi Naranjo tocando y Cándido Fabré improvisando, en la época en que Cándido Fabré y Pachi Naranjo…

Amaury Pérez. Trabajaban juntos.

Frank Fernández. Y apenas yo pongo la mano en el piano, Cándido Fabré se vira y empieza 45 minutos de improvisación junto conmigo y el pueblo de Mayarí a dar gritos y alaridos de alegría.

Esas son cosas que, primero, si tú me propones hacerla, yo no soy capaz. Quizás Cándido que es un improvisador realmente.

Amaury Pérez. ¡Asombroso!

Frank Fernández. Extraordinario, muy fuera de lo normal. Lo pudiera repetir pero yo creo que esas cosas… No había una cámara, no había un micrófono, o sea, uno no estaba trabajando para la popularidad. Yo me estaba dando un placer estético y espiritual extraordinario.

Amaury Pérez. Ahora hablaste de Mayarí y todo el mundo en Cuba sabe que tú eres de Mayarí. Pero, ¿de Mayarí Arriba, de Mayarí Abajo? Nunca has hablado mucho de Mayarí en detalle.

Frank Fernández. Yo tengo mucha discrepancia con ese Mayarí Arriba y Mayarí Abajo, hasta con grandes amigos importantes.

Amaury Pérez. De uno de esos amigos importantes vino la pregunta.

Frank Fernández. En una ocasión le dije a uno de esos amigos importantes, que hubiera preferido que hubiese nacido en Mayarí Arriba y combatido en Mayarí Abajo. De hecho me tienen trabajando para Mayarí Arriba, mi música está en el Mausoleo y en muchas cosas de las que me siento orgulloso.

Y el pobre Mayarí Abajo, hay que ponerle un poco de maquillaje mucho más fuerte que el que nos pusieron a ti y a mí. Existía, Amaury, de verdad, existía Mayarí y cuando Compay Segundo hace su canción, él no dice: ¡Voy para Mayarí Abajo!

Amaury Pérez. ¡De Alto Cedro voy para Marcané!

Frank Fernández. De Alto Cedro voy para Marcané, llego a Cueto, voy para Mayarí Abajo, no, no. Voy para Mayarí. Mayarí Arriba eran cuatro casas. Entonces yo soy de Mayarí, Oriente, que ahora es de Holguín y vivo muy orgulloso de eso además.

Amaury Pérez. Y cómo era el niño Frank, el niño de Mayarí. ¿Cómo se desenvolvía, cómo era tu familia, tu papá, tu mamá?

Frank Fernández. Ahí hay cosas muy contradictorias. Yo me escapaba para ir al río, por ejemplo, el río Mayarí bordeaba toda la calle Leite Vidal, dicen que Mayarí era un pueblo con una sola calle, no es cierto, tenía tres.

Como era un pueblo tan antiguo, el primer asentamiento aborigen de Cuba al decir de Núñez Jiménez, lógicamente no había acueducto, y pues estaba al lado del río y los pobladores iban a tomar el agua de ahí.

Entonces yo iba a ese río, que para mí era la felicidad, para mí era la libertad. Me escapaba de la escuela y me encantaba bañarme en el río. Ese era y sigue siendo uno de los recuerdos más alegres, más felices de toda mi vida.

Pero también allí, a los 6 años, perdí a mi mamá. Ahora perdí hasta la casa, porque se quemó, hicieron un busto muy lindo la gente de Mayarí, que se lo agradezco.

No tener madre es algo muy terrible, entonces mi niñez fue muy feliz mientras yo no fui consciente de esa soledad.

A partir de la conciencia de lo que es no saber lo que es una madre, qué es el cariño de una madre, mi adolescencia empezó a tornarse terrible, angustiosa y yo creo que todas mis malas pulgas, que hay quien dice que soy un pesado, que tengo un carácter un poco duro, quizás a veces sea cierto, se deben a esa falta de cariño, a esa búsqueda.

Igual que un niño chiquitico cuando empieza a llorar y lo que está pidiendo es amor, pues quizás yo también. No estoy justificando mis problemas de carácter, si es que existen.

Mi niñez se desenvolvió en la academia de mi madre, donde empecé a tocar el piano muy temprano, de oído, a los cuatro años, según me cuentan. Pero se desenvolvió también en la casa de Martín Meléndez, que era el director de la Banda Municipal, y allí conocí a Sindo Garay, allí conocí a Manuel Corona, allí conocí los boleros de Pepe Sánchez.

Allí comencé a hacer segunda voz de oído y como era tan niño, gracias a Dios, no sabía que aquello era popular y que lo que sonaba en mi casa era culto, o clásico.

En mi casa se tocaba Mozart, Shumann, Liszt que era lo que enseñaba mi madre; y en casa de Martín se tocaban otras maravillas, que yo no sabía que eran populares, que era Perla Marina, Mercedes, Santa Cecilia, Longina…

Allí conocí a Cueto, a Miguel Matamoros y pienso que está todo muy ligado, porque saliste de, o salimos juntos en la conversación de la popularidad y caímos en mi pueblo.

Creo que si algo importante tiene Mayarí en ese cariño que me tiene la gente, es que no me ha hecho perder nunca, con la conciencia de que yo puedo ser un gran músico, puedo ser, incluso para algunos, un gran pianista, pero desde el punto de vista personal, yo no soy más importante que ninguno de los compañeros que están aquí.

Por eso cuando llego a los lugares saludo. Alguien me dijo un día: ¿Por qué saludas a todo el mundo? Y le contesté, porque todo el mundo es muy importante.

Amaury Pérez. De todas maneras no voy a formar parte del coro de las personas que hablan de tu comportamiento social. Que si eres malcriado, que si eres muy exigente. No voy a meterme en eso.

Pero sí soy testigo de que eres muy riguroso, extremadamente riguroso y disciplinado y, disciplinante, no sé siquiera si existe el vocablo. Lo he sentido en carne propia. ¿Eso es una cosa que también proviene de tu niñez, de tu familia, de tu infancia o es una cosa que los años, los avatares del destino, y los golpes que has sufrido te enseñaron que ser riguroso, que ser disciplinado y ser ejemplarizante en algunos momentos y, ejemplar, lleva a las personas al éxito?

Frank Fernández. Otra pregunta que tampoco sé exactamente, Amaury, cómo contestártela, pero pensando en la pregunta, creo que desde los primeros momentos tiene que haber habido una influencia en cuanto al respeto al trabajo.

Porque mi madre, lo poquito que yo recuerdo de ella, se levantaba muy temprano, iba a la iglesia, era la organista de la iglesia, venía, limpiaba la casa y como a las nueve de la mañana, nueve y media, empezaban a llegar sus alumnos.

Yo tuve la suerte, siempre he tenido la suerte de tener gente a mi lado muy valiosa y nadie logra nada importante sin sudoración, sin un gran rigor. Y cualquier cosa fácil, realmente nunca llega a ser importante.

Amaury Pérez. ¿Cuánto trabajo te costó salir de Mayarí y llegar a La Habana?

Frank Fernández. En primer lugar, el conflicto fue que me dejaron venir a La Habana para estudiar comercio, y yo no sabía cómo me iba a zafar de eso, ¿Por qué me costó mucho trabajo? Porque tenía en mi interior la certeza de que yo nada más podía ser músico. Pero negocié con mi padre que venía a La Habana a estudiar comercio.

Me dijo: yo te retiro el estipendio y tú, o vienes a Mayarí o te las arreglas porque no voy a colaborar con tu desgracia. Me dio la gran ayuda de que tuve que trabajar para comer.

Amaury Pérez. ¿Dónde?

Frank Fernández. Empecé a trabajar en lugares como el lobby del Hotel Saint John’s. Imagínate, que allí compartía con José Antonio Méndez, con César Portillo de la Luz. Con Ella O’Farril y yo con 14, 15 años.

Llegaba de pronto Elena Burke o llegaba Omara Portuondo y en un año y cuatro meses que estuve trabajando en la música popular, llegué a ser acompañante de Elena Burke en el Karachi. Y compartía con René Cabell.

Amaury Pérez. ¡El gran tenor!

Frank Fernández. A las cinco de la tarde, había un negrito, chiquito, cabezón; yo trabajaba con Elena hasta las tres de la mañana y me iba a las cinco para oír al negro chiquito cabezón, que le decían Bola de Nieve, y del cual aprendí muchísimo.

Esa dificultad de poderme quedar en La Habana, ese poder salir de Mayarí, se convirtió en uno de los pilares fundamentales de mi carrera, de mi vida profesional porque aquello, más que un medio de vida se convirtió en una escuela.

Amaury Pérez. ¿Y el encuentro con Margot Rojas cuándo fue?

Frank Fernández. Yo dije: ¿dónde está la mejor maestra de piano? Y alguien, que tenía su criterio personal, no quiere decir que no había otras lumbreras como Pérez Sentenat, como Olga de Blanck, Gisela Hernández, Ángela Quintana, que también daban clases. Pero el prestigio de Margot Rojas era enorme, porque había sido alumna de Lambert, un alumno de Frank Liszt y era como tener una transmisión con el siglo XIX. Margot era una nieta de Liszt, musicalmente hablando.

Fui a verla y Margot me dijo: “Tienes mucho talento, pero si no dejas la música popular, no te doy clases.” Cosa que he pensado mucho, porque Margot respetaba mucho la música popular. Creo que Margot nunca dijo esa frase basada en ningún problema estético, ni siquiera técnico, creo que lo dijo desde el punto de vista social. Desgraciadamente ese tipo de expresión musical, se desarrolla por las noches.

Amaury Pérez. ¡Claro!

Frank Fernández. Está ligado el trago y el rigor está muy lejos de eso. Porque recuerdo que estudiaba muchas veces para tocar mejor, y si no iba al lugar un amigo o una amiga mía, apenas me aplaudían. Fíjate las claques, que así le llaman, existen desde la época de Liszt.

Hay una anécdota de Frank Liszt, considerado, por si acaso hay algún televidente que no lo sabe, yo sé que tú sí, el más grande pianista del siglo XIX, el más grande del mundo, y tenía su claque. Dicen que la claque de Liszt, era una viejita que cuando él empezaba a tocar, tocaba con mucha velocidad y llegaba un momento que la velocidad no le podía permitir tocar limpio, tocar bien, y la vejita, después de varios suspiros, se desmayaba. Al desmayarse la viejita, Liszt dejaba de tocar en el momento en que se iba a equivocar y socorría a aquella señora, lo cual provocaba una ovación aún mayor. Esto me lo contaron en Moscú, una nieta de Rachmaninov, y un un día, como él realmente era muy bueno, a la viejita se le olvidó desmayarse y entonces el que se desmayó fue Liszt. Pero la verdad es que las claques funcionan.

Uno de los aspectos a los que yo creo que Margot le hizo rechazo, fue a esa trasnochada, a esa falta de rigor, a esa falta, a veces, de valoración. No se va a escuchar música a esos lugares, no pagan una entrada para ir a escuchar música, pagan una entrada para enamorar, para distraerse, para emborracharse, y de paso por ahí está un pianista o un cantante o un guitarrista, que te hacen cositas dulces al oído que te pueden ayudar.

Amaury Pérez. Hablaste de Moscú ¿Cómo llega el estudiante de piano a Moscú y después llega a ser el primer pianista cubano que toca en el gran Conservatorio Tchaikovsky de Moscú?

Frank Fernández. Por Margot Rojas. Porque cuando Margot me hace ese planteamiento, más las experiencias de tipo social que te acabo de explicar, decidí volver a Mayarí, para luchar por conquistar a Margot y me puse a dirigir un coro de aficionados en Nicaro y Mayarí, esperando la primera oportunidad para volver a La Habana, para no tener que mantenerme económicamente de la música de los cabarets y de los clubes. Y lo logré cuando vino un director, Henry Mozzer. Como yo dirigía un coro, vine como alumno oyente, terminé en los primeros lugares de los alumnos oyentes, y con esas características que hacen los maestros en esos cursos, Mozzer escribió: Frank Fernández puede ser un gran director de coro, pero mejor pianista.

Entonces, como siempre o casi siempre pasa, como lo dijo un extranjero todo el mundo lo creyó, y me dejaron trabajar en el Amadeo Roldán de profesor asistente de Manuel Ochoa, el director del coro.  O sea, yo era alumno-profesor y Margot entonces me admitió en su clase.

Seis años después, en un concurso UNEAC pude ganar el Primer Premio, a pesar de ser el único concursante que no tenía un instrumento. Y el premio fue: tocar con la Sinfónica Nacional y 300 pesos, pero 300 pesos del año 66.

Amaury Pérez. ¡Era mucho dinero!

Frank Fernández. Muchísimo. Pero lo más grande, lo que sí fue muchísimo, es que era una beca en el Conservatorio de Tchaikovsky de Moscú. En ese momento y yo creo que hasta hoy dia, las dos cúspides del piano, eran la Juilliard de Nueva York y el Conservatorio de Moscú.

Y a Moscú pude llegar y pude encontrar al maestro y gran pianista, Víctor Merzhanov, que por suerte, había estado en Cuba como jurado del concurso y me admitió en su clase.

Amaury Pérez. ¿Cuántos años fue tu profesor?

Frank Fernández. Cinco años y medio

Amaury Pérez. ¿Y cuándo regresas a Moscú a dar un concierto en el mismo Conservatorio donde recibiste clases? Creo que más nadie lo ha hecho.

Frank Fernández. Yo la fecha no la recuerdo exactamente.

Amaury Pérez. Más o menos.

Frank Fernández. He estado ya cerca de diez o quince veces, de las cuales cinco o seis he tocado en la gran sala del Conservatorio, una de las seis mejores acústicas del mundo, y yo no conozco ningún otro cubano que haya tocado tantas veces. Considero que eso es un premio que me ha dado la vida.

Amaury Pérez. Pero la sensación de la primera vez, esa sí debes recordarla.

«Con 2 que se quieran» Frank Fernández (Parte II)

«Con 2 que se quieran» Frank Fernández (Parte II)

Frank Fernández. Sí, totalmente. Es una sensación entre placer y pánico extraordinario. La adrenalina en el techo, porque tú pisas y dices: aquí pisó Tchaikovsky, aquí pisó Rachmaninov, aquí pisaron Antón y Nikolái Rubistein.

Porque es verdad, han estado toda esa gente y entonces tú de pronto pisas ese mismo suelo y sabes que allá te queda el piano y empiezas a mirar los cuadros que rodean la sala. Está Beethoven, está Chopin, está Tchaikovsky, está Rachmaninov.

Es algo impresionante, es intimidante, pero a la vez es sensacional. A mí me gusta la adrenalina, no sé a ti. Creo que el pánico tiene ojos grandes y si tú logras dominarlo, ves mejor.

Amaury Pérez. Ahora hablemos del Frank maestro. Posiblemente no exista ningún maestro de piano en Cuba que tenga tantos alumnos laureados como tú. Y entre esos alumnos, laureados y aventajados, voy a incluir a prácticamente toda nuestra generación de La Nueva Trova.

Yo me considero alumno tuyo, Silvio se considera alumno tuyo, Pablo es alumno tuyo, Vicente, Adalberto Álvarez, la gente del grupo Manguaré, Pancho, en fin, todos somos alumnos de Frank Fernández. Pero ¿Frank ha recibido siempre el agradecimiento de sus alumnos?

Frank Fernández. Tú, si no pones la cosa mala no eres feliz. Un maestro tiene que quitarse un pedazo del alma para poder tener éxito con un alumno. Y yo siempre he dicho que a los maestros deberían pagarle diez veces más que a los artistas, porque el artista sale a la escena y si lo hace bien inmediatamente tiene un…

Amaury Pérez. Recibe una recompensa.

Frank Fernández. Total, total y rápidamente, hasta con la mirada de la gente. La gente te mira con amor y te aplauden con agradecimiento. El maestro se puede pasar cinco años, como yo me los he pasado, seis, catorce en algunos casos, preparando un alumno.

Si el alumno gana un premio es porque tiene talento y hasta algunos escritores importantes lo dejan escrito en los libros, y si el alumno no gana el premio es porque el maestro es malo.

Amaury Pérez. El maestro no lo enseñó bien.

Frank Fernández. Pero lo más terrible no es eso. Lo más terrible, en muchos casos, no en todos, es que cuando el alumno te necesita, tú eres su  papá, su mamá, su hermano, su tío. Trata de acercarse, te ayuda, te trae el vaso de agua, el café, quiere a tu familia. No estoy hablando de ninguna actitud premeditada en todos los casos, en la mayoría de los casos es una actitud natural de necesidad de acercarse a esa luz que le está dando el profesor.

Pero poco a poco, cuando el alumno va adquiriendo y va chupando, como una especie de vampiro, va chupando esa sangre y va aprendiendo, empieza a ver al profesor como la competencia.

Hay frases famosas de algunos de mis alumnos, de las más decentes, de yo decirle a uno, ya laureado. ¿Por qué no tocas esto así? Y me dice: Maestro, si es que ya todo lo hago igual que usted, ya estoy loco por hacer cualquier cosa, pero que no sea como usted.

Yo me quedé impresionado, no fue una bronca, no fue una actitud airada, no fue con desprecio, era una necesidad de ser él mismo. Entonces llega el momento en que esa necesidad de libertad, esa necesidad de sentirse otra persona, lleva a los alumnos hasta la traición. Y hablar mal de sus maestros y hacer cosas inimaginables.

Y casi siempre la gente más agradecida, en los casos en que hay mucho tiempo trabajando con los alumnos, no es el caso de ustedes, que yo te agradezco la generosidad, que fueron pequeños lapsos de tiempo, cuando hice tus primeros arreglos, ayudé a Silvio como productor. Yo te hablo de dedicarse muchos años a la preparación de un alumno, la traición de un alumno puede ser desastrosa, te puede dejar un año sin tocar. A mí me pasó. Yo estuve un año sin poder tocar el piano por una traición de un alumno, brillante alumno, excelente pianista, que llegó a decirle a un ministro de Cultura: el mejor profesor del mundo es Frank Fernández y entonces el ministro le dijo: sí, un pianista muy bueno. A lo que él respondió: bueno, pianista ya no tanto, porque empezó muy tarde, pero es el mejor profesor del mundo.

Eso fue hace más de veinte y cinco años y gracias a Margot y a mi madre, y a mi esfuerzo y mi sudoración, todavía puedo seguir tocando el piano

Amaury Pérez. ¿Las dificultades técnicas a la hora de tocar son las mismas para la música popular que para la música de concierto?

Frank Fernández. La pregunta es bien difícil. Existe el criterio de que la música clásica sí necesita una gran técnica y la música popular no. Yo pienso que la diferencia técnica entre la música clásica y la música popular no existe.

Lo que sí existe es que dentro de la música clásica, tocar Prokofiev, lleva unos parámetros técnicos diferentes a lo que es tocar Chopin. El sonido se produce de otra manea. El carácter expresivo de ese sonido, tiene que ser hecho de otra manera.

Igual, tú no puedes tocar un guajeo, tú no puedes tocar un son, no puedes tocar un changüi, (si los changüiseros permitieran que hubiese un piano) con la misma, -esa es una palabra francesa-, touché, el mismo enfoque, la misma forma de atacar que acompañar “Acuérdate de abril”.

Amaury Pérez. ¡Claro!

Frank Fernández. O Pequeña Serenata diurna. Ahí hay diferencias técnicas, pero no son porque sea popular o sea culto. Es que el carácter de la obra artística implica una forma de tocar distinta.

Por ejemplo, Keith Jarret, la técnica de Keith Jarret le permite, y de hecho lo hace y lo está dejando grabado, tocar todos los preludios y fugas de Bach y tocar cualquier cosa jazzística, que está dentro de los llamados géneros de la música popular.

Chucho Valdés, que es un extraordinario pianista, tiene pasajes de una dificultad tan grande como una obra de Liszt. Cuado tú atacas un bolero, no es lo mismo que cuando atacas un merengue.

Cuando tú tocas a Mozart no puede ser tan violento como cuando tocas a Beethoven. Ahí están las diferencias técnicas. Pero yo estoy en contra de que en la música popular no hay técnica y que en la música clásica sí hay técnica. Eso nada más lo dicen los que son incapaces de hacer las dos cosas.

Amaury Pérez. Frank, en la música de concierto, ¿uno puede elegir con qué compositores se siente más cómodo?. Por ejemplo, yo te siento muy cómodo con los románticos, con Rachmaninov, con Tchaikosvki, con Chopin. ¿Uno puede decidir qué tocar o hay que tocar obligatoriamente a Beethoven, hay que tocar necesariamente a Prokofiev?

Frank Fernández. Yo creo que no hay ninguna ley que exija eso, ni siquiera un protocolo internacional que te lo exija. A mí me parece que hay algunos autores que sí son básicos. Yo creo que los barrocos, Bach, los clásicos, Mozart, Haydn, que están en la base, hay que conocerlos, sería útil tocarlos, aunque no sean los que mejor te salgan.

Y luego se pasa a los grandes románticos: Liszt, Chopin. A los de mucha contemporaneidad como Prokófiev, porque los aspectos técnicos desde ese horizonte tan amplio, te obligan a desarrollar un aparato de virtuosismo mucho mayor.

Sólo por esa razón a mí me parece que sería conveniente tocar diversos autores. El siglo XXI es el siglo del eclecticismo, la peste el que se parezca al otro y yo creo que esa cosa de dedicarse a un solo compositor no es posible y no está de moda.

Amaury Pérez. ¿Pero tú tienes tu preferido, no?

Frank Fernández. Sí, el último que toco.

Amaury Pérez. Imaginemos a un cubano, un pianista cubano, de Mayarí, graduado en el Tchaikosvki, que de repente va a tocar en el Carnegie Hall a George Gershwin ¿Cómo te imaginas que los norteamericanos, tan acostumbrados a oír un Rhapsody in Blue o El concierto en Fa te recibirían?

Frank Fernández. A mí me parece que me recibirían bastante bien. Pero la experiencia similar a la que tú propones, la tuve hace dos años en Moscú, donde me pidieron Rachmaninov, en la gran sala de Conciertos.

Amaury Pérez. Bailar en casa del trompo.

Frank Fernández. Y está considerado además, el más ruso de todos los compositores. Contrario a lo que mucha gente piensa, que es Tchaikosvki. Es Rachmaninov el más ruso de todos los compositores.

Y aquello fue una cosa muy difícil, pero yo sé que en este programa no se admiten otras cosas que no sean las buenas palabras.

Amaury Pérez. No, las malas también, aquí hay unos cuántos que han dicho las suyas.

Frank Fernández. Pero en cualquier momento sería bueno que vieses lo que pasó allí.

Amaury Pérez. ¿Qué concierto tocaste?

Frank Fernández. El segundo, además que es el más famoso.

Amaury Pérez. El más famoso, el más extraordinario. Particularmente yo no soy crítico de nada, pero para mí nadie toca el Nº 2 de Rachmaninov como Frank Fernández.

Ahora voy a dar un saltico rápido a un par de preguntas que me parecen esenciales. Tú, que todavía eres un hombre muy guapo.

Frank Fernández. Gracias, es que la maquillista es amiga de una amiga mía.

Amaury Pérez. Sí, y a mí me gusta celebrar le belleza femenina y la masculina también. Un día llegaste a la Escuela de Arte y conociste a la muchacha más bonita que había, por la que todos los varones en esa época suspiraban.

Incluso conozco a mucha gente que todavía suspira por ella a tus espaldas.

Frank Fernández. Todavía, todavía.

Amaury Pérez. Háblame de Alina, tu compañera, tu esposa y una persona sencillamente extraordinaria.

Frank Fernández. Bueno, Alina, en primer lugar, es eso que tú dijiste, una mujer muy bella, unos ojos extraordinarios.

Amaury Pérez. Los ojos de Alina.

Frank Fernández. Es una mujer muy bella. Pero también es bella por dentro. Tenemos 37 años de estar juntos y no te voy a negar  que hemos tenido muchísimas discusiones en estos 37 años, que de alguna manera yo he llegado a pensar que ratifican que todavía estamos enamorados.

Para mí fue una suerte encontrármela. Es una cellista fantástica, debería tocar todavía más. Toca, te puedo recordar y el público quizás la recuerde, en el arreglo que yo hice de “Te amaré”, de Silvio.

Amaury Pérez. Bello.

Frank Fernández. Allí hace el cello Alina. Y ha sido una suerte encontrármela, que además me ha dado dos hijos.

Amaury Pérez. También músicos.

Frank Fernández. Que son excelentes músicos: Liana, pianista concertista y Frank Ernesto, oboísta.

Somos una pareja, que yo creo que ya no podemos vivir el uno sin el otro.

Amaury Pérez. Hay gente que dice que Frank es un hombre que a la hora de tocar lleva al piano vasos de agua, invoca espíritus, lleva amuletos. Yo no los veo en realidad o los pones en un lugar donde no se ven desde el público, pero me han contado tramoyistas, fíjate que no son dados a hablar de más, dicen que Frank está lleno de espíritus que los convoca al piano. ¿Es cierto?

Frank Fernández. Yo creo que los espíritus siempre han estado conmigo y siempre he sentido una presencia, sobre todo el espíritu de mi madre. Pero no los convoco de la manera religiosa que se acostumbra. No soy un practicante de ninguna religión en este momento. Fui monaguillo.

Y lo que el tramoyista te puede haber dicho, es un cenicero con agua que yo pongo, a veces, dentro del piano. Últimamente no lo estoy poniendo, porque un día se me botó uno y desgracié un piano en Moscú. Si volvía a llevar eso no podía tocar más. Yo no sudo las manos, sudo mucho el cuerpo, pero no sudo las manos. Y entonces utilizo eso para mojarme los dedos. Y de ahí, debe haber surgido esa anécdota, que tiene una base.

Amaury Pérez. Claro, porque hay agua.

Fank Fernández. Hay agua y yo, además, a veces lo he hecho delante del público. Y me gusta también hacerlo para que la gente goce, a la gente le encanta. Y en momentos comos estos en que se ha desarrollado mucho el asunto esotérico, yo no sé si es la necesidad de encontrarse a sí mismos o es miedo al futuro, pero toda esta onda retro que existe, a mí me parece que las religiones han tomado mucha fuerza. El ser humano como que se está de nuevo buscando. Quizás el desarrollo tan brutal de la tecnología, que deshumaniza cuando es mal utilizada. El día que tenga ganas de hacerme el santo, me lo hago, pero hasta ahora no he sentido la necesidad.

Amaury Pérez. ¿Y Cuba podría ser un talismán para ti?

Frank Fernández. Cuba es, Mayarí en primer lugar, el espíritu de mi madre, la Revolución cubana son talismanes poderosísimos, la fuerza que a mí me da sentirme cubano, porque yo me siento responsable de Cuba en muchos aspectos. No puedo hacer todo lo que quisiera. Soy muy criticón donde creo que debo hacerlo. Pero yo adoro Cuba y me siento un representante querido por el pueblo cubano y creo que eso es una responsabilidad extraordinaria.

Y tú no te imaginas cuando yo voy a salir a escena fuera de Cuba la fuerza que a mí me da saber que es posible que llegue la noticia. Aunque tú sabes que eso de que llegue la noticia… entre los pocos espacios que te dan y algún periodista que no te quiera, ya te desgraciaste.

Amaury Pérez. Y los dos minutos en el noticiero.

Frank Fernández. Incluso he tenido discusiones, porque he salido en periódicos importantes afuera, en la televisión afuera, y he ido a la embajada con el de Prensa Latina y le digo: ¡Oye!, ¿mandaste la noticia? ¡Mándala a la dirección de Juventud Rebelde, mándasela a Granma, dile especial para Granma, a ti te hacen caso!, porque a mí me gusta muchísimo que mi gente sepa que yo hice algo bueno fuera de aquí. Porque ahí están esos grandes talismanes, que son el amor recibido y que le tengo a este país.

Amaury Pérez. Muchas gracias, Frank. Muchas gracias por venir, de un alumno temporal siempre agradecido.

Frank Fernández. Muchas gracias

«Con 2 que se quieran» Zaida del Río (Parte I)

«Con 2 que se quieran» Zaida del Río (Parte I)

 “Tengo la calma para ver salir las estrellas”

Amaury. Muy buenas noches. Estamos en Con 2 que se quieran, este programa semanal que intentamos llevar a ustedes, desde aquí, desde el corazón de La Habana, en Prado y Trocadero, barrio de Lezama Lima, en los legendarios Estudios de Sonido del ICAIC.

Hoy, tenemos esta noche con nosotros a una bella mujer, extraordinaria pintora, ceramista, escritora, grabadora. Ella en realidad logró hacer todo y tiene la suerte de hacerlo todo bien. Mi querida, adorada amiga, Zaida del Río. Bienvenida, Zaida.

Zaida. Gracias, cariño

Amaury. Muchas gracias por aceptar mi invitación.

Zaida. Sabes que te quiero.

Amaury. ¡Que bonita estás!

Zaida. Muchísimas gracias, lo mismo podría decir de ti.

Amaury. Reynaldo González escribió de ti esta sentencia: “Dichoso el país que cuenta con una artista como Zaida del Río”. ¿Qué sientes cuando se dicen cosas tan tremendas como esa?

Zaida. Bueno, normalmente no las espero, porque uno vive siempre y, a ti te debe pasar también, ajeno a todas esas cosas bellas que se dicen de uno, producto de la obra, de los años que uno lleva trabajando, de la gente viendo los ires y venires de la vida.

Yo me siento muy feliz de que en mi propio país sea reconocida, que es lo más importante. Seré reconocida en el mundo, pero siempre me importó mucho que me reconocieran aquí, donde he decidido estar y donde siempre digo que he recibido todo lo que tengo por dentro y que aporto, ¿no? Es decir, lo que dijo Reynaldo, lo que me acabas de decir tú, todo eso para mí es grato, maravilloso y es un gran tesoro.

Amaury. En un poema tuyo que encontré, lo encontré en Internet, en realidad, dices que tú vives en “mundos indefinidos”. Sin embargo tú trabajas con líneas, que son mundos bien definidos. ¿Cómo yo podría interpretar eso?

Zaida. Eso son metáforas, cosas mías. Yo le llamo mundo indefinido al momento extrañísimo y mágico que es cuando se va la noche y llega el día, eso es para mí el mundo indefinido. La indefinición de la neblina, de la niebla. Para mí el mundo indefinido es el cambio de una hora hacia otra.

Amaury. ¿El crepúsculo te gusta?

Zaida. El crepúsculo, pero también el amanecer y eso es a lo que yo le llamo mundos indefinidos, porque en esos mundos, como que mi espíritu es ingrávido, no existe. Pero claro, mi obra es definida, como has dicho, básicamente lineal, de línea fuerte, de colores fuertes. No tengo claros oscuros como otros artistas, como aguadas, es decir, pasé por esas etapas en otros momentos. Yo soy muy definida en mis cosas, en lo que escribo, en lo que hablo, en mi vida, muy segura, pero cuando hablé de mundos indefinidos, hablé de eso, de la indefinición esa de la atmósfera, de cuando va a salir una estrella. Tengo la calma y el tiempo para ver salir las estrellas. Y a eso fue a lo que me refería cuando decía mundos indefinidos.

Amaury. Yo tengo un cuadro tuyo que es un dibujo, uno de los primeros cuadros, cuando nos conocimos en el año 74 ó 75, que es un cuadro que todo el mundo se disputa en mi casa, es un dibujo a plumilla, un gorrión mirándose en un espejo que está bordado de flores y troncos y ramas. Tú dibujabas mucho y ya no dibujas tanto. ¿Por qué?

Zaida. Sí, yo sí dibujo, y dibujo menos que antes, porque pasó algo con el mercado, pasó algo que se quería tela todo el tiempo y cuando empecé a trabajar la tela le cogí el gusto y ahora me gusta pintar en tela. Pero indudablemente siempre lo diré, que yo soy eminentemente dibujante, y ¿qué pasa?, que en aquellos tiempos le tenía miedo a la tela; ya no me pasa eso y ya yo hago con la tela lo que quiero. Pero siempre en una tela mía, por más colores que tenga, por más cosas que tenga, se ve detrás un dibujo que es lo que es el fuerte mío.

Es decir, la dibujante, la definición esa de la forma, de conocer la forma. Una figura humana la puedo desdibujar, pero yo sé el esqueleto, yo sé de todos los músculos, yo sé cómo va y, o la desdibujo o la hago como yo quiera. Es un juego del pintor.

Amaury. Es como aquello de Picasso, “El ensayo para un toro”, ¿no?

Zaida. Sí, sí.

Amaury. Bueno, ¿Por qué todo el mundo dice Zaida, la guajira de Remedios? Tú no naciste en Remedios

Zaida. No, no, yo nací en un campo que se llama Guadalupe, precioso, maravilloso, precioso, precioso, porque era un lugar que todo el mundo era muy bueno, no había personas malas. Toda mi familia vivía allí, exactamente toda, teníamos guayabales, aguacates, todas las frutas habidas y por haber que ya ahora casi ni la gente las conoce; canistel, marañones.

Amaury. Caimito.

Zaida. Caimito, por ahí, todo, flores. Mi papá tenía colecciones de orquídeas. El río se llama Aguas azules. Podías caminar; tenía caballos, bañaba a los caballos de la gente de allí, de los guajiros, iba al río a bañarlos. Arroyuelos, ojos de agua. Es un lugar precioso y sigue siendo, ya hace muchos años que yo me fui primero y después mis padres. Pero siempre me queda algún pariente por allá y de tiempo en tiempo voy.

Eso está exactamente a 9 kilómetros de Zulueta, como a 5 kilómetros de Remedios, como 10 kilómetros de Camajuaní, y en el medio de esos pueblecitos está Guadalupe, que es una finca que fue siempre de caña y también de árboles, hay bosques, hay venados.

Amaury. Sí, otro mundo indefinido.

Zaida. Otro mundo, pero que fue el mundo de mi infancia, porque -¿cómo decirte?-, ir al pueblo, yo iba al pueblo solamente cuando iba al dentista o al médico.

Amaury. Y esa libertad que proporciona un campo como el que tú me estás describiendo, ¿qué huellas dejó en esta Zaida sensual, esotérica, esta persona tan vistosa que tú eres para los demás, para los que te conocen? Eso es un origen que viene de aquella libertad, ¿tú sigues siendo aquella misma, hoy, la mujer libre que fuiste cuando eras una niña?

Zaida. Sí, sí. Yo tuve una libertad grande en mi familia. Mi mamá era una mujer, y sigue siendo, una mujer preciosa con sus 82 años. Mis primas eran hermosas, bellas, pero a lo Ingrid Bergman, una cosa así. Todo era belleza, los hombres eran bonitos, mis hermanos, con ojos azules; mi abuela con los ojos azules, trigueña, el pelo muy largo. Las camas eran de hierro, los pisos eran de tierra, bohíos, pero todo era bello, hermoso, delicado, se comía con vajilla de plata, porque veníamos de Islas Canarias; es decir, mis abuelos.

Hay una herencia de finura, con el paso de la vida, a mí me gusta vestirme elegante y eso, porque soy coqueta, pero yo tuve, para jugar a las casitas, yo jugué con mantones de Manila, yo jugué con joyas, y todo eso se perdió, se perdió.

Yo jugué a las casitas con copas de Bacarat, porque venían en los baúles aquellos de Islas Canarias de mis abuelos y mis bisabuelos que se asentaron en aquel campo, y, aunque era un bohío, los manteles, eran, no sé…, el delantal de mi abuela, con el que cocinaba, era deshilado… Yo estaba rodeada de belleza. ¿Qué pasa? Que como en ese campo no había peligro, ni creo que lo haya ahora todavía, éramos libres, íbamos a la escuela que quedaba enfrente, no nos quedaba lejos, habíaotros niños, sí, que vivían lejos del bateicito, porque era un bateicito.

Pero como vivía enfrente, yo no tenía grandes obligaciones: ir a la escuela y trabajaba con mi papá en el campo, porque soy la mayor de mis hermanos y a mí me dieron a escoger: o trabajar en la casa, aprender las labores de la casa o trabajar con mi papá en el campo. Mi papá es un hombre increíblemente simpático, maravilloso y yo escogí ir con mi papá a sembrar maíz, a sembrar de todo y por eso yo también aprendí mucho de las estaciones, de en qué momento es el maíz, las distintas cosas, como la caña. Aprendí todo eso. Y aprendí mucho con él también de los cambios de los astros, de en qué momento se siembra algo, la recogida de los frijoles. Después aquellas noches estrelladas, porque no hay luz eléctrica, aún.

Amaury. Ah, todavía no,

Zaida. Todavía no hay luz eléctrica, ni la hubo nunca, ni yo vi televisión cuando era niña ni nada, ni muñequitos ni nada de eso. Entonces todo eso era de una gran sensualidad. Y como era un lugar en que podías caminar, y caminar, montarte en un caballo. Yo lo digo y parece mentira, porque como está la costa de Caibarién cerca, a 5 kilómetros, de pronto ahí había patos de la Florida, había aves rosadas, había venaditos ahí tomando agua, que salían corriendo, por supuesto. Pero bueno, era un paraíso.

Amaury. ¿Y cómo eran las noches entonces ahí?

Zaida. Se hacían guateques, porque también la gente allí es muy alegre y aquí también todo el mundo sabe que yo cantaba en un conjunto guajiro y todo eso cuando era chiquita, pero, cómo decir, nosotros dormíamos con las ventanas y las puertas abiertas, corazón, se dormía con las puertas abiertas. No hacía falta ventilador, entraba la brisa natural.

Amaury. ¿Y cuándo fue que se te ocurrió empezar a pintar?

Zaida. Yo creo que desde que nací. Cuando llovía, que se hacían unos grandes fangueros, yo cogía un machete y hacía unas obras que era todo el camino real, la cabeza empezaba en una punta y terminaba en la otra, entonces los campesinos allí me respetaban, pasaban por al lado y decían: ¡qué lindo pinta la niña! Y no me estropeaban el dibujo. Después ya en la escuela venían los muchachos a darme libretas y libretas, porque yo me pasaba los sábados y domingos haciéndoles dibujos.

Amaury. ¿Y en qué año saliste de Guadalupe para aquí, para La Habana?

Zaida. En el 67.

Amaury. O sea, tenías.

Zaida. 12 años.

Amaury. 12 años, eras una niña.

Zaida. En el 67 La Habana era imposible para mí en aquel tiempo. Ni soñar con venir a La Habana, Instructores de Arte, eso no llegó allí donde yo vivía, no existía.

Amaury. ¿No llegó ninguna convocatoria?

Zaida. No, no, allí llegó Minas del Frío y enfermería. Y mi papá en esos días de arar la siembra, me llamó muy seriamente, en un atardecer precioso. Siempre me recuerdo de San Isidro Labrador y entonces me dijo: tú eres muy inteligente y yo soy un hombre pobre, no tengo nada que ofrecerte. Tú tienes que estudiar cualquier cosa, no me importa qué estudies, y no te puedes -como se decía antes-, rajar, porque tú eres la mayor, te necesito, pero eres muy inteligente y aquí lo que te espera es tener a los 30 años seis muchachos, no tener dientes y que te dejen por una jovencita.

Y yo dije: ¡Ay no! Me voy a estudiar, maestra, cualquier cosa, pero tengo la suerte de que abren las escuelas en las provincias en el 67, que en aquel tiempo era Las Villas, y por eso voy a Cienfuegos tres años becada y luego a Cubanacán.

Amaury. ¿Y cuándo se despierta Zaida, es una pregunta un poco morbosa, ya lo sé, a la sexualidad?

Zaida. No, a mí el morbo me encanta.

Amaury. No, pero quiero decir, es una pregunta un poco rara, pero yo quiero que la gente sepa de dónde sale todo.

Zaida. Es interesante, yo tuve mi primer novio en el campo, dulce, así como en una telenovela. Me dejó por una prima mía que era rubia y que ya estaba más desarrollada que yo, porque yo a los 12 años era un fideo, pero ella estaba desarrollada, esa fue la historia, una historia muy triste. Había un circo, y cuando veo, me los encuentro besándose y le dije: no me mires nunca más la cara y nunca más lo miré. Me fui para la beca y nadie me convenía, porque yo venía de hombres, vamos a decir que rudos, quizás, pero dulces al mismo tiempo.

Y en la beca, con el perdón de ellos que son muy lindos todos mis compañeros y mis colegas, para mí eran muchachos bobos, porque a mí no se me enamoraba con los “Fórmula V”, ni nada de eso. A mí había, que no sé, había que hacer una prueba importante, montar a caballo y no pelarse. Había que caminar 13 kilómetros a pie hasta mi casa.

Amaury. Sí, tener resistencia.

Zaida. Había que tener una resistencia. Entonces por esa razón pasaron muchos años y tuve mis noviecitos y mis cosas y entonces, increíblemente fui virgen hasta los 19 años.

Amaury. ¡Nooo!

Zaida. Sí, porque entonces fue que ya estaba demasiado vieja para estar virgen, ¿no? y ya me tenían en Cubanacán, ya se hacían reuniones y todo eso. Y de allá para acá, pues todo lo que me ha gustado.

Amaury. Haces bien, has hecho bien, eso es saludable.

Zaida. Y lo que me ha gustado, lo que me ha gustado, lo he disfrutado, siempre he sido feliz en el amor, en el sentido de que he hecho el amor por placer, por felicidad, por amar.

Amaury. Y llegas a la ENA (Escuela Nacional de Artes), en esa época nos conocimos, y yo siempre oía decir: Zaida es la muchacha que pinta desnuda. Te gustaba abrir las ventanas del albergue y pintar desnuda. Ya en esa época no eras un fleco, no eras delgadita.

Zaida. No, no, ya estaba preciosa.

Amaury. Eras una mujer muy impresionante, y además, te dejaban sin pase constantemente. ¿Por qué te dejaban sin pase?

Zaida. Porque me escapaba a bailar en el Náutico, a bailar casino, porque empezaban las ruedas de casino y siempre yo me escapaba a bailar casino, porque me encanta bailar, todo el mundo lo sabe, y en aquel tiempo estaba empezando el casino, ni soñar con los casinos de ahora, ni las vueltas de ahora, pero yo iba para la playa, me escapaba, y me dejaban sin pase.

Pero yo tranquila, porque Cubanacán es un lugar precioso, era el Country Club de La Habana, ¿a mí qué? De todas maneras yo me ponía… cuando la cosa está mala, que se me cierran los caminos, yo me pongo a pintar. Y entonces yo no sufro, ¿cuál es la cosa? Si yo estaba pintando. Ahora, no es que yo pintara desnuda, yo pintaba en blumers, porque había mucho calor y como yo pintaba por la madrugada nadie me veía, pero yo tuve un problema serio en aquel tiempo en la beca, porque me hacen una reunión con una amiga que murió, Berta Arencibia, las dos nos poníamos a trabajar la noche entera, pero es que todo el mundo andaba en blumers en el albergue, no era yo sola, porque había mucho calor. No había nadie, nadie nos veía. No estábamos a puertas abiertas así, no era eso. Y yo quedé como, y además, como era con Betty, como si yo fuera gay, que no era gay ni nada de eso. Betty estaba haciendo sus esculturas y yo pintando. Porque te repito, eso no era a ventanas abiertas, ni nadie estaba mirando.

Amaury. La gente exagera, la gente exagera.

Zaida. Siempre hay una exageración y conmigo más. Conmigo hay exageración, porque yo comprendo que debe ser difícil aceptar por la sociedad a una persona tan libre como yo. Eso es difícil de aceptar, entonces se exagera. Pero no, de ahí salieron esos dibujos preciosos, maravillosos, aquellos guajiritos lindos, que tú tienes uno, creo que en azul.

Amaury. Yo tengo, yo tengo, de los azules.

Zaida. Entonces ¿Qué importancia tiene cualquier cosa si yo estaba haciendo unas obras que jamás voy a volver a hacer?Eran mis obras de los 19 años, con unas transparencias, con unos guajiros, con unos rostros super dulces, era… Yo no podía parar de pintar y pintaba de seis de la tarde a seis de la mañana y de ahí seguía para la escuela de artes, a mis clases, a mis cosas; que además, yo nunca desaprobé nada, yo no repetí años, ni esas cosas.

Amaury. ¿Tú suscribes aquel punto de vista de Nicolás Guillén -decía, y a mí me lo dijo personalmente varias veces-: “El que no ha hecho su gran obra a los veinte años, ya no la va a hacer”?

Zaida. No, yo respeto las opiniones de todo el mundo, pero yo no creo eso. Inclusive,  a muchas personas, a los 70, es cuando se le despierta aquello, ¿no?. Yo no creo, incluso, yo pienso…

Amaury. …¿Cuándo tú dices “se le despierta aquello”, a qué te estás refiriendo?

Zaida. A la musa, a la idea, hay quién vivió equivocado quizás. Vamos a decir, no sé, fue maestro de secundaria y de pronto, retirado se da cuenta de que puede hacer música, o que puede hacer algo. Y si sale ¿por qué no? Yo creo que no hay edad para la creación.

Amaury. Tú eres muy regalona de cuadros.

Zaida. Era, era, era.

Amaury. ¿Eras? Bueno, no sé hasta dónde eras, porque el último cuadro que tengo tuyo me lo regalaste hace como cinco años.

Zaida. Pero es que, pero vaya, vaya.

Amaury. No, pero fíjate que es bien curioso, porque algunos marchantes de arte, algunos managers de artistas, tienen la tendencia a decir, como si fuera prácticamente un postulado, que los pintores que regalan mucho, se subvaloran, que pierde valor su obra, ¿Qué te parece eso?

Zaida. Mira, no se debe regalar la obra, pero yo he regalado muchas obras que la gente después coge y las vende más atrás. Yo creo que uno no debe regalar tanto, uno regala su amor, pero yo no puedo dejar de regalarle a ciertas personas; como a ti y a Petí, que la quiero.

Es decir, hay personas a quienes yo no les puedo dejar de regalar, pero es que perdonen, que hay que hablar de todo, es que yo vivía en un cuarto, en una cuartería en Centro Habana, yo no tenía dónde guardar las cosas, se me estaban echando a perder y todo eso un algún día saldrá, la gente tiene las cosas, pero es que yo tengo más… “Yo tengo más en mi casa” (risas). Yo tengo los trípticos, yo tengo las mujeres y ahora sí, ya yo no regalo tanto, o regalo una cosita de pronto, ¿no?

Hasta una cosita ya es un regalo, pero en aquel tiempo no me importaba, porque yo no deseaba poseer nada. Yo nada más que quería ser feliz, vivir. No tenía ese sentido de la vida, como ahora que tengo un hijo que es un hombre.

Que hay una obra, tengo una responsabilidad, que me gusta, sí, normalmente beber el buen vino, tomar el buen café, me gusta ayudar, ayudo mucho. Ahora más bien regalo dinero o perfumes y no regalo la obra, porque… A veces me pinto los labios y regalo un beso.

Amaury. Esa está buena.

Zaida. Sí, es una huella.

Amaury. Sí.

Zaida. Porque la boca no es cualquier boca.

Amaury. ¿Qué maestros tuviste en la ENA?

Zaida. Bueno, tuve la primera generación de graduados, Tomás Sánchez, en litografía y después Luis Miguel Valdés; Nelson Domínguez, mi profesor de pintura; Ernesto García Peña, mi profesor de dibujo; tuve a Vidal, de pintura; tuve a López Oliva, en algunos momentos en Historia del Arte. Tengo el mejor recuerdo, todavía se me olvida alguno, pero…

Amaury. ¿Y cuáles de ellos todavía ahora son tus amigos?

Zaida. Todos.

Amaury. Todos son tus amigos.

Zaida. Todos son mis amigos. Yo con Tomás, además a los dos nos gusta la onda hindú. Él, en un camino, y yo, en otro. A Ernesto, lo adoro.

Amaury. Es muy dulce.

Zaida. Adoración, mi cielo. Nelson es mi amigo querido. Nelson me enseñó a todo ese trabajo, a esa experimentación, eso que es Nelson así.  Y Luis Miguel, encantador, está en México. Y por ahí, todos son mis amigos. Además yo no tengo ningún recuerdo triste de Cubanacán, hasta las anécdotas esas que dicen, que yo…

«Con 2 que se quieran» Zaida del Río (Parte II)

«Con 2 que se quieran» Zaida del Río (Parte II)

Amaury. …Que salías desnuda.

Zaida. No, pero que yo me morí de pena, porque ellos me botaron de la escuela, y yo les dije que me pusieran cualquier castigo, pero que yo no podía aparecerme a dónde estaba ese hombre cortando caña a las tres de la mañana, botada de la escuela, y no me botaron, me dejaron un año sin pase. Pero yo no guardo malos recuerdos de eso, si el Chino León estaba también sin pase un año y una pila de gente, nos tirábamos en unas yaguas los domingos. Había que firmar cada una hora, no te podías escapar, había que firmar cada una hora. Pero yo no tengo malos recuerdos.

Amaury. Hablaste hace un rato de tu hijo, de tu hijo Cristian, a quien yo prácticamente vi nacer. Sin embargo, en ese poema a que te hago referencia, de ese autorretrato tuyo, tú dices que te hubiera gustado tenerlo ahora y lo tuviste muy joven. ¿Por qué haces ese señalamiento si tu hijo y tú son como hermanos?

Zaida. Sí, pero es que yo no le pude dar la educación que hubiera querido, porque yo tenía 24 años. Mira, 24 años, divorciada, en Santa Clara, vengo para una cuartería sola, trabajo en Santiago de las Vegas; en la 76, en una guagua con el niño cargado, a las cinco de la mañana.

Amaury. ¿Era cuando estabas en el taller de cerámica, no?

Zaida. Cinco años. El niño de dos años dormido en un hombro. Viene el Mariel, el padre se va. Y en el otro hombro, la leche, las cosas del niño. Entonces yo estaba cansada, agotada, no daba más. Lo dormía a las 8 y dibujaba toda la noche porque esta mente no puede estar parada. Entonces, yo lamento no haberle podido dar la educación que se merecía, pero bueno, ya todo se arregló entre nosotros.

Amaury. Pero si él es un extraordinario artista plástico también. Él es un pintor ya empezando a ser cotizado. ¿Pintan juntos ustedes a veces, o no?

Zaida. A veces hemos hecho algunas cosas, pero él y yo llevamos vidas independientes.

Amaury. Sí, pero ¿tú le das algún consejo?

Zaida. No sirvo para eso, porque para mí, como lo adoro, para mí todo lo que hace está bien hecho y le digo: hijo, pídeselo a otra gente. Porque para mí yo creo que él es un gran artista, está haciendo una obra muy personal y muy importante; no tiene nada que ver con la mía, y va bien. Cristian es un muchacho muy equilibrado. Cristian es un muchacho que la gente lo quiere mucho porque es muy dulce y no tiene los prontos que tengo yo. Yo de pronto tengo un pronto, te digo una cosa que cae mal. Yo hubiera querido ser un poquito más mamá, más estable, es que no podía, era imposible.

Amaury. ¿A qué tú le atribuyes que, por lo menos hasta que llegó Zaida del Río, había tan pocas mujeres pintoras llegando a los planos importantes de los hombres? Amelia, estaba a nivel de Portocarrero, por supuesto, y de Mariano y de Mijares, y de Martínez Pedro, en fin, de todos, pero había pocas mujeres; estaba Antonia, estaba Amelia…

Zaida. …Mira, ese es un tema que siempre se pregunta y yo siempre digo mi opinión, que es la siguiente: es difícil, las mujeres tenemos que hacer mucho esfuerzo, los hombres también, yo no los subestimo para nada, ni yo creo que los hombres son los más fuertes porque los hombres, pobrecitos, también se cansan, porque nadie nunca se piensa que ellos también están cansados. Pero qué pasa, que las mujeres tenemos que parir, criar a los niños.

Se supone que si -yo por lo menos-, que lo crié sin esposo; son las tareas del hogar, viene la adolescencia, tenemos problemas propios de mujeres, cosas que no tienen los hombres, hay que hacer un gran esfuerzo. Además, queremos ser lindas.

Amaury. Pero eso es una cosa que has logrado, ¡mira cómo has venido vestida hoy!

Zaida. A los 55 años, después de todo un trabajo. A los 55 años.

Amaury. Tú dices que podrías escuchar crecer a las plantas. Eso, suponiendo que no fuera una metáfora y tratándose de ti, puede no serlo. Tratándose de ti, puedes escuchar crecer a las plantas. ¿Por qué entonces no la música? ¿Por qué no dedicarse a ser músico? Ya sé que cantabas cuando eras niña y eso, pero ¿por qué no ser músico entonces?

Zaida.  Acuérdate de aquello del Violín de Ingres, ¿no? Siempre me critican, porque en todas partes yo quiero cantar, porque yo soy afinada y además yo tengo un repertorio… lo mismo canto en francés, que en inglés, que qué se yo, disfruto, ¿no?.

Pero la gente, imagínate, a veces no me da la oportunidad de acompañarme, en fin. A veces le he dicho a algún artista, en dos ocasiones: acompáñame, quiero cantarle a Fulano, que es el cumpleaños, no, una canción cubana. Y me dice: no, yo no me sé una canción cubana. Eso me dijo un artista un día, no me gustó y no lo he mirado mucho más. Y recientemente igual, le dije a una persona: acompáñame, quiero cantar Longina o Noches de Ipacaraí, cualquier cosa sencilla porque era el cumpleaños de un amigo.

Pero los músicos, muchos músicos cuando están en el espectáculo, el espectáculo es de ellos y no quieren que una persona… no se dan cuenta que alguien lo puede hacer y yo lo hago por alegría, yo no lo hago por figurar, si yo quisiera hacer un disco, lo haría, y además, algún día lo voy a hacer, variado, algún día lo voy a hacer, cantando cosas, porque puedo cantarlas. Te digo.

Amaury. Primero estuviste bailando casino, después te encanta la rumba y después llegaste a bailar -a la edad donde normalmente las personas no bailan- un ballet. ¿Cómo fue lo del ballet tuyo en El Mella?

Zaida. Bueno yo tengo un poquito de juanetes, porque en otra encarnación parece que fui bailarina, entonces me iba a operar los juanetes -que no son tan grandes tampoco- ni me duelen y fui a ver a (Rodrigo) Álvarez Cambras y me dijo: ¿Zaida, te duelen? Y le dije: no. Me dijo: ¿Pero por qué te vas a operar? Digo, no porque, no sé. Entonces llegué a mi casa y dije: “Ah, me voy a estudiar Danza Contemporánea”, a los 40 años y me pasé seis años en Danza, haciendo -las tardes enteras-, de una y media a dos y media, clases de Ballet. De dos y media a tres y media de la tarde, iba a Danza Contemporánea, y de tres y media a cinco y media, a Folclor. Con lo cual me preparé de verdad y estaba Lídice Núñez, hicimos la obra Terriblemente inocente, sobre las mujeres pájaros. Bailé entonces con Macarela, que estaba aquí entonces todavía, y con los bailarines de Danza. Está todo eso grabado ahí, en el García Lorca.

Amaury. ¿Fue en el García Lorca?

Zaida. Si, en un estreno mundial, fueron dos noches y nunca más. Quedó el dúo de las mujeres pájaros, hay un dúo de mujeres pájaros, de dos muchachas que no soy yo, dos bailarinas preciosas que están en una silla. Porque hay un cuadro mío que se llama “Día de calor”, “A Hot Day”, se llama, entonces están ellas de espalda con unos abanicos, ¿ves? Y de ahí se hizo el dúo “Las mujeres pájaros”, que durante mucho tiempo quedó…

Amaury. …En el repertorio de la compañía.

Zaida. En el repertorio de la compañía. Ahora después viene entonces una persona de Ohio, de Cleveland, a Bellas Artes, buscando obras para inspirarse para hacer una obra y le gustaron “Las mujeres pájaros” y entonces allá también bailé yo, en Estados Unidos.

Amaury. No te lo puedo creer.

Zaida. Sí, si me lo puedes creer. Y entonces esa obra se llama “Seres efímeros”. Yo soy la madre de los pájaros, tengo un nido grande, lleno de pájaros en la cabeza, no hago gran cosa, pero improviso porque podía improvisar, ya yo había aprendido a improvisar.

Entonces tenía 12 bailarinas con vestidos de seda, hechos allá sobre seda pintados por mí. Ellas haciendo sus cosas con sus cabezas de pájaros. Un personaje que va como un caballo de ajedrez, que tiene tres cabezas de pájaro. Una mujer lluvia que tiene 7 cabezas de pájaros por arriba, con un vestido de lluvia. Y eso iba acompañado de un arpa. Este evento se llama Parada Circle. Esto es en Cleveland, alrededor de unas universidades, se hace anual, y eso fue otra cosa donde pude bailar. Porque bailar donde quiera, tú sabes que yo bailo. Pero bueno.

Es que tengo un cuerpo, vamos a decir, tengo un cuerpo flexible; hago ejercicios todos los días. Puedo hacer un split, tengo unas condiciones increíbles ¿quieres que te enseñe mi empeine?

Amaury. A ver. Sí, sí.

Zaida. Entonces las bailarinas para hacer empeine tienen que hacer ejercicios, pero yo nací con él, es decir, yo fui bailarina en otra encarnación. Y entonces yo tengo que estar en paz con todos mis espíritus y uno de ellos es bailarina.

Amaury. Hablaste de “Las mujeres pájaros”. ¿Cuántos períodos tú reconoces en tu pintura? Porque ya no estás pintando mujeres pájaros.

Zaida. Bueno, básicamente, lo primero fue el campo, con las casas de tabaco, los niños. Después vinieron los caballos, Enfermedad de caballos. Después vino el circo y los personajes de circo. Después…, puede ser que se me vaya alguno, empezaron Las mujeres pájaros, pero las cambiaba. Yo me hice unas alas, que las metía por aquí en un palo y llegaban hasta allá, ¿ves?, de plumas de oca y una cabeza de pájaro y con eso hice muchos performances.

Luego vienen los trípticos maravillosos, que yo creo que es de las mejores obras que he hecho, son casi treinta, sobre nuestra religión afrocubana. Algunos están representados en la forma africana y otros están representados en la forma católica. Esos han sido premios internacionales, la Bienal de El Cairo, en Egipto; la Bienal de Tenri, en Japón. Esos los tengo. Esa es una obra que yo tengo; se han vendido dos o tres, pero yo mantengo esa obra, porque…

Amaury. Y regalaste uno, porque yo conozco uno que está en casa de Silvio.

Zaida. Bueno, imagínate, ¿qué voy a hacer con Silvio?

Amaury. No, no, claro.

Zaida. Pasaron los pavos reales, acaba de pasar la exposición de los pavos reales.

Amaury. Verdad que sí.

Zaida.  Todos los pavos reales. Ahora en el medio voy a hacer, el día 30, sobre mi viaje a la India, “La danza cósmica de Shiva”, se va a llamar. Todo hindú y Krishna. Todo dedicado a Krishna. Y también estoy trabajando en la exposición Naturaleza Búdica, sobre el Budismo, específicamente el Tibetano, que es el que tiene mucho colorido y que tiene dioses preciosos con unos nombres muy lindos, ojos amorosos, Buda de la vida eterna, Karmapachenos, todo eso.

Amaury. ¿Tú estás adscripta a alguna religión?

Zaida. Tengo el Santo hecho. Pero yo soy la Torre de Babel. Yo entro en todo, yo hago meditación. Yo me voy para la India y me meto a hindú. De milagro no traje hoy el puntico, porque desde que vine de allá no me lo he quitado. Si me dejan, si me dejan entrar yo entro en las que me gustan. A veces los domingos voy a la iglesia y voy a la misa también, un ratico.

Amaury. ¿Qué te hace sentir bien?

Zaida.  Sí, me da paz, y veo gentes y cosas, es una experiencia es un rato de la vida, la vida es una y hay que hacerlo todo.

Amaury. ¿Y tú crees que el hecho de tener hecho un santo, te protege, sientes que… lo hiciste por protección? ¿Lo hiciste por curiosidad? ¿Por vivir esa vida?

Zaida. Esas cosas están en el camino de las personas. Yo no tengo esa herencia de mi familia, somos campesinos, ahí nada más que rezaba el Padre Nuestro antes de dormir y ahí no había ni una imagen religiosa. Y después que yo me hice santo, para hablar de eso, yo entendí, por mis signos, porque eso es muy sabio, eso no es cualquier cosa, eso es una cosa sabia, porque los Yorubas eran muy sabios y muy antiguos, y entonces yo he entendido muchas cosas de mí, por qué me pasaba esto. Y entonces tienes las prohibiciones, te explican por qué es esto, por qué es lo otro. Sabes como manejarte, más o menos, sabes cómo hacer. Y en ese sentido a mí me ayudó, ¡cómo no!

Amaury. Fíjate que tú has dicho casi, en algún momento has puesto como una subordinada eso de que venimos de otras vidas. ¿Cuáles son las vidas de las que tú crees que vienes?

Zaida. Imagínate, pienso que vengo de vidas antiguas, igual pienso que no me quedan demasiadas encarnaciones -si es que existe la encarnación-, pero bueno, vamos a filosofar, vamos a divertirnos.

Amaury. Sí, bueno, claro.

Zaida. Yo pienso que tengo que haber sido bailarina, si no, no hubiera tenido este arco. Yo pienso, que no sé, a mí no me han hipnotizado, no me han dicho vidas, pero como yo tengo dentro de mí conocimientos antiguos que me llegan así, del aire, de la nada, muy rápido, tengo que haber sido en algún momento escritor, tengo que haber sido hombre en algún momento, porque tengo… yo soy muy femenina.

Amaury. Muy.

Zaida. Muy, muy, pero soy fuerte…

Amaury. …Me consta.

Zaida. … pero soy fuerte, fuerte como las decisiones de los hombres, digo, ¿no? A veces yo soy como un hombre. A veces yo digo, le digo a mi hermana: si no me gustaran tanto los hombres, pensaría que era verdad que yo… porque realmente yo soy fuerte, yo decido, yo podría dirigir una termoeléctrica, yo decido en el momento, y eso es muy masculino.

Me gusta el sol, más que la luna, es decir, yo soy más yang, yo soy un espíritu yang, y lo soy en el Horóscopo chino para seguir hablando de cosas. Es decir, soy caballo yang, año yang, yo soy yang.

Yo adoro el sol, el día, la energía del sol, no uso espejuelos oscuros, no uso gafas y le pido la bendición. Ay, la bendición, al sol, gracias, dame salud, dame cosas lindas.

Amaury. ¿Por qué la gente dice que Zaida no tiene sentido del límite?

Zaida. Pues se equivocan, porque yo a veces me extralimito. A veces hago cosas que no son bonitas, y pido perdón, mando un ramo de flores, y no tengo sentido del límite… en el trabajo, sí… en el amor que le brindo a los demás no tengo sentido del límite. Pero bueno, si yo estoy en una fiesta y se me permite, entonces yo bailo, me divierto, bebo, eso… pero cómo… si yo no tuviera sentido del límite ¿tú me querrías como me quieres?

Amaury. Yo te adoro. Pero yo te adoro también justamente por eso, porque tú eres Zaida sin barreras.

Zaida. Sí, pero yo sé tenerlas. Porque si yo no supiera tenerlas, yo no hubiera podido dar una conferencia, ni hubiera podido defender a Cuba en otros lugares.

Amaury. Ni hubieras podido hacer la obra que has hecho.

Zaida. Ni hubiera podido hacer la obra que he hecho. Ni hubiera podido criar a un hijo, ni atender a una familia. Ni atender un negocio. Es decir, ¿cómo no voy a tener sentido del límite? Lo que pasa que cada momento tiene su cosa. Cuando es sin límites, quizás si un día me dicen: “no tienes límites”, haga así y diga: ¡Ay! y me quede tranquila.

Amaury. Yo pensaba que Zaida, a ver si estoy en lo cierto. Digo: Zaida se expresa en su pintura y después se echa su pintura a cuestas, se la pone arriba, y así va por el mundo. ¿Es cierta mi apreciación?

Zaida. Bueno, la pintura, he dicho muchas veces que ha sido como mi ángel protector, todos tenemos un ángel y esa ha sido mi gran protección, porque mis ojos ven a través de la pintura. Yo siempre veo como una pintora. Yo te estoy mirando ahora a ti, pero de reojo vi que hay un rojo ahí atrás, y que hay una sombra acá, y todo eso algún día, cuando menos me imagino, sale. Por eso ando con mi pintura a cuestas en ese sentido.

Siempre pienso en pintar, creo que pintaré hasta los últimos momentos de mi vida, pero hasta el último momento de mi vida también estaré divirtiéndome y gozando todo lo que pueda. Porque hay una frase que puse en uno de mis libros de poemas, frase del libro de la doctora Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos, dice: “Podemos prescindir de todo menos de la alegría”. Y la vida es tan corta, nadie sabe qué tiempo vamos a estar, nadie sabe lo que vamos a hacer. Entonces, yo no digo que no me ponga brava, y que me deprima como todo el mundo, pero yo siempre busco la felicidad.

Amaury. ¿Pero la logras, la encuentras esa felicidad?

Zaida. Y hacer felices a los demás.

Amaury. ¿Encuentras esa felicidad?

Zaida. Sí, sí, yo la encuentro en cosas extravagantes y la encuentro en cosas sencillas. Cuando hablábamos ahorita de oír crecer las plantas, y de mi oído… Yo me he sentado horas frente a un lirio cerrado, a esperar a que haga “pap”.

Amaury. Y también estás dispuesta a sentarte un día en la puerta de tu casa a esperar que el amor haga “pap”.

Zaida. No, el amor me tiene que encontrar por ahí, no voy a estar sentándome a esperar el amor, ¡qué va! Para  eso no puedo sentarme a esperar, ¿y si no llega?

Amaury. Cuba está en tu pintura ¿cómo tú crees que Cuba recibe entonces el amor que tú le das, el protagonismo que tú le das en tu pintura, cómo lo recibe Cuba? ¿Cómo viene de vuelta ese amor?

Zaida. Muy bien, estoy muy agradecida, la gente me para por la calle para felicitarme, todo el mundo quiere tener algo mío. No sé, estoy en los mejores lugares, tengo un estudio precioso en la Plaza de Armas. Van a mis exposiciones, se llenan, no hay nada que pase en lo que yo no estoy. Aparte yo no digo que no a nada, si tengo energías, no digo que no. No sé si te pude contestar bien.

Yo, a esta tierra, a este fabuloso mar, sensual, lleno de cuerpos hermosos, de gente linda, tibio, que no son las aguas frías del Cantábrico… yo debo …a esos palmares, a todas las personas…, a todos los enamorados, a mis amigos queridos… mi comunión con esos otros mundos que tocamos los artistas para poder reproducir en arte, lo que se vive, ¿no?… pero he recibido…, siempre, siempre me acogieron en mi país de la mejor manera.

Amaury. Puedo inferir entonces que podrías vivir en cualquier sitio, pero siempre regresando a la isla.

Zaida. No me gustaría vivir en ningún otro sitio. A mí me gusta viajar y he podido hacerlo mucho. A veces estoy… únicamente que estuviera enamorada… pero siempre extraño mucho a Cuba, aunque llega un momento que me quiero ir, por supuesto, me hacen mucho ruido, me ponen un reguetón al lado, no me dejan pintar, me hacen cosas, y me dan ganas de irme corriendo, pero después enseguida quiero regresar, porque este es mi lugar, mi tierra, mi aire que respiro, todo.

Amaury. Y este es un lugar donde se te quiere mucho. Muchas gracias, Zaida. Gracias por venir, gracias por tu pintura, gracias por tu cubanía, por tu sonrisa, por tu elegancia, y por ser tan, tan buena persona.

Zaida. Pero dame un abrazo, de pie.

Amaury. Un beso, muchas gracias por todo.

Zaida. Gracias a ti.

«Con 2 que se quieran». Eusebio Leal. Parte I

«Con 2 que se quieran». Eusebio Leal. Parte I

Para quienes deseen recordar la interesante entrevista a Eusebio Leal realizada por Amaury Pérez Vidal  en el espacio televisivo «Con 2 que se quieran» la encontrará, en dos partes.

Amaury. Muy buenas noches. Estamos en Con 2 que se quieran, ahora aquí, en 5ta. Ave, y calle 32, en el barrio de Miramar, en los maravillosos Estudios Abdala. Hoy me acompaña, no un amigo, sino uno de mis mejores amigos, de los que forman parte del núcleo central, de ese grupo de cuatro o cinco amigos que son los que lo saben todo o casi todo, y que han estado conmigo en las buenas y en las malas: el doctor, Historiador de la Ciudad de La Habana, y una de las personas más queridas por nuestro país, mi hermano, Eusebio Leal. Buenas noches, Eusebio.

Es, debe ser así, yo debo preguntarle si nos tratamos de usted, o nos vamos de tú, con todo el respeto que merece su talento, investidura y personalidad.

Eusebio. Como te sea más cómodo, Amaury.

Amaury. Bueno, lo voy a ir alternando entonces. Eusebio, usted dijo en una entrevista en el libro Legado y memoria, que acaba de publicar, lo más reciente que ha publicado, dice: “Quizás todo lo que hacemos es un reflejo de los dolores, de las carestías, de las alegrías y las tristezas”. ¿Qué cosas le alegran y qué cosas le entristecen todavía hoy? Y es una pregunta muy abarcadora y quiero que sea usted muy abarcador en su respuesta.

Eusebio. Creo que el tiempo se fue…, nos fuimos demasiado rápido en el tiempo, porque el tiempo está ahí y eso quizás es una cosa que ahora vuelve, a veces, con más fuerza al espíritu. Siempre he dicho que cada criatura construye el entorno a su manera. Los que me conocen saben que siempre reproduzco, más o menos, el mismo espacio donde trabajo, esto expresa un poco esa voluntad y ese deseo de buscar equilibrio en las cosas, a partir de esas que deseamos una vez y que después tuvimos.

Pero quizás lo más angustioso es el paso del tiempo por nosotros, por mí, en este caso. Querer volver con la misma fuerza, con el mismo brío a hacer lo que hicimos ayer, a veces, no es posible.

Amaury. Pero yo siempre que lo veo en público, cuando estamos juntos en público, veo la alegría que irradia su personalidad. Sin embargo, cuando nos vemos en privado, en un ambiente más familiar, me asalta, a veces, un Eusebio triste, ese Eusebio, que aunque usted diga que ha pasado el tiempo, no se nota. Lo entristece, evidentemente el paso del tiempo, pero ¿qué lo alegra?

Eusebio. Bueno, yo creo que es a la inversa. Quizás cuando nos encontramos privadamente, soy el que soy. Y cuando estoy en público, interpretando el papel de Eusebio Leal, el rol de Eusebio Leal, entonces la cosa es diferente, es necesariamente distinta.

Amaury. Ah, claro

Eusebio. Esa es una verdad, ese personaje pesa mucho.

Amaury. Muchas personas en Cuba, y me incluyo, lo consideran un héroe; pero hay dos tipos de héroes. Está el Ulises, que después de una larga y tortuosa travesía tiene un final feliz. Pero también está el Quijote, con esa especie de voluntad de ruina. ¿Con cuál de esos dos héroes usted se identifica?

Eusebio. Siempre Ulises, siempre Ulises. Aunque poner un poco de locura en la cordura es bueno, creo que eso fue un tiempo de la vida. Ahora la isla de Ítaca está más cerca, quizás eso es más que un consuelo. Ahora se ven los frutos del trabajo, quedan atrás, a veces silenciadas por la conveniencia, o no sé, veladas por las circunstancias del triunfo del trabajo, aquellos que quizás no nos quieren bien, aludiendo un poco al título de tu programa. En este caso, en mi caso, hace falta que nos quieran bien muchos y no sólo dos. Esa es la verdad. Entonces, para ese concepto de muchos trabajo yo siempre. Estoy pendiente de ellos y ellos para bien y para mal, están pendientes de mí.

Amaury. ¿Por qué usted cree que todo el mundo dice?… Cuando digo todo el mundo, digo mucha gente en Cuba, todos los cubanos, dicen… Hoy me preguntaba uno de los técnicos: “¿ya Eusebio tiene la calle Prado?” Y entonces yo le dije: “¿Por qué?” Y me dice: “No, porque en cuanto Eusebio tenga la calle Prado, la calle Prado se ilumina, la calle Prado se pone perfecta y los leones rugen”.

Eusebio. Bueno, puedes decirle a nuestro amigo, que ya los bombillos están llegando en un barco.

Amaury. Ya están llegando los bombillos. (risas)

Eusebio. Eso es lo más importante. Y lo segundo, es que yo nunca, a esta altura…, soñar se puede soñar solo y es verdad. Pero construir y hacer, es el esfuerzo de muchos. Y yo creo que sí, que efectivamente, ellos se hacen sentir. Cuando toman un espacio y aplican la política de restaurar, la política de participación comunitaria, la política de sembrar una y otra vez, y otra vez, hasta que finalmente el árbol fue amado y respetado, eso le ha dado a la institución ese prestigio. En este caso debemos admitir, que Eusebio Leal, no soy yo, sino que es una forma de actuar, una manera de ser, un personaje público y una institución. Yo encarno el espíritu que en ese sentido, la nación siempre ha tenido y quiere. La nación no quiere la destrucción, ni el abandono, ni la ruina, ni la desidia, nada de eso lo quiere. Por eso hay que inventar, crear y responder a las incógnitas con cosas perdurables y duraderas, valga la redundancia por los dos términos parecidos.

Amaury. ¿Y por qué cree entonces que la gente singulariza en Eusebio el trabajo de un equipo tan grande, y que yo conozco a muchos de ellos?

Eusebio. ¡No, son miles!.

Amaury. Son miles, yo conozco a muchos. ¿Por qué lo singularizan?, ¿por qué todo el mundo dice Eusebio Leal va a hacer, esto lo hizo Eusebio Leal, aquello lo levantó Eusebio Leal?

Eusebio. Bueno, quizás viene un poco, Amaury, del andar, de esa memoria del tiempo tan importante de mi vida, que fue andar, y andar y andar. Lilia Carpentier me confesó, en los últimos meses de su vida, me dijo: “¿Quieres que te diga algo?” Y yo le pregunté: “Lilia, dime ¿qué dijo Alejo?” -porque yo tuve en realidad muy poca relación con Alejo Carpentier. Más con Lilia, lo cual no me resultó menos interesante, porque es de ese tipo de mujeres que viven en la sombra, pero son importantísimas en la historia. Entonces me dijo: “Bueno, un día tú pasaste por un lugar en que estábamos nosotros, ibas con una carretilla o algo parecido, de mano, llevando unas piedras”. Entonces a Alejo le llamó la atención y le dijeron: “Ese es un muchacho que está reconstruyendo cerca de aquí el Palacio de los Capitanes Generales.” Y Alejo le dijo: “Pues con esa carretilla llegará lejos.” Eso me lo dijo Lilia.

Amaury. ¡Qué cosa!

Eusebio. Lo más tremendo es que no he llegado todavía. Eso responde un poco a tu primera pregunta.

Amaury. Claro. A veces esas personas que andan con una carretilla de piedras andando, andando y andando y siguen con la carretilla, son tildados de locos. ¿Cuántas veces lo han tildado de loco?

Eusebio. Bueno, yo creo que es un atributo que suele acompañar, a veces, a las buenas intenciones que luchan, como se dice en Cuba, contra viento y marea. A veces ese viento y marea son incomprensiones, dificultades materiales, a veces son anticipaciones, cosas que hacemos a destiempo y que sólo después podrían hacerse. Ese fue el caso. Pero las bases, los cimientos se sentaron en el tiempo en que la locura parecía ser el adorno de “mi férvida cabeza”, como diría Martí. Y a  mí me fascinó ese período de la vida, en que no tenía tiempo, trabajaba sin tiempo, en que no me asustaba tanto el tiempo y que no tenía que decir -como a veces hoy-: quisiera otra vida para ver lo que se quedó por hacer. Y para quizás, al final de esa, pedir otra.

Amaury. El otro día, este año, no recuerdo si fue a principios del verano, estuve en la Basílica (Basílica de San Francisco de Asís). Llegué muy temprano y me fui allí a los jardines que están detrás de la Basílica, al lado de la Basílica, más bien, y revisé ese pequeño cementerio que tiene la Oficina del Historiador de la Ciudad, porque no es el cementerio de Eusebio, está claro. Y ahí veo nombres entrañables. ¿Cómo puede aspirar uno a estar allí? En aquel jardín hermoso, escuchando desde lo profundo de la tierra la música celestial que emana de la Basílica.

Eusebio. Lo primero fue la petición de una persona entrañable para mí que quería quedarse allí, en La Habana Vieja, como otros deciden que lancen sus cenizas al mar o al viento, conozco los casos, y entonces en el Jardín fue depositado. Y después surgió la petición de María Benítez, de traer a Emilito Roig, mi predecesor y colocarlo en aquel lugar, en el cual había florecido un precioso jardín. Y efectivamente, ese precioso jardín, levantado sobre escombros y sobre un parqueo de automóviles, se constituyó en una especie de símbolo de una entrañable relación entre la ciudad y los que han contribuido a hacerla. Y así surgieron otras personalidades que dijeron: al Jardín. Y a mí me complace mucho asomarme a ese Jardín y encontrar a los amigos con los cuales tengo un diálogo permanente -con su obra, con su afecto, con su cariño-, pero que sirvieron y fueron muy útiles a la causa de la restauración de La Habana Vieja.

Amaury. Yo sé que queda un espacio, yo tengo un espacio separado ahí y marcado. Así que…

Eusebio. ¿Sí?

Amaury. Sí, ese es el mío.

Eusebio. No le pongamos límite al tiempo, querido.

Amaury. (risas) Tengo un espacio marcado y tengo mis amigas que trabajan en la Basílica que me lo cuidan.

Eusebio. Ten cuidado no sea que hayas tomado el mío.

Amaury. No, no. (risas)

Eusebio. Ellas saben dónde está. Ellas saben dónde está.

Amaury. Eusebio. Lo difícil de esta entrevista con usted. ¡Qué trabajo me cuesta tratarte de usted todo el tiempo!

Eusebio. Trátame de tú, tranquilízate.

Amaury. Estoy sufriendo.

Eusebio. Tranquilízate, si no, no saldrá bien.

Amaury. No, sí sale bien, contigo todo sale bien. Lo complicado es que te han hecho muchas entrevistas. Y desde aquella que hicimos para aquel proyecto de programa -porque en realidad ni programa llegó a ser, fueron 8 nada más que se llamaba Muy personal, hace 14 años, en el 96-, te han hecho cientos de entrevistas en televisión y documentales, y siempre hablamos de Silvia, de Doña Silvia, tu amantísima madre. Pero en este libro, en Legado y memoria, es que yo encuentro, por primera vez, una referencia a tu padre. Y en la casa, me hiciste una historia de cómo llegó a ti la única foto que tienes de tu papá. Entonces yo quisiera que hablaras de tu padre y de tu madre.

Eusebio. Bueno, mi padre se llamó como yo, Eusebio Leal. Mi padre y yo tuvimos una relación distante, pero yo pienso que fue una experiencia muy importante para mí, una experiencia de mi vida conservar los momentos, que los puedo contar, en que nos vimos y nos tratamos. Y creo que a partir de un determinado momento de mi vida, yo necesité reconciliarme con el recuerdo de la memoria de él. Y por eso la historia del retrato que tú supiste, porque yo no conservaba ningún retrato y le pedí a una persona amiga, que se acercó a mí para un tema familiar muy delicado, que buscase bajo la tierra un retrato. Un día volvió a la puerta de mi casa y me trajo el retrato de mi padre con mi madrina América que, por cierto, me quiso mucho. Entonces toda mi vida ha estado centrada en Silvia, mi madre, que como sabes ha cumplido 99 años, felizmente, quiere decir, se aproxima en febrero a un siglo de vida. Y que fue a partir de un determinado instante de ella, padre y madre al mismo tiempo.

Amaury. Te agradezco muchísimo que hayas hablado de tu papá, porque durante todos estos años de amistad, que ya suman décadas entre nosotros, era es un tema que normalmente rehuías de cualquier conversación, cosa que a lo mejor hoy has superado o has logrado no juzgar tan duramente.

Eusebio. Mira, hay cosas en nuestro estilo de vida donde no cabe el llevar a los medios y a la opinión pública cosas personales que están ahí durante mucho tiempo…

Amaury. …Sí, lo que pasa es yo me permití hacerte esta pregunta, porque lo que suele sucederle a los personajes públicos que intentan mantener su vida en los bordes de la discreción es que un día no están y entonces se inventa una fábula alrededor de ese personaje público que se calló, entonces yo a veces prefiero…

Eusebio. …No, no, yo estoy de acuerdo en eso, si tú me preguntas y me precisas, la respuesta sería esta, sin ira: mi padre fue un fugitivo de la Revolución; yo fui y soy hijo de ella.

Amaury. Una de las cosas que nos unió a ti y a mí, que nos acercó en la amistad, en la sólida amistad, y yo blasono de eso, vivo orgulloso de nuestra amistad, fue el hecho de que ambos tenemos una formación católica. La tuya mucho más ortodoxa, mucho más rigurosa. La mía más salvaje y primitiva. ¿Todavía tú eres un hombre que ejerce el catolicismo como principio rector de tu conducta?

Eusebio. Oye, la estructura cultural mía se formó en la disciplina de la Iglesia. Y como diría San Pablo, nunca me avergoncé, ni me avergonzaré del Evangelio, porque sería avergonzarme de la buena nueva, que quizás encontré en la victoria de la Revolución, como una respuesta a mis intensas y sufridas inquietudes sociales. Esto es lo primero.

Lo segundo, fue también muy difícil compatibilizar religiosidad y Revolución; fue muy difícil. Eso pasó por incomprensiones, eso pasó por malos momentos, pero para mí nunca existió esa incompatibilidad. Tuve una profunda convicción… y cuando leí una vez una carta que Fidel le envía al padre de Renato Guitart, hablándole del destino de su hijo, de la muerte de Renato en el Moncada -una carta muy conmovedora, por cierto, muy intensa-, sentí que lo que estaba escrito allí era una protección, era una palabra de respuesta a mis propias inquietudes. Y pude responder una vez como Jesús a la mujer pecadora: “¿Dónde están ahora los que te persiguen?” Simple y sencillamente todo eso pasó. Y desde mis convicciones, ingresé en el seno del Partido Comunista de Cuba, creyendo en el programa del Partido, en la voluntad y en el espíritu de lo que ahí estaba contenido.

Más que marxista fui fidelista, y lo he sido, que era algo más. Porque su pensamiento fue más abarcador y más amplio, y por naturaleza más revolucionario y hasta a veces más iconoclasta, que los cánones del dogma o de la doctrina. Y en ese sentido me siento muy feliz de haber podido, no solamente alcanzar el reconocimiento y la amistad de él, que fue y es para mí un privilegio, sino también la de Raúl y la de casi todos los hombres y mujeres de la Revolución, de los padres fundadores de la Revolución.

No puedo explicar mi propia vida. Yo tenía 16 años cuando triunfó la Revolución y ahora estoy apuntando ya al siete y al cero. Si eso es así, entonces, no es la hora -como diría nuestro querido y común amigo Silvio Rodríguez-, de claudicaciones, ni tampoco de arrepentimiento ni de vergüenzas.

Yo soy lo que he sido, con mis luces y mis sombras, con mis errores y con mis aciertos. De todos ellos he aprendido. Y lo único que lamento es que me ha quedado poco espacio para mí mismo. Me ha pesado mucho el personaje que creé.

Amaury. Bueno, o que creamos nosotros también. Todos contribuimos a crear ese personaje.

Eusebio. Fíjate que me puse la misma ropa con la que me entrevistaste hace 14 años.

Amaury. Si, pero, en aquel momento usabas una bella corbata negra con una perla…

Eusebio. Sí, pero no la tengo hoy.

Amaury. Ya no la veo.

Eusebio. Precisamente no me la puse para quitarle un poco de formalidad al hábito con que suelo presentarme en los momentos en que la obligación me obliga a llevarla. Tú sabes que por ti no he venido con mi traje gris de todos los días, por ti lo he dejado… Petí me ha ayudado a quitarme esa pesada armadura llena de recosidos y abolladuras, porque ha sido el traje con el cual he peleado en todos los ámbitos de la vida cultural y política cubana. Esta es mi obligación y es mi deber para ti y para el público.

Amaury. Yo te lo agradezco, pero hubieras podido venir en calzoncillos.

Eusebio. No, no qué va, no vamos a llegar a los extremos.

Amaury. (risas) Tú eres un príncipe y como tal te vas a comportar siempre. ¿Qué cosa era la Juventud Acción Católica, a la que tú perteneciste?

Eusebio. Fue una de las cuatro organizaciones o de las ramas de la acción social y laical de la Iglesia. La Juventud Obrera, la Juventud Estudiantil y la Juventud Parroquial, que era la Juventud Acción Católica. En ella nos formamos, en aquellos principios del apostolado en una época en que no eran muchos los hombres en las iglesias; los hombres se ponían al final en ellas y nosotros tratábamos de transformar eso anticipadamente, ser partícipes del culto, cuando el culto era en latín, por ejemplo, y tratábamos de explicar, tratábamos de simplificar, tratábamos de ser modernos.

Allí conocí a los primeros conspiradores contra el orden establecido. Yo pienso que la personalidad más atractiva para mí fue, en una de aquellas incursiones por Centro Habana, cuando me encomendaron llevar un mensaje al antiguo mercado, que se demolió al triunfo de la Revolución. Allí entré por aquello que… no puedo explicarte lo que era el mundo del mercado. Es algo, es un recuerdo imborrable, era un gran orden establecido, pero había que entrar por laberintos de venta de gallinas, de frutas, de animales, de lechones, de pequeños restaurantes y al fondo, metido en medio de todo aquello, una imprenta y en la imprenta, un hombre, un hombre que leía Los miserables de Víctor Hugo, con pasión y que estaba allí en camiseta, con su delantal y que era el impresor de aquella casa. Se llamaba Sergio González.Y como era cristiano como nosotros, le llamaron “El Curita”.

«Con 2 que se quieran» Eusebio Leal. Parte II

«Con 2 que se quieran» Eusebio Leal. Parte II

Amaury. “El Curita”, claro. Yo pensaba entonces, escuchando toda esta historia ¿por qué no sacerdote? ¿Por qué no fuiste sacerdote?

Eusebio. La respuesta podría ser la siguiente. Yo he amado extraordinariamente a la mujer. Y el sacerdocio y el celibato, tema que no voy a analizar ni a discutir aquí…

Amaury. Está claro.

Eusebio. …me privaba desde entonces de la lealtad a ese principio de la tradición cristiana sacerdotal. Pero siempre estuve cerca y estoy cerca. Nunca me aparté: Patria y Fe han sido una divisa personal.

Amaury. ¿Y andas todavía con una carretilla de flores, seguramente? (sonrisa)

Eusebio. No, no, no vamos a… Yo creo que hay un momento oportuno en que la nave se detiene en un puerto, en un camino. Yo, como sabes, tengo una persona que me quiere muchísimo, que convive conmigo y que me soporta, y a quien yo le llamo afectuosamente “la viuda”, que es Anita.

Amaury. (risas) ¡La viuda!

Eusebio. Las piruetas debieron pasar. A pesar de aquella afirmación categórica de Martí, que decía:

Yo quiero, ¡oh fin de mis males!
Con labios nunca iguales
Un beso siempre nuevo…

Amaury. ¿Y cómo tú eras de estudiante? ¿Tú eras un buen estudiante? De niño digo…

Eusebio. Bueno, las cosas que me gustaron, Amaury, las cosas que me gustaron. Me encantaban las clases orales, me encantaba la Geografía y la Historia. Me fascinaban las Ciencias Naturales, todo eso para mí era una cosa fascinante y fui bueno en eso y en ciertas cuestiones… en unas clases muy bonitas que se llamaban “Moral y Cívica”, y me encantaban en principio, clases aquellas para escribir sobre el papel pautado y con la tinta china y la pluma de punto; escribir las formas de las letras y aprender a tener una letra hermosa, y a escribir las capitulares.

Nos enseñaban muchas cosas en la escuela, en la escuela primaria, en la escuela de todos. Y desde luego que me fascinaba la conversación, hacer una exposición en clase era para mí un verdadero deleite. Mi mamá dice que me encaramaba en un cajón de manzanas o de peras, y que hacía un discurso para un público imaginario.

Amaury. Ahora, con la rapidez con la que tú llevas el trabajo y la vida no te puedes permitir el lujo de sentarte cómodamente a escribir. Tú tienes que dictar constantemente. ¿Cómo es un día de trabajo tuyo normal?

Eusebio. Mira, a primera hora de la mañana, yo llego a las ocho, ocho y cuarto, al trabajo. Estoy contestando esa multitud de mensajes de correos que llegan de Cuba y de otras partes… Tengo muy poco tiempo. Entonces hay una amanuense a quien le dicto inmediatamente la respuesta diaria de los correos. Después me ocupo de dar respuesta de los temas del Estado, de los temas que genera la Oficina del Historiador. Si yo no hago eso, antes de las once de la mañana, estoy perdido, porque se acaba mi día. Debo atender las obras de construcción, de la restauración, imponiéndome visitar cada semana y chequear un equis número de obras. Debo hacer gestiones para ellas, como se dice en Cuba, a todos los niveles. Después debo ocuparme de los temas del Patrimonio Cultural -que es mi vocación-; los museos, las colecciones, y tengo que atender las visitas.

Después trato de escapar de la oficina e irme a la calle a recoger y a mirar, para dar también oportunidad a que las personas se acerquen y me digan, me alerten, me comenten, me cuenten. Visitar, explicar, recorrer y eso consume toda la semana.

Como tú sabes yo no llevo agenda, no apunto, todo está en mi memoria, nunca puse una mano, ni creo que la pondré, en una computadora, nada de eso. Un teléfono celular para mí es un artefacto casi inútil, porque nada más que conozco dos o tres teclas. Sí, la tecla de llamar y la tecla de recibir, la de apagar y encender. Fui de esos niños que debían aprender las cosas en la memoria, y como tal, vivo.

Amaury. Claro.

Eusebio. Otros lo hacen para mí.

Amaury. Sí, ¡qué bueno!

Eusebio. A primera hora me entregan los correos, las noticias del mundo. Qué declararon mis amigos; qué se comenta del país. Todo eso hay que saberlo. Es lo que llamaba en una frase, recuerdo ahora a Lezama en su Centenario, que le preguntaba a uno: “¿En qué está usted?” Y decía: “Yo, en el tíviri távara”. Ya los cubanos de hoy no saben qué cosa es el tíviri y távara. Pero también hay otra que decía: “Está en el inside“, quiere decir, “está en la cosa”. Y yo pienso que hay que estar, uno no puede presumir de ingenuo en los tiempos en que toda habilidad es poca.

Amaury. Pero también hay una parte del tiempo de Eusebio, donde tiene que defenderse de las pequeñas miserias, de las pequeñas escaramuzas personales, aquellas pequeñas trampas que intentan tenderle, ese tipo de personaje mediocre, que ronda definitivamente nuestros ministerios, que ronda nuestras instituciones. Y eso me va a llevar ´esto último lo dije yo, eso no lo dijiste tú-, eso me lleva a un consejo que tú me diste hace muchos años, donde tú me decías: “Aunque venga contra ti acechándote un ejército de hormigas, saca tú los cañones”.

Eusebio. Mira, la mejor defensa es la vida propia y es la vida misma. Los chinos tenían un proverbio, decían los antiguos, se lo atribuyen al sabio Confucio: “Si los perros ladran, es señal de que cabalgas”. Entonces, cabalgar, no perder tiempo en eso. Decir cada cosa en el lugar oportuno, no lanzar las margaritas en el lugar donde están los cerdos comiendo, porque ellos no tienen capacidad para apreciarlas y las destrozarían.

Tratar de respetar mucho a los demás, y sobre todo, no caer en provocaciones, no aceptar que nadie venga nunca a decirte: “Oye, están comentando de ti tal cosa”. Porque esas trampas ya me las conozco. La respuesta a una amiga que vino una vez a decirme eso fue: “¿Y tú que hiciste?” Porque si tú eres tan amiga mía como para decirme esto, me imagino que allí diste una batalla. Me dijo: “No, no, yo no lo hice, porque figúrate, a mí me daba pena.” Le dije: “Entonces, no me envenenes con eso; yo prefiero como Mr. Magoo, andar a ciegas.” Y que hay una mano misteriosa que me toma por el pelo o por la camisa y me saca adelante cuando el precipicio se abre delante de mí.

Amaury. Claro, pero entonces me estás afirmando que detrás de ese hermoso y bien hilvanado discurso, también está el Eusebio, como se dice en el ambiente popular, que no se agacha jamás.

Eusebio. Yo soy un soldado y como tal he aprendido la lección y tengo varias líneas de defensa. Una primera, una segunda, una tercera. Siempre me he preparado para todo, porque siempre toda obra tiene que ser defendida. Siempre me preparé. Sería pobre una nación, una familia o una persona, que no se prepara para una carestía, para un debate, para un asalto, para cualquier cosa extraordinaria, en cualquier tiempo y en nuestro tiempo.

Napoleón decía que era muy importante evitar las concentraciones, evitar que se unan y que se cree una coalición, para eso hay que actuar siempre diplomáticamente, tratar de evitar toda confrontación. Sobre todo cuando tú tienes responsabilidades institucionales, no puedes ser conducido nunca a batallas tontas, a  personalismos, etc. Pero en caso de que sea inevitable, ¡atacar primero!

Amaury. ¡Ahí está! Ahora quiero irme a tu voluntad de rescatar  -ya se ha hablado mucho de tu voluntad de rescatar objetos, cosas olvidadas, recuerdos-, a tu voluntad de rescatar afectos y de rescatar amigos, porque hasta a mí me rescataste en un momento determinado

Eusebio. No, no, no.

Amaury. Sí, sí, cómo no, pero bueno, es de las cosas privadas y mejor lo dejamos ahí. Pero, ¿qué concepto tú tienes de la amistad? ¿Tú eres una persona de muchos amigos, de pocos amigos, de amigos selectos? Porque no hemos hablado demasiado de eso, nunca.

Eusebio. Yo tengo amigos, amigos que quiero muchísimo, tú lo sabes. El gran riesgo de mencionarlos, es que una omisión ofenda a alguno, pero tengo amigos -no son muchos, porque conocidos son infinitos y la amistad tiene distintos grados-, amigos de cuitas, amigos de poder ir a su casa y sentarme, cosa que tú sabes hago muy poco; ya son menos. Y amigos que sin proponérmelo yo, ni siquiera ellos, nos vemos muy poco, coincidimos poco, pero estamos ahí.

Yo no vacilaría en tocar una de esas puertas y estoy seguro que uno de ellos la abriría de par en par. Cuando he estado enfermo, cuando he estado como consecuencia de ello apartado de esa vida, de ese torbellino de vida, que es mi propia vida, esos amigos han venido a ofrecerme su ayuda, su solidaridad, su afecto, su desinterés… todo, todo. Su dinero, si fuese necesario; su sangre si fuese necesario. Entonces los quiero mucho a todos y valoro altamente la amistad. No el amiguismo, no practico el amiguismo; no doy nada a cambio de algo, nunca he hecho eso.

Sí sé que a la vuelta del camino, a la vuelta del camino, lo que siembras, se recoge. También no se puede ir por la vida prodigando favores, sobre todo cuando los favores no se hacen del bolsillo propio, sino se hacen con el poder y la capacidad de una institución, de una entidad, porque entones extravías el valor de la amistad. Lo que hagamos desde la vida oficial, es en nombre de la nación. Y la actuación pública es siempre una responsabilidad en nombre de la nación para los que públicas responsabilidades tienen.

Lo que pasa es que hay ciertas cosas que se han vulgarizado. Por ejemplo, se ha vulgarizado darle la mano a todo el mundo; es algo terrible. Dar la mano tiene que ser un acto de amistad, de concordia, con el corazón; lo demás debe ser saludar con una inclinación.

Porque dar la mano es un acto de amistad, es un acto de fraternidad y de hermandad. Igual que un beso. Aquí han proliferado los besos. A mí esa besuconería no me gusta para nada. Yo beso al que quiero, al que me extiende la mejilla, le beso, pero no los estoy prodigando ni tampoco me gusta ese besuqueo. Porque me recuerda además el de Judas; eso no puede ser, todo tiene que tener una escala de valores. Tiene que responder a sentimientos reales y lo demás es cortesía, buenos hábitos, educación, que es tan importante. Es lo que creo.

Amaury. Eusebio, en el último congreso de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba), hiciste una intervención  cuando se estaban eligiendo a las personas que iban a ser  miembros del Consejo Nacional de la UNEAC. Yo estaba, y ante la opinión de un compañero -también valiosa porque al final cada uno en esas cosas tiene la libertad de opinar y dar su punto de vista-, tú hablaste con una claridad, para muchos insoportable y para otros bienhechora, del asunto del artista, de la persona que emigra. Quisiera que tú, hoy, en el programa y ya casi a punto de terminar la entrevista, me dieras una opinión sobre esos cubanos, que deciden en un momento determinado vivir en otras partes del mundo. ¿Cuánto respeto se puede sentir por ellos?, ¿cuánta consideración se puede sentir por ellos?, ¿y por qué uno muchas veces también los rechaza y a otros los aplaude, quiere y venera?

Eusebio. Mira, yo estoy en Cuba porque creo profundamente en la libertad. Y tanto he creído en ella, que siempre digo que la ejercito y me lo creo, y quiero eso mismo para todos los demás. Creo que lo más conveniente es pensar que somos una isla y que los isleños siempre viven pendientes del horizonte, queriendo trascenderlo. No es nada nuevo, así ocurrió desde el poblamiento inicial de la isla y fue una isla que se formó de la migración de otros pueblos y naciones, del abrazo que se dieron, a veces sangriento en el suelo de Cuba, los opresores y los oprimidos; conquistadores y conquistados. Y creo que la nación cubana es el fruto de esos encuentros y desencuentros, de ese ir y venir.

Martí vivió más tiempo fuera de Cuba que dentro de ella. Lejos de ella murió Heredia, por ejemplo. Otros como Céspedes y Agramonte iniciaron largos viajes para conocer el mundo. Y podría citarte muchos más.

Cada época tiene su signo y sus circunstancias. Yo no creo que por sí misma la migración tenga que ser considerada, y más hoy, un evento estrictamente político. Es un tema económico, es un tema familiar, o es un tema opcional. Yo creo que eso hay que respetarlo profundamente y creo firmemente que todo lo que limite, todo lo que dificulte ese libre ir y volver, es algo que debe extinguirse.

Los que han hecho armas contra Cuba, los que han derramado sangre cubana, los que han planeado hacerlo, deben ser los que no pueden volver. Los que han ido y han fundado y han creado y tienen en su Patria un punto de referencia, tienen una tumba a la que acudir, un pueblo al que volver, una madre a la cual besar, un niño que recuperar; todo eso, es para mí lo normal y lo natural.

Y creo que eso lejos de disminuir a la Patria, a la Nación, la amplía. Hay un bautismo de fe de cubanía que es muy importante, que es muy importante. Y yo creo que eso merece el mayor respeto. Y eso fue lo que plantee aquel día en la UNEAC, en medio de un debate, en que los temas culturales -como siempre-, están ligados a temas éticos, a temas de la política. La política es ética y no se puede hacer política sin la cultura o prescindiendo de ella.

Cuando la política prescinde de la cultura, es un artificio, se convierte en burocracia; se convierte, no sé, en cualquier cosa menos en eso. Entonces en medio de aquel debate, pues fue necesario dar una opinión y había que darla un poco en carne propia y decirla. Cada cual que lo haga.

Yo siento muchísimo orgullo de mis propios hijos que no están aquí y lo siento de mi madre y lo siento de mis abuelos, que fueron libertadores y lucharon por la independencia de Cuba y soñaron con esa Cuba, que creo que nosotros hemos querido construir y que es una construcción inacabada. Porque hay todavía derechos de la Nación que no han sido conquistados. Hay todavía derechos de los cubanos por los cuales tenemos que seguir luchando.

Dentro de ese concepto que se abre paso de la unidad en la diversidad, del respeto a la singularidad, del respeto al principio de que no puede haber unanimidad en todo, en este sentido, volviendo a tu pregunta, los que desean libremente ir y volver, que vayan y vuelvan. Siempre habrá los que decidan seguir haciendo la prueba, seguir haciendo la prueba de edificar, de construir. Y si es posible, que los que van y no olvidan, nos extiendan la mano. Me parece maravilloso.

Amaury. Bueno, yo te agradezco que hayas utilizado una parte de tu tiempo para venir a conversar con tu hermano Amaury. Te doy las gracias en nombre también de esos padres, a los que pertenezco, que tienen a sus hijos viviendo fuera. Normalmente digo te quiero en este programa; yo debo decirte a ti, que yo te amo.

Eusebio. Gracias, muchas gracias.

«Con 2 que se quieran». Carlos Acosta. (Parte I)

«Con 2 que se quieran».  Carlos Acosta. (Parte I) Amaury Pérez: Estamos en Prado y Trocadero, en los legendarios estudios de Sonido del ICAIC, en este su programa “Con 2 que se quieran”, hoy con un invitado que honra nuestro espacio, que honra nuestro sitio que honra nuestro país, uno de los más grandes bailarines que ha dado Cuba, para mí el más grande bailarín que ha dado Cuba. Bienvenido Carlos Acosta Quesada…

Tu papá era camionero, ¿cómo fue tu relación con tu padre?

Carlos Acosta: Mi relación con mi padre fue un poco traumática, en el sentido de que era una figura que inspiraba mucho respeto. Siempre fue muy duro con nosotros, muy estricto y hablaba poco. Tuve que esperar a crecer para conocer de sus orígenes, que también son los míos. Para mí y para mis hermanas nuestra niñez fue traumática.

Amaury Pérez: ¿Cuántos hermanos son ustedes?

Carlos Acosta: Por parte de padre somos 11 hermanos; por mi madre, 3. Imagínate, él era camionero. Ya tú sabes cómo es eso…

Amaury Pérez: Tú naciste un sábado 2 de junio de 1973. Se acerca inevitablemente un momento traumático en la vida de un bailarín, el retiro. No sé si lo tienes en planes. Yo te vi en Manon, en plenitud de facultades. ¿Has pensado en el retiro?

Carlos Acosta: Pienso en él todos los días. El retiro es una palabra que deberíamos comenzar a definirla. Yo no creo que un artista se retira. Uno va evolucionando, va mutando hacia otras áreas. No voy a poder seguir bailando (Ballet) Clásico eternamente. El instrumento de nosotros es el cuerpo. El (Ballet) Clásico es una técnica antianatómica, va en contra de la anatomía del cuerpo humano. Nosotros no estamos diseñados para bailar así, de esa manera. Por esa actividad, después de tantos años, uno desarrolla lesiones, traumatismos en las articulaciones… Y por otra parte, Romeo, por ejemplo, es un personaje de 16 ó 17 años; el príncipe Sigfrido, por ahí… Uno va creciendo, va madurando, va envejeciendo y alejándose de esas edades, y cuando vienes a ver, tienes un Romeo con 50 años, que no me interesa hacer. No sería creíble el personaje, porque han pasado los años, no puedes dar el brinco que todo el mundo espera. Por eso, como artista, he tratado de cultivar otros ámbitos, porque sé que llegará un momento en mi carrera que no podré hacer Ballet Clásico.

Amaury Pérez: Tú hablabas del salto que no podrás dar con más edad, ¿cuánto de arte y cuánto de acrobacia tiene el Ballet?

Carlos Acosta: El Ballet es un arte físico, eminentemente que reúne muchos requisitos, incluso muchas artes en una: el diseño, la música, etc. Somos atletas. Enseguida que se abre la cortina y apareces en el escenario, tú estás haciendo ejercicios. Tiene elementos acrobáticos, porque es una actividad física, pero hay repertorios y “repertorios”. Por ejemplo, hay ballets que son vehículos para el despliegue de la técnica y los saltos -como Diana y Acteon, como El Corsario,o como Don Quijote. Pero también hay otras obras clásicas, como el Apollo de Balanchine, que es más suave para el cuerpo, que no requiere esos saltos descomunales, pero el intérprete debe tener cierta madurez para entender el mensaje y llevarlo hacia el público. Manon, que tú viste, es un ballet que tiene una gran demanda física, pero no es Don Quijote. Manon son dos parejas que están enamoradas, hay una dramaturgia con muchos dúos, sin esos brincos del cazador de Don Quijote…

Amaury Pérez: Pero en Manon hay un desplazamiento…

Carlos Acosta: Sí, pero no es el fin. Hay otros ballets que el fin es esa acrobacia a la que yo llamo el “factor wow”, que es para que la gente diga “wow”. Hay otro repertorio donde prima la emoción, para hacerte llorar, transportarte a una época como es el caso de Manon que se desarrolla en el 1700. La clave es cultivarlo todo. Y esa es la misión del artista. Por eso no me he encasillado en lo clásico, no, el guaguancó, la charanga, el clásico, lo que aparezca…

Amaury Pérez: De la manera en que te expresas y mueves las manos, me da la impresión de que fuiste un muchacho que le diste a tus padres ciertas preocupaciones, que eras un mala cabeza, ¿fue así o no?

Carlos Acosta: No, mala cabeza, no. Yo soy un muchacho nacido y criado en Los Pinos, y esa es la esencia que me define, esa es mi raíz, independientemente de que haya hecho una carrera internacional y ahora estemos hablando de obras exquisitas, yo soy eso y el día que pierda eso, entonces me pierdo yo como ser humano. En mi medio se gesticulaba mucho, y creo que el cubano es así, gesticula mucho, y no es una cuestión de haber nacido en Los Pinos. Los cubanos somos así, al caminar estamos bailando, bailamos sentados…

Amaury Pérez: ¿Tu padre no tenía ningún prejuicio porque tú bailaras Ballet Clásico?

Carlos Acosta: No, al contrario, por eso es que mi historia es muy bonita. Porque los hombres lo que quieren, cuando tienen un hijo, es que sea pelotero o futbolista, que era lo que yo quería ser. El fútbol era mi pasión. Pero, ¿ballet? ¿Un camionero? Cuando él me dijo: “ballet”, yo le respondí: “¿se come eso?” No tenía idea de qué era, y creo que él tampoco. Porque yo lo que hacía era breakdance. “Si te gusta bailar” -me dijo- “puedes ir a la Escuela de Ballet”, en L y 19, en El Vedado. Y por ahí fue que yo empecé en el Ballet.

Amaury Pérez: Tú llevas mucho tiempo viviendo fuera de Cuba, en una compañía, en otra, en EEUU, en Inglaterra, en Italia… ¿Cómo se puede vivir tanto tiempo fuera de Cuba y no perder la identidad?

Carlos Acosta: Chico, yo no sé… En mi caso, descubrí el ballet casi por accidente, porque no era mi vocación, pero tuve facilidades y pude luego hacer la carrera que tengo ahora, pero en mi interior yo siempre me llevé mi Cuba, mis orígenes. Lo que más me llena es estar con mi familia. Mi carrera me alejó de mi seno familiar. Todo lo cubano me encanta, porque lo cubano me define… Lo que me ha dado mayor felicidad es no haber perdido nunca contacto con Cuba. He vivido en Estados Unidos, en Italia, llevo 12 años en Londres, pero a mí ninguno de esos países me define, a pesar de que yo me tomo un té contigo, y sabroso. Disfruto no perderme, algo que siempre he tenido presente. La gloria, el éxito, el Príncipe Charles, la Reina, sí, todo eso está muy bien, pero yo soy de aquí. El ron y el dominó es lo mío. Para mí eso es esencial.

Amaury Pérez: A diferencia de la Danza Contemporánea o del Ballet Folclórico, el ballet es quizás una de las manifestaciones más clasistas. Los bailarines y las bailarinas normalmente interpretan a príncipes, duques, condes, reyes, y todos son nórdicos, pálidos, pétreos, blancos. ¿Cuánto te ha ayudado y cuánto te ha perjudicado tu raza en el mundo del ballet? No en tu vida, por supuesto, ya se sabe que todos somos iguales.

Carlos Acosta: A ver, reyes, príncipes los había también en África. Sigfrido nunca existió. Sigfrido es un príncipe equis. Yo puedo inventarme mi príncipe. Lo otro son preconcepciones que han existido desde los tiempos de los tiempos que también tenemos que erradicar. Realmente existen pocos negros en el ballet, te los puedo contar con esta mano. Mi caso ha sido excepcional, nunca he tenido impedimentos… Por ejemplo, cuando llegué a Houston, Ben Stevenson no me clasificó. Me dio Romeo y Julieta como un primer bailarín, y a raíz de eso he podido crecer. Llegué al Royal Ballet y tuve que esperar un poco más para hacer los grandes príncipes, pero al final los pude hacer. He tenido una gran suerte. He trabajado, creo que tengo talento también. Pero sí es un fenómeno que existe, es un mensaje que se le está dando a la sociedad que no ayuda el hecho de que no haya negros en el ballet. El hecho de que los príncipes siempre son trigueños, de ojos claros. Cuando veo a Plácido Domingo hacer Otelo yo no veo a un blanco pintado de negro, representando al guerrero, no ¡yo veo a un guerrero! ¿por qué? porque Plácido tiene el talento y la capacidad de convencernos de que él es Otelo, desde que sale y da el grito…
Tienes que darle a la gente la posibilidad de sorprendernos. Lo que pasa es que muchas veces no vemos más allá de lo que se ve con los ojos. ¡Por Dios!, es el siglo XXI. Ya se creó el avión, la gente va en horas de un continente a otro, se mezcla. Es la fusión de culturas. Ese es el mundo de nosotros y con ese mundo tienen que ir desapareciendo todas las otras preconcepciones que han existido a lo largo de la historia.
Y esto de los negros que no existen en el ballet es un fenómeno global que tenemos que erradicar. En Nueva York, en el Royal Ballet somos tres, que es una revolución, porque cuando yo llegué éramos dos y luego escogieron a otro más.
Aquí todavía estoy esperando por los príncipes Sigfridos negros y el Albrecht negro, no sé qué ha pasado. Tenemos que hacer hincapié en eso y no es una cuestión de ser negro, ¡no!, es una cuestión de que si un negro o un mulato tienen talento, ponlos a hacer los príncipes y dales el chance de sorprendernos.

Amaury Pérez: Desde que empezaste, oigo que te comparan con Baryshnikov, con Nureyev. ¿Qué sientes cuando dicen o escriben esas cosas sobre ti?

Carlos Acosta: Me siento en las nubes. Nureyev, Baryshnikov, son lo más grande que ha existido. Comparaciones así son válidas. La sociedad siempre está en busca de un héroe, de una persona que poner de moda, y entonces uno crea pautas en la vida y puntos de referencia.

Amaury Pérez: ¿Te imaginas que un día digan ese bailarín es tan bueno como Baryshnikov, como Nureyev, como Carlitos Junior?

Carlos Acosta: ¡Ño, qué bien, qué rico, sabroso!

Amaury Pérez: Quiero que me hables de una persona que es entrañable tanto para ti como para mí: Ramona de Sáa (Cheri).

Carlos Acosta: Ramona es una segunda madre para mí. Ella fue la que realmente me formó, me educó, me preparó para las competencias de la Laussanne, de París. Depositó una confianza tremenda en mí. Hemos vivido etapas y cosas bellísimas, es muy difícil separarnos. Uno siempre necesita de alguien que te ayude, que te dé la mano. Independientemente de que yo tenía talento yo vivía en condiciones muy, muy, muy pobres y el barrio, el medio no era el mejor. A veces me pongo a pensar que hubiese sido de mi vida si ella no me hubiera rescatado.

Amaury Pérez: Es una especie de Hada Madrina. ¿Todavía tienes un contacto muy estrecho con ella?

Carlos Acosta: Sí, claro, todavía voy a la escuela y la veo. Acuérdate que yo me formé en la época del Período Especial. Me estaba preparando para el concurso de Laussanne y no podía rebasar la primera frase de Don Quijote, porque perdía las energías. No teníamos casi para alimentarnos, entonces se movilizaban todos los profesores que son los mismos que están allí hoy en día, y se turnaban. Yo me quedaba en casa de Mirta Hermida, otro día en casa de Estercita, o alguien venía con la comida, un pan de su casa, para que yo pudiera comer y tener la fuerza para competir y representar a la escuela, imagínate, ¿cómo te olvidas de eso? Y cuando regreso veo a todos mis profesores. Imagínate, son como tu familia.

Amaury Pérez: ¿Cuándo es que llegas al Ballet Nacional de Cuba?

Carlos Acosta: A los 17 años me gradué, hicieron una audición y se presentó todo el mundo. Cuando me vio bailar Iván Knight, que fue el director del English National Ballet dijo: “Yo quiero a ese muchacho. Nada de cuerpo de baile ni de solista, de primer bailarín.” Eso la gente no lo entendió.
Entonces Cheri (Ramona de Sáa) dijo: “No hay problema”, y tomó todos los datos. Al final teníamos una gira por Italia y desde Italia lo llamó para ver si estaba interesado y de ahí salté para Inglaterra.
Al cabo de un año me uní al Ballet Nacional de Cuba y comencé las temporadas en el Albéniz con ellos, hice mi debut aquí.

Amaury Pérez: En España.

Carlos Acosta: Sí y después me llegó el contrato de Houston y ahí estuve casi cinco años. Entonces bailaba aquí y regresaba para allá.

«Con 2 que se quieran». Carlos Acosta. (Parte II)

«Con 2 que se quieran».  Carlos Acosta. (Parte II) Carlos Acosta, Rafael Solís y Amaury Pérez. (Foto: Peti)

Amaury Pérez: ¿Cómo te manejabas con el idioma?

Carlos Acosta: El idioma fue muy trabajoso, pero como mejor se aprende el idioma es pasando necesidades. Si vas a pedir una croqueta, un pollo o un pan con jamón tiene que ser en inglés. Te ves en la necesidad de aprenderlo. Pero esos primeros años fueron difíciles. El choque cultural. El no poder ir a un cine o no poder compartir un chiste, porque no tienes idea de lo que están hablando, tiene su cosa, no te vayas a pensar.

Amaury Pérez: El mundo del silencio, donde uno solamente se puede expresar a través de movimientos.

Carlos Acosta: Además yo era casi un adolescente. Mi refugio siempre fue mi arte. Fui ahí para cultivar mi arte, para mejorar, para aprender. Por eso es que al ballet lo voy a extrañar mucho. Porque esas horas oscuras en que yo no podía comunicarme, siempre tenía el ballet a mi lado.

Amaury Pérez: Cuando llegaste al Royal Ballet, ¿cómo te fue con Anthony Dowell? ¿Es verdad que es un tipo difícil?

Carlos Acosta. Chico, él me contrató y le estaré eternamente agradecido. Anthony Dowell fue muy generoso conmigo. Me dio Manon y todos los personajes que cuando la gente habla del Royal Ballet, piensa en ese repertorio, de MacMillan y de Ashston y de toda esa gente, de todos esos coreógrafos. Pero después me he dado cuenta que él, independientemente que ya no baila, te ve como una competencia. Incluso hemos tenido programas juntos, master clases y la BBC lo ha grabado y tú ves que él, en vez de darte los consejos generosamente, como que compite contigo ¡y tiene 70 años!. En su mente él todavía…

Amaury Pérez: Todavía es el joven bailarín.

Carlos Acosta: A la hora de hablar no reconoce. Incluso ha usado terminologías que yo me doy cuenta que es un poco para bajarme. Pero no lo critico por eso.

Amaury Pérez: Cuando estaba leyendo tú libro No way home, que todavía no está en español, noté que tiene un título muy sugerente. ¿Por qué “No way home” si tú siempre eres “welcome home”?

Carlos Acosta: La traducción al español de “No way home” es “Sin mirar atrás”. “No way home” viene sencillamente porque jamás voy a poder regresar a mi casa de los 80s en Los Pinos, porque ni los 80s, ni Los Pinos son lo mismo, ni el entorno de los amigos míos, ni yo soy el mismo. Entonces no hay ninguna forma de “go back home”, de regresar a esa etapa. Lo otro es que hay un punto en el libro que es cuando mi hermana trata de atentar contra su vida y yo regresaba. Estaba cansado de ser un extranjero por el mundo con una mochila para Italia, para aquí, para allá y extrañaba mucho a Cuba y a mi familia. Regreso y me encuentro con esta situación de mi hermana y mi papá fue el que me dijo que tenía que seguir sin mirar atrás. Que no los iba a ayudar con lágrimas, que ellos necesitaban a alguien, una esperanza de donde agarrarse y por lo tanto, debería regresar a Houston y seguir mi carrera, para por lo menos ellos estar tranquilos de que alguien de la familia estaba haciendo una carrera. Me dice: “vete y no mires atrás”. Y eso es sin mirar atrás.

Amaury Pérez: Espero que pronto podamos tenerlos al alcance de los lectores de habla hispana, y sobre todo de los lectores cubanos que tanto te admiran. En el libro uno respira un aire de felicidad, como si el título no tuviera una total correspondencia con lo que ocurre dentro porque tú estás todo el tiempo regresando, al menos en tus recuerdos, en tus añoranzas y a mí me hacía pensar ¿Qué imagina o qué medita Carlos Acosta cuando está lesionado?

Carlos Acosta: No he pensado, no he pensado, he hecho todo lo que he tenido que hacer, he pasado por toda la depresión, pero siempre me he recuperado, he continuado. Cuando yo tengo tiempo para pensar esa es la hora más oscura que tengo, por eso soy una persona que hago mucho, porque cuando no tengo nada que hacer vienen los pensamientos a mi cabeza y hay muchas cosas del pasado que me han marcado, el pasado hay que dejarlo donde está porque te amarga el presente y yo trato de bloquearlo como un mecanismo de defensa.

Amaury Pérez: En todo el mundo artístico hay rivalidades, hay envidia, hay mezquindades y hay traspiés. Tengo entendido que en el mundo del ballet eso todavía es más agudo, la vida es más corta, un escritor tiene toda su vida para escribir su gran novela. Un pintor siempre puede esperarse toda la vida para pintar su gran lienzo. Un músico tiene toda la vida para escribir su gran canción o su gran obra. Un bailarín tiene una vida muy corta. ¿Cómo puedes manejar el sentirte envidiado y por lo mismo muchas veces acosado por tus propios compañeros, a veces por la persona que tú pensarías que más te querría? ¿Cómo manejas eso?

Carlos Acosta: En el ballet estamos en una carrera constante contra el tiempo, y por eso es muy competitivo. En el ballet realmente no hay amigos. Todo el mundo compite contra todo el mundo, por lo menos esa es mi experiencia, hay excepciones, por ejemplo, José Manuel Carreño que es mi hermano.
Amaury Pérez: ¡Ese es otro príncipe!

Carlos Acosta: Nosotros tenemos una amistad preciosa. Fui el padrino de su boda. Pero creo que como esa relación no hay muchas. Maya Plisestkaya decía que en el ballet, las amistades era mejor buscarlas en otro sitio porque la envidia es un sentimiento que nace como el amor, espontáneo, no puedes contra eso. Siempre va a existir. Nunca vas a ser, ante los ojos de la competencia, lo suficientemente bueno.
Un año para nosotros es mucho tiempo, si tú no estás posisionado ya a los 25 años como primer bailarín en una Compañía, ya no te escogen a los 26 ó 27 años a menos que te vayas para un nivel más bajo. Porque también es una inversión que la compañía tiene que hacer en ti. Primero, tienen que posicionarte, tienen que hacer un trabajo de marketing, para que todo el mundo sepa quién eres, eso son décadas de decirle e insistirle al público para que te reconozcan, si tienes 30 años lo que te queda son cinco años de calidad, porque después viene la caída y entonces ya es más selectivo. La compañía saca esas cuentas.
Otra cosa que he notado es que mientras más bajo es el nivel, hay más armonía, menos competencia. Donde está la competencia dura es en las grandes ligas, el brujo está en las grandes ligas aunque la competencia también es buena.

Amaury Pérez: Tienes un trabajo que estrenaste aquí con nosotros, con gente del Folclórico, con gente de Danza Contemporánea: tu obra Tocororo, que es una cosa muy cubana y muy linda. ¿Cómo fue para ti? Primero, sentirte coreógrafo y después dirigir a tu sobrino, a Jonah Acosta, que también es un apadrinado de Cheri (Ramona de Saá). ¿Cuéntame de esa experiencia?

Carlos Acosta: Tocororo fue una escuela con mucho nivel. Realmente no sabía a lo que me estaba enfrentando con Tocororo. Nunca había coreografiado ni una rueda de casino. Es un espectáculo que yo mismo creé. Pero me dio mucho trabajo. Tuve que entrenar a la gente como tu trabajas porque sabes como somos los cubanos, te dicen a las nueve y llegan a las nueve y media. Tuve que dar cuatro gritos de vez en cuando y muchos se pusieron bravos conmigo y fueron a mi casa a fajarse. Además de crear los movimientos.
Con lo de Jonah, que es un niño, le estaba exigiendo más allá de los límites que él podía asimilar. Aparte, era mi sobrino. Yo lo llevaba recio, el pobre, terminaba llorando y todo.
Pero al final creo que le sirvió a todo el mundo y fue un espectáculo que giró el mundo. Fuimos a Hong Kong, a todos lados, tuvo su momento y fue una gran escuela para mí.

Amaury Pérez: ¿Háblame de tu aparición como actor en el segmento que en “I love New York” que dirigió Natalie Portman?

Carlos Acosta: Entrando por el aeropuerto un día recibo una llamada de Natalie Portman con un proyecto de película que había escrito pensando en mí. Nos reunimos y ahí fue dónde me explicó. Yo era el padre de una niña, la niña era rubia y entonces nosotros teníamos que andar por todo el Parque Central de Nueva York, y el kit de la cosa era que las personas no me asociaban con el padre de la niña, pensaban que yo era el niñero.
Ella se tomó un gran riesgo, porque los productores le decían que por qué no escogía a un actor de verdad, y ella dijo que me quería a mí.

Amaury Pérez: ¿Y te gustó la experiencia?

Carlos Acosta: Me encantó. Después hice “Days of Flowers” que fue el verano pasado. Y ahí sí sentí lo que era el cine, porque lo de Natalie Portman fueron dos días…

Amaury Pérez: Fue un segmento dentro de una película larga.

Carlos Acosta: Un corto de siete minutos. Pero en “Days of flowers” si fueron semanas y ahí si me di cuenta de verdad de lo que era el cine, el cine es espera, espera, espera. No, no, chapó con los actores, oye, para después de seis horas dar esa emoción que se te exige…, porque en el ballet tú sales y desde la A hasta la Z estás viviendo cronológicamente toda la obra, pero en el cine tienes que cargarte para dar lo que te exigen y cuando estás cargado que quieres hacerlo, todavía no es el momento, no es cuando tú quieres.

Amaury Pérez: Pero de todas maneras es un trabajo que te gustó y en el que tú piensas que puedes tener un futuro.

Carlos Acosta: Chico, eso dicen la gente, no sé, yo creo que sí, y además, tengo el inglés.
Amaury Pérez: Hay dos maneras de ver Cuba; hay una sola de sentirla. Cuando hablo de verla, cuando tú estás aquí, cuando tú estás aquí de vacaciones, cuándo estás aquí con los tuyos, hay una manera de ver Cuba, de sentirte parte de ella. Y cuando estás fuera de Cuba, durante tanto tiempo como tú, tienes otra manera de ver Cuba en la distancia. Pero hay una sola forma de sentirla. ¿Cómo la sientes tú? ¿Cómo tú sientes a Cuba?

Carlos Acosta: Chico, yo siento a mi país como mismo me siento yo, o sea, es que eso de verla desde la distancia yo no creo… Cuba es una sola y Cuba la llevo yo adentro. Incluso Cuba es, nosotros somos una raza ecléctica, una raza que representa toda la sabrosura, todo el calor y esa es la Cuba con la cual me voy a morir.

Amaury Pérez: Bueno, muchísimas gracias, Carlitos, es un gusto extraordinario para mí haberte tenido en el programa y haber comprobado una vez más, que se puede ser virtuoso, bello y profundamente inteligente y culto. Muchas gracias, mi hermano.

Carlos Acosta: Gracias.

Amaury Pérez: Mucha suerte para ti.