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soyquiensoy (Ricardo R. González)

Artistas

Anabell López (Cuba)

Anabell López (Cuba)

Por Ricardo R. González

A Anabell López Domínguez la conocí cuando la novísima Trova cubana trajo su voz fresca junto a la de Santiago Feliú, Donato Poveda, Xiomara Laugart, Alberto Tosca, y el grupo Arte Vivo.

Por entonces nos regalaba sus «Jóvenes de hoy», se distinguía en aquella «Canción a un viejo trovador», o mostraba la inigualable «Como una campana» que formaron parte de su primera producción discográfica bajo el sello principal de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM).

Desde aquel momento algo me decía que era una voz a seguir en una hermosa mujer bendecida por el arte. Y el tiempo me dio la razón cuando obtuvo su premio en uno de los concursos Adolfo Guzmán con «Este canto de amor», del binomio Leyva- Galbán, o al formar parte de Gala, un espectáculo que, por la década de los 80, recorría la ínsula en su caluroso verano e invitaba a lo más representativo de las voces cubanas y de las existentes en los países socialistas de Europa.

En aquella oportunidad Mirtha Medina y ella constituyeron lo más esperado por los cubanos que acudían a sus presentaciones.

Después la historia prosiguió. Anabell fue creciendo como intérprete hasta ocupar la escena internacional en las lides artísticas de Bratislava y Polonia, o en locaciones de Suecia, Dinamarca, Finlandia, Estados Unidos, Puerto Rico, México, Venezuela y Argentina para demostrar que lo mismo es «El colibrí» que «Longina», que puede pasear su tesoro vocal como excelente «Damisela encantadora» u obsequiarnos el lirismo de «La vida», que llega a hacer suya la versión de «Me gusta ser como soy» como ponerle su timbre distintivo a las piezas rubricadas por el excelente compositor cubano Germán Nogueira para convertirlas en una especie de aliento que recorre el alma.

Entre su discografía aparece el álbum «En el jardín de la noche», una selección de temas compuestos por Silvio Rodríguez y Pablo Milanés con vocalizaciones que llevan ese sello exclusivo de identidad, y también «Seguiré esperándote —para el mercado ibérico— que nos acerca a las corrientes más variadas del pop.

Pero al valor su repertorio no sorprende escucharla en temas de Amaury Pérez Vidal, del cienfueguero Lázaro García o de Noel Nicola, sin descartar los dúos ocasionales con Silvio, en el recordado «La gota de rocío» o apoyada en las baladas actuales como la realizada junto a Leoni Torres en «Ven conmigo».

Este 23 de octubre Anabell anda de cumpleaños. Que llegue a ella la felicitación de su pueblo con el deseo de que nos siga «endulzando los oídos»

gracias a ese manantial que brota desde el misterio agradecido de su voz.

Y si la vida me permitiera pedir un deseo… preferiría que algún día complaciera a todos con «Ángel para un final».

En definitiva, un ángel peculiar, y sin final, interpretado por otro de torrente inmaculado.

Las Hermanas Lago (Cuba)

Las Hermanas Lago (Cuba)

Por Ricardo R. González (*)

El destacado periodista y realizador radial Roberto Bruce Trujillo sentó el precedente para la reseña al recordar, por estos días, el cumpleaños de Lucía Lago, una de las integrantes del inolvidable trío de las Hermanas Lago.

Otro de los íconos que tallaron una huella dentro de la cultura cubana al regalar una perfecta armonía que fuera catalogada, en su momento, como una de las mejores de Cuba, y la agrupación femenina más sobresaliente dentro de dicho formato en toda América.

Cantantes y guitarristas que se dieron a conocer en aquella función de aficionados realizada en el Teatro Nacional de La Habana cuando 1932 corría sus días, y justo fue premiar tanta entrega —aunque incipiente— con el primer premio de la jornada.

El camino quedaba abierto y comenzaba a transitarse. Poco a poco aparecieron en diferentes carteleras de los centros capitalinos, sin descartar las principales cadenas radiales, apoyadas en un repertorio que paseaba entre pregones, boleros y canciones tradicionales.

Integrado en su primera etapa por Cristina, Esperanza y Graciela, el trío logró, en 1940, un escaño cimero de popularidad. Por entonces, Isolina Carrillo asesoraba a una agrupación que introdujo novedades en cuanto al empaste vocal y su acompañamiento.

Así lograron ser las primeras, entre los colectivos femeninos de pequeño formato, que dio vía a la armonía de los tríos en la música cubana, a la vez que resultaron las pioneras en grabar canciones infantiles y anuncios comerciales.

En 1947 irrumpió Lucía Lago para ampliar la nómina a un cuarteto hasta que  1954 trajo la lamentable pérdida de Esperanza.

Sus presentaciones se extendieron a los Estados Unidos y a diversas latitudes latinoamericanas, mientras que sus rostros llegaron a la televisión, en 1951, con excelentes temas representativos de la música de nuestra área geográfica y del propio archipiélago.

Revisando el catálogo discográfico, la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM) recogió algunas de sus interpretaciones que, también, las otroras firmas PANART, Kubaney, y la ibérica VALERO-AYZA dejaron en sus matrices.

Sobresale el larga duración de cantos infantiles apoyadas por Leo Marini y el conjunto de Luis Santi.

Otra placa inolvidable fue la realizada junto al cantante Fernando Albuerne y la orquesta del maestro González Mántici.

Si de particularidades se trata mencionemos las interpretaciones de «Longina», «La bella cubana», «Recuerdos de Ipacarai», «Canción de navidad», y «Sombras», entre otras.

Iniciada la década de los 80, el trío recesó su actividad, aunque Lucía prosiguió sus presentaciones como solista en determinadas actividades como remembranzas de un aval de quilates que valió la Distinción por la Cultura Cubana, y la Medalla Décimo Aniversario de la Nueva Trova a una agrupación de valladares ganados en el amplio pentagrama del ajiaco musical de la mayor de Las Antillas.          

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

Abelardo Barroso (Cuba)

Abelardo Barroso (Cuba)

Por Ricardo R. González (*)

El barrio habanero de Cayo Hueso ha tenido la dicha de ver crecer a grandes de la música cubana. Un sitio obligado para grandes trovadores del siglo pasado, y en estos periplos cuentan que al propio Manuel Corona se le vio acompañando, en múltiples oportunidades, a un negrito interesado en conocer todos los secretos de la música cuando apenas llegaba a los cinco años de edad.

Aquel negrito fue creciendo y se convirtió en un virtuoso del pentagrama ´del archipiélago, a tal punto que la crítica lo calificó como «El Caruso cubano» a tenor de sus aptitudes y singular estilo a la hora de abordar los principales géneros bailables de siglos pasados.

Nada más y nada menos que Abelardo Barroso. Cantante y compositor para quien septiembre le trajo su nacimiento (21-9- 1905) y también el deceso, un día 27, pero de 1972.

Antes de emprender el camino de la música fue patinador, pelotero y boxeador, pero quiso la buena suerte que un día en que se desempeñaba como taxista de varios de los integrantes del Sexteto Habanero se le abrieran las puertas a fin de entrar en el arte.

Tenía 19 años, y los ilustres pasajeros quedaron fascinados al escucharlo cantar y le propusieron que formara parte de la nómina de la agrupación. Así, el 17de julio de 1925 debuta como artista para conocer muy rápido el sabor de la fama.
Según algunos reportes luego de esta primera etapa pasó a integrar el Sexteto Boloña y más tarde el Nacional. Uno de los momentos estelares en su carrera porque viaja a España y actúan en la Feria Ibero-Americana de Sevilla.

Fue tanto el éxito que recibieron el Diploma de Honor y Medalla de Oro, mientras que Barroso recibe la propuesta de ingresar a la compañía de variedades Salmerón, la cual acepta, manteniéndose durante un buen tiempo el territorio español.

Su curriculum lo incluye, también, como integrante del Sexteto Cuba de Fernando Collazo, el Septeto Alabama, la Orquesta de Ernesto Muñoz, la Melodías del Siglo de Pablo Miranda, hasta llegar a formar junto a Orestes López la charanga López-Barroso, con la cual hizo gala de su versatilidad al abordar el son, el danzón y el danzonete, como un género que irrumpía entre los bailadores en la década de los años 30.

Otro golpe de suerte acompañó a Abelardo Barroso al vincularse a la Orquesta Sensación, pues Benny Moré, que no dejaba de manifestar su abierta devoción por el intérprete, le propuso que realizara una grabación con los referidos músicos.

A pesar de la competencia la «Sensación» logra situarse en la élite de las charangas de su tiempo, y obtiene el Disco de Oro, en 1957, por las ventas logradas en gran parte por el arraigo que conquistó quien más tarde sería la voz principal del conjunto.

Entre las múltiples grabaciones que ofrecieron la justa dimensión de Abelardo Barroso figuran El huerfanito, La Macorina, La cleptómana, El guajiro de Cunagua, y sin duda alguna su inigualable Panquelero.
Hace 39 años nos dijo adiós. Quedan sus grabaciones para considerarlo otra de las glorias que perviven con el distingo del buen arte.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

Roberto Faz (Cuba)

Roberto Faz (Cuba)

Por Ricardo R. González (*)

Regla, el pintoresco y ultramarino poblado habanero, lo vio nacer el 18 de septiembre de 1914, pero jamás se imaginó que Roberto Faz Monzón alcanzaría la gloria dentro del pentagrama musical e la ínsula.

Ya a los 13 años cantaba en el septeto infantil Bellamar fundado, precisamente, por su padre en su lugar natal, para luego pasar por la nómina del Champion sport, dirigido entonces por Félix Chapottín.

Faz incursionó por varios conjuntos y orquestas hasta que en 1941ingresó en la agrupación del Hotel Nacional, cuya plaza era codiciada por todos los cantantes  habaneros, pues representaba  un sueldo fijo y mejor economía para la subsistencia.

Sin embargo, durante un  corto período de tiempo figuró en el conjunto Kubabana, considerado como una escuela de cantantes de son bajo la batuta de Alberto Ruiz, quién era considerado un experto en ese estilo.

Ello abrió las puertas para que en 1943 llegara al Conjunto Casino —aunque algunos señalan la fecha un año después— y comenzara a sumar un éxito tras otro.

Fueron solo 13 años, pero marcaron un estilo imperecedero para la música cubana.

Según consta la entrada de Roberto Faz al grupo «simbolizaba  ese complemento que Roberto Espí esperaba ansiosamente, ya que este reglano traía una vasta experiencia de mucho valor sobre la música popular nuestra», al decir de algunos.

Así, se abrió paso hasta consagrarse como los mejores en aquel momento, mientras la voz de Roberto Faz quedaba registrada en infinidad de discos que hicieron historia. Junto a sus compañeros Espí y Agustín Ribot actuiaron en las principales plazas cubanas y comenzaron a recorrer una parte del mundo. 

La primera interpretación del filin creada por los jóvenes en el Callejón de Hammel, ubicado  en el barrio habanero de Cayo Hueso, para conjunto de música popular la cantó Roberto Faz con arreglo del Niño Rivera y titulada “Quiéreme y verás” original de José Antonio Méndez.

Después interpretó otros boleros de igual género rítmico  como consecuencia del éxito del primero.

Rondaba cuando el joven reglano se decide a formar su propia agrupación. Tenía 42 años y convida a los vocalistas Roeángel Rodríguez (Rolito) y Orlando Reyes a seguirlo en esta aventura, pues consideraba que ellos tenían la versatilidad de realizar cualquiera de las voces requeridas para grupos de son.

Para muchos fue una especie de locura. No es menos cierto que resultaba algo riesgoso abandonar una agrupación consolidada para crear otra con un futuro aparente incierto.

Pero Roberto Faz pasó la prueba con un éxito colosal. Grabó y actuó en los mejores centros artísticos del país y viajó a su antojo por Centro y Suramérica.

Ya en la década de los 60 se encontraba inmerso en el ritmo creado por Dámaso Pérez Prado con el nombre de dengue, creando las condiciones para interpretar correctamente las ideas del genial matancero.

Lograron su momento de esplendor en 1966 cuando aparecieron las obras «Dengue de la caña», de Montero y Castillo, «El dengue tiene su tiqui tiqui», compuesta por Andes Castillo, y «Dengue en Fa», del propio Roberto Faz.

Sin dudas, la cumbre había llegado, pero a su vez fue tronchada aquel 26 de abril de 1966 con la fatídica noticia del deceso de quien fue considerado entre los mejores soneros de Cuba por poseer una magnífica voz, un alto concepto del ritmo y una dinámica imprescindible para cantar el género.

Faz no solo fue un sonero. Interpretó boleros, guarachas, y cuanta modalidad consideró que podía pasearla en sus registros.

Entre los temas más recordados aparecen «Comprensión», « Amor de fango», «Pecado», «Deuda», «Miguelito y la tijera», «Píntate los labios María», y «Tócale la campana», por citar algunos.

Sin dudas, otro de los grandes que enriquece el tesoro inigualable de la música cubana.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

Ignacio Villa (Cuba)

Ignacio Villa (Cuba)

Por Ricardo R. González (*)

Nadie lo pudo predecir. Ni siquiera los más allegados a aquel hogar de Guanabacoa que acogió a un negrito nacido el 11 de septiembre de 1911 y quien resultara, a la postre, un ícono de la cultura cubana.

Tampoco aquellos que concurrían al cine silente de aquel pueblo donde inició sus primeras presentaciones en el entonces incipiente camino del arte.

Uno de los 12 hijos del matrimonio integrado por Inés Fernández, ama de casa, y Domingo Villa, cocinero de una fonda, ante una familia que pasó por situaciones económicas complejas, pero sin renunciar al ambiente festivo criollo de la villa como detalle que  marcó la personalidad creadora y la alegría del artista.

Poco a poco, Ignacio Jacinto Villa Fernández fue ganando su espacio, y en 1923 comenzó a estudiar solfeo y teoría musical. Su aspiración era convertirse en Doctor en Pedagogía y en Filosofía y Letras, pero al matricular, en 1927, en la Academia Normal para Maestros, la crisis provocada por el gobierno de Gerardo Machado cambió el rumbo y, afortunadamente, le hizo dedicarse a la música.

Ya en.1933 llegó a escenarios mexicanos como pianista acompañante de esa gloria universal llamada Rita Montaner. A ella le correspondió el epíteto de Bola de Nieve en juego irónico con el color de su piel y la pequeña estatura que portaba, aunque otras hipótesis se lo achacan a un periodista de la época.

Considerado como un notable pianista no escapa de un singular estilo de interpretación, muy cercano a las corrientes francesas de los tiempos.

Entre sus piezas inolvidables por esa manera peculiar aparecen «Ay amor», «La flor de la canela», «Drume negrita», «Babalú», «Alma mía», y el clásico de Eliseo Grenet «Ay mamá Inés», del que Bola hizo una versión inigualable.

De su autoría son: «Si me pudieras querer», «No quiero que me olvides», y «Tú me has de querer», por citar algunas.

Dos menciones particulares merecen «No puedo ser feliz», de Adolfo Guzmán, y la versión que realizara de «La vie en rose» (La vida en rosa), de Edith Piaff.

Sin embargo, la radio lo sorprende en 1950 cuando se inició en la cadena de radio CMQ "El gran show de Bola de Nieve", en el que cantaba acompañado por una orquesta e invitaba a artistas nacionales e internacionales de renombre.

Viajó ininterrumpidamente por casi todo el mundo, y tuvo la dicha de interpretar las canciones en español, inglés, francés, italiano y portugués, aunque cantaba principalmente en su lengua materna. Y al preguntársele su nacionalidad siempre se definió como latinoamericano.

Compartió escenario con grandes figuras como la española Conchita Piquer; Teddy Wilson, Art Dayton y Lena Horne en Filadelfia; Ary Barroso y Dorival Caymmi en Brasil; la cubana Esther Borja; y la argentina Libertad Lamarque.

En 1965 el restaurante Monseñor, ubicado en el centro de la capital cubana, fue reparado y convertido en el Chez Bola. Este sitio resultó la locación habitual para sus actuaciones, a la vez que le permitía estar más cerca del público.

Entre las curiosidades que rodean su vida aparece su ejercicio como profesor de Matemática, y otra significativa ocurrió en los Estados Unidos, luego de presentarse en el Carnegie Hall, de Nueva York. Eran tantos los aplausos que lo hicieron salir nueve veces al escenario como agradecimiento a los asistentes.

Bola de Nieve padecía de diabetes y asma, y en enero de 1969 se le descubrió una cardiopatía arteroesclerótica, sin contar un infarto que sufrió en 1970.

Su postura ante el arte fue radical, por ello, declaraba: "los trastornos que me está ocasionando la diabetes no me incapacitan para continuar martirizando al piano y a mi público".

La última actuación fue el 20 de agosto de 1971 en el teatro Amadeo Roldán, durante un homenaje a Rita Montaner. Apareció en la televisión por última vez en el programa musical "Álbum de Cuba", un día después de haber cumplido 60 años.

Chabuca Granda junto a amigos y admiradores le preparaban un homenaje en Perú y, antes de partir, concedió una entrevista en Radio Habana Cuba que, también, sería la última.

En una escala en Ciudad México, a fin de continuar travesía hacia Suramérica y cumplimentar esta invitación le sorprende la muerte el 2 de octubre de 1971, pero fue traslado a su Patria y sepultado en su pueblo natal.

Cuba tuvo el privilegio de tener a Bola de Nieve. Hoy conmemora el centenario del cubano que aun sigue resonando en nuestros oídos con su entrega inmaculada y de quilates.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

Cuarteto Las D Aida (Cuba)

Cuarteto Las D Aida (Cuba)

Por Ricardo R. González (*)

Amaury Pérez García dirigió el programa televisivo Carrusel de las Sorpresas que, aquel 16 de agosto de 1952, trajo el debut del cuarteto Las D Aida, integrado por Elena Burke, Moraima Secada, Omara y Haydée Portuondo, bajo la guía de Aida Diestro.

El hecho ocurrió a solo un mes de su creación, y para ese momento escogieron los temas «Cosas del alma», de Pepe Delgado, y «Mamey colorao», cuya autoría corresponde a Pedro Junco.

Poco a poco la vida demostró que se estaba en presencia de una de las agrupaciones vocales de verdadera trascendencia en el panorama de la música popular cubana, a base de un tratamiento armónico singular en correspondencia con las corrientes musicales de la época.

Uno de los méritos de su directora fue el trabajo con las voces, la selección del repertorio, la forma en que debían expresarse los textos, y la coherencia en el movimiento escénico.

Durante largo tiempo el piano resultó el principal instrumento acompañante, pero a partir de 1970 extendieron los matices y ampliaron el acompañamiento que impregnó otra sonoridad y respaldo rítmico.

Las giras internacionales no faltaron, como tampoco las presentaciones en los principales espacios de la radio, la televisión y los centros nocturnos.

Incluso compartieron escena con íconos como Pedro Vargas, Edith Piaf, Nat King Cole, Bola de Nieve, Rita Montaner, y Benny Moré, por mencionar algunos.

La fama del cuarteto iba en ascenso. Lo suficiente para que los productores del respetable sello discográfico RCA VÍCTOR pusieran su mirada en las muchachas y le grabaron un disco de larga duración.

En un pequeño acetato apareció un número interpretado junto al chileno Lucho Gatica,

La historia de Las D Aida fue recogida también en un documental realizado por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Sus integrantes fundadoras se convirtieron después en solistas, por lo que hubo necesidad de añadir nuevas voces como la de Teresa García Caturla (Teté), quien asumió la directiva, en 1973, tras el deceso de Aida.

Ya en 1998 el cuarteto se desintegra para quedar siempre dentro del patrimonio de la música cubana.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

José Antonio Méndez (Cuba)

José Antonio Méndez (Cuba)

Por Ricardo R. González (*)

Fue el 21 de junio de 1927 cuando La Habana le daba la bienvenida a quien, a la postre, lo identificarían como El ronco de oro o El rey del feeling. No hacen falta más datos para saber que se trata de José Antonio Méndez García, compositor, guitarrista y cantante, quien resulta un ícono para el pentagrama cubano.

Sus dotes autorales toman fuerza allá por 1940 acompañadas de su guitarra. Se presentó en la Corte Suprema del Arte y ganó el primer premio con el corrido Cocula, aunque ya siendo estudiante de bachillerato estrenó su primera pieza en una de las celebraciones del Instituto de La Habana.

La emisora radial Mil diez le abrió las puertas para acoger sus actuaciones donde organizó el grupo musical Loquibambia, integrado, además, por Frank Emilio, Omara Portuondo, Bobby Williams, Jorge Mazón y Alberto Menéndez.

Conoció a Sindo Garay, Manuel Corona y Rosendo Ruiz Suárez, y entre 1946 y 1947 escribió La gloria eres tú, popularizada por Toña La Negra, mientras

Pedro Infante la interpretó en el filme mexicano Dos tipos de cuidado.

Sin embargo, es México el sitio en que le abraza el éxito cuando, en 1949, se presentó en centros nocturnos y en los principales espacios de las emisoras radiales a fin de concederle el pasaporte a la grabación de cinco discos con sus más representativos números.

En tierras aztecas permaneció hasta 1959 en que regresa a su patria para seguir la línea del movimiento denominado feeling, —creado en la década de los años 40 del siglo XX y del cual es fundador—, como expresión que impulsa y remueve los sentimientos afectivos de la vida, y del que formaron parte, también, César Portillo de la Luz, Ángel Díaz, Ñico Rojas, Luis Yáñez, Niño Rivera, Rosendo Ruiz Quevedo, Elena Burke, y la propia Omara..

Memorable aquel long playing que hiciera con Frank Emilio en los estudios de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM), allá por 1965, en el que aparecen sus temas antológicos La gloria eres tú, Ayer te vi llorar, si me comprendieras, Soy tan feliz, Me faltabas tú, y Este sentimiento que se llama amor, entre otros.

En 1983 viajó otra vez a México, donde participó como jurado e intérprete en el IV Festival de la Canción Peninsular, celebrado en Mérida, Yucatán, junto a César Portillo de la Luz, Sabre Marroquín, Vicente Garrido, Ruiz Armengol y Luis Caballero. A ese país regresó en 1985, para actuar junto a Son 14, dirigido por Adalberto Álvarez

También incursionó en la guaracha: Cemento, ladrillo y arena, y Qué jelengue. Resultan excelentes exponentes. Como intérprete, era de un timbre claro y sobre todo afinado aunque cuando hablaba era ronca su voz, y su manera de cantar influyó en Pablo Milanés.

Al ejecutar la guitarra, igual que Portillo de la Luz, la pulsaba con el dedo pulgar de la mano derecha, y poseía un rico y bello sonido, con un concepto orquestal en el acompañamiento.

En 1967 fue elegido presidente de la Sociedad Cubana de Autores Musicales (SCAM).

José Antonio Méndez es de los grandes en que el mismo mes le trajo la luz de la existencia y a la vez la partida. Falleció el 10 de junio de 1989, aunque dejó su obra perdurable con ese signo inolvidable del ronco de oro.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

Faustino Oramas «El Guayabero» (Cuba)

Faustino Oramas «El Guayabero» (Cuba)

Por Ricardo R. González (*)

Hubiera querido seguir entonándonos su clásica «Marieta», andar por todo el archipiélago salpicándonos con su inconfundible picardía, pero la vida lo impidió, y hoy, 4 de junio, Faustino Oramas Osorio, nuestro Guayabero, estuviera celebrando su centenario de existencia.

Tresero y compositor por excelencia, inició su vida artística en emisoras de la radio holguinera, su tierra natal, y como casi todos los grandes en fiestas populares de su querido terruño.

Un trovador con mucho de juglar que llevó de pueblo en pueblo esas crónicas nacidas de la espontaneidad del cubano, con abordaje de las cosas cotidianas, matizadas por un doble sentido sin rayar en la obscenidad.

Con su tres bajo el brazo anduvo por aquí y por allá, haciendo que todo el pueblo de Cuba, y gran parte del mundo conociera «Marieta», las razones de su «Tumbaíto», o el por qué de «Ay, candela».

Y no menos importante su «Mañana me voy a Sibanicú», lo que pudiéramos llamar su carta de presentación: «En Guayabero», y «Como vengo este año», por solo citar algunas.

Estados Unidos, Colombia, o España, donde causó furor, supieron de lo inigualable de este cubano que, al decir de Pacho Alonso, le impregnó tal particularidad a su ritmo que: «todo tresero debe conocer sus tumbaos.»

Holguín lo vio nacer y también lo despidió aquel 27 de marzo de 2007, pero Faustino está, y «Marieta» sigue reafirmando su inmortalidad en el pentagrama porque es y será siempre uno de los grandes.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.