Blogia
soyquiensoy (Ricardo R. González)

Comentario

Esos catarros de estos tiempos

Esos catarros de estos tiempos

Por Ricardo R. González

En un mundo tan cambiable donde cada día se pierden los esquemas convencionales de comportamientos no sorprende que aquellas cepas causantes de infecciones respiratorias agudas (IRA) adelanten su presencia comparada con la habitual aparición en los meses del ligero invierno cubano.

Ya el 2011 lo corrobora, y si bien estos padecimientos se acentuaban históricamente a partir de noviembre, esta vez irrumpieron seis semanas antes,

Un repaso a lo que ocurre en Villa Clara advierte que la llamada edad pediátrica (menores de 15 años) resulta el grupo de mayor incidencia, mientras el comportamiento mayoritario por municipios recae en Quemado de Güines, Caibarién, Remedios, Placetas y Ranchuelo.

Sin embargo, el director del Centro Provincial de Higiene, y Epidemiología y Microbiología, doctor Orlando Díaz Gómez, destaca que si bien es real el incremento de los afectados no ocurre así con las estadísticas de fallecidos que no registra ningún menor de 16 años.

Pero las cosas no se logran de brazos cruzados. Una vez más impera el cumplimiento de las medidas higiénico—sanitarias a partir de la necesaria responsabilidad individual que muchas veces se echa por la borda o simplemente abraza las cuerdas de lo nulo.

Por ello resulta imprescindible el lavado de las manos, evitar toser de manera desprotegida, y cumplir lo establecido a la hora de estornudar al cubrirse la cara con un pañuelo o doblar el brazo en la zona del codo.

Muchas veces las personas enfermas salen a la calle, comparten en lugares públicos y hasta en aquellos con bastante hacinamiento, sin pensar en que el resto de los humanos no tienen motivos para el contagio, aun así olvidamos que vivimos en una comunidad implorante de la casi olvidada convivencia necesitada de aires revitalizadores.

Vale el recordatorio para quienes visiten las instituciones hospitalarias. Un verdadero torbellino pasa por esas salas en que el enfermo implora el descanso, y que no se le acribille a preguntas o pláticas interminables encima de ellos.

Las camas hospitalarias no constituyen un asiento público. Tampoco las manos deben extenderse ni tocar al hospitalizado, mientras la voz debemos regularla para que no moleste, sin olvidar que somos seres humanos llamados a una cordura impostergable.

Párrafo aparte para las maternidades  que llaman a evitar la aglomeración de personas cerca del bebé, así como los instintos de besarlos o acariciarlos

Una vez en casa será imprescindible mantener la limpieza e higiene adecuadas, sin descartar el lavado de las manos ante las manipulaciones de todo orden.

El contagio de las IRA ocurre de persona a persona por el contacto directo de las microgotas infectadas con el virus al hablar, toser o estornudar.  

Aún faltan los meses «duros» del invierno, por lo que todo menor o persona que experimente secreción nasal, lagrimeo, enrojecimiento de la conjuntiva, tos acompañada de fiebre, o dificultades en la respiración, debe acudir de inmediato al facultativo de la familia. Y algo muy importante: No se automedique.

La infancia acogida a círculos infantiles será chequeada a la entrada, y de presentar algunas de estas manifestaciones hay que suspenderlos. De aparecer irregularidades de salud en el transcurso del día se adoptarán las medidas establecidas en el convenio MINED—MINSAP por parte del personal competente.

Por ello prefiero el proverbio que reza «Mejor precaver que lamentar», y aunque por lo general estas gripes estacionales son bautizadas con el nombre de los personajes malvados de las telenovelas en moda queda la disputa entre Saúl, Clara, o el falso representante del hijo italiano de Doña Bete en Passione.

Ahora bien, con situaciones epidemiológicas o sin estas, con Saúl, Clara o sin estos, habrá que ganarle cada segundo a los retos impuestos por la vida.   

Mi comentario: «El Carmen» se oxigena, pero…

Mi comentario: «El Carmen» se oxigena, pero…

Por Ricardo R. González

Todo aniversario de una ciudad deja los buenos aires de las celebraciones. Y al reciente cumpleaños 322 de Santa Clara no escapó de los perímetros de el parque El Carmen , como punto que indica el nacimiento afortunado de la urbe.

De veras lo requería. Su parroquia pintada, el retoque a la larga hilera de bancos, la mano reparadora sobre las farolas, y por suerte, la reaparición —bienvenida— de la bomba de agua que un día de años luz desapareció para privarnos de su exquisito manantial.

Es triste que el tiempo opaque la belleza de los detalles por falta de mantenimiento. Quizás por déficit de recursos o de financiamiento, o por el enquistamiento de quienes deben tomar cartas en el asunto a la hora de decisiones.

Y el terruño no escapa de esos momentos, en una era o en otra, mas mirar bajo el prima exclusivo de estar realidades y sentarlas en el banquillo de los acusados de manera unilateral resulme improcedente.

Hay algo que nos debe correr por las venas como genuinos celadores de un patrimonio compartido, y es el amor por lo nuestro. Ese sentimiento que no siempre nos cala en la piel y penetra hasta lo infinito.

Para tener hay que cuidar. Esa responsabilidad se logra con deber ciudadano. No resulta igual recibir en ese Parque al grupo de abuelos y sus saludables ejercicios que convertirlo en un terreno de pelota entre aquellos distantes ya de la infancia que a veces ni reparan en las consecuencias de un pelotazo mal dado.

Varias veces la bola se ha escapado hasta las viviendas cercanas, o algún transeúnte ha sido el blanco de un temible impacto.

Es imperdonable que determinados segmentos de la instalación amanezcan un domingo u otro día al azar como si fuera reservorio de un baño público con excremento y papeles manchados que ruedan con el aire hasta «posarse» en el césped.

O encontrar un pequeño microvertedero en las áreas verdes por obra y gracia de un malintencionado.

No resulta descartable que también aparezcan tirados sobre el cemento algún que otro protector de una aventura amorosa, o la escena de menores —y no tan menores— que asaltan y maltratan la bomba de agua a manera de divertimento.

Advierto al respecto. Ese pozo deviene tradición del Parque, y más que ello se convierte ahora en reliquia comunal ante los avatares de los ciclos de abasto de agua en que gran parte de los santaclareños sabe qué día entró por última vez, pero que constituye una agonía descubrir cuándo será la próxima vez en que el líquido corra por las llaves de los hogares.

Hay más. Aquellos que en tiempos pasados vieron en las luminarias una especie de tiro al blanco deberán medir sus impulsos. Hay pelotas u otros objetos que han quebrado los cristales para dejar la mella perenne.

La identidad o pertenencia de una ciudad compete a todos. Y el lugar de nacimiento, el barrio donde cada quien creció, el beso escondidizo al primer amor, o la caída en el aprendizaje de la bicicleta se llevan en el alma entre esos recuerdos memorables aunque se esté lejos.

La añoranza por la glorieta, por un parque, por el papalote que se «desconclifló», por los pasos sobre calles permeadas de adoquines son vivencias llamadas a hacernos grandes.

«El Carmen» se oxigena. Cierto, pero evitarle agresiones compete a quienes hacen la vida en la urbe, entre aquellos que la dibujamos a nuestro antojo con el pincel de hacerla siempre hermosa, en los maestros (de aulas o de casa) encargados de educar a todos los que no entienden que la era paleolítica quedó muy atrás en el tiempo, y que los instintos hay que moldearlos en la era de la automatización y el ciberespacio.

Pensemos, entonces, en Lo feo, ese tema compuesto por Teresita Fernández, una Hija Ilustre de la urbe, y hagamos que Santa Clara respire, al menos, con las brisas saludables del Capiro, aunque se nos filtre en su paisaje las heridas marcadas de los ríos Bélico y Cubanicay.

Irreverencias en los hospitales

Irreverencias en los hospitales

Por Ricardo R. González

Ilustración: Roland

Una reciente visita al hospital Mártires del 9 de Abril, de Sagua la Grande, maduró la intención de escribir acerca de algo que ya andaba inquieto en el tintero. Desde mi posición veía cómo un trabajador dedicado a la limpieza de los exteriores dejaba inmaculada su área.

Apenas mediaron 20 minutos cuando el accionar de la escoba me hizo mirar asombrado por la reiteración del hecho, y es que colillas de cigarros, papeles de desecho, o alguna que otra latica tirada volvían a empañar el entorno.

A intervalos aquel hombre retornaba al lugar para comprobar si tenía nuevos «inquilinos» en su radio de acción.

Supe que Rolando Santos López, Luis Méndez Linares, y Pedro Álvarez Roque son los encargados de luchar, contra viento y marea, por ese medio despejado de residuales porque desde el más allá o el más acá alguien, con actitud negligente, encuentra en el césped u en otro sitio el mejor reservorio de desperdicios.

A veces me pregunto si estamos en un potrero o en los parajes de una selva que desconoce la existencia de reglas de urbanidad o de sentido común.

Pero a estos lamentables sucesos, el mundo hospitalario adiciona mucho más. Aquellas personas que asisten como si estuvieran disfrutando el verano en la playa, o se sienten tan ligeros de ropas en consonancia a su andar en la propia casa. Short, camisetas, chancletas encabezan el desfile…, mientras otros acuden como si fueran protagonistas de un filme cuyo argumento selecciona a la comunidad primitiva en pleno siglo xxi.

No se trata de ser más castos que nadie. Existen reglamentos prohibitorios de entrada en estos casos, y la lógica indica que hay lugares y lugares. Hospitales, funerarias, restaurantes y centros públicos no resultan la continuidad del hogar, a pesar de que el calor del trópico nos queme hasta la médula.

Y qué decir de aquellos rompecabezas formados durante el horario de visita. De todo un poco… Una parte de los asistentes pierde los estribos y conversa tan alto que rompe la norma de decibeles, otros encienden el cigarro a pesar del cartel de Prohibido fumar para que el humo se haga dueño del reciento, aquel trata de jugar cabeza e introducir la mascota de la persona hospitalizada porque «probrecita hace tantos días que no la ve», y no faltan quienes vienen con su traguito de más, la que desea ver el tamaño de una herida, contar los puntos de sutura, o curiosear el reporte de los ingresados en la sala.

Señores, todo paciente requiere tranquilidad. Pongámoslo al revés: Si usted es el convaleciente ¿le agradaría pasar por esto?

Una vez pasado el horario de visita o en las propias mañanas está el que trata de meter cabeza, y convencer al custodio a fin de «colarse» en la sala, sin pensar en el momento habilitado para que los especialistas realicen su pase de visita y dictaminen la terapéutica a seguir.

Estas escenas ocurren en cualquier institución de Salud en mayor o menor medida. No hay que cursar una carrera universitaria para percatarnos que los reglamentos son normas a respetar, incluso en países sumamente desarrollados sin bloqueos asfixiantes, y donde hay medicinas al por mayor (pero cuestan un ojo de la cara) las visitas a los enfermos son restringidas o no están concebidas, y que a nadie se le ocurre tirar una colilla al piso a una lata desde lo alto de una habitación.

Cierto que muchos de nuestros lugares no disponen de cestos o del improvisado colector de desechos; sin embargo ¿y en aquellos donde existen y apenas se utilizan?

Resulta más fácil lanzarlos y que otro venga a solucionar el desparpajo a razón de que «para eso le pagan».

Crasso error. No se trata de percibir dinero por algo tan digno como preservar y cuidar el medio ambiente. Sus ejecutores bien lo merecen, mas impera demostrar hábitos y valores cívicos formados desde la casa y que no pasan de moda, como personas civilizadas con la cartilla de los ciudadanos que saben respetar y respetarse.

Revisar conductas y modificarlas deviene imperativo, interiorizar a qué lugar vamos a asistir y cómo debemos hacerlo, qué ropa elijo, y la manera de comportarnos, sin dejar de ser cada uno, pero ante todo seres prudentes y educados.

Estampas de este tipo son las que deben proliferar, y dar la espalda a las que, a la par del comején o el marabú, se expanden y hacen daño.

De cada uno de nosotros depende que el sacrificio de Rolando, Luis y Pedro, allá en la Villa del Undoso, o de otros tantos responsabilizados con idéntica tarea en los centros hospitalarios, sea recompensado por las acciones altruistas de los buenos ejemplos, y no por esas legañas irreverentes que minimizan la escala de la espiritualidad humana.    

Mi Comentario (Mucho más que una gallinita dorada)

Mi Comentario (Mucho más que una gallinita dorada)

Por Ricardo R. González

Los tiempos reclaman entrega al trabajo, y como lo bien aprendido jamás se olvida recuerdo aquel cuento infantil de una gallinita dorada que tocó a la puerta del resto de los animales para convidarlos a confeccionar una torta.

Ninguno pudo, y cuando estuvo lista todos quisieron compartirla, sin pensar en la negativa ofrecida.

La gallinita se impuso, venció los obstáculos del camino, y dejó como lección una virtud que, poco a poco, descubrimos a lo largo de la vida, porque la laboriosidad tiene otros ribetes que van más allá de la simple entrega al trabajo.

Además de cumplir con lo nuestro impone la ayuda a los semejantes, a quienes compartimos la jornada, el estudio, las responsabilidades hogareñas, o el entorno en que hacemos ese día a día con el aporte de todos.

La laboriosidad no se clona ni puede trasmitirse a través de los genes. Tampoco aparece en una pizarra de la que copiamos y aprendemos en una semana o en un año. Depende de acciones cotidianas, de lo que somos capaces de apropiarnos desde edades tempranas gracias a las instituciones educaciones y al propio medio familiar como nutrientes de ese manantial de hábitos, comportamientos y modos de vida para formar valores desde que la pirámide comienza a erigirse.

Laboriosidad es la demostrada por el equipo de la doctora Concepción Campa Huergo al crear la única vacuna existente en el mundo con efectividad ante una de las variantes de la meningoencefalitis. La fama no los llevó a subir hasta el cielo, y quedar estáticos entre las nubes. Disfrutaron del aporte, mas otras incógnitas aguardaban por ellos en la búsqueda de nuevas sonrisas humanas.

Es el ejemplo de la doctora Lucy de Armas, una de las prestigiosas oncólogas villaclareñas, al enfrentar esa situación terrible para un paciente de confirmar un diagnóstico; sin embargo, lo apoya hasta hacerle comprender que el horizonte no cierra aunque parezca que todo ha concluido.

Varias veces la he visto por otras instituciones del ramo, fuera de su consulta del hospital universitario Celestino Hernández Robau, en busca de algún recurso o medicamento que pueda necesitar un enfermo sin vínculos filiales con ella. Eso es solidaridad con el prójimo, y cumplir lo que hace años juró el día en que se hizo una profesional al servicio de su pueblo.

Encuentro las enseñanzas en aquellos que abrazan la ciencia desde los laboratorios, o en el Instituto de Investigaciones en Viandas Tropicales (INIVIT) que junto a su director, Sergio Rodríguez Morales, tratan de cambiar las mentes de los productores agrícolas con tecnologías actuales para que se nutran las mesas cubanas de lo que tanto necesitan.

Así, un grupo parte por todos los municipios del país con el afán de compartir conocimientos que no resultan exclusivos de un centro radicado en tierras del municipio villaclareño de Santo Domingo.

Laboriosidad es la demostrada en la finalísima de la Serie de Oro del Béisbol cubano cuando Ciego de Ávila y Pinar del Río luchan hasta el propio out 27 porque jamás se piensa en el revés ante ese coraje y tenacidad que alimentan esperanzas. Es sentido de pertenencia, defender cada terruño, y pensar en la alegría multiplicada que pudieran darle a sus aficionados deseosos de gritar: ¡Ya somos campeones!

Cuanta valía la de hombres y mujeres que integran los servicios comunales en sus amplios perfiles. En particular aquellos que, aun sin salir el sol, transitan por las calles con el fin de devolverles la pulcritud necesaria. Quizás sin los útiles de limpieza requeridos, con frío o calor, con lluvias o sin estas, con apenas una tacita de café en el estómago o a lo mejor sin ella, pero haciendo respetable su uniforme en el chac chac cotidiano de la escoba mientras aun disfrutamos del sueño.

Otro aplauso al impedido que aporta a la sociedad y lo convierte en orfebre indispensable, al innovador que deberá revolucionar habilidades o hacer hasta lo imposible a fin de resolver un complejo crucigrama, al machetero que, rodeado de santanica o con un Astro rey hiriente, tiene que aferrarse al cañaveral porque Cuba aguarda por él.

O al afán de ese maestro que enfrenta el aula a sabiendas de enfermos en casa, de que a lo mejor llueve y afecta la jurisdicción hogareña, de lo tarde que sorprende en la parada porque el transporte no pasa, o que ni imagina la hora de emprender el camino de regreso ante los imprevistos del día.

Larga resulta la obra, y a la vez sus protagonistas. El de la recepcionista cargada de problemáticas, y demuestra lo contrario para un público jamás culpable de ello. La del trabajador por cuenta propia llamado a velar por la calidad como algo de primer orden, y la del ama de casa que, desde la retaguardia, enfrenta las encrucijadas de la cocina diaria, el busca por aquí y por allá para salvar el almuerzo y la comida, y quien, a lo mejor, asume las preguntas de un menor con alguno de sus padres en misiones internacionalistas, y no para de reiterar ¿cuándo viene mamá? 

«Pronto, hijo», será la respuesta, mientras se vuelve de espalda a fin de ocultar la lágrima que escapa.

A mi entender, la laboriosidad supera el simple instinto de asistir al trabajo o verlo como forma inmediata de ganarnos la existencia. Hacerlo bien, competente, digno, con el placer de que cada eslabón es necesario, le ofrecerá ese toque distintivo para convertirlo en grande.

La suma de todos. Mi aporte, el tuyo, el de nosotros, propiciará esa amalgama atribuida a los seres humanos a fin de lograr mucho más de las enseñanzas dejadas por aquella laboriosa, y sí repetible, gallinita dorada. 

Mi Comentario (Reunionicidio)

Mi Comentario (Reunionicidio)

El Informe Central al VI Congreso del Partido plantea textualmente: «…necesidad de disminuir a lo imprescindible el número de reuniones y su duración».

Hace algún tiempo escribí este trabajo que, me parece, tiene aun vigencia total. Aquí lo dejo.

Reunionicidio

Por Ricardo R. González

De aquel espacio humorístico televisivo Jura decir la verdad  tomo prestado el modo en que denominaban sus capítulos, a fin de reflexionar sobre una especie de virus que se expande e inclina el giro hacia lo altamente contagioso.

Por supuesto que existen reuniones y reuniones. Bienvenidas aquellas cuya razón de convocatoria aporte, resulte operativa y muestre la síntesis como carta de triunfo. Rechazadas las que demuestran a las claras un insulso Orden del día con el saldo del mal sabor para los asistentes.

La culpa no la cargan esas pobres reuniones, recae en quienes las convocan sin ton ni son, a sabiendas que existen múltiples formas comunicativas más allá de las maltratadas y sobradas reuniones.

Entonces vienen las estampas. Pudieran, incluso, clasificarse de acuerdo con los diversos matices. Y vislumbran las destinadas al análisis de planes productivos con la lluvia de por cientos y sobrecumplimientos cuando el ritmo de la vida muestra la cara fea del asunto.

Más aire que el del propio globo de Matías Pérez, pero se hacen y hay aplausos y hasta brindis final. Cifras y cuadrículas de plan contra real bailan al compás del famoso reggaetón y tal parece que el país no afronta dificultades ni problemas.

Otras de las variantes muestran el esquema de «lo mismo con lo mismo». Frases planteadas en años luz o en citas precedentes vuelven a reiterarse con idénticos ademanes y argumentos.

Promesas de que para tal día, mes, año, o en un futuro no muy lejano tendremos… Sin embargo, pasan esos días, meses, años y es probable que hasta un trabajador concluya su vida laboral sin disfrutar de las reanunciadas bonanzas.

¿Qué decir de las convertidas en el «culto a la heroicidad personal»? Sus protagonistas exteriorizan en banda ancha el currículum vitae. Allí se escucha desde la mejor de las óperas hasta el clásico Manisero. El parlante recurre a la lluvia de loas. Historias, historietas, hazañas y anécdotas referidas en primera persona que poco o nada aportan o interesan a un auditorio que no deja de mostrar cierta risilla burlona ante el emocionado orador.

Tampoco se excluyen las convocadas «solo por cinco minutos», pero el reloj corre y corre y pierden el sentido del tiempo. O las que alimentan el reprise de lo ya dicho para convertirse en un «como dijo fulano o mengano» y carecen de nuevos aportes o ideas.

Hay de todo en la viña del señor. Para conquistar al gremio periodístico prevalecen también sus trucos. Por supuesto que el 99,9 % son para resaltar algo positivo.

Están quienes tratan de asegurar la cobertura aludiendo a la presencia de un Ministro o de una alta personalidad. Una vez llegado el día alegan: «no pudieron viajar por h o por b». E incluso hay quienes tienden las «invitaciones» y concluyen: «No falten, pues hay una buena merienda y un almuercito».

¿Nos habrán visto cara de hambre?

Hace muy poco asistí a una reunión que parecía interesante por el tema a tratar. Decepción total. Resulta que no estaba ni delineado el programa general por la que había sido auspiciada. Tuve, al final, que reírme para no causarle daño al órgano hepático.

Modalidades sobran, pero no hay tanto espacio. A mi modo de ver el éxito de la reunión radica, primero, en determinar si es necesaria convocarla o no. Después, insistir en la buena preparación de los puntos a tratar, y, sobre todo, en las cualidades comunicativas del conductor principal.

Este tiene en sus manos el timón del vehículo o la vara de pescar. Al menor desliz se le va la reunión de las manos.

Por otra parte, esos «héroes contemporáneos» deberían interiorizar en algo llamado mesura. Los éxitos no llegan adjudicados por el bla, bla, bla personal—aunque hay excepciones—. Competen a lo que el individuo sea capaz de demostrar en la práctica y durante la propia vida, ya sea en lo profesional o en sus cualidades como seres humanos.

Quienes tienen la potestad de convocar a reuniones ¿se han puesto a pensar en el tiempo invertido por gusto? ¿Acaso la única forma de comunicación es el trillado camino de este tipo de cita?

Impera abandonar la mediocridad y dar riendas sueltas a la imaginación. En ocasiones una llamada telefónica, un breve contacto operativo, una nota dejada a la persona evitaría tanta rutina improductva..

Tampoco es saludable anunciar hechos que, ante las atipicidades y coyunturas nuestras, ponen su cumplimiento en la cuerda floja. Sorprender es mejor que decepcionar, sin dejar de ser optimistas.

No pretendo un llamado al exterminio de las reuniones. Todo lo contrario, exhorto a celebrarlas cuando resulten (hiper)necesarias en tiempos en que cada segundo perdido carece de recuperación.

Desplegar iniciativas y talento son claves para hacerlas, a la vez, más productivas y amenas.

Suena el teléfono. Es alguien «invitándome» a una reunión, mañana a las 2:00 de la tarde.

Y como recurrí al colectivo de Jura decir la verdad para tomar sus «titulajes» en mi comentario, ahora le pido licencia a Chivichana a fin de concluir a su típica manera.

|Le zumba el merequetengue!

Los niños de «El Piropo»

Los niños de «El Piropo»

Por Ricardo R. González

Danilo Minozzi y Maricela Puerto han vivido en Santa Clara una experiencia inigualable. Él es italiano y un ferviente admirador de Cuba. Ella, una santaclareña residente desde hace años en el Viejo Continente pero que no espera mucho tiempo para volver a sus raíces.

Exactamente el 14 de febrero, el día en que el amor se adueña de disímiles formas, presenciaron a tres niños que estaban en la heladería «El Piropo», ubicada en el corazón del bulevar de la ciudad, para compartir un potecito de helados entre ellos.

Llegó la hora de pagar, y uno de los menores se percató que no alcanzaba lo que traían. Faltaban unos centavos, y ante la situación decidieron retirarse sin cumplir sus anhelos.

Danilo los llamó para completarle el faltante, insistió varias veces, mas jamás imaginó que le salieran con un: «Gracias señor, pero no podemos aceptar eso».

Los pequeños se marcharon, y quedó el comentario entre los presentes. Aquella escena también se fijó en la pareja como una historia digna de contar.

En tiempos en que existe pérdida de valores, en momentos en que la falta de detalles parece diseminarse como triste epidemia, y se alejan las bondades humanas hay infantes que protagonizan lecciones ejemplarizantes.

Muchas veces tildan a nuestra juventud de perdida, y si bien una parte de sus representantes muestran dichas aristas resulta imperdonable generalizar. Aquí hay un buen ejemplo, de esos que cumplen los sueños de La Edad de Oro, de los Versos Sencillos, del Ismaelillo, o de ese mensaje que nos deja la lectura de Los zapaticos de rosa, entre el mundo de Pilar, el sol bueno y mar de espumas.

Son de esas realidades que ensanchan el corazón con gestos valederos y humanos.

No, no todos los niños y jóvenes están perdidos, y estos que no pudieron disfrutar las delicias de un helado nos enseñan la dicha de ser honrados desde edades tempranas.

Evoco a Martí cuando expresó: «la honradez debe ser como el aire y como el sol, tan reiterada que no se tiene que hablar de ella».

Pero en ocasiones falla, y jamás podríamos permitirle un vuelo tan alto que se haga inalcanzable.

Pienso, entonces, en premisas o antecedentes para avalar la conducta de estos infantes. Tiene que existir una familia consolidada que les enseñe, desde la cuna, el significado de las palabras honestidad, virtud, respeto, dignidad… pero no solo desde el punto de vista semántico, si no con ejecuciones prácticas y alimentadas a diario. Así se forja una parte del futuro de hombres plenos porque, desde temprano, supieron encontrar los justos colores para dibujar al mundo con sus buenas obras.

Ningún niño o niña llega al universo con una etiqueta de bueno o malo, de regular o mezquino. Su entorno, el propio medio, el ámbito familiar, y la suma de un día tras otro, condicionan y moldean la identidad, sus hábitos, costumbres, conductas y acciones.

Los pequeños son como esas esponjas que recogen la humedad existente a su alrededor. En otros términos, captan y escuchan todo aunque parezcan que están distraídos en medio de sus fantasías.

Y, por supuesto, que no puede excluirse el valor formativo de la escuela ¡Que dicha poder decir, ya en plena adultez, gracias por los excelentes maestros que tuvimos!  

Cada quien los recuerda, estén o no, con canas o sin estas, con más o menos arrugas, con el cansancio del tiempo… pero si existe algo trascendente radica en lo imperecedero de cada consejo, en aquel regaño oportuno y necesario que a la postre comprendimos, en el afecto de considerarnos como a hijos que nos toman de la mano para mostrarnos el camino.

No me aparto de lo dicho por el mayor de nuestros guías con sus enseñanzas: «La virtud es un hada benéfica: ilumina los corazones por donde pasa: da a la mente la fuerza del genio».

Danilo y Maricela ya partieron hacia Italia. Les agradezco que compartieran esta vivencia de un febrero en Santa Clara para hacerla pública. Otro gesto, en el Día del Amor, que caló en los corazones.

Algo que tuvo como centro a menores sin conocerse sus nombres. A lo mejor Pedrito, Ignacio, Ramsés… ¿Quién sabe?

Ojalá, algún día, los encuentre, y nos digan: «Somos los niños de «El Piropo».

Mientras tanto, la vida se regocija con tenerlos.  

Mi Comentario (El arte de comunicar)

Mi Comentario (El arte de comunicar)

Por Ricardo R. González

La incursión de María Dolores Ortiz en el espacio televisivo «Con 2 que se quieran» devino clase magistral. Y es que la doctora demostró que no solo se logra una plática amena apoyada con los grandes conocimientos literarios, a través del hecho rebuscado vinculado a la historia, en las divinidades del arte rupestre, o con el sorprendente universo de la galaxia.

Además de sus cualidades personales, la panelista de Escriba y Lea domina en ese ejercicio cotidiano de recrear la palabra, de encontrar la belleza aun en lo feo, de la que habló Teresita Fernández, y construir las ideas de una manera elocuente sustentada por la sencillez que caracteriza a los grandes.

En ello radica el ABC de un buen comunicador, en mover los vocablos como fichas de ajedrez que tienen una misión sobre el tablero. A partir de entonces comienza el juego de la oralidad en saber qué decimos, cómo lo decimos y cuándo lo decimos.

A veces algunos indagan en las razones de un auditorio distraído mientras se expresan ideas, o hay insatisfacciones ante un quórum reducido asistente a la cita.

Triste pero real, y como un ultrasonido que hurga en cavidades habrá que revisar si lo expresado resulta de interés compartido o solo constituye de esas ideas (re) dichas con las mismas palabras y ademanes de la penúltima vez.

Una artista cubana pedía en determinado momento de sus espectáculos que le encendieran todo el teatro. Aprovechaba e interactuaba con su público. Lo necesario para comprobar, por el rostro de los presentes, si la proa iba hacia delante o marcaba en reversa.

El rostro lo dice todo, y a buen entendedor le indicaba si marchaba por el tono justo o si, en cambio, era necesario modificar la estrategia y pasar a otro tema.

Otro desliz imperdonable lo ofrecen aquellos que no pueden controlar las ansias de sentirse en el epicentro del fenómeno. No es cohibirse de expresar lo que se siente, pero sí demostrar que una persona resulta capaz de aceptar la diversidad de criterios, de que nos puede asistir la razón o no, pero todo interiorizado sin la prepotencia de los incapaces o la timidez de los vencibles.

Y qué decir de esos lugares que visitamos a diario y la cara de la recepción muestra las angustias de la vida, o se nos ofrece una respuesta monosílaba, y en otros casos hasta silente con un simple movimiento de cabeza o de hombros. ¿podrá hablarse acaso de comunicación?

Lamentable, además, los que utilizan las múltiples vías del entendimiento para demostrar una supersabiduría que raya la petulancia. Si la persona tiene valores, si verdaderamente constituye «lo máximo» el día a día se encargará de demostrarlo aunque en ocasiones resulte más tarde que temprano.

A uno de mis ídolos de la medicina villaclareña y cubana, el doctor Antonio Artiles Artiles, le preguntaron hace un par de años el por qué iniciaba siempre sus valoraciones sobre un caso sometido a discusión médica con un casi susurrable: «a mi me parece… «a lo mejor estoy equivocado…».

Su respuesta fue tajante, y no la olvidaré nunca: «Yo no soy Dios».

Claro, el profesor Artiles no es Dios, como tampoco es Fidel Castro, o Eusebio Leal desde el punto de vista de las dimensiones de sus nombres, pero ocupa su lugar, como también lo puede tener cualquier hombre o mujer habitante de un pueblo que cultiva el árbol de la grandeza con el abono de la sencillez, como esa luz que ilumina, o con el ángel que se posa dentro del difícil y elegante arte de comunicar. Por eso, María Dolores Ortiz reina en este mundo.

Mi Comentario (Sin oídos necios)

Mi Comentario (Sin oídos necios)

Por Ricardo R. González

Maestra de oficio y corazón, mi abuela dejó lecciones imborrables para enfrentar ese día a día de la vida. Me parece verla cada vez que nos decía: « Saber escuchar es un arte, y hay que aceptar las diferencias porque, aunque nos parezcan ilusorias, pudieran convertirse en una gran escuela.»

Y cuán valedero resulta ese arte de oír despojado de todo unilateralismo, y de ese signo que marca un total irrespeto al comportarnos como verdaderos irreverentes.

Ahora que ya corre diciembre, y se procede al análisis del Proyecto de la Política Económica y Social constituye un buen momento para medirnos en esa clase magistral que aguarda por nosotros, y a la que debe inyectársele múltiples fundamentos abordados con toda sinceridad.

No habrá frenos para dar riendas sueltas a las expresiones, mas pido prudencia a quienes les gusta hablar por autocomplacencia, a esos que consumen 20, 30 minutos o quién sabe cuánto del irrecuperable tiempo a fin de conjugar verbos, sustantivos y anécdotas personales que poco o nada aportan a un contexto, y hacen a las reuniones aburridas en medio de ese columpio de banalidades.

Pido cautela ante reiteraciones de lo ya expuesto, a esas voces que inician «como dijo fulano»… y repiten lo abordado, sin aportarle al ajiaco un nuevo ingrediente.

A veces molesta que un auditorio pierda el interés, converse en voz baja, sonría, haga chistes, o aleje su mente de cualquier asamblea. Si ello ocurre, además de la falta de urbanidad, es porque existen fallas evidentes, y por lo general recae en el hecho de que el interlocutor no es capaz de motivar con algo «motivante».

Hablo solo de cautela y prudencia. No de vetar a nadie, pues en estas citas, en la que se define el porvenir, me gustaría que la exposición de Juan —por decir un nombre—la dejaran llegar al final y que no sea cortada. Como él, la de tantos obreros que, a lo mejor, pronuncian un incorrecto «haiga» intermedio sin que le reste importancia al planteamiento.

Posiblemente entregue una idea vital en este proceso de enriquecer un texto devenido plataforma para garantizar el mañana de quienes, desde dentro del archipiélago, configuran su modelo en medio de atipicidades notorias al buscar el pan nuestro de cada día.

Sería útil que antes de acudir a la discusión repasemos su contenido con el propósito de ver aquellos detalles que merecen ampliarlos o enriquecerlos con la sabia popular, sin ápice de temores, superficialidades o indiferencias.

No coincidir, discrepar o pensar de otra manera está muy lejos de situarle al portador el cartelito de extraterrestre, antisocial o desafecto como ha ocurrido en etapas precedentes de nuestra historia. Raúl lo ha dicho, y esa amalgama constituye otra de las formas de aprender, de propiciar la diversidad de criterios, y de ver que la existencia admite matices bajo el principio de absoluto respeto.

No hay aspecto de la contemporaneidad que escape del documento. En mayor o menor medida cada acápite nos toca, chocamos con encrucijadas a diario, con cosas que alegran o mortifican, hechos que merecen elogios o, en cambio, un exabrupto… y en esa mezcla de casi todo, con el aporte de todos, ayudaremos a que la vida se torne más placentera sin cambiar nunca el tocororo, las estrofas del Himno inmaculado, el perfume de las mariposas, y la bandera con su estrella solitaria.

Sugiero que una vez en casa, durante el receso laboral, en la larga cola del carretón o la guagua, antes o después de escoger el arroz, o de censurar las últimas escaramuzas de la terrible Flora en la actual telenovela brasileña, dedique unos minutos al Proyecto, piense en todo lo que pudiéremos oxigenarlo, y no se abrace al silencio si tiene algo que opinar.

Dijo Martí que «el arte es una expresión de la armonía».

Por eso, recuerdo mucho las enseñanzas de mi abuela. Logremos ese arte de escuchar para que dance con la armonía del respeto, con la profundidad requerida, y sin oídos necios.