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Por Ricardo R. González

Ilustración: Roland

Una reciente visita al hospital Mártires del 9 de Abril, de Sagua la Grande, maduró la intención de escribir acerca de algo que ya andaba inquieto en el tintero. Desde mi posición veía cómo un trabajador dedicado a la limpieza de los exteriores dejaba inmaculada su área.

Apenas mediaron 20 minutos cuando el accionar de la escoba me hizo mirar asombrado por la reiteración del hecho, y es que colillas de cigarros, papeles de desecho, o alguna que otra latica tirada volvían a empañar el entorno.

A intervalos aquel hombre retornaba al lugar para comprobar si tenía nuevos «inquilinos» en su radio de acción.

Supe que Rolando Santos López, Luis Méndez Linares, y Pedro Álvarez Roque son los encargados de luchar, contra viento y marea, por ese medio despejado de residuales porque desde el más allá o el más acá alguien, con actitud negligente, encuentra en el césped u en otro sitio el mejor reservorio de desperdicios.

A veces me pregunto si estamos en un potrero o en los parajes de una selva que desconoce la existencia de reglas de urbanidad o de sentido común.

Pero a estos lamentables sucesos, el mundo hospitalario adiciona mucho más. Aquellas personas que asisten como si estuvieran disfrutando el verano en la playa, o se sienten tan ligeros de ropas en consonancia a su andar en la propia casa. Short, camisetas, chancletas encabezan el desfile…, mientras otros acuden como si fueran protagonistas de un filme cuyo argumento selecciona a la comunidad primitiva en pleno siglo xxi.

No se trata de ser más castos que nadie. Existen reglamentos prohibitorios de entrada en estos casos, y la lógica indica que hay lugares y lugares. Hospitales, funerarias, restaurantes y centros públicos no resultan la continuidad del hogar, a pesar de que el calor del trópico nos queme hasta la médula.

Y qué decir de aquellos rompecabezas formados durante el horario de visita. De todo un poco… Una parte de los asistentes pierde los estribos y conversa tan alto que rompe la norma de decibeles, otros encienden el cigarro a pesar del cartel de Prohibido fumar para que el humo se haga dueño del reciento, aquel trata de jugar cabeza e introducir la mascota de la persona hospitalizada porque «probrecita hace tantos días que no la ve», y no faltan quienes vienen con su traguito de más, la que desea ver el tamaño de una herida, contar los puntos de sutura, o curiosear el reporte de los ingresados en la sala.

Señores, todo paciente requiere tranquilidad. Pongámoslo al revés: Si usted es el convaleciente ¿le agradaría pasar por esto?

Una vez pasado el horario de visita o en las propias mañanas está el que trata de meter cabeza, y convencer al custodio a fin de «colarse» en la sala, sin pensar en el momento habilitado para que los especialistas realicen su pase de visita y dictaminen la terapéutica a seguir.

Estas escenas ocurren en cualquier institución de Salud en mayor o menor medida. No hay que cursar una carrera universitaria para percatarnos que los reglamentos son normas a respetar, incluso en países sumamente desarrollados sin bloqueos asfixiantes, y donde hay medicinas al por mayor (pero cuestan un ojo de la cara) las visitas a los enfermos son restringidas o no están concebidas, y que a nadie se le ocurre tirar una colilla al piso a una lata desde lo alto de una habitación.

Cierto que muchos de nuestros lugares no disponen de cestos o del improvisado colector de desechos; sin embargo ¿y en aquellos donde existen y apenas se utilizan?

Resulta más fácil lanzarlos y que otro venga a solucionar el desparpajo a razón de que «para eso le pagan».

Crasso error. No se trata de percibir dinero por algo tan digno como preservar y cuidar el medio ambiente. Sus ejecutores bien lo merecen, mas impera demostrar hábitos y valores cívicos formados desde la casa y que no pasan de moda, como personas civilizadas con la cartilla de los ciudadanos que saben respetar y respetarse.

Revisar conductas y modificarlas deviene imperativo, interiorizar a qué lugar vamos a asistir y cómo debemos hacerlo, qué ropa elijo, y la manera de comportarnos, sin dejar de ser cada uno, pero ante todo seres prudentes y educados.

Estampas de este tipo son las que deben proliferar, y dar la espalda a las que, a la par del comején o el marabú, se expanden y hacen daño.

De cada uno de nosotros depende que el sacrificio de Rolando, Luis y Pedro, allá en la Villa del Undoso, o de otros tantos responsabilizados con idéntica tarea en los centros hospitalarios, sea recompensado por las acciones altruistas de los buenos ejemplos, y no por esas legañas irreverentes que minimizan la escala de la espiritualidad humana.