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Por Ricardo R. González

Todo aniversario de una ciudad deja los buenos aires de las celebraciones. Y al reciente cumpleaños 322 de Santa Clara no escapó de los perímetros de el parque El Carmen , como punto que indica el nacimiento afortunado de la urbe.

De veras lo requería. Su parroquia pintada, el retoque a la larga hilera de bancos, la mano reparadora sobre las farolas, y por suerte, la reaparición —bienvenida— de la bomba de agua que un día de años luz desapareció para privarnos de su exquisito manantial.

Es triste que el tiempo opaque la belleza de los detalles por falta de mantenimiento. Quizás por déficit de recursos o de financiamiento, o por el enquistamiento de quienes deben tomar cartas en el asunto a la hora de decisiones.

Y el terruño no escapa de esos momentos, en una era o en otra, mas mirar bajo el prima exclusivo de estar realidades y sentarlas en el banquillo de los acusados de manera unilateral resulme improcedente.

Hay algo que nos debe correr por las venas como genuinos celadores de un patrimonio compartido, y es el amor por lo nuestro. Ese sentimiento que no siempre nos cala en la piel y penetra hasta lo infinito.

Para tener hay que cuidar. Esa responsabilidad se logra con deber ciudadano. No resulta igual recibir en ese Parque al grupo de abuelos y sus saludables ejercicios que convertirlo en un terreno de pelota entre aquellos distantes ya de la infancia que a veces ni reparan en las consecuencias de un pelotazo mal dado.

Varias veces la bola se ha escapado hasta las viviendas cercanas, o algún transeúnte ha sido el blanco de un temible impacto.

Es imperdonable que determinados segmentos de la instalación amanezcan un domingo u otro día al azar como si fuera reservorio de un baño público con excremento y papeles manchados que ruedan con el aire hasta «posarse» en el césped.

O encontrar un pequeño microvertedero en las áreas verdes por obra y gracia de un malintencionado.

No resulta descartable que también aparezcan tirados sobre el cemento algún que otro protector de una aventura amorosa, o la escena de menores —y no tan menores— que asaltan y maltratan la bomba de agua a manera de divertimento.

Advierto al respecto. Ese pozo deviene tradición del Parque, y más que ello se convierte ahora en reliquia comunal ante los avatares de los ciclos de abasto de agua en que gran parte de los santaclareños sabe qué día entró por última vez, pero que constituye una agonía descubrir cuándo será la próxima vez en que el líquido corra por las llaves de los hogares.

Hay más. Aquellos que en tiempos pasados vieron en las luminarias una especie de tiro al blanco deberán medir sus impulsos. Hay pelotas u otros objetos que han quebrado los cristales para dejar la mella perenne.

La identidad o pertenencia de una ciudad compete a todos. Y el lugar de nacimiento, el barrio donde cada quien creció, el beso escondidizo al primer amor, o la caída en el aprendizaje de la bicicleta se llevan en el alma entre esos recuerdos memorables aunque se esté lejos.

La añoranza por la glorieta, por un parque, por el papalote que se «desconclifló», por los pasos sobre calles permeadas de adoquines son vivencias llamadas a hacernos grandes.

«El Carmen» se oxigena. Cierto, pero evitarle agresiones compete a quienes hacen la vida en la urbe, entre aquellos que la dibujamos a nuestro antojo con el pincel de hacerla siempre hermosa, en los maestros (de aulas o de casa) encargados de educar a todos los que no entienden que la era paleolítica quedó muy atrás en el tiempo, y que los instintos hay que moldearlos en la era de la automatización y el ciberespacio.

Pensemos, entonces, en Lo feo, ese tema compuesto por Teresita Fernández, una Hija Ilustre de la urbe, y hagamos que Santa Clara respire, al menos, con las brisas saludables del Capiro, aunque se nos filtre en su paisaje las heridas marcadas de los ríos Bélico y Cubanicay.