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Polo Montañéz (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Francisco Borrero Linares (Polo) cumpliría, este 5 de junio de 2014, sus 59 años, mas a veces la vida trae sus desventuras, y nos llevó al músico cuando apenas comenzaba a transitar por los caminos de la fama.

Diría que no llegó a conocerla en todo su esplendor, pero su Disco de Oro en Colombia (2001) por las más de veinte mil copias vendidas, el de Platino al superar las cuarenta mil, la Placa de Hijo Ilustre de la localidad española de Pamplona, o el Premio Cubadisco 2003 por su álbum Guitarra Mía, entre otros galardones, avalan al talento esculpido a base de esfuerzos.

¿Quién fue, verdaderamente, Polo Montañéz? Pues el tercer cubano premiado con un Disco de Platino. Un cantante y compositor de tierra adentro que le cantó a la existencia humana en sus más diversas dimensiones.

Compositor de más de un centenar de temas inspirados, quizás, desde el surco, de ese que conocía casi todos sus secretos.

Uno de los fenómenos más interesantes dentro del panorama musical cubano que comenzó a escalar los escenarios hasta compartirlos con grandes de la talla de Rubén Blades, Andy Montañez, Margarita Rosa de Francisco, César Évora, Cándido Fabré, Francisco Repilado (Compay Segundo), Eliades Ochoa, Adalberto Álvarez o Danny Rivera, por citar algunos, y que lo mismo en Colombia, Francia, Portugal, Bélgica, Holanda, Italia, México, Ecuador, y Costa Rica dejó un sello personalísimo a lo Polo Montañéz.

El campo lo curtió, y desde allí empinó la voz para emprender la autoría de manera autodidacta. Quizás marcado por las vivencias paternas cuando hacían carbón.

Después fue de casa en casa hasta que un día de 1972 se estableció en los hermosos parajes de la comunidad pinareña Las Terrazas.    

Cuentan que Polo se subía en un cajón y tocaba tumbadora creada a partir de un tronco de aguacate pulido con cuero, y así comenzó a cantar hasta convertirse en el líder de la agrupación Cantores del Rosario.

Carbonero, ordeñador de vacas, tractorista y machetero formaron parte de su amplio espectro laboral, y compuso su primera canción en 1973 a la que nombró Este tiempo feliz. Luego vendrá otra y otra… y ocubaban el espacio de una gaveta al no considerarlas de valor.

Eso sí, componía sin cesar aunque jamás supo escribir las notas musicales de sus composiciones para lo que tenía que auxiliarse de un experto o memorizarlas con extraordinario esfuerzo.

Una vez fundado el Complejo Las Terrazas la agrupación musical inició sus presentaciones en las diferentes instalaciones turísticas del lugar. Así conoció al representante de una disquera quien le propuso hacer varios discos.

De ese proyecto nació su primer CD Guajiro Natural convertido en todo un hito en la palestra internacional.

Después vendrían Guitarra Mía, en 2001, y Memoria, tres años más tarde, y como bien se sabe en menos de tres años Polo Montañéz se convirtió en el astro popular de Cuba apoyado en su propia sencillez y en ese carisma genuino que nunca perdió a pesar de su efímera fama.

Fue (y es) venerado por niños, jóvenes, y por representantes de las diversas generaciones cuya cifra de asistentes a los conciertos rompían todos los cálculos.

Cuando noviembre de 2002 llegó a su día 20 trajo la fatídica noticia. Un accidente automovilístico de regreso de La Habana lo expuso a una extrema gravedad hasta que el 26 del propio mes el luto reinó de nuevo en el pentagrama musical del archipiélago y en otros lares del Orbe.

No por gusto talentos como Gilberto Santarrosa y Marc Anthony han incluidos en sus respectivos repertorios temas de Polo Montañez, cuya vida y desenvolvimiento inspiró al avileño Fernando Díaz Martínez a escribir el primer libro dedicado a su memoria.

Más tarde la periodista y compositora vueltabajera, Marisol Ramírez Palacios, nos entregó Café amargo con salvia que, entre otros detalles, propicia muchos de los escollos a los que se impuso el cantor para llegar al éxito.

Polo ¿no está? Pienso que sí, y desde donde permanecen los grandes nos sigue deleitando con las etiquetas naturales de un verdadero guajiro, y con las cuerdas de esa guitarra muy suya que es de todos.

Desde allí nos sigue regalando ese montón de estrellas que tanto nos hizo bailar, esas que hoy, y cada día, brillan para dar luz a la gloria perenne.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Santiago Feliú (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

El tiempo, el implacable, el que pasó… aplaza, sin desearlo, deudas impostergables. Y esta reseña se la debía a Santiago Feliú Sierra desde que en aquel fatídico 12 de febrero pasado emprendió el camino hacia la eternidad acompañado de sus musas inspiradoras de poesías.

No tuve el privilegio de conocerlo personalmente, mas al saber de su partida me pareció que rasgaba su guitarra en la sala de mi casa con un inmortal Para Bárbara, o que el reproductor de CD repasaba, una y otra vez, Vida.

Cantante, guitarrista, compositor, productor, y componente de una familia prolífera en el arte, formó parte de aquella generación que, a principio de los 80, oxigenó la trova con nuevos bríos.

Junto a Carlos Varela, Frank Delgado, Pedro Luis Ferrer, Gerardo Alfonso, Alberto Tosca, Xiomara Laugart, Donato Poveda, Anabell López, el grupo Arte Vivo, y muchos más, nos llegaba otra manera de cantarle a la vida, al amor, a las desigualdades, a las esferas del día a día apacible, sorpresivo o convulso, dentro de una acuarela de realidades que tampoco ocultó la rebeldía propia de una generación con derecho para hacerlo.

Algunos, como Santiaguito, se quedaron, otros partieron al extranjero, pero los buenos hacedores de la cultura cubana no pueden tacharse de un plumazo porque, estén donde estén, sería, a la postre, un error imperdonable.

En sus cortos, pero fecundos 51 años, Santiago tuvo la posibilidad de disfrutar de la llamada versatilidad. Además de su inseparable guitarra supo de los encantos de un teclado, descubrió los secretos de la percusión, y probó los sonidos graves emitidos desde el bajo.

Quizás por ello el sobrenombre de «El Eléctrico», como lo conocían en el medio. Alguien que bebió la sabia de su hermano Vicente, aunque con estilo definido, o de los íconos del Movimiento de la Nueva Trova.

Con solo 13 años conoció a artistas de su generación. Luego, con el paso del tiempo, creció artísticamente hasta compartir escena con el

majestuoso Ibrahím Ferrer, Ismael Serrano, Luis Eduardo Aute, León Gieco o Fito Páez, sin dejar de recrearse con las obras clásicas de Beethoven, Vivaldi, lo sui generis del maestro Juan Formell, o hasta del rock aunque no le simpatizara tanto.

En cierta oportunidad declaró: «Soy un adicto al «bajo cero» (la depresión), a toda esa cosa que se arma de la melancolía o el desamor, el meterle lo gris a mis melodías»; sin embargo, jamás las apartó del contexto real ni utilizó metáforas de más para resaltar, ante todo, los diferentes matices de la existencia humana.

Desde su primer CD Vida, en 1986, Santiaguito sumó otros siete fonogramas:  Trovadores (1987), Para mañana (1988), Náuseas del fin de siglo (1991), A guitarra limpia (1998), Futuro inmediato (1999), Sin Julieta (2002), y Ay, la vida, en 2010, sin contar otras producciones en vivo, y cuatro álbumes colectivos.

En mayo de 2013 grabó lo que nadie imaginaba que sería su último tema en estudio. Se trata de Los poetas, con texto perteneciente al escritor Paco Álvarez, e incluido en un material discográfico múltiple en el que también colaboran diferentes letrados y artistas como Luis Eduardo Aute, Elena Poniatowska, Jaime Sabines, y Tania Libertad bajo el título de Manual para Olvidados.

Su entrevista ¿final? la ofreció al diario Granma en agosto de 2013 en la que, de manera raigal y con sólidos argumentos, sostuvo el presupuesto de que lo menos artístico de hoy es lo que resulta más rentable.

Un infarto quebró su corazón. Toda partida física duele, mas la obra perdura, retoña, e incluso, se nos hace nueva.

Así me ocurre cada vez que lo escucho, Sobre todo en este antológico Para Bárbara que eriza la piel y perdura en el alma. Un tema inspirado en la esposa con quien se casó a los 18 años para sostener una relación de solo ocho meses.

Mientras tanto, desde la sala de mi casa me sigue pareciendo que el trovador la interpreta una y otra vez, como en aquel día de febrero cuando imaginaba que estaba sentado en el sofá, en el sillón, o paseándose de una esquina a otra junto a un cigarrillo nervioso o un traguito de ron para calentar las cuerdas. Quizás hasta sentí Para Bárbara con más fuerza mezclada entre la nostalgia. Y lo veo con su melena al aire, apoyado en la tilde comprometida, con su canto de esperanzas iluminando la vida. O para no resultar egoísta, compartiendo con muchos desde el patio del Centro Pablo a guitarra limpia.

Canta Santiago, canta, porque el perverso infarto te pudo llevar, pero jamás arrancar las raíces rebeldes que perduran por siempre desde tu eterno descanso de paz.     

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Luis Carbonell (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Le pido permiso a la trovadora y amiga Liuba María Hevia para apoderarme del título de una de sus canciones porque el irrepetible Luis Carbonell está, desde este 24 de mayo, en «El sitio de los ángeles».

Su quebrantado estado de salud presagiaba que en cualquier momento llegaría la noticia. Y este sábado amanecimos con la realidad esperaba, pero impactante a la vez.

Nacido en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1923, Luis Mariano Carbonell Pullés se consagró al arte, aunque siempre declaró que ni la poesía ni la música le despertaban tanto interés como el magisterio.

Y ese deseo fue concedido por la vida. Además de un excelente declamador de estampas populares o costumbristas Luis constituyó esa cátedra a la que todos asistían para constatar sus potencialidades. Desde las más encumbradas figuras hasta el aprendiz que deseaba, algún día, calar en la preferencia de su pueblo.

Que lo diga cualquier artista. Omara Portuondo, por ejemplo, acaba de confesar que si bien ya partió, lo lleva siempre en su corazón. Farah María lo consideró como una especie de guía al disolverse el cuarteto de Meme Solís y emprender cada uno de sus integrantes el camino de solistas. «Me criticó mucho —dijo— pero me decía lo que debía y no debía hacer, y eso es aprender», y todavía recuerdo a Tony Pinelli durante la reciente Gala efectuada por las nueve décadas de vida de Carbonell cuando subrayó: «Éramos muchachos con afición por la música. Fue mi maestro, y aunque han pasado los años lo sigue siendo».

El Acuarelista de la poesía antillana, epíteto determinado por la dirección de un programa de la antigua CMQ, marchó con el deseo de haber estudiado seriamente el piano, mas no pudo ser; sin embargo, tuvo la virtud de sobresalir en el montaje de voces. Cuartetos como Los Del Rey, Los Bucaneros o Los Cañas, o el gran Pablo Milanés deben parte de sus respectivas carreras al rey de la declamación, y que decir de Esther Borja, ese ícono de la cultura cubana, al lograr ambos un hito en nuestra historia musical con el disco Esther canta a dos, a tres, y a cuatro voces en tiempos en que las técnicas de grabación eran tan rudimentarias que apenas permitían la equivocación.

De su Santiago natal siempre evocó aquella época en que trabajaba como profesor de inglés y alternaba con la radio, un medio al que llegó, en 1943, como invitado a un programa de aficionados en la CMKC del que asumiría, a la postre, la dirección artística.

Nueva York le traería el encuentro con Esther Borja en 1946, y a través de ella conoció a Ernesto Lecuona.

Maestro, pianista, repertorista y arreglista. Facetas más que suficientes para sentar cátedra y afirmar: «Todo lo que he conseguido fue a base de mucho estudio» y con la visión necesaria para defender el precepto de que no hay popularidad sin fama y viceversa, aunque resulten dos cosas diferentes.

Bastarían solamente Los 15 de Florita o La negra Fuló para consolidarlo en la dimensión suprema. De esta última estimó: «Vi un poema bueno, pero no pensé que fuera a gustar tanto».

Una persona decente, en extremo ético, cordial, y abierto para todos resumen una mínima parte de las cualidades de Luis Carbonell, el artista que recibió distinciones, mas no todas las merecedoras de su talento, y el que también sufrió decepciones y momentos amargos como aquel en que estuvo silenciado o apartado de las cámaras televisivas.

A pesar de los pesares, los enfrentó con el optimismo de un cubano que nunca quiso vivir fuera de su contexto, ni antes ni después.

Así es Luis Carbonell, esa gloria que a los 90 años entró para transitar, eternamente, por el sitio de los ángeles.   

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Kino Morán (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Kino ya no está. Se marchó un día de noviembre de 2006 para irrumpir en el Olimpo de los grandes. Así Joaquín Moltó Corominas, su verdadero nombre, abandonaba aquella casita de Guanabo, casi frente al mar, que servía de pretexto a fin de abrir el álbum de los recuerdos, ejercitar la memoria, y sentir el reencuentro con sus seres queridos y viejos amigos.

Su historia en el arte se remonta al 8 de septiembre de 1947 cuando formó parte de la orquesta Bayamo, dirigida por Armando Martínez.

Tenía, entonces, 17 años. Hizo su debut en las fiestas de Guanabacoa, y después incursionó con la agrupación Indians, de San Antonio de Río Blanco, en las proximidades de Jaruco.

Lo suficiente para festejar esas oportunidades benditas que llegan como regalo divino, pues la orquesta alternó con el Conjunto Casino y el ya conocido Roberto Faz, quien al escuchar cantar a Kino lo invitó a incorporarse a otro colectivo de mayor renombre.

No pasó mucho tiempo para que se integrara a la Swing Casino dirigida por el güinero, Rafael Solís. Quienes siguieron su trayectoria recuerdan aquella anécdota cuando se vio precisado a suplir a Roberto Faz durante una presentación en Jaruco,

Ya por entonces Kino se declaraba admirador de las voces de Alfonso Ortiz, Cheo Marquetti, Rolando Laserie, y del trío vocalista de oro que dio vida a la Aragón.

La presencia de Kino Morán asciende vertiginosamente. Espacios estelares en la época como El show del Medio Día, conducido por el insustituible Germán Pinelli, y otros de TV ejemplificado en Música y Estrellas, bajo la batuta del experimentado Manolo Rifat, lo incluían en sus programaciones.

A partir de entonces directores de primera línea como Joaquín M. Condal y Pedraza Ginori, entre otros, lo hicieron figura habitual a la hora de conformar sus elencos.

El tiempo corría, y a pesar de su juventud el dueño del cabaret Ali Bar lo invitó para que se presentara en el show. Kino demostró su talla artística e intervino, además, en los bailables del centro nocturno a lleno total.

Esta incursión le propició un salto importante en su carrera. Allí se mantuvo desde 1956 hasta 1960, y alternaba en el club nocturno Cuatro Ruedas, radicado en la misma zona del Ali Bar, hasta que su entrada en la orquesta de los Hermanos Castro le propinó su gran momento artístico gracias a una convocatoria lanzada por Radio Progreso a la que acudieron Orestes Macías, Luis García, Puntillita y muchos más.

Según entrevistas Kino admiró a Manolo Castro, pues fue quien le enseñó todo: «Cantar, vestir, desenvolverme en el gran mundo. Fue mi maestro y amigo».

Con esta impronta incursionó por todos los famosos cabarets de La Habana; sin embargo, llegó una etapa efímera, de solo un año, con la orquesta de Julio Cuevas hasta su desintegración que lo llevó a emprender el camino como solista.

Giras por todo el país no faltaron. El propio Kino reconoció sus vivencias junto al gran Benny Moré, y el apoyo que siempre le brindó a sus discos. Tampoco olvidaba a Ñico Membiela, Panchito Riset, Orlando Vallejo, Lino Borges, Roberto Faz, Pacho Alonso , Alberto Ruiz, y al maestro Luis Carbonell que lo consideró como «el poeta del bolero».

Allá por la década de los 60 las presentaciones de Kino por todo el país eran reiteradas. Apenas tuvo descanso porque formó parte de la cartelera del recorrido de los circos como novedad  de variedades en la época.

Nunca le interesaron las giras al exterior, a pesar de las innumerables invitaciones que le hicieron, pues en el hotel Nacional tuvo la oportunidad de alterar con el famoso Lucho Gatica.

En el mundo de las grabaciones sobrepasó las 250, y entre tantas resultan inolvidables Dos perlas, de Arturo Clenton, Si te contara (Félix Reina), La Lupe (Juan Almeida), Vuelvo (María Álvarez Ríos), y la pieza antológica en su repertorio que la hizo muy suya: Quien sabe corazón, de Xiomara Méndez.  

Muchas recogidas por los fonogramas grabados para las firmas RCA Víctor, Puchito, y el sello Areíto, de la Empresa de Grabaciones y Ediciones musicales de Cuba (EGREM).

En 2004 la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) ofreció un homenaje a la trayectoria de Kino Morán. En sus palabras de agradecimiento subrayó que era un hombre feliz porque contaba con el aplauso de un pueblo que lo veneró, además de constatar el aprecio de grandes amistades entre los propios artistas.

Así fue (y es). Un hombre sencillo, buen padre y amigo. Quien tuvo la suerte que su hijo Kinito emprendiera las sendas del arte por algún tiempo. El exponente del que el gran German Pinellí expresara: «No hay un solo tramo de la tierra cubana que no haya recibido la visita y la voz de Kino Morán».

A mi modo de ver no hubo cubano que lo ignorara, que se sustrajera de su forma de expresar el bolero, de esa fuerza peculiar que le impregnó a la pasión a través de la melodía.

En medio de esta gloria se nos fue para quedarse. Y no existe paradoja, porque si es cierto que se marchó un día de La Habana que lo vio nacer, el 29 de octubre de 1930, Kino Morán queda en el alma de quienes le aplaudieron hasta el delirio, en las grabaciones que hacen vibrar su voz, en las evocaciones de las victrolas, y en el acervo musical de una isla que lo sitúa y contempla desde el trono de la inmensidad.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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José Tejedor (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Hace ya 22 años que José Tejedor nos abandonó «en las tinieblas de la noche». para que el bolero se silenciara al perder a uno de sus clásicos exponentes.

Pero él no quiso luto. Todo lo contrario. Que ese género siguiera compulsando a sus seguidores porque ya había sentado cátedra por todo el mundo.

Y la historia del cantante comenzó como la de muchos, en programas de aficionados, convites familiares, y actuaciones en diversos locales hasta que en 1958 realizara sus primeras grabaciones en los estudios de Radio Progreso.

Algunos consideraban que era un ciego con luz en la voz, sin imaginar que aquella criatura, nacida el 7 de agosto de 1922, en la barriada capitalina de Santos Suárez, irrumpiría en el éxito hasta convertirse en una voz antológica de la canción cubana.

Tejedor también incursionó en la composición y acompañado de su guitarra no escapó de la Corte Suprema del Arte, de la antigua CMQ, sin apenas ser reconocido.

Un momento trascendental en su vida artística fue la conformación de su dúo con Luis Oviedo, del quien ya fallecido Senén Suárez afirmó: «Luis Oviedo siempre cantó con voz de falsete y no de segundo, como se ha comentado, quiere decir, una tercera o una cesta sobre la voz prima. También es correcto decir que él interpretaba la mitad de la obra sobre lo que cantaba Tejedor y el dúo resultaba muy agradable».

Y cuando asomó 1959 Tejedor realizó sus primeras grabaciones ya como cantante profesional que acapararon todas las victrolas cubanas.

Desde sus inicios se caracterizó por un estilo único e irrepetible. Decía y hacía sentir el bolero a su manera, y si bien la radio y las empresas disqueras lo incluyeron en sus programaciones y catálogos, solo algunos espacios de la TV contaron con su presencia.

Entre los discos registrados aparecen «En las tinieblas», «Escándalo», «Como nave sin rumbo», «Pasión sin freno», «Llora corazón» y «Mi Magdalena» que cifraron su nombre entre los inmortales.

Lo cierto es que Tejedor y Luis hicieron soñar y recordar a varias generaciones de cubanos. Aun hoy aquellos que saborean un trago los prefieren para evocar gratas vivencias o amargos desengaños.

Se nos fue el 2 de noviembre de 1991, precisamente en el Día de los Fieles Difuntos, pero donde quiera que esté sabe que dejó su sitio reservado para la posteridad. Ese que se le respeta a los grandes de siempre.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Marta Valdés (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Decir Marta Valdés es hablar de una cátedra infinita de buen arte, o mejor, de cubanía. Acaba de cumplir 79 años, y puede recrear al máximo ese distingo que nació con ella desde que a su vocación por la literatura le sumó el canto y la guitarra, cuyos estudios comenzaron cuando apenas asomaba a la adolescencia.

Muchas han sido las personalidades que dejaron huellas en la formación de su incipiente talento. Desde Francisqueta Vallalta hasta Leopoldina Nuñez, Vicente González (Guyún), el propio Alejo Carpentier, y Odilio Urfé porque, sin lugar a dudas, la guitarra se convertiría en esa inseparable compañía que acuña sus inspiraciones y sentimientos.

En 1955 le sorprende la primera composición, no sin antes pasar por un trío vocal-instrumental de aficionados, o agrupaciones corales bajo la acertada pupila de Cuca Rivero. Desde entonces el amor y otras aristas de la vida sustentan la magia de sus canciones que acarician la línea del filin.

Sin embargo, la obra de Marta Valdés pasea por los más diversos géneros que van más allá de las canciones porque a ellas suma el bolero, la habanera, la guajira y la balada, sin menospreciar el son montuno, la criolla, el pregón, la guaracha y el danzón cantado.

Son pocos los intérpretes cubanos y de gran parte el mundo que no incluyan algunas de las piezas en sus respectivos repertorios. El antológico Llora, Hay mil formas, Canción desde otro mundo, Sir ir más lejos, o En la imaginación, respaldan un sello de calidad dentro de una autoría impresionante.

El cine recoge, también, el quehacer de esta habanera nacida el 6 de julio de 1934 en los filmes Lucia y Un hombre de éxito, a lo que se suman otras composiciones que forman parte de las bandas sonoras de documentales, o las dedicadas al teatro, a personalidades, y las inspiradas por lo singular de un paisaje o un escenario.

Varias publicaciones y espacios radiales recogen la valía de sus conocimientos, y no es extraña su presencia en eventos musicales que reclaman el necesario tino y profesionalidad de una figura indispensable dentro del panorama musical del archipiélago.

Ganadora del Gran Premio de la Feria Internacional CUBADISCO 2001ha paseado su dualidad de compositora e intérprete por locaciones de México, España, Colombia, República Dominicana, y Canadá, mientras no esconde su labor con textos de grandes de las letras como Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Federico García Lorca, Tirso de Molina, y Máximo Gorkí entre otros.

Merecidas distinciones colman la obra de Marta Valdés, quien demuestra su capacidad extraordinaria para seguir alimentando la espiritualidad con esas musas inquietas que indican siempre un trino renovador porque, como afirma una de sus letras, Hay todavía una canción.

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Cascarita (Cuba)

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Por Ricardo R. González

Este lunes 12 de noviembre de 2012 Cascarita nos dijo adiós. Ni siquiera se despidió, ni dio un augurio de que ya se acercaba el final de sus días. El peso de 79 años llevados sobre la diminuta anatomía, y el desgaste a su paso por la vida condicionaron esa complicidad inexplicable del desenlace irreversible.

Ya no veremos a Martín Chávez Espinosa con su clásico sombrerito ni su rostro peculiar de mitad chino y la otra parte cubano, el maestro del güiro y de las claves, el criollo que hacía vibrar el escenario gracias a ese temperamento que lo acercaba al más vital de los adolescentes.

Se fue signado por el privilegio de compartir la actuación con Benny Moré y Compay Segundo, por citar solo dos luminarias, o de pertenecer a otras agrupaciones hasta llegar al emblemático grupo villaclareño Los Fakires, del que resultó voz líder para impregnarle un matiz peculiar a cada interpretación.

Así los sellos disqueros EGREM y Magic Music  registraron a la banda villaclareña en sus respectivos catálogos, y dieron vida a lo que sería el primer disco de la agrupación en formato de CD.

Temas antológicos de los años 30, 40 y 50 conformaron la muestra que incluyó 14 tracks: Suavecito, Chan, chan,  Mata Siguaraya, Fuerza de voluntad,  El reloj de Pastora, y El bobo de la yuca, entre otros.

Por otra parte Los Fakires, ese algo muy nuestro legendario acompañaron a figuras claves de la música cubana como Omara Portuondo, Beatriz Márquez, Ela Calvo, Farah María, Miguel Ángel Céspedes, Alberto Falla (ex cantante del grupo Moncada), Moraima Secada, Los Hermanos Bermúdez, y Tata Güines para compartir con lo mejor de la música cubana contemporánea,

En 2004 intervinieron en El son más largo con el propósito de lograr un Récords Güines luego de más de 300 horas de ejecución indetenible a lo largo del país, mientras la potencialidad del colectivo resultó suficiente para ser captada en un documental producido por la National Geographic   

Giras por Europa, Estados Unidos, y África consolidaron la profesionalidad de sus músicos que despidieron a su antológico cantante en la necrópolis de Santa Clara.

Cascarita marchó, y aun bajo el efecto de lo creíble o el indicio de una simple pesadilla habrá que reconocer que es cierto. Por eso, no lo censuramos por no pedirnos permiso para emprender el largo viaje. Claro que por voluntad no lo dejaríamos partir.

Nos queda su legado, allí entre la magia de El Mejunje, en el centro de promoción cultural El Bosque, en el ambiente de la casona de la UNEAC, por las áreas del Museo de Artes Decorativas , o quién sabe…Queda su música grabada, y el recuerdo de su silueta activa envuelta por la gloria de su ciudad, deseándole, como él quería, salud al buen arte.

Entonces, esté donde esté, maestro, ilumínenos desde el Olimpo invencible de los grandes.


Emiliano Salvador (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Un 22 de octubre de 1992 su piano dejó de tocar. Se nos fue tan fugaz, pero inmerso en un mundo creativo al que le inyectó sus apenas 41 años de existencia. Emiliano Salvador, el pianista de pianista, y el compositor de música afrocubana y de jazz latino nos dijo adiós.

Hace ya 20 años; sin embargo, el homenaje a su pueblo natal, Puerto Padre, nos parece como acabado de plasmar en la partitura en busca del siempre estreno, e inconforme al fin luego de concluir estudios de percusión y piano en la Escuela Nacional de Arte fue en busca de Federico Smith, Leo Brower, y Juan Elósegui para completar sus estudios.

Siempre se recordará su paso por aquel Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, o como pianista y arreglista de la agrupación que acompañaba a otro de los grandes: Pablo Milanés.

El talento de Emiliano lo llevó a trabajar con Silvio Rodríguez, Chico Buarque, y con el cuarteto brasileño MPB4, hasta que fundó su propio colectivo para vestirse con un estilo muy personal que bebe las raíces afrocubanas, las corrientes del jazz, y la polígama de la música del Brasil.

Un incansable labrador de la música que suma el mérito de innovar en función de la armonía para convertirse en uno de los primeros pianistas en lograrlo apoyado en el llamado movimiento free jazz con admiraciones hacia Thelonious Monk , Cecil Taylor, y Bela Bártok, mientras que admiraba a Peruchín Jústiz, Frank Emilio, y a Dámaso Pérez Prado, considerado por él como el Thelonious Monk de la improvisación cubana.

Para los expertos pues piezas Angélica, Poly, Mi contradanza, y Una mañana de domingo sientan cátedra dentro de los aportes al jazz cubano.   

Y a su catálogo se suman inspiraciones como Aquellas gaviotas, Zapateo para una dama bella, Danza para cuatro, El montuno, Jazz Plaza, y Preludio y visión, entre muchas otras.

El evento más importante de la discografía cubana le confirió el Premio, en la categoría de música de archivo, por su Pianísimo, ese inseparable acompañante que, al parecer, la traía desde su cuna en Las Tunas cuando vino al mundo el 19 de agosto de 1951.

Es posible que Emiliano se haya marchado físicamente, sí, se nos fue, mas el preludio de la próxima melodía está por venir desde un piano inquieto que ilumina el cielo de los grandes.

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Orquesta Anacaona (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Decir Anacaona es reafirmar la autenticidad y la cubanía que hace del pentagrama un arco iris de matices musicales, y nadie imaginó que aquel formato de septeto, integrado exclusivamente por mujeres y cuyo debut lo marcó el 19 de febrero de 1932, en el teatro Payret de La Habana, venciera los avatares y contratiempos impuestos por la vida para mantenerse en el largo camino durante 80 años.

Las muchachas dirigidas por Georgia Aguirre González están de celebraciones, y vale recordar aquel septeto fue creciendo y alcanzó la nomenclatura de una orquesta jazz band en 1934 debido al talento de su fundadora Concepción Castro Zaldarriaga y a sus hermanas que dieron vida al amplio repertorio ejecutado en aquellos años.

Por entonces el capitalino Paseo del Prado era el punto elegido para las presentaciones. Su público disfrutaba de aquellos bailables hasta que los consorcios disqueros y las giras artísticas por gran parte de Latinoamérica y Europa comenzaron a llenar las agendas de compromisos.

Con el paso de los años las fundadoras cedieron sus instrumentos a muchachas más jóvenes, y el 28 de mayo de 1988 se presentó la nómina contemporánea bajo la batuta de Georgia, quien asume, además, el bajo y constituye una de las voces.

Así consolidaron un estilo peculiar que mantiene la tradición mezclada con las células actuales, por lo que su perseverancia las ha llevado a presentarse en el Primer Festival de Mujeres Soneras de Cuba, realizado en 1994, y la primera orquesta cubana en realizar una gira por nueve provincias de la República Popular China.

Anacaona ha tenido su lugar en las principales locaciones destinadas a la música popular de este archipiélago eminentemente sonoro, sin excluir las presentaciones en radio y televisión, o en diferentes países que incluyen los Estados Unidos, y gran parte de Latinoamérica, Europa y el Caribe.

Y sobresale en la trayectoria la creación e interpretación de la música para la obra teatral El burgués gentilhombre con la que recrean la banda original compuesta por Jean Baptiste Lully, y adaptada a géneros de la música caribeña, que ocupó también la escena mexicana y francesa.

Fueron protagonistas del espectáculo Sabor de La Habana para el casino de Montecarlo, en Mónaco, durante el año 2000.

Jerusalén, Sevilla, Bélgica, Finlandia, Bruselas, Roma, Veracruz, y Cabo Verde resultan algunas de las locaciones conformantes de un aval especial para la orquesta, sin descartar las presentaciones en las que han compartido el escenario con figuras internacionales como Tito Puente, Celia Cruz, Cesaria Évora, Cheo Feliciano, y Lalo Rodríguez, por citar algunos.

Su CD No lo puedo evitar demuestra la revitalización de un trabajo que sabe transitar por las más exigentes reglas del momento en ese afán de llevar el signo Anacaona por estos 80 años de dedicación continuada como simple pretexto para perdurar entre los grandes íconos de nuestro Caribe musical.    

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Merceditas Valdés (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

El etnólogo cubano Don Fernando Ortiz la bautizó como La pequeña Aché. Luego Merceditas Valdés demostraría lo que se escondía detrás de aquella diminuta estatura cuyos inicios musicales se deben a lo que ella consideró como conservatorios inusuales a partir de las improvisaciones callejeras, las casas de santos, o aquellas comidas criollas que concluían con un típico y cubano guaguancó.

Fue en el poblado ultramarino de Regla donde entonaba los cantos alegóricos a Yemayá, sin contar con profesores de títulos académicos, pero con la capacidad suficiente para convertirse en notables ejecutores y cantantes.

Así salió del barrio habanero de Cayo Hueso a La Corte Suprema del Arte con apenas 12 años. Escogió la pieza Babalú, muy difundida por entonces por el célebre Miguelito Valdés, y obtuvo uno de los premios.

A partir de entonces Merceditas comenzó a abrirse el camino y no faltaron las presentaciones en anfiteatros, clubes situados en la playa de Mariana, y en los programas radiales Rincón Criollo, y Radio Cadena Suaritos, sin restar los principales centros nocturnos como Tropicana y Sans Soucí.  

Fue en 1941 cuando Fernando Ortiz la seleccionó para ilustrar sus conferencias sobre la presencia africana en la música cubana. Sin dudas, la intérprete dominaba casi la totalidad del repertorio de cantos y rezos lucumíes y congos que dejó escuchar en clases magistrales durante diez años patrocinadas por diversas instituciones de la cultura nacional.

La propia experiencia y su posterior aprendizaje profesional hizo que Valdés ampliara su espectro e incursionara, además, en los cantos de cuna, las guarachas, el son, el pregón, y el bolero.

Ejemplos fehacientes aparecen en sus vocalizaciones de temas con la firma de Arsenio Rodríguez, Luis (Lily) Martínez, y Eliseo Grenet, entre otros.

Durante la década de los 50 fue incluida en la cartelera del Carnegie Hall de Nueva York, en el primer concierto ofrecido allí y dedicado a la música afrocubana.

La orquesta estuvo integrada por 80 profesores bajo la guía de Gilberto Valdés, y a Merceditas le cursaron la invitación para que interpretara los ritmos ancestrales en la actividad inaugural de la Televisión en Cuba.

Viajó por varios países de Europa y América, y sobresale la grabación de numerosos discos, sobre todo la serie realizada con la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM) con varios volúmenes denominados Aché.

En el caso de Aché III, correspondiente a 1989, resultó premiado por la mayor firma disquera del país con el Premio Síncopa de Plata por la minuciosidad en la recopilación de un repertorio de alto valor.

Su voz se registró también por los consorcios DENON y CBS Radio, en tanto el álbum Spirits Havana obtuvo el Premio Juno en 1993, conferido por la Academia Canadiense de las Artes y las Ciencias de la Grabación (CARAS).

Merceditas Valdés formó parte del grupo Oru, dirigido por el notable guitarrista y compositor Sergio Vitier, y posteriormente se unió a Los Amigos, guiado por Guillermo Barreto, su compañero en la vida.

Este 24 de septiembre hubiera cumplido 84 años, y en su última etapa de desarrollo profesional actuó con el grupo Yoruba Andabo.

Entre las condecoraciones recibidas aparecen el Diploma y Medalla de Oro Picasso, otorgados por la UNESCO.

Falleció en La Habana el 13 de junio de 1996, pero La pequeña Aché seguirá entre las grandes de siempre.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Pacho Alonso (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Hace justamente tres décadas, el 28 de agosto de 1982, Pascasio Alonso Fajardo se marchó sin pedirnos permiso, y los escenarios cubanos y de gran parte del mundo no verían más al santiaguero que llevaba el trópico en sus movimientos.

Coincidentemente había nacido también en agosto, en su día 22 de 1928. Pacho Alonso era el alma de sus inseparables Pachucos. Con esta agrupación hizo bailar su ritmo pilón, o el Upa upa, pero a la vez le dio un tono muy peculiar al bolero, y bastaría mencionar su magistral interpretación de «Niebla del riachuelo».

Desde temprana edad escogió los escenarios escolares para demostrar sus dotes, pero se inclinó por el magisterio en la Escuela Normal de su ciudad natal, sin abandonar sus presentaciones en la cadena oriental de radio.

Por la década de los 40 viajó a La Habana y conoció a dos de las más importantes figuras del momento: Bebo Valdés y José Antonio Méndez quienes lo llevaron a la entonces emisora Mil Diez.

Ya en 1951 cantaba en la orquesta de Mariano Mercerón hasta que tres años después formó su propio conjunto hasta que en 1957 se estableció de manera definitiva en la capital cubana.

Por entonces amenizó bailables en centros nocturnos y sociedades de recreo, al tiempo que alternaba en los principales espacios de la radio y la televisión.

Sin embargo, algunas fuentes consignan que el primer grupo creado por el músico se denominó Pacho Alonso y sus Modernistas en 1952, con residencia en Santiago de Cuba.

Un detalle importante en su carrera ocurrió en 1962 cuando hizo una gira junto a Los Bocucos por Francia, Checoslovaquia, y la entonces Unión Soviética donde rompió con la tradición que caracterizaba la famosa sala Chaikovski de la urbe moscovita en un sitio que no contaba con antecedentes de la presentación de un grupo de música popular.

Grabó varios discos con la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM), entre ellos el realizado en 1980 como homenaje a otro de los grandes: Faustino Oramas, y que titularan En Guayabero me quieren dar.

A Alonso se le recordará por siempre por varios de sus tema: Portobelo, Fea la jicotea, Te voy a planchar, y por su clásico Que me digan feo, frase que le acompañó de por vida.

Decir Pacho Alonso es recordar las noches del centro nocturno Scheherazada, de la capital cubana, que le abrió sus puertas para hacerlo un símbolo representativo, y aunque un día de agosto se marchó sin pedirnos permiso quedó para siempre en el acervo perenne de este archipiélago musical y en el corazón de quienes disfrutaron de su genuino arte.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Rafael Lay (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Imposible hablar de la Orquesta Aragón sin referirse al maestro Rafael Lay Apesteguía, ese cienfueguero nacido el 17 de agosto de 1927, y quien llevó a la referida agrupación cubana a la cúspide.

Entró a trabajar en la orquesta en 1940, y ocho años más tarde asumió la batuta para convertirla en «la de ayer, la de hoy y de siempre».

Destacado violinista, compositor, arreglista quien inició su formación en la Perla del Sur para culminarla en el Conservatorio Alejandro García Caturla, de la capital cubana.

En Cienfuegos se le recuerda su paso por la orquesta de Agustín Sánchez Planas, a la vez que fue el fundador y director del coro y la agrupación de cámara de su ciudad natal.

A la Aragón entró como segundo violinista, y un tiempo después ocupó la primera posición hasta que en 1948 pasó a dirigirla en sustitución de Orestes Aragón.

No faltó su paso por las más relevantes plazas del mundo como símbolo de cubanía. En México alterna con Dámaso Pérez Prado, y se hicieron sentir en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center, en el Conservatorio Chaikovsky, de Moscú, en el Olympia, de París, en la Expo 70, celebrada en Osaka, Japón, y en múltiples plazas de casi todos los continentes para sobrepasar la veintena de países.

La Aragón acompañó a disimiles intérpretes nacionales y del extranjero, entre los que figuran Rosita Fornés, Elena Burke y el dúo de Mirtha y Raúl.

Su prolífera labor lo llevó a constituir en La Habana la Orquesta Popular de Conciertos Gonzalo Roig, así como la de cuerdas Brindis de Salas, mientras alternaba sus funciones con la docencia como profesor de armonía en la Escuela de Superación Ignacio Cervantes.

Y en su faceta de compositor cultivó la mayoría de los géneros de la música popular cubana con excelente tino en las letras y arreglos.

Quizás se desconozca que Rafael Lay ejecutó, como violinista, obras del compositor alemán Juan Sebastián Bach junto a la Orquesta Popular de Conciertos. Con la referida nómina asumió el Concierto número 1 para piano y orquesta del germano Félix Mendelssohn con Frank Emilio, al tiempo que ejecutó la Sinfonía número 8, de Ludwing van Beethoven.

Gracias a su autoría están múltiples boleros como Mi amor ideal, Atrás, Injusticia de amor, Un pueblo en carnaval, y Cero codazos.

También compuso cha cha chá, guarachas, mambo, pachanga. Y creo el himno de la escuela Ignacio Cervantes.

Rafael Lay falleció en la capital de Cuba el 13 de agosto de 1982 víctima de un accidente del tránsito , pero constituye un ícono dentro de la música cubana, y en el sello inconfundible de nuestra Aragón de siempre.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Ramón Veloz (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Su nombre verdadero es Joaquín Ramón Veloz Mosquera, y aunque desde niño despuntó en los vericuetos del arte no es hasta su aparición en los episodios «El espíritu», radiados por la entonces CMQ, que su nombre saltó a la palestra. 

Sin embargo, Ramón Veloz desarrollaba, paralelamente, sus dotes del canto hasta que en la década de los 50 comenzó su trepidante carrera en la propia emisora, y luego en la TV.

Caracterizado por un impresionante registro vocal fue conformando su repertorio, inclinándose hacia las temáticas campesinas.

Por aquellos tiempos conoció a quien más tarde formalizaría matrimonio: Coralia Fernández, que también actuaba bajo los cánones de idénticas líneas.

Nacido en La Habana el 16 de agosto de 1927, aquel actor convertido también en cantante inició sus grabaciones con las principales disqueras de entonces. Velvet, Kubaney. El sello Areito de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM), y otras licencias concedidas a España y Venezuela registraron su voz     

Así inició su periplo en el acetato con el consorcio Velvet en 1959, y decidieron titularlo El trovador.

Un repertorio integrado por 12 temas conformaron la placa, y entre sus cortes figuraron Santa Cecilia, Noche de Veracruz, Silencio, En falso, y Desengaño, entre otras.

En ese año también registró en discos otros temas navideños con la orquesta dirigida por el famoso Larry Godoy.

Después siguieron las grabaciones con la firma Guamá bajo el título de Guajiras cubanas, alternando sus presentaciones con Coralia, cuyo punto culminante se alcanzó en el espacio televisivo Palmas y Cañas como anfitriones por largos años del programa de mayor perdurabilidad en la TV Cubana.

Entre los temas que calaron para siempre en su voz figuran Frutas del caney, de la autoría de Félix B. Caignet, El amor de mi bohío (Julio Brito), Junto al palmar del bajío (P. de León), Amorosa guajira (Jorge González Allué). El carretero (Guillermo Portabales), y Los penachos de las palmas, de Celia Romero, muchas grabadas a dúo con su esposa.

Ya en 1967 se presentó con su grupo en la Expo celebrada en Montreal en representación de los colores de Cuba, y aunque estuvo enfermó realizó sus actuaciones con decoro.

Como parte de su discografía la EGREM realizó un long play múltiple en el que, además de Coralia y Ramón, incluyeron a otros valores imprescindibles de la música campesina y del repentismo como Justo Vega, Adolfo Alfonso, y El Jilguero de Cienfuegos. 

Y por esas tristes coincidencias, Ramón Veloz fallecido en La Habana el propio día en que cumplía 59 años: el 16 de agosto de 1986.

Queda siempre su entrega en el más alto sitial del arte cubano.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.


Julio Brito (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Uno de los clásicos de todos los tiempos en el pentagrama cubano lo es «El amor de mi bohío», compuesta por Julio Brito en 1937 y que, a lo largo de la historia, ha contado con disímiles versiones.

Este autor y director de orquesta nació en la Habana el 21 de enero de 1908, y entre otros temas significativos aparece «Mira que eres linda», aunque para los investigadores la pieza que le dio cierta popularidad fue «Ilusión china», estrenada en 1931.

Brito cursó estudios con el maestro pedro Sanjuán, y a los 16 años ingresó como saxofonista en la orquesta de Don Azpiazu para más tarde incursionar en el drum, la guitarra y el vibráfono.

En la relación de sus obras aparecen «Tus lágrimas», y «Florecita», además de «Oye mi guitarra», «Serenata guajira», y «Si yo pudiera hablarte», entre otras.

Posteriormente dedicó casi toda su vida artística a la dirección orquestal, a la vez que musicalizó varias películas como «Tam, Tam», y «Embrujo antillano»
Fue pionero de la radiodifusión al interpretar sus canciones en espacios de marcada popularidad.

Se le atribute la presidencia de la Sociedad de Autores de Cuba en 1946.

Falleció en la capital del país un día como hoy, pero de 1968.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Gonzalo Roig (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

A su prodigiosa musa pertenece la zarzuela Cecilia Valdés que bastaría para hacerlo inmortal en el amplio mosaico del pentagrama cubano en el que Gonzalo Roig descolló como compositor, directos de orquesta y de banda.

Nació en La Habana el 20 de julio de 1890, y desde muy pequeño inicio el camino de los estudios musicales hasta llegar a estudios superiores de música en el Conservatorio Carnicer.

En 1907 integró la nómina de un trío que tocaba en el cinematógrafo Monte Carlo donde inicia su trayectoria profesional. En ese año compuso su primera canción titulada La voz del infortunio con partituras para canto y piano.

Posteriormente incursiona en el violín como parte de la programación del teatro Martí, y en su afán de descubrir más el mundo de los instrumentos musicales emprendió la ejecutoria del contrabajo sin contar con profesor.

El tenor Mariano Meléndez estrenó su otra obra antológica Quiéreme mucho en La Habana, y en 1917 emprendió una gira por México que lo devolvió a Cuba en el propio año.

Un lustro después fundó, junto a Ernesto Lecuona, y otros renombrados músicos, la Orquesta Sinfónica de La Habana, de la que asumió la dirección a la vez que se desempeñó como extraordinario promotor de la música cubana al dar a conocer, por primera vez, el valioso patrimonio de los creadores del archipiélago.

Roig está considerado como el pionero del sinfonismo en Cuba, y en 1927 fue nombrado titular de la Escuela y de la Banda Municipal de Música de La Habana, responsabilidad que ocupó hasta su deceso el 13 de junio de 1970.

En estos años hizo innumerables arreglos instrumentales a partir de las composiciones de autores del patio y foráneos, lo que propició una nueva sonoridad en la Banda. Y en ello incorpora otro elemento de valor al poder acompañar a cantantes lo que no había ocurrido con anterioridad en el país.

No puede excluirse de sus memorias la fundación de la Orquesta de Ignacio Cervantes en 1929, como tampoco la invitación que recibiera por la Unión Panamericana para dirigir unos conciertos en los Estados Unidos donde protagonizó un importante periplo al frente de bandas norteamericanas. Así logró el reconocimiento de los innumerables matices presentes en nuestra rítmica.

Entrada la década de los a64os 30 organizó una compañía teatral vernácula en el teatro Martí extendida durante cinco años hasta que en 1932 estrenó la referida Cecilia Valdés considerada en el orbe como la zarzuela más representativa de la lírica cubana de todos los tiempos.
A él correspondió, además, la fundación de la Ópera Nacional en 1938, y en este año musicalizó el filme Sucedió en La Habana, presentado al siguiente año.

Su vida estuvo vinculada a las labores sindicales en favor de la cultura. Para ello promovió diversas asociaciones como la Unión Nacional de Autores de Cuba, al tiempo que escribió notorios ensayos y artículos en torno a una de las riquezas indiscutibles de Cuba: la música.

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Paulina Álvarez (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

A la bien llamada Emperatriz del Danzonete le debía esta reseña porque Paulina Álvarez hubiese arribado, el pasado 29 de junio, a su centenario de vida.

Nacida en Cienfuegos tuvo el gran mérito de ser la primera cantante que dio a conocer este ritmo en 1929.

Sin embargo, nadie imaginaba que aquella pequeña inclinada por el arte desde los 8 años, allá en su tierra natal, llegaría a coronarse entre las glorias musicales de Cuba.

A ella se le recuerda en aquellos inicios vocalizando en las fiestas de fin de curso de la escuela primaria donde estudiaba hasta que su familia decidió trasladarse para La Habana, y fue entonces que comienza a familiarizarse con los estudios de piano, guitarra, canto, teoría y solfeo en el Conservatorio Municipal de Música de la capital.

Lo suficiente para presentarse, a partir de los 14 años, en celebraciones de las sociedades de recreo con un repertorio combinado a base de tangos y canciones.

Su debut ocurrió en la década del 20, y para la ocasión escogió El manisero, de Moisés Simons, hasta que más tarde formó parte, como vocalista, de diversas agrupaciones, incluidas las de Cheo Belén Puig y la de Neno González.

Ya en 1938 fundó su propia orquesta y el mercado del disco comenzó a incluirla en sus catálogos. Así grabó para el sello RCA Víctor e incursionó en la rumba, el bolero y la guaracha.

Años después creó otra agrupación dirigida por su esposo, el violinista Armando Ortega,

Paulina tuvo un retiro temporal de la vida artística en 1950. Pasados seis años retornó, y en 1959 integró la Gran Orquesta Típica Nacional que agrupó a los más sobresalientes músicos dedicados al danzón en el archipiélago.

Con dicha nómina realizó numerosas presentaciones, y sobresale un disco en el que incluyó danzones y danzonetes.

Por los años 60 actuó en Tropicana, en casas de cultura y en diversos teatros, sin descartar las giras a diferentes provincias, así como los espacios de radio y televisión.

El 18 de marzo de 1965 se presentó por última vez en un programa de TV en el que cantaba junto a Barbarito Diez y la Orquesta Aragón.

Su voz llegó a los Estados Unidos, Venezuela, Puerto Rico y República Dominicana, al tiempo que fue calificada como una artista altiva y elegante dotada de un excelente registro vocal.

De aquí el epíteto de Emperatriz, el que sigue vigente a pesar de su deceso el 29 de julio de 1965.en la urbe habanera.

Temas compuestos por Ignacio Piñeiro, Rosendo Ruiz, Agustín Lara y Cheo Belén Puig, entre otros, conformaron su repertorio para perdurar a través del tiempo.

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Miguelito Cuní (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Muchos lo denominaron «El caballero criollo», y con razón. Mas sería imperdonable que a la hora de hablar de son y de música cubana se excluyera de la nómina a don Miguelito Cuní.

Este 8 de mayo estuviera cumpliendo 95 años. Su verdadero nombre es Miguel Arcángel Cuní, nació en Pinar del Río, y desde pequeño se interesó por lo que ocurría en el universo musical de su territorio.

En la década de los años 20 cantó en agrupaciones con formato de sextetos o de las ejecutantes del pentagrama cubano. Así se recuerda su paso por las orquestas de Niño Rivera, Fernando Sánchez, y Rubalcaba; sin embargo, las primeras presentaciones oficiales se las debe a los Carameleros, allá por 1932.

Tras su paso por la orquesta del maestro Muñoz formó parte de la nómina de Arcaño y sus maravillas, y por su voz de típico sonero tuvo el privilegio de compartir con cátedras de la talla de Arsenio Rodríguez y Luis Martínez Grillán (Lilí), quien no se cansó de reconocer las potencialidades de Cuní. 

De todo este periplo se recoge su grabación de «El guayo de catalina», realizada con el grupo del bien llamado «Cieguito maravilloso».

Los carnavales panameños lo disfrutaron en 1947 en el rol de solista, y fue tal su éxito que permaneció allí por dos años hasta retornar a la orquesta de Arsenio Rodríguez, en 1949.

Pero desconocía Miguelito que se acercaba el despegue de su vida artística cuando Arsenio viajó a Nueva York con el propósito de tratar de recuperar su visión. Otro de los grandes, Félix Chapotín, tomó la batuta de la orquesta y le proporcionó la opción de actuar junto a Benny Moré, sin romper los vínculos con el conjunto de Chapotín.

Durante tres décadas Cuní y Chapotín fueron amigos inseparables, y de esta fusión quedaron recogidas las conocidas piezas «El carboneo», y «Quimbombó que resbala».

Ya en 1959 Miguelito prosiguió su trabajo tanto en Cuba como en el extranjero, y tras recorrer gran parte del Caribe se presentó en Nueva York con el aval de ser una de las voces imprescindibles del bolero y el son.

Ya «Convergencia» se había convertido en su sello de calidad y el tema que le propició el pasaporte para alcanzar la cúspide.

En 1978 viajó la entonces Unión Soviética en una gira con la Orquesta Cubana de Música Moderna junto a músicos renombrados como Enrique Jorrín, Tata Güines, el ya desaparecido trombonista Juan Pablo Torres, Richard Egües, Rafael Bacallao, Teresa García Caturla, Carlos Embale y Félix Chapottín.

La Empresa de Grabaciones Musicales de Cuba (EGREM) recogió parte de su obra en diversos acetatos. Entre los más significativos aparece «La Guarapachanga», con el acompañamiento del conjunto Chapotín, y «Convergencia», clásico bolero de Bienvenido Julián Gutiérrez y Marcelino Guerra, en inolvidable interpretación con Pablo Milanés, y que estrenaron a dúo por primera vez en el festival Nacional del Son, celebrado en Guantánamo en 1980.

Otro de los momentos significativos en la vida artística de Cuní resultó la gira realizada por Venezuela en 1981 bajo el nombre de «Estrella de Areíto», que reunió a valiosísimos músicos e intérpretes cuya máxima responsabilidad corrió a cargo del maestro Jorrín. 

Nadie podía imaginar que la grabavción del bolero «Lágrima», incluido en el disco «De nuevo Arcaño» sería la última por él realizada, en tanto se despedía de los escenarios foráneos en 1982 desde la Ciudad de México.

Miguelito Cuní incursionó en la composición. Entre sus son montunos aparecen «Congo africano», «¡Ay mamita!», «Batanga africana» y «A bailar con la guajira», mientras en boleros figuran «Lloró Changó», «Toque santo», «Las ansias mías», «A ti, Benny Moré», y la guaracha «Esto no se ve», entre otros temas.

Falleció en La Habana el 3 de marzo de 1984 dejando para siempre su nombre en la cátedra indispensable del panorama musical cubano.

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Blanquita Becerra (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Era admirable ver el rostro de Blanquita Becerra en la Televisión Cubana, y apreciar su lucidez y vitalidad al margen de su avanzada edad.

Este 27 de abril hubiera cumplido 125 años desde su nacimiento en nuestra ciudad de Santa Clara allá por 1887.

Actriz y cantante soprano demostró la valía de los grandes sobre el escenario cuando sorprendía a muchos con sus monólogos y cuplés en el circo teatro Estrella donde Sindo Garay trabajaba como trapecista y realizaba determinadas presentaciones junto a ella.

Su verdadero nombre era Blanca Rosa Anastasia Becerra Grela, pero no fue hasta los 17 años en que debutó como cantante lírica, un género al que estuvo ligada durante 48 años adjudicándole numerosos premios en Cuba, México, Estados Unidos y España.

El compositor cubano Jorge Anckermann la tuvo entre sus principales intérpretes, y parte de esas composiciones conformaron algunos discos editados por los consorcios Columbia y RCA Víctor convertidos en los más relevantes de la época.

Sin embargo, un padecimiento de laringe que conllevó a la intervención quirúrgica coartó su carrera como soprano, pero las puertas del arte no se le cerraron al proseguir su camino como actriz genérica y dentro del teatro bufo del archipiélago.

Nadie podrá olvidar su parodia de «Si me pides el pescao», como tampoco su vínculo con el cabaret, por ello era frecuente en los salones principales de los hoteles Capri y Habana Libre, ambos situados en el corazón habanero, sin obviar sus presentaciones en espacios radiales y de la T.V.

También el séptimo arte recogió sus peripecias en el celuloide, y formó el trío Becerra, junto a sus hijos Esther y José, con la finalidad de hacer pequeños segmentos humorísticos .en sus giras por todo el país.

Entre sus actuaciones más notorias se recuerdan las representaciones de guajira, mulata, gallega o jamaicana. Y quedará para siempre su interpretación de lujo de la Dolores Santa Cruz, en la zarzuela Cecilia Valdés, cuando ya sumaba 84 años.

Según los biógrafos, la Becerra animó una peña de trovadores, que se realizaba en el patio de una casa donde residió en Las Tunas, devenido espacio cultural.

Allí departía con artistas cubanos y personalidades de aquella región.

El 30 de octubre de 1985 La Habana le dio su adiós definitivo. Ya no disfrutaríamos más de la gracia de Blanquita, pero ello no le priva de seguir siendo inmensa dentro de la cultura nacional que la premió con su máxima distinción.

Para ella, un trono entre los de siempre.   

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Soledad Delgado (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Cuando se hable de una artista cubana que lograba interactuar con su público de una manera peculiar habrá sitio obligado para Soledad Delgado mediante aquel diálogo mágico establecido en complicidad con el piano.

Así nos interpretaba a Manzanero, a Bola de Nieve, a los grandes del filin o del bolero en un ambiente preferiblemente de descarga.

Nacida en La Habana, el 11 de abril de 1941, incursionó también en la composición con una base consolidada a través de sus estudios de piano, pedagogía musical, de armonía y contrapunto, a la vez que alternó sus funciones como instructora de arte de grupos de aficionados.

Su debut profesional ocurrió en 1980, y llevó la música cubana y su singular estilo a escenarios de España, Panamá, Colombia, Bulgaria y Alemania, por solo citar algunos.

Su presencia fue acogida en los diferentes espacios de la radio y televisión cubanas, mientras la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales de Cuba (EGREM) le produjo dos discos de larga duración: «En plena soledad», (1981) de un corte más bien intimista junto a su inseparable piano, y «Desnudos» (1982) con un formato orquestal.

En 1982 constituyó su propio grupo para ampliar su repertorio y dar vida a diversos géneros musicales como guarachas, boleros, canciones, tangos, cumbias y sones.

Si un detalle caracterizó el arte de Soledad fue ese modo de combinar la narración con la música en una especie de diálogo que impregnaba ese giro coloquial mediante diferentes historias.

Sus últimos años los pasó mayoritariamente en España donde grabó otros CDs y realizaba actuaciones en centros nocturnos.

Compartió escenario con figuras reconocidas como Dyango, y en Cuba hizo dúos ocasionales con Héctor Téllez, Mirtha Medina, Beatriz Márquez, María Elena Pena, y Luis Téllez, entre otros muchos.

Hoy estuviera celebrando a su manera su cumpleaños 71, mas una avanzada enfermedad nos privó el privilegio de continuar disfrutando de su estilo a fines de octubre de 2007.

Sus cenizas fueron traídas a esa Habana de nacimiento a la que tantas veces le cantó, y aunque ya no esté nos parece que el teclado del piano prosigue marcando sus notas, y una voz llena de vitalidad sigue diciéndonos… «Tan amigos como siempre»

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Jorge Anckermann (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

«Hijo de gato caza ratones» pudiera ser el mejor de los pretextos para irrumpir en la vida artística de Jorge Anckermann, quien desde los ocho años inició los estudios musicales con su padre Carlos Anckermann.

Y avanzó tanto que dos años después sustituyó al director de orquesta Antonio González en la conducción de un terceto.

Ya a los 17 años escribió la partitura de su primera obra teatral, La gran rumba (parodia de la revista española La Gran Vía), que se estrenó en el teatro Tacón, de La Habana. Dio a conocer sus composiciones al público habanero con una pequeña orquesta que formó, con Luis Casas Romero en la flauta, para acompañar proyecciones de películas silentes.

Entre las funciones del cinematógrafo, Anckermann tocaba algunas de sus vivaces danzas para piano, y también danzones; así se dio a conocer en el ambiente musical habanero y comenzó a relacionarse con gente de teatro, como los hermanos Gustavo y Francisco Robreño, quienes le encargaron la composición de la música de la revista «Ni loros, ni gallos», estrenada en septiembre de 1899, en el teatro Lara.

Viajó a México en 1892 como guía musical de la compañía de bufos de Narciso López con la que recorrió números estados para luego partir hacia California.

Su impacto con la tierra azteca fue tal que residió durante mucho tiempo en la capital de ese país inmerso en la enseñanza musical

En Cuba fue director de música en los principales teatros de su época, al tiempo que creó partituras dirigidas a zarzuelas, sin olvidarlo como autor de canciones y boleros.

También se le considera el padre de la guajira, y vale destacar que el renombrado Teatro Alhambra constituyó el mejor escenario de sus éxitos. En esas tablas estrenó «La isla de las cotorras» y otras obras notorias.

Si de temas populares se trata baste mencionar «El arroyo que murmura», que tuvo una impecable versión de nuestra Esther Borja, así como el «El quitrín», «Flor de Yumurí», y «Un bolero en la noche»

Jorge Anckermann nació el 22 de marzo de 1877 en La Habana, y falleció el 3 de febrero de 1941 para dejar su impronta memorable en el panorama musical cubano como pianista, compositor y director de orquesta.          

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.


José (Pepe) Sánchez (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Cuando se hable del padre de la canción trovadoresca cubana José (Pepe) Sánchez tiene ganado su nombre en primer plano.

Compositor y guitarrista santiaguero nació el 19 de marzo de 1856, y resultó maestro de trovadores en su tierra natal entre los que incluyó al gran Sindo Garay.

Con ellos mantuvo en plena actividad a un grupo musical desde finales del siglo antepasado

Uno de sus grandes méritos fue el de su prolífera obra artística a pesar de su desconocimiento en materia de técnica musical.

Sus temas se acumulaban en la memoria o en la de algunos de sus discípulos, por lo que muchas de sus composiciones no pudieron registrarse en el acervo musical de la mayor de Las Antillas.  

Con su voz de barítono deleitaba en serenatas y fiestas en la entonces capital oriental

Su destreza en la guitarra mereció diversos elogios de personalidades consagradas que se sorprendían de la magnitud de las obras logradas por un talento desconocedor de la materia, pero artífice de estructuras rítmicas trascendentes.

Según las memorias de músicos amigos entre lo que ha quedado registrado figuran bellas canciones, boleros y guarachas como «Pobre artista», «Rosa II»,

«Esperanza», «Rosa I», «Adán y Eva», «Ángeles y redondillas», y su «Himno a Maceo».

Falleció el 3 de enero de 1918.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Celina González (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

La campiña cubana anda, este 16 de marzo, inmersa en un jolgorio, y tiene razones muy especiales porque la Reina de la Música Campesina, Doña Celina González celebra su cumpleaños 83.

Nacida en la localidad matancera de Jovellanos irrumpió en el panorama musical cubano cuando en 1947 hizo dúo con su esposo Reutilio Domínguez para convertirse al año siguiente en el más popular del país luego de su traslado a La Habana.

Sin embargo, la fama no quedó en escenarios cubanos, y en 1952 irrumpieron en locaciones de Nueva York y República Dominicana en lo que sería la primera gira internacional, a la vez que comenzaron las grabaciones para adueñarse de los principales espacios radiales del momento.

Tras la muerte de Reutilio, Celina prosigue en su rol de solista desde 1964, y no es simplemente la intérprete de temas guajiros, es también la compositora y cantora de sones, y quien en 1981 decidió hacer sus presentaciones junto a su hijo Lázaro Reutilio.

Las presentaciones internacionales colmaron la agenda. Estados Unidos, Francia, Japón y Colombia resultaron plazas conquistadas. En este último país constituyó un verdadero hito y ganó sitial de honor que la llevó a repetir visita por más de 30 ocasiones.

Ha compartido la escena con figuras de la talla de Nat King Cole, Pedro Vargas, Oscar D León, Daniel Santos, Rosita Fornés y Cheo Feliciano, mientras su rostro quedó recogido en el celuloide mediante el filme «Rincón Criollo».

Muchas de sus composiciones llevan la autoría compartida con su esposo Reutilio, y sobresalen sus cantos religiosos. Precisamente «A Santa Bárbara», conocida también como «Que viva Changó» constituye una de las cartas de presentación de la intérprete junto a su legendario «Yo soy el punto cubano» para reafirmar sus propias raíces.

Defensora a ultranza de la esencia campesina cuenta con más de un centenar de canciones, son montunos, y guarachas que, también, forman parte del repertorio de otros intérpretes cubanos y foráneos.

Con una amplia discografía Celina González trasciende en el panorama musical de todos los tiempos. No solo con la sonoridad del Conjunto Campo Alegre, si no con el aporte de Frank Fernández y Adalberto Álvarez (Celina, Frank y Adalberto) recogido en el catálogo de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales de Cuba (EGREM).

Cuatro discos de oro suma a su aval por las ventas de copias en Colombia y África, mientras su CD «50 años como una reina» figuró en las nominaciones de los premios GRAMMY 2001en la categoría de Mejor álbum de música tropical tradicional.

Entre sus distinciones aparecen la otorgada como representante de nuestra Cultura Nacional, la Medalla de Oro Picasso, y el Diploma de Mérito de la UNESCO.

En la actualidad se encuentra alejada de la escena debido a una enfermedad, pero aun así la Reina sigue en su trono, y hoy con más fuerza el laúl, las guitarras, el tres y los restantes instrumentos convidan a un guateque de lujo para expandir por nuestros campos un ¡FELICIDADES CELINA!      

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Ignacio Piñeiro (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Ayer, 12 de marzo pero de 1969 falleció en La Habana uno de los más trascendentales compositores de todos los tiempos. Bastaría decir solo «Échale salsita» para que el nombre de Ignacio Piñeiro resulte inmortal.

Había nacido en la capital cubana el 21 de mayo de 1888, y desde muy pequeño abandonó su barrio natal de Jesús María para residir con sus padres para el de Pueblo Nuevo en el que inicia su vida desde el punto de vista musical.

En un principio cantó en coros infantiles, pero la vida le impuso trabajar en diversos oficios entre los que ejerció como tonelero, fundidor, tabaquero, portuario y albañil.

Sin embargo, la música la traía impregnada en su sangre, y asimilaba, de manera paralela, los toques y cantos de los cabildos africanos de su barriada de residencia.

Ya en 1906 forma parte de la agrupación de clave y guaguancó Timbre de Oro en el que sobresale al improvisar la décima. Luego dirigió el grupo Los Roncos y se dedicó a las composiciones corales de las que surgieron «Mañana te espero niña», «Cuando tu desengaño veas» y «Dónde estabas anoche».

La historia recoge su paso por la agrupación Renacimiento, y ya en 1926 ocupa un plaza como contrabajista del Sexteto Occidente de María Teresa Vera.

Con esta nómina viajó a Nueva York, y a su regreso fundó el Septeto Nacional que por aquella época era simplemente sexteto.

Lo suficiente para emprender giras internacionales; sin embargo, en 1932 visitó a La Habana el compositor norteamericano George Gershwin, y asistió a la emisora radial CMC que contaba con un espacio del Septeto Nacional.

Allí entabló amistad con Piñeiro, y recogió anotaciones musicales de las obras del compositor. De esto se derivó «Obertura cubana» a partir de la cual Gershwin utilizó temas del son pregón «Échale salsita».

La versatilidad del criollo lo llevó a componer sones, son montunos, guaguancó, canción son, guajira, afro son, congas, villancico, tango congo, plegaria, lamento y pregón, entre otras manifestaciones.

Su repertorio sumó más de 320 composiciones, y entre las más populares se situaron «Cuatro palomas», «Esas no son cubanas», «Suavecito», «Buey Viejo», «Entre tinieblas», y, por supuesto, su mundialmente conocida «Échale salsita».

Así Ignacio Piñeiro dejó su impronta para ser legado de la música cubana de siempre. De esa que perdurará a través de los siglos.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Ela Calvo (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

El bolero la incluye entre sus principales voces, esa que ha paseado por diferentes escenarios cubanos y del extranjero bajo el nombre de Ela Calvo quien acaba de cumplir 80 años.

Nacida el 18 de febrero de 1932 en La Habana inició su vida de cantante en 1952 en una agrupación bajo la batuta de Facundo Rivero, a través de la emisora Circuito Radial Cubano, en el coro acompañante de la gran Rita Montaner.

También la acogió el grupo dirigido por Rodolfo Pichardo en el casino del cabaret Tropicana.

Ya en 1959 hizo su debut profesional como solista, y la locación escogida resultó club del hotel Saint Johns, a la par que asistía a programas de radio y televisión, o figuraba en las carteleras de las revistas musicales conformadas para el exterior.

Por aquellos años no abandonó Tropicana hasta que en 1965 tuvo su prueba de fuego en grande al ofrecer el primer recital en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Dos años después asume su primera gira internacional que la llevó a Checoslovaquia y Alemania.

Un grato regalo le propició 1968 al ganar el segundo lugar en el Festival Internacional de la Canción de Sopot (Polonia), así como el Premio de Interpretación en el también Festival El Hombre y el Mar, en Rostock, entonces Unión Soviética en 1985.

Su presencia se hizo notar, además, en el Lira de Oro, de Bratislava, el Limasol (Chipre), el de la canción de Dresde, Alemania, en los Boleros de Oro, y en el dedicado a Agustín Lara.

América Latina, Europa y África también conocen de su presencia, y entre los compositores que integran su repertorio vislumbran José Antonio Méndez, Rafael Ortiz, Juan Almeida, Marta Valdés, y el Niño Rivera, por citar lgunos.

Esta intérprete de registros peculiares ha grabado varios discos con sus canciones, al tiempo que ostenta diferentes congratulaciones como la Distinción por la Cultura Nacional.

Felicidades Ela, y larga vida para el deleite de todos.   .

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Beatriz Márquez (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

La bien llamada «Musicalísima» arriba, este 17 de febrero, a su sexta década de vida. Y su pasión por la música es tanta que desde los nueve años estudiaba ese mundo de los acordes y el solfeo.

Quizás motivada por su padre, el compositor René Márquez, o por el ambiente hogareño que respiraba, y del cual no podía alejarse para retomar después sus vuelos en el conservatorio Amadeo Roldán y en la Escuela Nacional de Arte (ENA).

Su debut profesional ocurrió en 1968 como uno de los rostros de la canción vinculada al programa televisivo dominical Buenas Tardes. Por entonces se presentaba con el popular grupo Los Barba, y hacía dúos ocasionales con el cantante Miguel Chávez.

Ya en el 70 ocupa el rol de solista e inicia una carrera ininterrumpida de éxitos entre los que figuran «Espontáneamente», un clásico de su papá René, «Separada de ti, ahora (Eddy Gaytán), «Diálogo con un ave, (Mike Pourcel), «Perdóname este adiós, (Rembert Egües), «Regresa, no más lejos de ti» (José Valladares y Ricardo Quijano), «Raíces profundas» (Rolando Vergara), «Este amor que no muere (Juan Formell), «Mejor concluir» (Juan Almeida), y  «Amar, vivir», del propio Egües, entre muchos otros.

Con una voz privilegiada Beatriz ha conquistado numerosas distinciones internacionales como el Primer Premio de Interpretación y Premio a la Mejor Canción polaca en el Festival de Sopot, Polonia, de 1975, Primer Premio de Interpretación en el Festival Canción de Buga (Colombia), en 1980, y el Gran Premio del Concurso Adolfo Guzmán de 2000 en Cuba, por solo citar algunos.

Se ha presentados en países europeos, latinoamericanos, de América del Norte y africanos, a la vez que ha vocalizado los temas de las telenovelas cubanas «Sería tan fácil» y «Un bolero para Eduardo».

Si algo le caracteriza es su faceta como compositora que nutre, además, el repertorio de otras intérpretes, a la vez que ha hecho números ocasionales junto a Sergio Farías y Vicente Rojas.

Entre las composiciones que pertenecen a su autoría resaltan «Despídeme de todo mi existir», versionadas, también, por Sory y Annia Linares, «Se perdió nuestro amor», «Mi amor por ti murió», «Cuando el amor llegue a ti», y «Busco nuevamente mi sentir».

Según los especialistas, Beatriz Márquez posee un amplio registro vocal, recursos expresivos, excelente afinación, y sentido del ritmo y fraseo, sin apartarlos en ciertos momentos de la improvisación jazzística.

Desde 1970 aparecieron sus primeros discos de larga duración bajo el sello Areíto, de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM), para figurar entre las intérpretes que más producciones consecutivas logró en la década de los 80 y parte de los 90, y, posteriormente, también aparece su registro con el consorcio fonográfico BIS MUSIC.

Valga, entonces, esta reseña para desearle larga vida a la Musicalísima, y que nos siga deleitando en el privilegiado camino del arte.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.


«El Jilguero de Cienfuegos» (Cuba)

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Por Ricardo R. González

La Televisión Cubana, en su emisión vespertina del Noticiero Nacional, informó el deceso de Inocente Iznaga González, quien fue bautizado en el mundo del arte como «El Jilguero de Cienfuegos», en la madrugada de este viernes 10 de febrero.

Lo perdimos y es triste admitirlo. Ya no tendremos su sonrisa amplia y aquella carcajada feliz que se adueñaba del espacio televisivo Palmas y Cañas para dejar al aire su «Caminito de Zaza» «El ángel tú bella», o la típica caldosa de Kike y Marina.
Cierto, ya no está, y de nuevo la cultura cubana tiende su luto por otra pérdida irreparable que se suma a las tantas recientes.

El Jilguero había nacido en Cienfuegos, el 28 de octubre de 1930. Sus inicios se remontan a la tierra natal donde cantaba puntos guajiros y géneros montunos.

Más tarde se trasladó a La Habana, y ya en la década de los años 50´contaba con una marcada popularidad.

Con su música recorrió toda la geografía cubana, sin excluir sus presentaciones en el extranjero. Una de las más recordadas fue en el Festival Sopot 69, de Polonia, en que formó parte de la delegación cubana integrada, además, por Los Montunos y el dúo integrado por Mirtha Medina y Raúl Gómez.

En aquella oportunidad los artistas dejaron tremendo sabor sobre el escenario, lo que fue reconocido por la prensa, pues al final, El Jilguero y Los Montunos se unieron a la presentación de la entonces pareja del momento Mirtha y Raúl para romper la mesura europea.

Inocente Iznana integró el elenco de lujo del espacio televisivo Palmas y Cañas. Junto a Coralia y Ramón, Justo Vega y Adolfo Alfonso, Celina González, Martica Morejón, su compañera en la vida, y Radeunda Lima, entre otros, demostraron que la música guajira es parte inseparable del patrimonio nacional.

Ya no tendremos al Jilguero. Cierto, mas está su obra que se empina con ese trino limpio y suyo para seguir anunciando las alboradas desde lo eterno de su existencia.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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María Teresa Vera (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Sería imperdonable que aunque sea 24 horas después no dedicara una semblanza a quien fue (y es) una de las grandes de la trova cubana de todos los tiempos: María Teresa Vera.

Y es que el 6 de febrero de 1895 nació en el pobladito de Guanajay para dejar su nombre como la iniciadora del trovar femenino en Cuba.

No ocultó su inclinación por la música desde temprana edad, y dichas aptitudes comenzaron a volar al trasladarse con su familia para La Habana donde inició sus estudios de guitarra con el tabaquero José Díaz, más conocido por El Negro, junto a Manuel Corona. Patricio Ballagas y Graciano Gómez.

Mayo de 1911 le trae su debut profesional en un teatro habanero, y para el momento seleccionó la criollísima Mercedes, del propio Corona. Después vendría su despliegue artístico al cantar con diversas voces hasta fundar el Septeto Occidente para integrar más tarde el cuarteto de Justa García.

Con Lorenzo Hierrezuelo formó un dúo, a partir de 1937, mantenido durante 27 años en un tiempo en que ya los principales consorcios discográficos de la época fijaban la atención en su arte.

Varios discos fueron registrados en dichos catálogos, en tanto no faltaban giras al exterior que reconocían el distingo de la cubana. Las emisoras Radio Salas y Radio Cadena Suaritos acogieron a María Teresa, en tanto los espacios televisivos y salas teatrales tampoco la ignoraban de sus carteleras.

Sin embargo, hay que recordar su etapa con Rafael Zequeira, con quien viajó en varias ocasiones a Nueva York, cuyas giras culminaron con la realización de varios discos.

Tras el deceso de Zequeira en 1924 actuó en rol de solista o acompañada esporádicamente por algún trovador hasta unirse, dos años más tarde, a Miguelito García. 

La trovadora compuso su primera obra en 1914 «Esta vez tocó perder», lo suficiente para que llegara más de una veintena de canciones de manera seguida

Fue de las creadoras que mantuvo los cánones establecidos por los más antiguos compositores de la trova, aunque le despertó la curiosidad el bolero, el bolero son, la guaracha, y la habanera.

Con esta última modalidad logró su trascendental éxito «Veinte años» que le ha dado la vuelta al mundo.

«Que te importa que te ame

si tú no me quieras ya

el amor que ya ha pasado

no se debe recordar…

Con Guillermina Aramburú y Enma Nuñez formó binomios autorales durante varios años, y entre su prolífera obra aparecen los boleros «Amar y ser amada», «Virgen del Cobre» Te acodarás de mí», y «Porque me siento triste», entre muchos otros.

En el caso del bolero son incluyó «Dime que amas», «Solo pienso en ti» y «Habanera», y en los bambucos figuran «Cara a cara», y la ya referida «Esta vez tocó perder».

María Teresa vera falleció en la capital cubana el 17 de diciembre de 1965, pero se había retirado de la vida artística, ya enferma, desde 1962, mas sigue trovando con el legado dejado al patrimonio de la música insular continuado por sus buenos discípulos y cultores.

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Pachy Naranjo y la Original de Manzanillo (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

No me resultó indiferente la noticia de que Wilfredo Pachy Naranjo Verdecia, el director de la Orquesta Original de Manzanillo, resultara el Premio Nacional de música 2011.

Si bien reza el proverbio: «tiempo al tiempo» diría que lo merecía desde hace muchos años por todo lo que le ha aportado a la cultura cubana, por ser un músico de talento, y por mantener la sonoridad de una orquesta sin hacer concesiones en su sello identificativo.

Y es que decir Pachy es hablar de la original y viceversa. Fiel exponente de la tradición de nuestras charangas bajo la égida de cultivar la cubanía defendiendo nuestro valores sin ápice de chabacanerías.

Fundada el 21 de diciembre de 1963 encontró sus orígenes en un grupo de adolescentes y trabajadores reunidos en casa de Wilfredo Naranjo (padre) y de Jesús Armesto todos los fines de semanas.

La pasión por la música, por el buen son, hacía que algunas noches también se agruparan. Por entonces se llamaban Los Traviesos, y eran dirigidos por Juvencio Guerrero.

Una vez consolidados Wilfredo Naranjo, junto con su hijo Y José Pérez Varona, viajan a Santiago de Cuba para enriquecer la nómina de músicos. Así comienza la etapa directiva de Pachy, quien asume la labor hasta la actualidad.

En el verano de 1963, luego de algunas actuaciones, deciden denominarse orquesta Típica, hasta que después de algunos años se deciden por la actual denominación.

Los temas iniciales del repertorio llevan la rúbrica de Juvencio Guerrero, y suman a los méritos el de constituir la primera agrupación de la localidad oriental de Manzanillo que la representó en el extranjero, al tiempo que figura como insignia de la provincia de Granma.

Otro de sus avales agrega la inclusión de la organeta y la guitarra eléctrica entre los primeros colectivos en incorporarlas, complementado con el timbal, el güiro, los violines, la tumbadora, flauta, guitarra bajo, piano y teclados.

Todos con una fusión excelente para conquistar al público de Alemania, Bélgica, Canadá, Colombia, Costa de Marfil, España, Francia, Holanda, Malí, México, Nicaragua, Panamá, Rusia, Togo, y Venezuela, por citar algunos de los escenarios visitados.

Una veintena de discos y de CDs se suman a la trayectoria que les ha propiciado cuatro premios EGREM, con Disco de Plata, máximo estandarte discográfico de Cuba, e innumerables éxitos arraigados en la radiodifusión insular.

Aunque la base ritmática se apoya básicamente en el son, la orquesta no tiene una visión unilateral, pues el danzón, la rumba, el cha cha cha, la guaracha,  la sonoridad de la salsa, y el sazón auténtico del Caribe conforman ese gran ajiaco que aporta a la música.

Si de distinciones se trata pudiera mencionarse la obtención del Disco de plata EGREM en 1985 y 1988, la placa por más ventas de discos en el año Disquera Colombiana Fono Caribe (1992), Medalla Alejo Carpentier otorgada por el Consejo de Estado (1988), ganadores del Caracol del Caribe Internacional en Cartagena de Indias, Colombia (1990), y en ese propio año la Distinción por la Cultura Nacional.

De sus trece fundadores se mantienen en la actualidad Wilfredo Naranjo (pianista y arreglista), Enrique Arango (en el güiro), Pedro Rivero (cantante), y Tomás Estacio, en el violín.

Muchos han dejado sus huellas durante estos años de feliz existencia de nuestra Original, pero no se puede obviar el paso de Cándido Fabré, quien llenó un capítulo trascendente y recordado.

Mucho más pudiera decirse. De momento las felicitaciones merecidas para Pachy, en especial, y para sus músicos que hacen de esta agrupación un orgullo de Manzanillo pero también de todos los rincones de este archipiélago a la hora de bailar y de aquilatar los genuinos valores del buen arte.   

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Dámaso Pérez Prado (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Muchos piensan que era mexicano, pero no. Dámaso Pérez Prado nació en Matanzas el 11 de diciembre de 1916, y desde su tierra natal comenzó a escribir su nombre en el arte.

Así lo recuerdan como pianista de una orquesta con formato de charanga, al tiempo que estudió con el prestigioso director de orquesta Rafael Somavilla.

En 1942 marchó a La Habana para integrar la nómina de la agrupación Pensylvania que, por entonces, constituía el núcleo central acompañante en uno de los cabarets de la época.

Luego tocó el piano en la orquesta Casino de la Playa, sin descartar su paso por la Cubaney, y la radicada en la antigua CMQ. 

Sin embargo, fue en 1944 cuando realiza los primeros experimentos en ese afán de incorporar elementos de la música norteamericana a ritmos y melodías de la isla.

Tres años más tarde viajó a México y formó parte de numerosas agrupaciones hasta que constituyó la propia, a inicios de la década de los años 50, para tocar un año más tarde el primero de sus mambos.

Ituló «Rico melao», y a partir de dicha pieza sucedieron otras que lo situaron en lugares privilegiados del raiting.

Sin dudas, Dámaso Pérez Prado se convertía en uno de los grandes con temas como «Mambo número 5, «Caballo negro», y «Mambo en sax», por citar algunos.

El jazz incluyó en el artista de manera notable y fortaleció su presencia en bandas norteñas, a la vez que conquistaba el universo discográfico con significativos contratos y técnicas especiales de grabación.

Como elementos peculiares figura la percusión, que brinda una cubanía absoluta, permeada de saxofones y trompetas junto a la voz ronca que caracteriza al bien llamado «Rey del mambo».

Un punto cimero de la creación lo logró con su «Suite de la Américas», algo sorprendente y de quilares

Pérez Prado falleció en la Ciudad de México el 14 de septiembre de 1989, mas su obra se erige desde el pedestal inmenso de los grandes por siempre.

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Esther Borja (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Sería imperdonable hablar de la cultura cubana si excluimos a María Caridad Borja Lima (Santiago de las Vegas, 5 de diciembre de 1913), o lo que es decir nuestra Esther Borja.

Acabó de cumplir 98 años, y nadie puede dudar que figuró entre las mezzo sopranos de cualidades indiscutibles demostradas a través de sus largas décadas de desempeño artístico.

Uno de los logros más sobresalientes lo conquistó por la década de los 50 al grabar un disco a cuatro voces a partir de su propia voz.

La historia no recoge antecedentes de este tipo, y fue merecedor del Premio de Honor en la edición de Cubadisco, correspondiente al año 2000, tras ser reeditado por la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales de Cuba (EGREM).

Este fonograma está considerado un hito dentro de la discografía nacional, y según cuentan en 1953 el empresario español Fernando Montilla —al frente de un importante sello discográfico de la época— invitó al acuarelista de la poesía antillana, Luis Carbonell, a pensar en la producción de un acetato de canciones cubanas que pudiera resultar interesante, lo cual animó al maestro a ponerse en función de hacer realidad su viejo sueño de grabar un álbum a varias voces por un solo cantante.

Así, involucró a su inseparable amiga Esther en esta aventura, a la que se sumaría más adelante el técnico Medardo Montero, quien utilizaría como laboratorios los estudios de la emisora Radio Progreso.

El proceso de ensayo para el montaje de las voces se extendió a lo largo de siete meses, constituyendo un verdadero ejercicio de meticulosidad, y una prueba de profesionalidad, al punto de no iniciar las grabaciones hasta haber estado convencidos de que había un dominio total del repertorio

Entre los lauros recibidos por Esther aparecen, también, el Premio Nacional de Música, conferido en 2002, como tributo a quien iniciara sus estudios musicales en el Centro Gallego de La Habana, sin apartarse del aprendizaje del magisterio en la Escuela Normal para Maestros.

Su voz se escuchó, por primera vez, en su pueblo natal con dos obras de alguien a quien estuvo muy ligada: el gran Ernesto Lecuona. En aquella oportunidad interpretó «Canto a Siboney» y «Noche azul»

Años más tarde conoce a Ernestina Lecuona, y ofreció su primer recital, y en 1934 realiza una gira por todo el archipiélago tomando como base las canciones cubanas y mexicanas.

Su debut oficial ocurrió en febrero de 1935 en el Lyceum Lawn Tennis Club radicado en la populosa barriada de El Vedado. En esa oportunidad deleitó con un repertorio basado en obras de la propia Ernestina Lecuona y versos de José Martí.

Ese propio año le dio la posibilidad de debutar en el teatro con la opereta «Lola Cruz.» Era su primera incursión en este género. La música correspondió a Ernesto Lecuona, mientras los textos pertenecieron a Gustavo Sánchez Galarraga. Es aquí en que estrena el vals «Damisela encantadora» que la consagrara como su más fiel y genuina vocalista en un tema pensado de manera exclusiva para ella.

Luego trabajó en «Las Leandras» y en «El conde de Luxemburgo», entre otras tantas zarzuelas, óperas y operetas.

La televisión no le fue ajena a partir de 1951, y se puede decir que viajó por casi todos los parajes cubanos como portadora de un exquisito arte.

En la palestra internacional recorrió escenarios de Argentina, España, Perú, los Estados Unidos, Chile y Brasil, pero también el celuloide la recogió en el filme «Adiós Buenos Aires» en el que destaca su interpretación de la conga «Para Vigo me voy»

Allá por los años 80 coincidí con ella en un vuelo La Habana-Cienfuegos-Santa Clara. Me impresionó, sobremanera, la cantidad de libros que adquirió en los estantes del aeropuerto de Rancho Boyeros. Entonces me confesó que la lectura era parte inseparable de su vida, hecho que se corrobora por la virtud de incursionar en cualquier tema de conversación lo que demuestra su virtuosismo cultural.  

En aquella oportunidad su viaje concluía en Cienfuegos porque, junto a Omara Portuondo, marchaba a la Semana de la Cultura en Trinidad. Quedamos en vernos en Santa Clara, y un tiempo más tarde se cumplió la promesa y continuamos aquella plática interrumpida por la llegada del avión a la Perla del Sur.

Si hay algo vinculado al nombre de Esther Borja es el espacio televisivo Álbum de Cuba. Un recorrido por lo mejor de la cancionistica cubana en voces de sus mejores exponentes de todos los tiempos hasta que, inexplicablemente, se retiró de las pantallas.

Consorcios disqueros como RCA Víctor, Columbia, Antillas, y Kubaney registraron su nombre en los respectivos catálogos, sin excluir a la EGREM que la tuvo en su principal sello Areíto.

Distinguida con numerosos reconocimientos Esther está próxima a su centenario. Larga vida para ella porque es y seguirá siendo por siempre un álbum de Cuba apoyado en esa irrepetible damisela encantadora.    

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.


Eliseo Grenet (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Dos coincidencias en el panorama musical del archipiélago nos trae el 4 de diciembre. Una, el nacimiento, en 1909, de Don Barbarito Diez (a quien ya le dedicamos su semblanza), y la otra, el deceso, en 1950, del notable pianista y director de orquesta Eliseo Grenet.

Bastaría solo su «Mamá Inés», para consagrarlo en el capítulo de las inmortales composiciones cubanas, pero el maestro supo cultivar diferentes géneros gracias a aquella luz talentosa que demostró desde los cinco años cuando comenzó a estudiar piano.

Cumplido los nueve estrenó su revista musical «La geografía física» en una fiesta escolar, y cuatro años más tarde ejercía como pianista en el cine La Caricatura amenizando las tandas de las películas silentes de la época.

Con solo 16 años tomó la batuta de la orquesta del Politeama habanero, mientras que su primera gira por el país la realizó en 1926 al frente de la orquesta perteneciente a la compañía de Arquímedes Pous.

Junto a un grupo de músicos y artistas realizó una gira por diversos escenarios de América, y a pocos meses de su regreso se vio obligado a abandonar el país, en 1932, al ser perseguido por el gobierno de Gerardo Machado.

A la caída del dictador retornó, y en 1936 partió para New York donde divulgó de manera notoria la música de Cuba con la introducción de la conga.

Francia, España y otras locaciones europeas figuraron, también, entre los sitios visitados, y no fue extraño que su versatilidad, a la hora de componer, lo llevara a musicalizar algunas películas como «Ensalada de estrellas», «Conga bar», y «Milonga de arrabal», por citar algunas.

No faltó su aporte a las obras teatrales. Vale recordar «Niña Rita», «La canción del mendigo», «Como las golondrinas», y versos de Nicolás Guillén en «Motivos de son».

Dejó para la posteridad varios danzones: «La mora», con impecable interpretación del propio Barbarito Diez, el conocido «Si me pides el pescao», o «Papá Montero», e inolvidables canciones ejemplificadas en «Las perlas de tu boca» que ha recorrido el mundo, y «Tabaco verde» pieza que hizo suya Ramón Veloz.

Sorprendentemente su obra incluye pregones, tangos congos, sones, y sucu sucu, como el popular «Felipe Blanco».

Eliseo Grenet había nacido en La Habana el 12 de junio de 1893, y como otro de los grandes trasciende por la magnitud indiscutible de su obra.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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César Portillo de la Luz (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

En ocasiones solo basta una obra para conquistar la inmortalidad, y decir «Contigo en la distancia» es pasear los colores de Cuba por cualquier punto del Orbe desde que las musas inspiraron a César Portillo de la Luz, ese icono de nuestra música que este 31 de octubre anda de cumpleaños.

Hay quienes afirman que resulta uno de los textos con mayor cifra de versiones a nivel universal, mas lo cierto es que aquel muchachito habanero traía los menesteres de la composición desde su propia adolescencia.

Ya a los 19 años incursionó como cantante por las sendas de los aficionados acompañado de su inseparable guitarra, hasta que en 1946 inició su trayectoria profesional en las emisoras Mil Diez y Radio Lavín. En la primera, desarrolló una temporada para presentar sus propias canciones.

El Sans Souci le abrió las puertas, en 1956, al frente de un grupo de músicos entre los que figuraban Frank Domínguez, al piano, Alfredo León, en el contrabajo, Luis Ortellado, en la trompeta, y Gastón Laserie, en la batería, para trazar un segmento decoroso.

Los principales cabarets de la época también conocieron de su presencia. Digamos el Karachi, el Gato Tuerto, St. John, y el Chateau Piscina  que recibían aquellas descargas con notas diferentes al oído.

Pero la vida de Portillo de la Luz no estuvo exenta de contratiempos, y en su juventud laboró como pintor de brocha gorda. Quizás lo necesario para esculpir en cada letra esa dosis que tiene tanto de feeling, como movimiento en el que se inscribió en la nómina de iniciadores.

Fue en la segunda mitad de los años 40 cuando junto a consagrados como José Antonio Méndez, Rosendo Ruiz (hijo), Ñico Rojas, Ángel Díaz, Frank Domínguez, Aida Diestro y Elena Burke, entre otras, iniciaron este estilo dentro de la cancón trovadoresca cubana.

Una manera singular de expresar los sentimientos a través del pentagrama como elemento particular de interpretación del bolero influenciado armónicamente por el jazz.

Su música se ha integrado a la banda de algunas películas, mientras las ondas de Radio Progreso lo acogieron durante algunos años en el espacio «Cita a las cinco», matizado por sus comentarios en torno a las composiciones de su autoría, a las vez que las interpretaba e incluía las de otros autores.

A partir de 1938 estrenó obras de relevancia como «Más allá de tus ojos» y «Ave de paso», y ya el 1950 da a conocer «Contigo en la distancia» para proseguir una carrera autoral sin descanso.

Así surgieron «Noche cubana», Nuestra canción», «Tú mi delirio» —que junto a «Contigo en la distancia» cuentan con más de un centenar de versiones—, «Canto a Rita Montaner», «Canción de un festival», y «Amar es eso», por citar algunas.

Varios de sus temas han sido interpretados por grandes figuras de todos los tiempos. Mencionemos a Nat King Cole, Pedro Vargas, Lucho Gatica, Fernando Fernández, Luis Miguel, Luis Mariano, Plácido Domingo, Christina Aguilera, Caetano Veloso, María Bethania, y la Orquesta Sinfónica de Londres entre muchos otros.

A sus 89 años, César Portillo de la Luz nos parece como aquel bardo nuevo que enriquece el pentagrama antillano y universal porque ha paseado sus creaciones por locaciones de Europa y América, sin excluir el ejercicio didáctico mediante conferencias que destacan esa autenticidad inigualable de nuestra música.

¡Felicidades maestro!

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, , y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Anabell López (Cuba)

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Por Ricardo R. González

A Anabell López Domínguez la conocí cuando la novísima Trova cubana trajo su voz fresca junto a la de Santiago Feliú, Donato Poveda, Xiomara Laugart, Alberto Tosca, y el grupo Arte Vivo.

Por entonces nos regalaba sus «Jóvenes de hoy», se distinguía en aquella «Canción a un viejo trovador», o mostraba la inigualable «Como una campana» que formaron parte de su primera producción discográfica bajo el sello principal de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM).

Desde aquel momento algo me decía que era una voz a seguir en una hermosa mujer bendecida por el arte. Y el tiempo me dio la razón cuando obtuvo su premio en uno de los concursos Adolfo Guzmán con «Este canto de amor», del binomio Leyva- Galbán, o al formar parte de Gala, un espectáculo que, por la década de los 80, recorría la ínsula en su caluroso verano e invitaba a lo más representativo de las voces cubanas y de las existentes en los países socialistas de Europa.

En aquella oportunidad Mirtha Medina y ella constituyeron lo más esperado por los cubanos que acudían a sus presentaciones.

Después la historia prosiguió. Anabell fue creciendo como intérprete hasta ocupar la escena internacional en las lides artísticas de Bratislava y Polonia, o en locaciones de Suecia, Dinamarca, Finlandia, Estados Unidos, Puerto Rico, México, Venezuela y Argentina para demostrar que lo mismo es «El colibrí» que «Longina», que puede pasear su tesoro vocal como excelente «Damisela encantadora» u obsequiarnos el lirismo de «La vida», que llega a hacer suya la versión de «Me gusta ser como soy» como ponerle su timbre distintivo a las piezas rubricadas por el excelente compositor cubano Germán Nogueira para convertirlas en una especie de aliento que recorre el alma.

Entre su discografía aparece el álbum «En el jardín de la noche», una selección de temas compuestos por Silvio Rodríguez y Pablo Milanés con vocalizaciones que llevan ese sello exclusivo de identidad, y también «Seguiré esperándote —para el mercado ibérico— que nos acerca a las corrientes más variadas del pop.

Pero al valor su repertorio no sorprende escucharla en temas de Amaury Pérez Vidal, del cienfueguero Lázaro García o de Noel Nicola, sin descartar los dúos ocasionales con Silvio, en el recordado «La gota de rocío» o apoyada en las baladas actuales como la realizada junto a Leoni Torres en «Ven conmigo».

Este 23 de octubre Anabell anda de cumpleaños. Que llegue a ella la felicitación de su pueblo con el deseo de que nos siga «endulzando los oídos»

gracias a ese manantial que brota desde el misterio agradecido de su voz.

Y si la vida me permitiera pedir un deseo… preferiría que algún día complaciera a todos con «Ángel para un final».

En definitiva, un ángel peculiar, y sin final, interpretado por otro de torrente inmaculado.


Las Hermanas Lago (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

El destacado periodista y realizador radial Roberto Bruce Trujillo sentó el precedente para la reseña al recordar, por estos días, el cumpleaños de Lucía Lago, una de las integrantes del inolvidable trío de las Hermanas Lago.

Otro de los íconos que tallaron una huella dentro de la cultura cubana al regalar una perfecta armonía que fuera catalogada, en su momento, como una de las mejores de Cuba, y la agrupación femenina más sobresaliente dentro de dicho formato en toda América.

Cantantes y guitarristas que se dieron a conocer en aquella función de aficionados realizada en el Teatro Nacional de La Habana cuando 1932 corría sus días, y justo fue premiar tanta entrega —aunque incipiente— con el primer premio de la jornada.

El camino quedaba abierto y comenzaba a transitarse. Poco a poco aparecieron en diferentes carteleras de los centros capitalinos, sin descartar las principales cadenas radiales, apoyadas en un repertorio que paseaba entre pregones, boleros y canciones tradicionales.

Integrado en su primera etapa por Cristina, Esperanza y Graciela, el trío logró, en 1940, un escaño cimero de popularidad. Por entonces, Isolina Carrillo asesoraba a una agrupación que introdujo novedades en cuanto al empaste vocal y su acompañamiento.

Así lograron ser las primeras, entre los colectivos femeninos de pequeño formato, que dio vía a la armonía de los tríos en la música cubana, a la vez que resultaron las pioneras en grabar canciones infantiles y anuncios comerciales.

En 1947 irrumpió Lucía Lago para ampliar la nómina a un cuarteto hasta que  1954 trajo la lamentable pérdida de Esperanza.

Sus presentaciones se extendieron a los Estados Unidos y a diversas latitudes latinoamericanas, mientras que sus rostros llegaron a la televisión, en 1951, con excelentes temas representativos de la música de nuestra área geográfica y del propio archipiélago.

Revisando el catálogo discográfico, la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM) recogió algunas de sus interpretaciones que, también, las otroras firmas PANART, Kubaney, y la ibérica VALERO-AYZA dejaron en sus matrices.

Sobresale el larga duración de cantos infantiles apoyadas por Leo Marini y el conjunto de Luis Santi.

Otra placa inolvidable fue la realizada junto al cantante Fernando Albuerne y la orquesta del maestro González Mántici.

Si de particularidades se trata mencionemos las interpretaciones de «Longina», «La bella cubana», «Recuerdos de Ipacarai», «Canción de navidad», y «Sombras», entre otras.

Iniciada la década de los 80, el trío recesó su actividad, aunque Lucía prosiguió sus presentaciones como solista en determinadas actividades como remembranzas de un aval de quilates que valió la Distinción por la Cultura Cubana, y la Medalla Décimo Aniversario de la Nueva Trova a una agrupación de valladares ganados en el amplio pentagrama del ajiaco musical de la mayor de Las Antillas.          

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.


Abelardo Barroso (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

El barrio habanero de Cayo Hueso ha tenido la dicha de ver crecer a grandes de la música cubana. Un sitio obligado para grandes trovadores del siglo pasado, y en estos periplos cuentan que al propio Manuel Corona se le vio acompañando, en múltiples oportunidades, a un negrito interesado en conocer todos los secretos de la música cuando apenas llegaba a los cinco años de edad.

Aquel negrito fue creciendo y se convirtió en un virtuoso del pentagrama ´del archipiélago, a tal punto que la crítica lo calificó como «El Caruso cubano» a tenor de sus aptitudes y singular estilo a la hora de abordar los principales géneros bailables de siglos pasados.

Nada más y nada menos que Abelardo Barroso. Cantante y compositor para quien septiembre le trajo su nacimiento (21-9- 1905) y también el deceso, un día 27, pero de 1972.

Antes de emprender el camino de la música fue patinador, pelotero y boxeador, pero quiso la buena suerte que un día en que se desempeñaba como taxista de varios de los integrantes del Sexteto Habanero se le abrieran las puertas a fin de entrar en el arte.

Tenía 19 años, y los ilustres pasajeros quedaron fascinados al escucharlo cantar y le propusieron que formara parte de la nómina de la agrupación. Así, el 17de julio de 1925 debuta como artista para conocer muy rápido el sabor de la fama.
Según algunos reportes luego de esta primera etapa pasó a integrar el Sexteto Boloña y más tarde el Nacional. Uno de los momentos estelares en su carrera porque viaja a España y actúan en la Feria Ibero-Americana de Sevilla.

Fue tanto el éxito que recibieron el Diploma de Honor y Medalla de Oro, mientras que Barroso recibe la propuesta de ingresar a la compañía de variedades Salmerón, la cual acepta, manteniéndose durante un buen tiempo el territorio español.

Su curriculum lo incluye, también, como integrante del Sexteto Cuba de Fernando Collazo, el Septeto Alabama, la Orquesta de Ernesto Muñoz, la Melodías del Siglo de Pablo Miranda, hasta llegar a formar junto a Orestes López la charanga López-Barroso, con la cual hizo gala de su versatilidad al abordar el son, el danzón y el danzonete, como un género que irrumpía entre los bailadores en la década de los años 30.

Otro golpe de suerte acompañó a Abelardo Barroso al vincularse a la Orquesta Sensación, pues Benny Moré, que no dejaba de manifestar su abierta devoción por el intérprete, le propuso que realizara una grabación con los referidos músicos.

A pesar de la competencia la «Sensación» logra situarse en la élite de las charangas de su tiempo, y obtiene el Disco de Oro, en 1957, por las ventas logradas en gran parte por el arraigo que conquistó quien más tarde sería la voz principal del conjunto.

Entre las múltiples grabaciones que ofrecieron la justa dimensión de Abelardo Barroso figuran El huerfanito, La Macorina, La cleptómana, El guajiro de Cunagua, y sin duda alguna su inigualable Panquelero.
Hace 39 años nos dijo adiós. Quedan sus grabaciones para considerarlo otra de las glorias que perviven con el distingo del buen arte.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Roberto Faz (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Regla, el pintoresco y ultramarino poblado habanero, lo vio nacer el 18 de septiembre de 1914, pero jamás se imaginó que Roberto Faz Monzón alcanzaría la gloria dentro del pentagrama musical e la ínsula.

Ya a los 13 años cantaba en el septeto infantil Bellamar fundado, precisamente, por su padre en su lugar natal, para luego pasar por la nómina del Champion sport, dirigido entonces por Félix Chapottín.

Faz incursionó por varios conjuntos y orquestas hasta que en 1941ingresó en la agrupación del Hotel Nacional, cuya plaza era codiciada por todos los cantantes  habaneros, pues representaba  un sueldo fijo y mejor economía para la subsistencia.

Sin embargo, durante un  corto período de tiempo figuró en el conjunto Kubabana, considerado como una escuela de cantantes de son bajo la batuta de Alberto Ruiz, quién era considerado un experto en ese estilo.

Ello abrió las puertas para que en 1943 llegara al Conjunto Casino —aunque algunos señalan la fecha un año después— y comenzara a sumar un éxito tras otro.

Fueron solo 13 años, pero marcaron un estilo imperecedero para la música cubana.

Según consta la entrada de Roberto Faz al grupo «simbolizaba  ese complemento que Roberto Espí esperaba ansiosamente, ya que este reglano traía una vasta experiencia de mucho valor sobre la música popular nuestra», al decir de algunos.

Así, se abrió paso hasta consagrarse como los mejores en aquel momento, mientras la voz de Roberto Faz quedaba registrada en infinidad de discos que hicieron historia. Junto a sus compañeros Espí y Agustín Ribot actuiaron en las principales plazas cubanas y comenzaron a recorrer una parte del mundo. 

La primera interpretación del filin creada por los jóvenes en el Callejón de Hammel, ubicado  en el barrio habanero de Cayo Hueso, para conjunto de música popular la cantó Roberto Faz con arreglo del Niño Rivera y titulada “Quiéreme y verás” original de José Antonio Méndez.

Después interpretó otros boleros de igual género rítmico  como consecuencia del éxito del primero.

Rondaba cuando el joven reglano se decide a formar su propia agrupación. Tenía 42 años y convida a los vocalistas Roeángel Rodríguez (Rolito) y Orlando Reyes a seguirlo en esta aventura, pues consideraba que ellos tenían la versatilidad de realizar cualquiera de las voces requeridas para grupos de son.

Para muchos fue una especie de locura. No es menos cierto que resultaba algo riesgoso abandonar una agrupación consolidada para crear otra con un futuro aparente incierto.

Pero Roberto Faz pasó la prueba con un éxito colosal. Grabó y actuó en los mejores centros artísticos del país y viajó a su antojo por Centro y Suramérica.

Ya en la década de los 60 se encontraba inmerso en el ritmo creado por Dámaso Pérez Prado con el nombre de dengue, creando las condiciones para interpretar correctamente las ideas del genial matancero.

Lograron su momento de esplendor en 1966 cuando aparecieron las obras «Dengue de la caña», de Montero y Castillo, «El dengue tiene su tiqui tiqui», compuesta por Andes Castillo, y «Dengue en Fa», del propio Roberto Faz.

Sin dudas, la cumbre había llegado, pero a su vez fue tronchada aquel 26 de abril de 1966 con la fatídica noticia del deceso de quien fue considerado entre los mejores soneros de Cuba por poseer una magnífica voz, un alto concepto del ritmo y una dinámica imprescindible para cantar el género.

Faz no solo fue un sonero. Interpretó boleros, guarachas, y cuanta modalidad consideró que podía pasearla en sus registros.

Entre los temas más recordados aparecen «Comprensión», « Amor de fango», «Pecado», «Deuda», «Miguelito y la tijera», «Píntate los labios María», y «Tócale la campana», por citar algunos.

Sin dudas, otro de los grandes que enriquece el tesoro inigualable de la música cubana.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Ignacio Villa (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Nadie lo pudo predecir. Ni siquiera los más allegados a aquel hogar de Guanabacoa que acogió a un negrito nacido el 11 de septiembre de 1911 y quien resultara, a la postre, un ícono de la cultura cubana.

Tampoco aquellos que concurrían al cine silente de aquel pueblo donde inició sus primeras presentaciones en el entonces incipiente camino del arte.

Uno de los 12 hijos del matrimonio integrado por Inés Fernández, ama de casa, y Domingo Villa, cocinero de una fonda, ante una familia que pasó por situaciones económicas complejas, pero sin renunciar al ambiente festivo criollo de la villa como detalle que  marcó la personalidad creadora y la alegría del artista.

Poco a poco, Ignacio Jacinto Villa Fernández fue ganando su espacio, y en 1923 comenzó a estudiar solfeo y teoría musical. Su aspiración era convertirse en Doctor en Pedagogía y en Filosofía y Letras, pero al matricular, en 1927, en la Academia Normal para Maestros, la crisis provocada por el gobierno de Gerardo Machado cambió el rumbo y, afortunadamente, le hizo dedicarse a la música.

Ya en.1933 llegó a escenarios mexicanos como pianista acompañante de esa gloria universal llamada Rita Montaner. A ella le correspondió el epíteto de Bola de Nieve en juego irónico con el color de su piel y la pequeña estatura que portaba, aunque otras hipótesis se lo achacan a un periodista de la época.

Considerado como un notable pianista no escapa de un singular estilo de interpretación, muy cercano a las corrientes francesas de los tiempos.

Entre sus piezas inolvidables por esa manera peculiar aparecen «Ay amor», «La flor de la canela», «Drume negrita», «Babalú», «Alma mía», y el clásico de Eliseo Grenet «Ay mamá Inés», del que Bola hizo una versión inigualable.

De su autoría son: «Si me pudieras querer», «No quiero que me olvides», y «Tú me has de querer», por citar algunas.

Dos menciones particulares merecen «No puedo ser feliz», de Adolfo Guzmán, y la versión que realizara de «La vie en rose» (La vida en rosa), de Edith Piaff.

Sin embargo, la radio lo sorprende en 1950 cuando se inició en la cadena de radio CMQ "El gran show de Bola de Nieve", en el que cantaba acompañado por una orquesta e invitaba a artistas nacionales e internacionales de renombre.

Viajó ininterrumpidamente por casi todo el mundo, y tuvo la dicha de interpretar las canciones en español, inglés, francés, italiano y portugués, aunque cantaba principalmente en su lengua materna. Y al preguntársele su nacionalidad siempre se definió como latinoamericano.

Compartió escenario con grandes figuras como la española Conchita Piquer; Teddy Wilson, Art Dayton y Lena Horne en Filadelfia; Ary Barroso y Dorival Caymmi en Brasil; la cubana Esther Borja; y la argentina Libertad Lamarque.

En 1965 el restaurante Monseñor, ubicado en el centro de la capital cubana, fue reparado y convertido en el Chez Bola. Este sitio resultó la locación habitual para sus actuaciones, a la vez que le permitía estar más cerca del público.

Entre las curiosidades que rodean su vida aparece su ejercicio como profesor de Matemática, y otra significativa ocurrió en los Estados Unidos, luego de presentarse en el Carnegie Hall, de Nueva York. Eran tantos los aplausos que lo hicieron salir nueve veces al escenario como agradecimiento a los asistentes.

Bola de Nieve padecía de diabetes y asma, y en enero de 1969 se le descubrió una cardiopatía arteroesclerótica, sin contar un infarto que sufrió en 1970.

Su postura ante el arte fue radical, por ello, declaraba: "los trastornos que me está ocasionando la diabetes no me incapacitan para continuar martirizando al piano y a mi público".

La última actuación fue el 20 de agosto de 1971 en el teatro Amadeo Roldán, durante un homenaje a Rita Montaner. Apareció en la televisión por última vez en el programa musical "Álbum de Cuba", un día después de haber cumplido 60 años.

Chabuca Granda junto a amigos y admiradores le preparaban un homenaje en Perú y, antes de partir, concedió una entrevista en Radio Habana Cuba que, también, sería la última.

En una escala en Ciudad México, a fin de continuar travesía hacia Suramérica y cumplimentar esta invitación le sorprende la muerte el 2 de octubre de 1971, pero fue traslado a su Patria y sepultado en su pueblo natal.

Cuba tuvo el privilegio de tener a Bola de Nieve. Hoy conmemora el centenario del cubano que aun sigue resonando en nuestros oídos con su entrega inmaculada y de quilates.

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Cuarteto Las D Aida (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Amaury Pérez García dirigió el programa televisivo Carrusel de las Sorpresas que, aquel 16 de agosto de 1952, trajo el debut del cuarteto Las D Aida, integrado por Elena Burke, Moraima Secada, Omara y Haydée Portuondo, bajo la guía de Aida Diestro.

El hecho ocurrió a solo un mes de su creación, y para ese momento escogieron los temas «Cosas del alma», de Pepe Delgado, y «Mamey colorao», cuya autoría corresponde a Pedro Junco.

Poco a poco la vida demostró que se estaba en presencia de una de las agrupaciones vocales de verdadera trascendencia en el panorama de la música popular cubana, a base de un tratamiento armónico singular en correspondencia con las corrientes musicales de la época.

Uno de los méritos de su directora fue el trabajo con las voces, la selección del repertorio, la forma en que debían expresarse los textos, y la coherencia en el movimiento escénico.

Durante largo tiempo el piano resultó el principal instrumento acompañante, pero a partir de 1970 extendieron los matices y ampliaron el acompañamiento que impregnó otra sonoridad y respaldo rítmico.

Las giras internacionales no faltaron, como tampoco las presentaciones en los principales espacios de la radio, la televisión y los centros nocturnos.

Incluso compartieron escena con íconos como Pedro Vargas, Edith Piaf, Nat King Cole, Bola de Nieve, Rita Montaner, y Benny Moré, por mencionar algunos.

La fama del cuarteto iba en ascenso. Lo suficiente para que los productores del respetable sello discográfico RCA VÍCTOR pusieran su mirada en las muchachas y le grabaron un disco de larga duración.

En un pequeño acetato apareció un número interpretado junto al chileno Lucho Gatica,

La historia de Las D Aida fue recogida también en un documental realizado por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Sus integrantes fundadoras se convirtieron después en solistas, por lo que hubo necesidad de añadir nuevas voces como la de Teresa García Caturla (Teté), quien asumió la directiva, en 1973, tras el deceso de Aida.

Ya en 1998 el cuarteto se desintegra para quedar siempre dentro del patrimonio de la música cubana.

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José Antonio Méndez (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Fue el 21 de junio de 1927 cuando La Habana le daba la bienvenida a quien, a la postre, lo identificarían como El ronco de oro o El rey del feeling. No hacen falta más datos para saber que se trata de José Antonio Méndez García, compositor, guitarrista y cantante, quien resulta un ícono para el pentagrama cubano.

Sus dotes autorales toman fuerza allá por 1940 acompañadas de su guitarra. Se presentó en la Corte Suprema del Arte y ganó el primer premio con el corrido Cocula, aunque ya siendo estudiante de bachillerato estrenó su primera pieza en una de las celebraciones del Instituto de La Habana.

La emisora radial Mil diez le abrió las puertas para acoger sus actuaciones donde organizó el grupo musical Loquibambia, integrado, además, por Frank Emilio, Omara Portuondo, Bobby Williams, Jorge Mazón y Alberto Menéndez.

Conoció a Sindo Garay, Manuel Corona y Rosendo Ruiz Suárez, y entre 1946 y 1947 escribió La gloria eres tú, popularizada por Toña La Negra, mientras

Pedro Infante la interpretó en el filme mexicano Dos tipos de cuidado.

Sin embargo, es México el sitio en que le abraza el éxito cuando, en 1949, se presentó en centros nocturnos y en los principales espacios de las emisoras radiales a fin de concederle el pasaporte a la grabación de cinco discos con sus más representativos números.

En tierras aztecas permaneció hasta 1959 en que regresa a su patria para seguir la línea del movimiento denominado feeling, —creado en la década de los años 40 del siglo XX y del cual es fundador—, como expresión que impulsa y remueve los sentimientos afectivos de la vida, y del que formaron parte, también, César Portillo de la Luz, Ángel Díaz, Ñico Rojas, Luis Yáñez, Niño Rivera, Rosendo Ruiz Quevedo, Elena Burke, y la propia Omara..

Memorable aquel long playing que hiciera con Frank Emilio en los estudios de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM), allá por 1965, en el que aparecen sus temas antológicos La gloria eres tú, Ayer te vi llorar, si me comprendieras, Soy tan feliz, Me faltabas tú, y Este sentimiento que se llama amor, entre otros.

En 1983 viajó otra vez a México, donde participó como jurado e intérprete en el IV Festival de la Canción Peninsular, celebrado en Mérida, Yucatán, junto a César Portillo de la Luz, Sabre Marroquín, Vicente Garrido, Ruiz Armengol y Luis Caballero. A ese país regresó en 1985, para actuar junto a Son 14, dirigido por Adalberto Álvarez

También incursionó en la guaracha: Cemento, ladrillo y arena, y Qué jelengue. Resultan excelentes exponentes. Como intérprete, era de un timbre claro y sobre todo afinado aunque cuando hablaba era ronca su voz, y su manera de cantar influyó en Pablo Milanés.

Al ejecutar la guitarra, igual que Portillo de la Luz, la pulsaba con el dedo pulgar de la mano derecha, y poseía un rico y bello sonido, con un concepto orquestal en el acompañamiento.

En 1967 fue elegido presidente de la Sociedad Cubana de Autores Musicales (SCAM).

José Antonio Méndez es de los grandes en que el mismo mes le trajo la luz de la existencia y a la vez la partida. Falleció el 10 de junio de 1989, aunque dejó su obra perdurable con ese signo inolvidable del ronco de oro.

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Faustino Oramas «El Guayabero» (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Hubiera querido seguir entonándonos su clásica «Marieta», andar por todo el archipiélago salpicándonos con su inconfundible picardía, pero la vida lo impidió, y hoy, 4 de junio, Faustino Oramas Osorio, nuestro Guayabero, estuviera celebrando su centenario de existencia.

Tresero y compositor por excelencia, inició su vida artística en emisoras de la radio holguinera, su tierra natal, y como casi todos los grandes en fiestas populares de su querido terruño.

Un trovador con mucho de juglar que llevó de pueblo en pueblo esas crónicas nacidas de la espontaneidad del cubano, con abordaje de las cosas cotidianas, matizadas por un doble sentido sin rayar en la obscenidad.

Con su tres bajo el brazo anduvo por aquí y por allá, haciendo que todo el pueblo de Cuba, y gran parte del mundo conociera «Marieta», las razones de su «Tumbaíto», o el por qué de «Ay, candela».

Y no menos importante su «Mañana me voy a Sibanicú», lo que pudiéramos llamar su carta de presentación: «En Guayabero», y «Como vengo este año», por solo citar algunas.

Estados Unidos, Colombia, o España, donde causó furor, supieron de lo inigualable de este cubano que, al decir de Pacho Alonso, le impregnó tal particularidad a su ritmo que: «todo tresero debe conocer sus tumbaos.»

Holguín lo vio nacer y también lo despidió aquel 27 de marzo de 2007, pero Faustino está, y «Marieta» sigue reafirmando su inmortalidad en el pentagrama porque es y será siempre uno de los grandes.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Ignacio Piñeiro (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Cuba posee en su música el eterno tesoro del son, y ello se lo debe, en gran parte, a Ignacio Piñeiro, aquel muchachito nacido en el barrio Jesús María que desde muy corta edad demostraba dotes artísticas al incursionar en coros infantiles.

La vida del compositor estuvo llena de oficios, pues cuentan que desde muy temprano tuvo la forja de fundidor, albañil, tonelero, portuario y tabaquero. Sin embargo, ya en 1906 integró la agrupación de clave y guaguancó Timbre de Oro, con una participación destacada como improvisador decimista.

Un preámbulo para dirigir después el grupo Los Roncos para el que crea partituras corales como Mañana te espero, niña, Dónde estabas anoche, y Cuando tu desengaño veas,.

Después de su paso por el grupo Renacimiento trabajó como contrabajista en el Septeto Occidente, de María Teresa Vera, con el que viajó a Nueva York, pero a su regreso, en 1927, fundó su Septeto Nacional que le abrió las puertas al mundo.

Por aquella época era un sexteto, y en 1932 se produjo un hecho clave al visitar La Habana el compositor norteamericano George Gershwin y asistir a la emisora radial CMC en la que actuaba el septeto de Piñeiro.

Una amistad surge entre ellos, y el huésped realiza anotaciones de las obras creadas por el nativo. Precisamente de la Obertura cubana, Gershwin utiliza temas del son pregón Échale salsita.

El repertorio del criollo transita desde el son montuno, la rumba y el guaguancó hasta la canción, el danzón, el son campesino, la plegaria, la guaracha y el tango congo, entre otras manifestaciones.

De este prolífero acervo, nutrido por unas 327 piezas, figuran entre las más populares Esas no son cubanas, popularizada de manera magistral por nuestro Barbarito Diez, además de otras como Cuatro palomas, Suavecito, La cachimba de San Juan, Buey Viejo, y por supuesto su Échale salsita compuesto en 1933.

Hoy 21 de mayo en que se cumple aniversario de su nacimiento. La música cubana se engalana con haberlo tenido entre sus glorias eternas. Lamentablemente nos dijo adiós el 12 de marzo de 1969, mas queda el legado, ese insustituible que perdura para hacerlo inmenso.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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María Elena Pena (Cuba)

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A cargo de Ricardo R. González (*)

Se le recuerda por sus presentaciones en aquel popular espacio televisivo Buenas Tardes, allá por la década de los 70, cuando María Elena Pena Quesada incursionaba con el grupo de Franco Laganá.

Hoy resulta una de las principales voces del bolero en Cuba dentro de una vida profesional apoyada por sus estudios de solfeo, teoría y apreciación musical bajo la guía de los profesores Aida Teseiro y Severino Ramos, sin excluir aquellas clases de canto y animación recibidas en la Escuela Nacional de Arte por el prestigioso actor mexicano Alfonso Arau. Una de las cátedras en el mundo del arte.

Radio Progreso le abrió sus puertas a María Elena como aficionada hasta que, en 1963, debuta como profesional en diferentes espacios y centros nocturnos de la capital cubana.

Ya 1967 la trajo como vocalista del combo de Laganá hasta que seis años más tarde emprende su carrera en solitario para asumir diferentes géneros musicales que la hacen ganar público y admiradores.

Su aval acoge premios en festivales nacionales acompañados de giras por países europeos y suramericanos, con plaza destacada en Colombia donde participó, en 1992, en el primer Festival de Boleros de América, celebrado en dicho país.

Luego vendría el segundo evento internacional Boleros del Mar, en Venezuela, y su paso por el Concurso Nacional de Música Popular Juan Arrondo, que en su edición de 1998 le propició el Premio de Interpretación, sin restar su valiosa presencia en los certámenes Boleros de Oro, con sede en La Habana.

Este 4 de mayo María Elena Pena anda de cumpleaños. Aguarda la salida de su esperado CD, y celebra su aniversario con importantes distinciones de la cultura nacional y valiosos reconocimientos, entre estos últimos ser merecedora de la Réplica del Machete de Máximo Gómez recibido hace pocos días.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.


Lourdes Torres (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Aplaudida por muchos, censurada por otros, lo cierto es que Lourdes Margarita Torres Ortiz tiene el privilegio de haber sido descubierta por el gran Ernesto Lecuona cuando, en 1955, fue escuchada de manera casual por un empresario.

Roberto Rodríguez se la presentó al afamado compositor. Entonces, el sobrenombre de «Comino» identificó a Lourdes cuya baja estatura no le impidió demostrarle al maestro la grandeza de su voz.

Lecuona quedó fascinado, y al terminar de acompañarla al piano en una pieza de su autoría le prometió a la cantante que la estrenaría en su próximo concierto.

Ya ella había iniciado su carrera en 1952 como cantante lírica. Tenía solamente 12 años, y ocupaba su lugar en el coro de la profesora María Adams para compartir los escenarios en el Teatro Principal de la Comedia (conservatorio Amadeo Roldán), y alternar con sus presentaciones en el canal 4 de la Televisión Nacional, a través del espacio Nuestra Cuba.

Mientras tanto, la artista aprovechaba su tiempo. Estudió solfeo, teoría, piano  ballet, y canto, hasta que en 1956 transita por los caminos de la música popular, y encuentra en Candito Ruiz su mejor repertorista.

Eran momentos en que integraba la nómina del cuarteto Anaya, con el que ejecutaba el vibráfono, sin olvidar su paso por el conjunto de Luís Santí, y el Coro de Paquito Rodino, en el cabaret Tropicana, entre otros.

Figuras ya consagradas como Nat King Cole, Pedro Vargas, Julia de Palma y Celia Cruz compartieron escena con Lourdes Torres por aquellos años, mientras el Ali Bar reservaba momentos estelares, a fines de los 50, cuando se inserta al espectáculo protagonizado por el Bárbaro del Ritmo Benny Moré, secundado también por Fernando Álvarez y Orlando Vallejo.

Un instante significativo en su carrera lo aporta la entrada al cuarteto Los Modernistas, en 1961. Se convertía en la voz prima y única integrante femenina de la agrupación a la que le entregó su talento, virtudes, y la consolidó como artista hasta el momento de la desintegración, el 8 de enero de 1993.

Un duro golpe para la intérprete que todavía lo recuerda, pues nunca comprendió aquel rompimiento ajeno por completo a intereses personales.

Reinicia su trayectoria como solista, aunque mucho antes disfruta del éxito logrado en uno de los festivales del Creador Musical. Su número «Fue así que te olvidé» arrancó las ovaciones del público para consolidarla como una compositora de relieve en el pentagrama nacional y foráneo.

La escena de Portugal, México y Colombia, entre otras locaciones, conocen de la pasión y el temperamento que tiene una mujer con más de 200 títulos de su autoría, respaldados, en muchos casos, por premios en importantes eventos realizados en el país y en el extranjero.

Sus canciones son vocalizadas por numerosos artistas cubanos y de otras latitudes. Y entre sus últimos hits aparecen los que logra Mirtha Medina con varias de sus composiciones. Entre ellas: «No voy a negarlo», y «A mi entender», .que denotan el excelente vínculo entre autora e intérprete a la hora de expresar las vivencias.

Este 29 de abril Lourdes Torres anda de cumpleaños No importan cuántos, aunque ella no los niega, pero su público bien sabe que cuenta con su fuerza a la hora de tributarle al amor, la amistad, o a cualquier arista de la vida «ese nuevo sentimiento que sorprende».

¡Felicidades Lourdes!

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Pedro Junco (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Rita Montaner, Esther Borja, y la Orquesta Aragón fueron los primeros intérpretes cubanos que incorporaron obras del compositor y pianista pinareño Pedro Buenaventura Jesús Junco Redondas a sus respectivos repertorios. Y no estaban equivocados porque dejó su nombre inscrito en mayúsculas.

Nacido en Vuelta Abajo, el 22 de febrero de 1920 tuvo una corta vida que le impidió desarrollar con mayor plenitud su propio talento. Solo 36 composiciones para el patrimonio insular, entre las que figuran «Soy como soy», «Ya te lo dije», y la que inscribió su nombre para Cuba y el mundo porque ¿quién no conoce la celebridad de «Nosotros» que ha acumulado innumerables versiones por los más afamados vocalistas de todos los tiempos?

Sus estudios musicales iniciaron en 1927 con las hermanas Pintado. Estos fueron ampliados con Delia García de Figarol, y concluyeron en el conservatorio Orbón donde se gradúo de teoría y solfeo, en 1933, cuando solo contaba con 13 años.

Siendo estudiante del Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río compone el poema "Basta de amor", dedicado a una compañera de estudio, y un tiempo después obtuvo el título de profesor de piano. Tiempo en que compone su primera pieza titulada «Quisiera». Días después nace la canción «Tus Ojos».

Sin embargo, es en la fiesta de graduación como bachiller donde debuta como compositor y da a conocer, de manera pública, sus canciones «Quisiera», «Tus ojos», «Soy como soy» y «Yo te lo dije», en la voz de Tony Chirolde.

Poco a poco escala, y el diario La Marina publica el poema "Versos míos para ti" dedicados a los 15 años de una joven sanjuanera, inspiradora también de sus canciones «Soy como soy», «Tu mirar», «Te espero», «Estoy triste», «Cuando hablo contigo» y «Yo te lo dije», el nombre de esta mujer: María Victoria Mora.

Todo marchaba con éxito, pero un sangramiento aparecido desde años antes luego de una tos reaparece con toda la fuerza y es ingresado con urgencia.

En la noche del 25 de abril, aproximadamente las 10:00 p.m. escucha su canción "Soy como soy" en la voz de René Cabel, y muere.

Dos años después (abril de 1945) el cantante mexicano Pedro Vargas, en gira por Latinoamérica, entrega a los padres de Pedrito un diploma otorgado por la Asociación de Artistas de México a la canción «Nosotros» por haberse mantenido en primer lugar en el Hit Parade mexicano por dos años consecutivos.

Además de sus 36 canciones, la obra de Junco comprendió un poemario de 21 composiciones, lo que demuestra su versatilidad para abordar el arte cubano.

 (*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Frank Emilio (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Cuando se escriba la historia de los grandes pianistas de la mayor ínsula caribeña aparecerá en mayúsculas el nombre de Francisco Emilio Flyn Rodríguez, nacido en La Habana el 13 de abril de 1921.

La pérdida de la visión a los 13 años le valió para vencer los obstáculos  impuestos por la vida. Aun así, cursó su bachillerato sin apartarlo de aquella vocación, casi enfermiza, de deslizar las manos por el teclado que le acompañó desde edad muy temprana, guiado solamente por su oído pues desconocía las notas musicales.

Sus inicios fueron en una orquesta típica cubana, y poco a poco aprendió música mediante el sistema Braille, gracias al apoyo ofrecido por el doctor Julio Azanza.

No faltó su paso por los hoteles, clubs y cabarets más importante de La Habana hasta que comenzó a participar en la programación de la radio y la televisión, y durante años dirigió el Quinteto Cubano de Música Moderna (posteriormente denominado Los Amigos) integrado además por grandes talentos como Guillermo Barreto, en la batería, Papito Hernández (contrabajo), Tata Güines, en la tumbadora, y Gustavo Tamayo, en el güiro.

Trabajó con el cuarteto del saxofonista Eddie Shu, con el trío de la cantante Sarah Vaughan y con el baterista Phillie Joe. Sobre los pianista que le han interesado e incluso influido en él, expresó el propio Frank «...El principal, Art Tatum. Es para mí como una meta inalcanzable. Lo considero el más grande. También George Shearing, con su modo de interpretar elegante, meticuloso, contenido en la improvisación, y con un gran aprovechamiento de los recursos armónicos. Otros son Oscar Peterson, de una agilidad y un gusto tremendo, y Lennie Tristano, uno de los impulsores del be bop. Claro, en otros géneros recibí influencias de pianistas como Antonio María Romeu, a quien imité en mis comienzos (…)...»

Por suerte, la discografía cubana lo recogió en varias grabaciones, entre las que sobresale un acetato dedicado a las danzas, otro en tributo a la pianística de Lecuona, Cervantes y Saumell, sin descartar los dedicados al jazz y las descargas a base de piano.

Realizó conciertos por todo el archipiélago como partidario de que el arte no era privilegio absoluto de las urbes capitalinas.

Con el saxofonista Armando Romeu preparó un libro en el sistema Braille, con objeto de que otros músicos ciegos pudieran estudiar e interpretar música.

Frank Emilio falleció en la noche del 23 de agosto de 2001 en La Habana. Perdía la cultura cubana otro de los grandes e indispensables conocedores de los ritmos autóctonos de su país.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Celeste Mendoza (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Al parecer su cuna santiaguera le propició todo el candor necesario para que la coronaran con el epíteto de la bien llamada Reina del Guaguancó.

Y así, Celeste Mendoza Beltrán (6 de abril de 1930) recorrió el pentagrama de la música cubana con un estilo peculiar que tuvo su génesis en un programa radial de aficionados, patrocinado por la entonces emisora CMQ, con solo 13 años.

Pero la artista no se circunscribió solo al canto. Recibió lecciones de baile, e integró pareja con Jorge Beltrán, y constituyó uno de sus primeros trabajos hasta llegar a integrar el cuerpo de bailarinas del reconocido Tropicana bajo la guía del experimentado Rodney Neyra.

Ya en 1951 formó parte de un cuarteto junto a su hermana Isaura que tuvo la acertada conducción de Facundo Rivero, hasta que un año más tarde inició su camino como solista acompañada por la orquesta de Ernesto Duarte, considerada por muchos como la que respaldaba a las principales figuras de la época.

Su nombre comenzaba a ganar la atención, y llega a la TV para iniciar un intenso trabajo compartido con los espacios radiales y los escenarios de cabaret.

Su aval estaba ya condicionado para realizar las primeras grabaciones discográficas, y los ojos de los empresarios comenzaron a detenerse a fin de incluirla en giras artísticas dirigidas a las principales plazas europeas y de América.

Autores de prestigio como Ñico Saquito, Ignacio Piñeiro, Miguel Matamoros y Tania Castellanos se sumaron a un repertorio enriquecido por otros géneros, entre los que figuró la ranchera-mambo, el bolero-guaguancó, y la rumba, sin descartar el propio guaguancó que la hizo grande dentro del espectro musical cubano y foráneo.

Nuestra Celeste Mendoza compartió el escenario con renombradas figuras como Benny Moré, Pedro Infante, Nelson Sevilla, Bola de Nieve, y Edith Piaf, mientras el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) apreció sus valores y le dedicó varios documentales, a la vez que apareció en la película Tin Tan en La Habana, y en un corto musical para la Televisión francesa.

La Feria CUBADISCO, correspondiente a 1998, congratuló a la intérprete por el CD El Reino de la rumba, cuyo respaldo corrió a cargo de Los Papines, pero a través del tiempo quedó registrada en el catálogo de las disqueras más reconocidas como GEMA, SEECO, PUCHITO y la EGREM, por citar algunas.

Seleccionar los números más significativos de su amplio registro resulta difícil, pero pudieran nombrarse «Que me castigue Dios», rubricada por Marcelo Salazar, «Para que sufras» (Osvaldo Farrés), «Soy tan feliz» (José Antonio Méndez), «No he de volver» (Julio Gutiérrez), y «Caprichoso», de Piloto y Vera, entre otros.

Al valorar su arte, Rita Montaner expresó: «Al fin veo una verdadera artista cubana que expresa lo vocal y lo coreográfico con espontaneidad, sin dobleces nuestra música popular y folclórica. ¡Es la Reina del Guaguancó!».

Celeste dejó de existir el 16 de noviembre de 1998 cuando fue encontrada en su apartamento habanero.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Benny Moré (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

No hubo otro como él ni tampoco lo habrá. Lo cierto es que Cuba lloró aquel 19 de febrero de 1963 cuando el bien llamado «Bárbaro del Ritmo» se fue para entrar definitivamente en el Olimpo de los grandes.

Las raíces de la música nacieron con aquella criatura que trascendió como Benny Moré, pues desde niño aprendió a tocar la guitarra hasta hacerla confidente de su obra y, a la vez, de sus secretos por la vida. Por eso, muchos lo recuerdan por su Santa Isabel de las Lajas y poblados cercanos amenizando las fiestas familiares, y algún que otro convite en los que dejaba su melodía.

A La Habana llegó en 1940 a manera de bardo que recorría los principales cafés, calles y parques de la urbe, hasta que cinco años después marchó a México con el conjunto de Miguel Matamoros antes de integrar la nómina de la orquesta de Dámaso Pérez Prado, ya en tierras aztecas.

Con el «Rey del Mambo» dejó grabada una parte de su discografía, a la vez que su imagen fue recogida en el celuloide.

Luego de un período regresó a su país e integró la plantilla de la orquesta comandada por Mariano Mercerón por escaso tiempo, ya que México volvió a recibirlo para continuar su carrera.

Otra vuelta al archipiélago, en 1953, lo vincula a la agrupación de Bebo Valdés como preámbulo que dio paso a la conformación de su propia orquesta como paso final para consolidarlo por las sendas de la fama y convertirlo en ídolo de su pueblo.

El Benny abonó su estilo peculiar. Aquella voz paseó por todos los géneros y registros, mientras le impregnaba a cada espectáculo la magia de lo peculiar.

El bolero, la guaracha o el guaguancó… encontraron en el artista la máxima plenitud secundado por esa «tribu», como denominaba a sus formidables músicos acompañantes, guiados por un talento que, paradójicamente, desconocía hasta el ABC del pentagrama.

Las anécdotas confirman que aprovechaba las altas horas de la noche o entrada ya la madrugada para dar rienda suelta a la inspiración, y componer sus canciones.

Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez nació el 24 de agosto de 1919. A los 42 años el exceso de ron devino cirrosis hepática como detonante que apagó su voz.

Tuvieron los cienfuegueros el privilegio de apreciar su última actuación tres días antes de su deceso, a pesar de que había sufrido una hemorragia previo al encuentro con sus admiradores; sin embargo, entre mitos y leyendas, ciertos o no, y sus habituales tardanzas e impuntualidades, su pueblo lo seguía hasta llegar a idolatrarlo, porque cuando Moré aparecía con su amplio sobrero y aquel bastón legendaria nadie podía ocultar que brotaba esa cubanía que lo hace, aun hoy, grande e imprescindible en todo el mundo.

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Rosita Fornés (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Para Cuba resulta la rosa más hermosa. Para sus seguidores la siempre esperada, quien sorprende en cada una de sus presentaciones, una especie de torrente que inspira, la cubana tan cubana como la mariposa o la palma.

Y es que cada 11 de febrero Rosalía Palet Bonavía le agradece a la vida un nuevo cumpleaños desde que Nueva York la recibió para, con el tiempo, conquistar los caminos del arte y convertirse en la Primera Vedette de América.

Con solo 15 años cautivó en La Corte Suprema del Arte, sin pensar que la puerta quedaría abierta a fin de que el éxito le acompañara a través de los años. Aquella figura naciente incursionaría por el canto, la danza, y la actuación, y su público recibiría esas huellas de cada género por el que dejó una estela.

Recordables sus vivencias en México donde encarnó diversos personajes de la cinematografía, a la vez que su nombre figuraba en las carteleras de los principales teatros de la época.

España también la aclamó, mientras Argentina siempre le tributó bienvenidas, y luego de una estancia prolongada en tierras aztecas Rosita retorna a Cuba en 1959.

Asume, por entonces, temporadas dentro del teatro lírico como expresión en la que tuvo su debut en 1940. Así se convirtió en La Casta Susana, con la asesoría del inolvidable Antonio Palacios, y fue, también, Cecilia Valdés en zarzuela dirigida por el maestro Gonzalo Roig.

El mundo de la opereta la distingue, y por su amplia versatilidad recibió aplausos en Mongolia, Bulgaria, Hungría, Rumanía, Checoslovaquia, Polonia, la antigua Unión Soviética, Puerto Rico y Honduras, por citar algunos de los tantos países en que se presentó como genuina artista cubana.

Baste decir «Mi esposo favorito», «Jueves de Partagás», «De repente en TV», «Cita con Rosita»… para hacerla reina de la televisión. Mas, digamos «Se permuta», «Papeles secundarios», o la fugaz incursión en «Plácido» como confirmaciones de su discreto paso por el cine de la isla.

La radio, el cabaret, los estudios de grabaciones discográficas, y los principales escenarios recibieron sobre sus tablas a la intérprete de «Llorando en la capilla» o de «Sin un reproche», y junto a su compañero en la vida durante 28 años, Armando Bianchi, logró el memorable protagónico de «My Fair Lady» en compañía de un reparto estelar que, guiado por Nelson Dorr, reunió, además, a Mirtha Medina, Luis Castellanos y Rebeca Martínez, entre otros

Por toda su trayectoria, el Gran Teatro de La Habana (GTH) celebró sus cinco décadas de desempeño con una gala especial en 1988, y no le falta entre sus pabellones la Distinción por la Cultura Nacional, el Honor de Mérito, de México, el Premio Nacional de Teatro correspondiente al 2001, y el más alto reconocimiento de la TV Cubana por todo lo que ha sabido ganar a fuerza de consagración.

Rosa Fornés tuvo la dicha de que el célebre compositor azteca Agustín Lara le dedicara su obra «Rosa», y hoy es su pueblo el que agradece esa entrega desmedida al arte para alimentar parte de la vida de aquellas generaciones que la han visto llegar a su cumpleaños 88 entre mitos, realidades y fantasías tejidas por quienes la veneran.

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Rodrigo Prats (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

La región villareña de Sagua la Grande lo vio nacer un 7 de febrero de 1909, sin pensar que Rodrigo Ricardo Prats Llorens le dejara una huella perdurable al teatro lírico cubano; sin embargo, tampoco imaginó que «Una rosa de Francia» .le daría la vuelta al mundo, y se convertiría en una de las obras musicales de mayor celebridad en el pasado siglo XX.

Y fue su padre, Jaime Prats Estrada, quien lo inició en el descubrimiento del pentagrama a partir de su vasta experiencia como director de la orquesta Cuban Jazz Band, pionera de este formato en Cuba, en la cual Rodrigo debutó como ejecutante del violín, con sólo trece años de edad.

A punto de concluir la década de los años 20, se traslada a La Habana e ingresa en la Orquesta Sinfónica de La Habana, fundada por Gonzalo Roig, con quien comparte, a partir de 1931, la dirección musical de la Compañía de Manuel Suárez y Agustín Rodríguez.

Lo necesario para desarrollar una temporada de teatro vernáculo en el escenario del «Martí», extendida por más de cinco años, y que propició el esplendor de nuestro arte lírico. Por aquella época se estrenaron las obras «Soledad», «María Belén Chacón», y la memorable «Amalia Batista», su máxima creación.

Baste decir que este tema fue compuesto especialmente para Rita Montaner, a partir de un libreto de Agustín Rodríguez, en el que se recrea la leyenda de una mulata famosa por su belleza en aquella Habana de finales del siglo XIX y principios del XX.

Su estreno se realizó el 21 de agosto de 1936, pero en lugar de Rita, la protagonista fue la soprano Maruja González, ya que a sólo tres días de la función y con todo el teatro vendido, “La Única” abandonó el conjunto debido a diferencias irreconciliables entre ella y el libretista de la obra y, a la vez, dueño de la compañía.

Cuatro años más tarde, el 9 de agosto de 1940, Rita accedió a interpretar, por única vez, a la mulata Amalia sobre las tablas del Teatro Nacional, en lo que el compositor calificaría como una ocasión irrepetible.

En 1980 el propio Rodrigo Prats dirigió la grabación realizada por la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM), y poco tiempo después de culminar este proceso, le sorprende la muerte el 15 de septiembre del propio año.

El aval de Rodrigo Prats se enriqueció al ejercer como director de la Orquesta Sinfónica del Aire; la Orquesta de Cámara del Círculo de Bellas Artes; subdirector de la Orquesta Filarmónica de La Habana; así como director musical de la emisora RHC Cadena Azul, y del Canal 4 de la Televisión.

Correspondió al legendario Barbarito Diez inmortalizar «Una rosa de Francia» en tiempo de danzón, pero también el cuarteto Las D’Aida grabó «Yo sí tumbo caña», en tanto el grupo Los Amigos dejó plasmada su versión de «Soledad» para un disco de instrumentales cubanos editado, hace unos años, por el sello EGREM.

Nuestra vedette Rosita Fornés tuvo el privilegio de incorporar a su repertorio la pieza «María la O», cuya paternidad también corresponde a ese legado musical llamado Rodrigo Prats.  

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Justo Vega (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Cuando se hable de la décima o de la improvisación en Cuba o en cualquier cátedra de Latinoamérica, el nombre de Justo Vega tendrá sitio preferencial porque supo ganarlo esculpiendo las raíces del buen arte.

Y así se mantuvo de por vida. Como diría alguien con buen tino, «es y será uno de los más entrañables símbolos de la cultura lírica de raíz rural, un príncipe de la espinela, un tonadista ejemplar».

Matanzas, su provincia natal, lo vio crecer desde que el 9 de agosto de 1909 llegó al mundo, allá en el recóndito paraje de Cabezas, permeado ya por el horizonte de las canturías, aunque antes de alcanzar su sello profesional como improvisador de décimas en la radio fue peón de albañilería, bodeguero, obrero agrícola y cocinero.  

No faltó tampoco su aventurada función de publicista de una marca de cigarros; sin embargo, muchos recuerdan aquellas fascinantes veladas de repentismo en los Jardines de la Tropical, o sus incursiones radiales con La hora de Partagás, a través de la COCO, donde su arte ganó merecida fama hacia la medianía del siglo pasado. Tanta que comenzó a ser identificado como el Caballero de la Décima Cubana.

Junto a Adolfo Alfonso hizo memorables sus controversias en el espacio televisivo Palmas y Cañas. Lo suficiente como para que reinara entre ellos una profunda hermandad, a pesar de los fuertes encontronazos ante las cámaras.

Era solo eso, pues Adolfo buscaba a Justo y Justo buscaba a Adolfo, quien en una oportunidad expresó: «Cuando hablo de Justo Vega / En toda su maestría / Hablo de la poesía / Que tanto al pueblo le llega. / El que con el verso juega / Y con las musas comparte / El que en amor se reparte / Es por su altísima hechura / Un sol para la cultura / Y una joya para el arte.»

Cuánta razón para este hombre que tanto en la radio, en campamentos agrícolas, unidades militares o peñas citadinas mantuvo a su patria en el principal altar de su vida.

Recio como una palma, con su voz alta y áspera y el verbo vertical, pareciera todavía que en cualquier momento irrumpirá en el estudio de Palmas y Cañas, para ofrecerle un oportuno consejo a quienes inician el camino como jóvenes improvisadores.

Cuentan que aun se extraña su carácter jocoso en las tertulias familiares o en las reuniones entre amigos.

Este cantor del pueblo falleció el 13 de enero de 1993, y aunque la idiosincrasia musical de la campiña no podrá jamás llenar su espacio queda su obra que perdura para que el verso y su postura comprometida se alcen entre los nuevos pilares y se expandan por los montes como el trino del sinsonte.

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Manuel Corona (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Bastaría haber llevado únicamente al pentagrama «En el lenguaje misterioso de tus ojos, hay un tema que destaca sensibilidad» para incluirlo entre los más grandes de la trova cubana de todos los tiempos.

Y así fue, Manuel Corona Raimundo, el autor de «Longina», inscribió con mayúsculas su nombre, y nos regaló la bella «Santa Cecilia», «La Alfonsa», «Aurora», y otras manifestaciones de la canción popular como es el caso de las guarachas «El servicio obligatorio» y «Cómo está Lola».

Nacido el 17 de junio de 1880 en el poblado de Caibarién, antigua provincia de Las Villas, se estableció en La Habana, una vez terminada la Guerra de Independencia, para ejercer como tabaquero.

Y es el supervisor de la factoria quien le enseña los primeros acordes de la guitarra. Ya entrado el 1900 se dedicó por entero a la música dentro de un mundo que le propició una vida bohemia, pero es en 1908 que alcanza la popularidad con su canción «Mercedes».

A partir de entonces sucederían una tras otra… «Doble inconsciencia», «Las flores del Edén», «Una mirada, Adriana», entre muchas otras, hasta convertirse en el compositor que más contestaciones o respuestas realizara a sus creadores de época mediante las partituras.

Así constan « Animada», como respuesta a «Timidez», de Patricio Ballagas, «Gela Amada» ante «Gela Hermosa», de Rosendo Ruiz, «La Habanera» para el caso de «La Bayamesa», de Sindo Garay, por citar algunas.

Corona no declinó las tertulias y peñas familiares como escenario para mostrar su arte que ya lo reafirmaba como excelente músico y compositor.

Falleció el 9 de enero de 1950 en la capital cubana en medio del olvido y la pobreza.

En la actual provincia de Villa Clara, como demarcación que acoge su tierra natal, se realiza cada año, y durante los primeros días de enero, el encuentro de trovadores del país para rendirle tributo a sus musas inspiradoras de un patrimonio inmortal.

Figuras como Teresita Fernández, Liuba María Hevia, Gerardo Alfonso y otros de extraordinaria valía, han viajado hasta Santa Clara y a la propia villa de Caibarién para participar en estos eventos a fin de irrigar esas raíces de nuestro acervo que dignifican a los inmortales.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Moraima Secada (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Diciembre de 1984 trajo la noticia. Apenas horas para la despedida de un año, y María Micaela Secada Ramos dejaba de existir en la capital cubana.

¿Se apagaría el recuerdo de La Mora? Por supuesto que no. Cómo olvidar a una de las más populares intérpretes de la canción cubana quien, con solo tres años, acudiera a un programa infantil en su Santa Clara natal para años después acudir a La Corte Suprema del Arte, ya establecida con su familia en La Habana.

Nunca ocultó que por la década de los 40 ejerció como planchadora, sin dejar de asistir a las tertulias organizadas en casa del compositor Jorge Mazón donde se perneaba de las novedades del feeling y de las corrientes contemporáneas del pentagrama.

Su presencia se hizo sentir en la orquesta femenina Anacaona para recorrer importantes escenarios del mundo, pero en 1952 integró el cuarteto Las D Aida y consolida su imagen a nivel internacional.

Con la llegada de 1960 se produce su debut como solista, y no escapa de la nómina del cuarteto del maestro José Manuel Solís (Meme) hasta que decide retomar los caminos de solista.

Temas como «Alivio», de Julio Cobo, «Cuidado»(Nacho González), «Vuélvete a mi» (Tania Castellanos), «Rompiendo» (Chany Chelacy), que fuera su compañero en la vida y una de las víctimas del acto terrorista del avión en Barbados, recibieron su antológica voz.

Pero el climax lo alcanzó al interpretar «Perdóname conciencia», de Piloto y Vera, que a través de los años no ha encontrado una versión igualable.

Momento estelar en la trayectoria artística de Moraima Secada devino su presentación en el espacio Nostalgias, de la televisión mexicana, junto a Elena Burke y Omara Portuondo, para rememorar el trabajo con Las D Aida  que, en 1957, dejó huellas perdurables en México.

Aquí se estrenó la composición de Alberto Vera, «Amigas », creada para ellas. Un tributo a la relación afectiva y profesional que unió a las tres cantantes.

Moraima nació el 10 de septiembre de 1930, en Santa Clara, capital de la hoy provincia de Villa Clara, pero deja para el recuerdo y a la cultura cubana su estilo peculiar y algunas veces controvertido en su interacción especial que logró hacerla grande entre su público.

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Teresita Fernández (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

¿Qué generación de cubanos no la conoce? ¿Quién ignora las travesuras de El gatico Vinagrito? ¿Qué padre no ha visto crecer a su hijo con la obra de esta gran maestra que canta?

Y su Santa Clara, la ciudad que la mimó entre sus ríos, cazando guajacones, o entre el aire fresco de El Capiro, se siente orgullosa y vibra al tener a alguien devenida ícono de la cultura nacional, y la bendice junto a sus habitantes, este 20 de diciembre, cuando le aporta otro año a su vida.

Teresita Fernández García arriba hoy a su octava década. Se graduó de Pedagogía, y ejerció el magisterio en la Escuela Normal de esta urbe; sin embargo, la inclinación por el pentagrama le marcaba el camino hasta que prestigiosas figuras como Esther Borja, las hermanas Martí, Luis Carbonell y Marta Valdés le indicaron las sendas del complejo mundo del arte.

Una vez en la capital cubana trabajó junto a Bola de Nieve en aquellas temporadas inolvidables del restaurante Monseigneur. Y en otros centros nocturnos encontró la dicha de alternar con Josehpine Baker y Sindo Garay.

Una anécdota para muchos desconocida fue el encuentro con el presidente chileno Salvador Allende, quien luego de escucharla en cierta oportunidad admiró su arte y le confesó: «Usted cantando se me parece a las mujeres de mi pueblo.»

Aunque el reconocimiento mayoritario de Teresita recae en sus canciones y rondas infantiles, la cantautora posee innumerables composiciones dirigidas a los adultos. Baste mencionar «Con inmensa ansiedad», «Mi flor de otoño», «En estas tardes», y «Cuando el sol», esta última convertida en un hit popularizado por Luisa María Güell, y retomada en la década de los 80 por Maggie Carlés.

Intérpretes como Elena Burke, Ramón Veloz, Omara Portuondo, y las hermanas Martí incluyeron en sus repertorios canciones rubricadas por una santaclareña, Hija Ilustre de la ciudad, a la que ama por convicción y de corazón.

Y sería imperdonable minimizar su trabajo en la musicalización de 28 rondas, entre ellas «Dame la mano y danzaremos», cuya letra pertenece a Gabriela Mistral. O los versos del Ismaelillo, de José Martí.

Autora, además, de una obra poética recogida en tres cuadernos, uno de los cuales vio la luz gracias a la editorial Sed de belleza, de Santa Clara, con los que Teresita demuestra que el arte es grande siempre que ilumine a los pueblos, respete su idiosincrasia, nos bañe de amor, y encuentre en los detalles la belleza intrínseca de cada uno.

Razón tuvo Cintio Vitier al manifestar: «Si Usted no ha oído cantar a Teresita Fernández no sabe lo que es el mar, la pena, el aroma, el ave».

¡Cuánto de cierto, maestro! Por ello, y por mucho más, Cuba tiene la dicha de suscribir a la inmortal Violeta Parra, y gritar a los cuatro vientos: ¡Gracias a la vida por darnos a Teresita!

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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Liuba María Hevia (Cuba)

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Por Ricardo R. González

Quiso la vida que Liuba María Hevia Jorge llegara al mundo un 14 de diciembre de no importa qué año. Lo cierto es que, esa propia vida, nos concedió uno de los regalos más hermosos, a través de los años, con un arte y una voz que trae esa escalada bienvenida para arrullar el alma.

Convertida en una de las voces imprescindibles de la cancionística cubana, Liuba despuntó como esa niña traviesa que veía en la guitarra su inseparable compañía y confidentes de tantos «secretos cantados».

Su paso por el Conjunto Artístico de las FAR, o las vivencias como pedagoga de infantes la consolidaron como artista y ser humano para revolotear ese manantial que irriga la canción, la guajira, el tango, la habanera, el son o la parranda como saltarinas inquietas que buscan la perfección, el lirismo, y, sobre todo, el arte de quilates.

Mención especial merece su trabajo con la música infantil como digna continuadora de nuestra Teresita Fernández. No por gusto su disco «Travesía mágica» le valió el Premio de la Feria Internacional CUBADISCO 2002 en la categoría que reconoce la obra dirigida a la siempre esperanza del mundo, en la que desempeñó un rol de primer orden la poetisa Ada Elba Pérez (1961-1992), quien también es autora de muchos de los temas vocalizados por Liuba.

Por la década de los 90, la cantautora le impregnó un matiz peculiar a la música campesina. A su manera, y con su sello, revitalizó el trino del sinsonte, las palmeras, el riachuelo, las tonadas o la simple nobleza guajira a través de ese ajiaco interesante que mezcla el laúd, el tres o el violín, sin apartarse de las verdaderas raíces.

Y otro de sus aspectos notorios radica en el rescate de la habanera, un género renovado por ella para pasearlo por ultramar, llevarlo hasta España, y devolverlo con aires del Morro, con signos de la Jiribilla, y la policromía antillana.

Su discografía es dueña de excelentes resultados artísticos que muestra sus distintivos.. Pudiéramos decir que cada disco presenta su propia «personalidad» que lo difiere del anterior, aunque de conjunto sean como esos hijos salidos de entrañas creadoras y obsesivas por el buen arte.

«Coloreando la esperanza», su primer CD, «Alguien me espera», «Del verso a la mar», «Ilumíname», «Ángel y Habanera», y su más reciente producción «Puertas» son ejemplos, entre otros, del por qué Liuba María Hevia nos toca las disímiles aristas de la vida y nos hace sus confidentes envueltos en absoluta complicidad.

Este 14 de diciembre anda de cumpleaños. Gracias, entonces, Liuba por ese duende intranquilo que nos traspasa la epidermis, sube a la montaña, baja a la ciudad, cruza los mares, para alimentar los múltiples y complejos manantiales de la vida gracias a tu «señor arcoíris» de encantos.


Compay Segundo (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Santiago de Cuba tuvo el privilegio de verlo nacer. Cuentan que fue un 18 de noviembre de 1907, allá en la playa Siboney, pero jamás imaginó Francisco Repilado, nuestro Compay Segundo, que su nombre, y su obra, se consagrarían alrededor del mundo al vestir de lujo a la música cubana.

Baste decir «Chan Chan» para decir…Eso es Cuba, un tema surgido de este hombre quien compartió desde muy joven los oficios de  barbero y tabaquero, mientras aprendía, de manera autodidacta, a tocar la guitarra y el tres, a la par que estudiaba clarinete con el maestro Enrique Bueno.

Su debut ocurrió con el sexteto Los Seis Ases, e integra más tarde la Banda Municipal de Santiago aportándole su destreza como clarinetista. Con dicha agrupación viaja, por primera vez, a La Habana en 1929, y actúa el 10 de octubre en la ceremonia de inauguración del Capitolio Nacional.

Desde temprano Compay demostró la «madera» de músico. Daba rienda suelta a su filiación trovadoresca compartiendo su permanencia en la banda con su participación en diferentes estudiantinas, entre las que figuraron la de Yayo Corrales, la de Ventura El Sordo y La Arrolladora, hasta que en 1930 integra el Cuarteto Cubanacán, con el cual toma parte en las transmisiones que realizan las primeras estaciones radiofónicas establecidas en Santiago.

Cuatro años después, regresa a la capital donde decide quedarse. Era, entonces, miembro del Quinteto Cuban Stars, bajo la guía de otro grande del pentagrama cubano: Ñico Saquito. Y esta oportunidad le posibilita ejercer como clarinetista en la Banda Municipal de La Habana, bajo la dirección del maestro Gonzalo Roig.

Luego vendría su entrada como guitarrista en el Cuarteto Hatuey, de Justa García, donde comparte además con Marcelino Guerra y Lorenzo Hierrezuelo, agrupación con la que viaja a México en 1938 para hacer presentaciones en teatros y cabarets, y tomar parte en las películas Tierra brava y México lindo.

Al iniciarse la década del cuarenta su nombre aparece en la nómina del Conjunto Matamoros por espacio de doce años. He aquí cuando comparte roles en el dúo Los Compadres, a partir de 1942, y prosigue junto a Lorenzo Hierrezuelo  hasta septiembre de 1955, para dar vida a infinidad de presentaciones y grabaciones discográficas ampliamente promovidas por toda América Latina.

Al separarse de Los Compadres crea la agrupación Compay Segundo y sus Muchachos, el soporte musical durante el resto de su vida. Primero con formato de trío, y luego como cuarteto. Nombres de la talla de Carlos Embale y Pío Leiva le aportaron a la agrupación como integrantes activos, aunque realizó también temporadas con otras agrupaciones, entre ellas el Cuarteto del Hotel Daiquirí y el Cuarteto Patria.

Luego de un período silente, 1989 le trae un resurgimiento necesario pero inesperado. El musicólogo Danilo Orozco organiza una presentación de Compay y el Cuarteto Patria en el Smithsonian Institute de Washington, suceso que va a desencadenar toda una serie de oportunidades de promoción internacional, entre las que se cuentan su participación en 1994 en el “Encuentro entre el son cubano y el flamenco” organizado por la Diputación de Sevilla; su colaboración con Santiago Auserón y sus conciertos junto al cantaor flamenco Chano Lobato.

La popularidad se acentúa de forma vertiginosa en Europa, hasta que en 1997 forma parte del proyecto Buena Vista Social Club, que le propició un premio Grammy con la venta de millones de copias. Era ya la nueva consagración. Su pegajoso Chan Chan se convirtió en todo un himno que Compay defendía en los principales escenarios del mundo.

Muchos son los discos en los que aparece recogida la obra de Francisco Repilado, entre los que sobresalen títulos como Llegaron Los Compadres, Huellas del pasado, Son del monte y Grandes éxitos, a los que hay que sumar, además, una interminable lista de compilaciones donde su presencia, a finales de la década de los noventa, se hizo imprescindible.

Una discografía que constituye todo un monumento a su obra, e incluye un dúo con el entonces dúo villaclareño Evocación, integrado por Vionaika Martínez y Mayelín Pérez.

Compay Segundo cumpliría, este 18 de noviembre, 103 años. Su presencia se nos fue, definitivamente, un 14 de julio de 2003, pero deja su nombre y su obra dentro de nuestro patrimonio porque, como subrayara un estudioso, refiriéndose al músico «con más de 90 años, fue uno de los protagonistas de esa hazaña que representó el hacer volver la mirada del mundo entero hacia la música tradicional cubana.

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.


Alejandro García Caturla (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

Remedios lo vio nacer el 7 de marzo de 1906, y desde pequeño le penetró ese aire que sacude a las venas y las inclina por la música. Y no se equivocó porque el tiempo lo convirtió en una de las glorias de la música cubana.

Desde su juventud fue seducido por los ritmos afrocubanos que influyeron en sus composiciones, y para ello valieron los primeros estudios musicales con Fernando Estrems y, posteriormente, con María Montalván y Carmen Valdés.

Sin embargo sus dotes musicales fueron compartidas por los estudios de Derecho, en la Universidad de La Habana, hasta que en 1928 marchó a París, en correspondencia a su relación con Alejo Carpentier y otros miembros del Grupo Minorista.

El periplo y estancia europeos no coartaron sus dotes creativas, y a su regreso a Cuba continuó desarrollándose como compositor, compartiendo su vocación con la de letrado en leyes.

De su quehacer musical sobresalieron la "Pastoral Lullaby",o la "Berceuse Campesina", que apareció en la película «The Lost City».

Por su parte, Alejo Carpentier escribió para él el libreto de la ópera en un acto «Manita en el suelo».

En septiembre de 1929 viajó de nuevo a Europa para representar a nuestro país, junto a Eduardo Sánchez de Fuentes, en los Festivales Sinfónicos Iberoamericanos de la Exposición Internacional de Barcelona, donde se ejecutó “Tres Danzas Cubanas” para Orquesta Sinfónica.

Y ya, en 1932, fundó la Sociedad de Conciertos de Caibarién, de cuya orquesta fue director. Seis años después ganó el primer premio con “Obertura Cubana", en el Concurso Nacional de Música, convocado por la Dirección de Cultura de la Secretaría de Educación; en tanto, obtuvo Mención Honorífica por “Suite para Orquesta".

A pesar de su corta vida, el violín conoció de su destreza, al igual que la viola al fungir como integrante de la Orquesta Sinfónica de La Habana y la Filarmónica.

Un dato curioso es su ejecución en el piano dentro de un formato jazz band del cual fue director, y tocó, además, el saxofón, el clarinete y la percusión.

Cuentan que su voz de barítono se escuchó en algunos conciertos organizados por Annkerman y Lecuona, y en su vasto acervo cultural ejerció el periodismo como cronista social,  y  realizó algunas crónicas como crítico de arte.

Su preocupación por la justicia lo llevó a realizar un ensayo sobre la delincuencia juvenil. Ejerció jurídicamente en varios municipios, manteniendo una conducta intransigente en el ejercicio de su profesión, por lo que su permanente lucha contra los convencionalismos sociales y artísticos lo llevó a la muerte el 12 de noviembre de 1940.

Algunas de sus composiciones trascendentales: No quiere juego con tu marido (Danza cubana no. 1), 1924; La viciosa (Danza cubana no. 2), 1924: La número tres (Danza cubana no. 3), 1924; Cuentos musicales. Escanas infantiles, 1925; Tres Preludios, 1925; Tres danzas cubanas, 1927; Obertura cubana, 1928; Comparsa (a Fernando Ortiz), 1930; Preludio Homenaje a Changó, 1936; Berceuse para dormir a un negrito, 1937, y Berceuse Campesina, de 1938.

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.


Omara Portuondo (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

No imaginó La Habana de los años 40 que aquella adolescente, inmersa en la mecanografía, y asistente a las tertulias que se hacían en casa de una amiga resultara, a la postre, uno de los hitos de la cultura cubana.

Así, en aquella vivienda, conoció a figuras como José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Frank Emilio, y otros baluartes de las corrientes musicales de la época a fin de compartir audiciones de la música ejecutada por Glenn Miller, Ela Fitzgerald, Nat King Cole… y de las raíces del entonces filin o música vinculada con el sentimiento.

Pero la inquieta Omara Portuondo visitaba, además, la casa de Ángel Díaz, o iba acompañada de su madre a la del Niño Rivera. La música le había traspasado la epidermis, e irrumpe con el dúo Las Tailomitas, junto a su hermana Haydée, hasta llegar al cuarteto Loguibambia, bajo la batuta del maestro Frank Emilio.

Con esta agrupación debutó en la emisora Mil Diez para comenzar su carrera ascendente que la involucra, después, en la nómina del cuerpo de baile del famoso cabaret Tropicana y en la compañía de Alberto Alonso.

Estuvo Omara en los cuartetos de Orlando de la Rosa y de Facundo Rivero, y en 1950 se incorporó a la Orquesta Anacaona con giras internacionales reiteradas. Sin embargo, dos años más tarde fue seleccionada como integrante del cuarteto D Aida que la consolida en el panorama musical.

Junto a Elena Burke, Moraima Secada y su hermana Haydée recorren gran parte del Orbe, y sientan cátedra dentro del movimiento de compositores contemporáneos, y con los contratos en radio, televisión y centros nocturno de Cuba y del universo.

1967 marcó el camino como solista. Entonces, viajó a Polonia para representar al sello disquero Areito, de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM), en el Festival de Sopot, a realizarse cada año en esa ciudad balneario.

Uno de sus primeros hits resultó «La era está pariendo un corazón», de la autoría de Silvio Rodríguez, en la que Portuondo se creció y le impregnó ese sello peculiar que la hace antológica dentro del repertorio nacional de todos los tiempos.  

El éxito le acompaña siempre. Que decir de «Vuela pena» (Amaury Pérez), «Deséame suerte» y «Siempre es 26» (Martín Rojas), «Lo que me queda por vivir» y la penetrante «Amigas»(Alberto Vera), acompañada de Elena y Moraima, o la magistral interpretación de «Gracias a la vida», de la chilena Violeta Parra.

Con innumerables discos grabados en todos los formatos, desde las antañas placas negras de 33 r.p.m. o 45 r.p.m. hasta los CDs, Omara logra el Grammy de 1997 (Mejor álbum de música tropical) por su participación en el proyecto de Buena Vista Social Club, del que se convierte en su diva indiscutible.

Estuvo nominada a idéntico reconocimiento con el disco Buena Vista Social Club… presenta a Omara Portuondo, y hace un año obtuvo el gramófono por su trabajo titulado «Gracias».

Destaca, también, el álbum con la brasileña María Bethania como otro de los discos para recordar.

Entre sus múltiples lauros resaltan el primer Premio en el Festival Orfeo de Oro, de Bulgaria (1971), Mejor interpretación en el Lira de Bratislava (Checoslovaquia), Festival L Humanité (Francia), por citar algunos.

La cinematografía la recoge en Cecilia, y en un documental realizado a su vida y obra.

Omara es luz, tenacidad, esplendor y cubanía tanto en la balada, el bolero, los sones, guarachas, danzones, habaneras e incluso hasta en la música infantil donde tiene algunos registros.

Omara es Omara, y este 29 de octubre en que arriba a su octava década podemos contar con ella y retomar una de las frases inmortales: «Gracias a la vida que me ha dado tanto».

Esa misma vida que nos ha dado a Omara.

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.

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Enrique Jorrín (Cuba)

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Compilación de Ricardo R. González (*)

Nunca imaginó el prestigioso músico cubano Enrique Jorrín que ese ritmo contagioso, similar al sonido del chancleteo criollo, le diera la vuelta al mundo para hacerlo inmortal.

¿Quién no sabe del cha, cha, chá creado por un pinareño de absoluto talento? Y es que al maestro le corría la música por su sangre al ser su padre un connotado clarinetista, cuya raíz llevaría a su hijo a cursar estudios en el Conservatorio Municipal de La Habana, donde compuso los primeros danzones.

Pero su verdadero inicio en la música profesional fue con la Orquesta del Instituto Nacional de Música, bajo la dirección de Enrique González Mantici, hasta que en 1944 pasa a formar parte de la Orquesta Hermanos Peñalver, a la que siguieron luego otras agrupaciones como La Ideal, Hermanos Contreras y Arcaño y sus maravillas; ocupando, a partir de 1946, la responsabilidad de dirigir la Orquesta América, con la cual comienza a realizar varios experimentos.

En esta etapa surgieron danzones imperecederos como «Lo que sea varón», «Doña Olga», «Central Constancia» y «Osiris», en los que incluyó la participación de coros hechos al unísono por los propios músicos, así como de montunos conocidos, ante lo cual el público respondió positivamente haciendo variaciones a los tradicionales pasos del danzón.

Y como incansable renovador, Enrique Jorrín realizó otras modificaciones en los patrones rítmicos que se hicieron evidentes con el estreno, en 1951, de «La engañadora», tema que fue inscrito inicialmente como mambo-rumba al no estar reconocido aun el cha cha chá, pero que muy pronto alcanzaría una gran popularidad, siendo editado en 1953, bajo el sello Panart, en un disco de 78 rpm en el que aparecería por la otra cara «Silver Star», éxitos a los que siguieron muy pronto «El túnel», «Nada para ti» «El alardoso», y «Cógele bien el compás».

Al nuevo ritmo se sumaron Rosendo Ruiz Quevedo, con su «Rico vacilón» y «Los marcianos», sin descartar al maestro Richard Egües, con el también reconocido «El bodeguero», y otras orquestas que montaron las piezas en sus respectivos programas para imponer el género más allá de nuestras fronteras.

El 8 de mayo de 1954, Jorrín funda la orquesta que lleva su nombre, y a partir de ese mismo año comienza a frecuentar México, país que dio una especial acogida al cha cha chá, convirtiéndose en una importante plaza de presentaciones. Allí permaneció casi de forma permanente hasta 1959, lo que le permitió consolidar a un público que aún sigue aclamando a esta agrupación.

En 1992 la EGREM editó el disco Todo cha cha chá, una verdadera clase magistral de orquestación e interpretación, donde junto a las habituales voces de Alberto Bermúdez, Tito Rodríguez y Jesús Jorrín, podemos disfrutar del estilo de un cantante que llegó a convertirse en parte fundamental del sello de su orquesta: el inigualable Tito Gómez. Siguiéndole al año siguiente el álbum Mano a mano, que incluye grabaciones de las orquestas América y Aragón, interpretando aquellos primeros hits que bajo su firma impulsaron el género.

Ya en el 2004, salió el mercado Por siempre Jorrín, que recoge grabaciones de su orquesta que aun se mantiene en activo.

Como en otros casos, parece que diciembre trajo la complicidad, pues el prestigioso músico, nacido en el poblado pinareño de Candelaria el 23 de diciembre de 1926, nos dijo adiós un 12 de diciembre de 1987, mas queda el patrimonio de su obra como fuente inspiradora de compositores, amén de generaciones, que se han encargado de fusionar el sabroso chá con otros ritmos, de lo que no ha escapado ni siquiera el rock, lo cual advierte que los íconos de la música, y sobre todo de la cubana, estarán por siempre. 

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.

 

 

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Coralia Fernández (Cuba)

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Compilación de Ricardo R. González (*)

Agosto tejió esa extraña complicidad de traerla al mundo en su día 23 del año 1927, pero también nos privó de su presencia en la primera jornada, de este octavo mes, de 1988.

Así, Coralia Fernández dejaba sus huellas dentro de la música campesina, atrapada por aquella vocación latiente desde pequeña que hacía del canto y la poesía la ciencia de su vida.

Por ello, no era extraño su participación en fiestas escolares y actividades auspiciadas por el Liceo de Regla, al tiempo que le reclamaba a su tía las nociones elementales para cantar el punto guajiro.

A los 14 años interpretó algunas canciones en un espacio infantil dominical de la radio cubana, y poco después fue contratada para el programa Rincón Criollo, destinado a la campiña.

¿Quién no recuerda a Coralia junto a su esposo Ramón Veloz? Creadores de una familia con amplia tradición en el arte, y conductores principales del televisivo Palmas y Cañas durante los años 70 y 80.

Este dúo, junto a Celina González, Radeunda Lina, Inocente Iznaga (El Jilguero de Cienfuegos), Martica Morejón, Justo Vega y Adolfo Alfonso, y María del Carmen Prieto, constituyeron íconos dentro de la música campesina del archipiélago, y resultan imprescindibles a la horade recuentos antológicos.

Coralia Fernández incursionó como actriz en novelas y cuentos, aunque su verdadera consagración quedó inscripta dentro de la acuarela de ritmos que distingue a nuestros campos.   

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.

 

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Antonio Machín (Cuba)

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Compilación de Ricardo R. González (*)

Sagua la Grande es tierra de ilustres. Nadie puede dudarlo, pero en el ámbito cultural tiene la dicha de tener a un Antonio Machín entre esas joyas legendarias que hacen grande el arte.

Nacido en la Villa del Undoso el 17 de enero de 1903, —aunque otras fuentes difieren— llegó a ser tan admirado en nuestro país como fuera de las fronteras por sus excelentes condiciones artísticas.

Vivió una era de esplendor del son,  género por el cual sintió una atracción especial, situándose muy pronto entre la élite de sus intérpretes en la capital habanera.

Con sólo veintiséis años logró conquistar la ciudad de Nueva York, donde realizó alrededor de doscientas grabaciones junto al Cuarteto Machín, las cuales le permitieron ganar fama dentro del público amante de la música latina.

Y así, el 13 de mayo de 1930 logró el hito que se considera el primer boom de la música cubana, al grabar para la RCA Víctor, junto a la orquesta de Don Aspiazu el tema El Manisero, compuesto por Moisés Simons dos años atrás, y que ya Rita Montaner se había encargado de estrenar.

En 1936, a pesar de contar con un amplio reconocimiento en todo el territorio americano, decide embarcar a Europa actuando primeramente en plazas de Londres y París, para luego establecerse en Sevilla, España, país en el que logró definitivamente su consagración como cantante, y donde terminó por dedicarse casi por completo al bolero hasta su muerte ocurrida el  4 de agosto de 1977.

Entre los temas vocalizados por Machín aparecen Dos gardenias, Angelitos negros, Noche triste, Madrecita y Toda una vida, que alcanzaron el rating de la popularidad, además de otros de su propia autoría entre los que figuran A Baracoa me voy, Peregrina flor, Mi ángel protector y la dedicada a su tierra natal en cuyo estribillo defiende, sobremanera, lo de Sagua la Grande// hermosa tierra cubana.

A pesar de que Antonio Machín no es conocido por las actuales generaciones, y muchos le atribuyen su nacionalidad a tierras ibéricas, resulta tan nuestro como esas palmas que irradian plena cubanía.  

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.

 


Juan Formell (Cuba)

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Compilación de Ricardo R. González (*)

No se podrá escribir la antología de la música cubana sin incluir el nombre de Juan Formell Cortina, que este 2 de agosto arriba a su cumpleaños 68.

¿Quién no conoce al maestro en Cuba y en muchas plazas foráneas? Y aquel muchacho interesado en el amplio mundo de la música encontró en su padre las primeras influencias que le hicieron aproximarse a las partituras.

Cuentan que aprendió la guitarra de forma autodidacta, un instrumento considerado por él como una de sus pasiones principales, mientras la otra se concentra en el contrabajo al que llegó de la mano de Orestes Urfé.

Oriundo del barrio de Cayo Hueso, Formell se ha convertido en ese creador, por más de cuatro décadas, capaz de mantenerse en constante renovación. Por ello conserva la frescura de un sello con el que ha conquistado el gusto de diversas generaciones.

Inició su carrera profesional en 1959 como integrante de la Banda de la Policía Nacional Revolucionaria, luego pasó a formar parte de agrupaciones dirigidas por los pianistas Guillermo Rubalcaba y Pedro Jústiz (Peruchín), verdaderas instituciones con quienes aprendió muchos de los secretos de la música popular cubana.

Más tarde vendría una etapa dentro del cabaret, experiencia extraordinaria para cualquier ejecutante en formación, a lo que seguiría su entrada en 1967 en la orquesta de Elio Revé, donde encontró la posibilidad de poner en práctica sus inquietudes de joven compositor y orquestador, haciendo que la misma comenzara a  experimentar una renovación en su sonoridad, que se hizo muy evidente dentro del panorama bailable de aquel entonces al popularizarse temas como «Qué bolá qué bolón» y «El martes».

Todavía recuerda el temor que tuvo para llegar hasta Elena Burke y proponerle algunas de sus canciones. De pronto, el éxito colmaría a temas como «Y ya lo  sé», «De mis recuerdos», «Lo material» y «Yo soy tu luz», recogidas en uno de aquellos acetatos grabados por la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM) allá por 1967.

Dos años más tarde, tomó la decisión de crear su propia agrupación, y es así que el 4 de diciembre de 1969 debutan Los Van Van, una charanga en esencia, pero con características muy particulares como fueron el uso de dos flautas y el empleo de los teclados, y en la que nació una fórmula rítmica distintiva, elaborada en conjunto con el percusionista José Luis Quintana (Changuito) y el pianista César (Pupy) Pedroso, a la que pondrían por nombre songo.

Los Van Van se convertirían, a partir de entonces, en una maquinaria perfecta, impulsada, también, por otros nombres importantes como el percusionista Raúl Cárdenas (El Yulo), el flautista José Luis Cortés, y los cantantes Miguel Ángel Rasalps (El Lele) y Pedrito Calvo, logrando como ninguna otra orquesta, la hazaña de mantenerse ininterrumpidamente en la preferencia del bailador, con un repertorio en el cual ha sido definitoria la labor de Formell, tradicionalmente calificado como todo un cronista musical debido a su afán por nutrirse de elementos de la cotidianidad.

Otros intérpretes han personalizado la obra del «vanvanero» mayor: Omara Portuondo, Rosita Fornés, Mirtha Medina, María Elena Pena, Fausto Durán, Beatriz Márquez, la Orquesta Anacaona, y Rochy Ameneiros figuran en la amplia lista de los valores nacionales, pero muchos han versionado sus temas fuera de las fronteras cubanas, y pongamos solo el ejemplo del señor Gilberto Santa Rosa.

Junto al llamado Tren musical de Cuba ha acompañado a Silvio Rodríguez en temas como Imaginada y Llegué por San Antonio de los Baños, Pablo Milanés (Proposiciones), Carlos Varela (El humo del tren), y a su hija Vanessa Formell en Este tumbao es pa los dos, incluido en el último CD de la agrupación titulado Arrasando.

O la contribución en la banda sonora del filme Los pájaros tirándole a la escopeta, protagonizado por Consuelo Vidal y Reynaldo Miravalles.

Y habrá que resaltar aquel cierre del fenomenal concierto Paz sin Fronteras, realizado en la capital cubana el 20 de septiembre de 2009, que en unión de Juanes, Olga Tañón y Miguel Bosé, entre otros artistas internacionales, demostraron lo inmenso de cantar en esta Isla.

Con la satisfacción de un premio Grammy, alcanzado en el 2000, por su disco Llegó Van Van, y el Premio Nacional de la Música, otorgado en el 2003, en reconocimiento a su desempeño dentro de la historia de la música cubana, Formell arriba a su  cumpleaños rodeado del cariño de su pueblo que le agradece por tantos años de buena música.

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.

 

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Barbarito Diez (Cuba)

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Solo Mirtha Medina logró que Barbarito bailara frente a las cámaras de TV, en aquel memorable dúo que hicieron del emblemático Lágrimas negras.

Compilación de Ricardo R. González (*)

El danzón no tuvo otra voz como la de él. Sin duda, un ícono de la música cubana que lleva a inscribir a Don Barbarito Diez (1909-1995) como imprescindible en la hora de los grandes.

Voz solista de la orquesta de Antonio María Romeu, a partir de 1935, paseó el danzón, los sones y boleros por los reguistros de su tesitura durante más de cinco décadas. Con dicha agrupación, se hizo acompañar en sus presentaciones y sesiones de grabación, incluso después de la muerte de Romeu, hasta los años ochenta.

Paralelamente a su labor en la orquesta de Romeu, fundó el Cuarteto Selecto, con el que realizaba presentaciones en los cabarets de la bohemia habanera de los años cuarenta, y fue, precisamente su maestra, de la escuelita primaria en Manatí, quien descubrió que aquel muchacho estaba dotado de una bella voz y una singular entonación.

De manera que cuando cumplió 20 años de edad, ya Barbarito estaba listo para conquistar el mundo del arte con sus cualidades vocales. Se despidió, entonces, de su familia y confiado en su inspiración, partió a la conquista de la capital de Cuba.

Comenzó a cantar en un trío, con los célebres Graciano Gómez e Isaac Oviedo, y ello le nutrió de lo más valioso de nuestras tradiciones e incorporó genuinas raíces musicales: la trova tradicional y su gama de habaneras, boleros, guarachas, sones, y criollas.

Por lo general actuaban en la peña del famoso Café Vista Alegre entonces ubicado en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, punto de reunión de muchas glorias de la música cubana, de bohemios y trovadores, donde ya Barbarito mostraba la elegancia que lo caracterizó durante más de cinco decenios de vida artística.  Poco después alternó esta labor del trío con sus presentaciones en la Orquesta de Antonio María Romeu, , agrupación muy de moda y de extraordinaria aceptación popular.

Diversos escenarios de Cuba y de numerosos países de América Latina, Estados Unidos y Europa, aplaudieron su voz interpretando obras de Ernesto Lecuona, Pedro Flores, Moisés Simmons, Eliceo Grenet, Rafael Hernández, Simon Díaz y otros sobresalientes creadores, con ese especial timbre de virtuoso.

Llamaba mucho la atención que a diferencia de otros cantantes, Barbarito se distinguía por mantener siempre su virtuosismo y encanto singular, su porte erguido, sereno en una postura erecta, prácticamente inmóvil frente al micrófono.

Solo la cantante y actriz Mirtha Medina (radicada en los Estados Unidos desde septiembre de 1993) logró que Barbarito bailara con alguien frente a las cámaras de TV, en aquel memorable dúo que hicieron del emblemático Lágrimas negras.

La diabetes mellitus coartó la vida de La voz de oro del danzón, un 6 de mayo de 1995, cuando tenía 85 años. Quedan sus discos, y esa obra perdurable que bebe en el acervo de las más ricas tradiciones cubanas.

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.

 

                                   

 

 

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Elena Burke (Cuba)

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Compilación de Ricardo R. González (*)

Hace ya ocho junios que Su Majestad se nos fue sin pedirnos permiso. El feeling y gran parte del mundo lloró a una de las voces emblemáticas de la canción dotada de sentimiento.

Elena Burke (La Habana 1928-2002) nos dijo adiós luego de pasear su tesitura por los diversos rincones del Orbe luego de aquellos inicios en un espacio radial de La Corte Suprema del arte, en 1942.

Integrante de las conocidas Mulatas de Fuego, pareja de baile de Rolando Espinosa, componente del trío Las Cancioneras, del cuarteto de Orlando de la Rosa, del famoso cuarteto Las D Aidas, hasta emprender su carrera como solista, en 1958, Elena estuvo en los principales espacios y teatros de Cuba y de gran parte del mundo.

Fue la primera intérprete que aceptó las canciones de Juan Formell, prestigioso músico cubano e ícono de la orquesta Los Van Van. El propio autor relata su sorpresa cuando Su Majestad le grabo: Y ya lo sé, Lo material, Hay mil formas y el clásico De mis recuerdos, convertido en un hit a finales de los 60 y principios de los 70.

Pero, además, rompió los esquemas e incorporó temas de los entonces desconocidos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés que encontraron en su voz el matiz necesario para que Hay un grupo que dice o Mis 22 años tuvieran en Elena un sello irrepetible.

Los principales compositores nacionales y foráneos encontraron en la vocalista la madera principal para entregarle más de una canción. Lo mismo en la balada, que en el son, la guajira o la guaracha.

Por ello, entre las opiniones autorizadas está la del escritor Gabriel García Márquez quien expresara en una oportunidad: «Elena Burke descubre con su voz lo que hay en su interior. Por eso, por donde pasa deja huella porque sus interpretaciones consiguen imponer en el escucha el texto, la melodía y el ritmo de las canciones.»

Figuras como Barbarito Diez, Bola de Nieve, Benny Moré, Pedro Vargas, Libertad Lamarque y Edith Piaf, entre muchos, compartieron escena con la Burke que dejó grabado numerosos discos de larga duración y singles.

Romana Elena Burke González, su verdadero nombre, nos dijo adiós, pero queda su obra para escucharla siempre con la bien llamada Señora Sentimiento porque sigue junto a nosotros como uno de los temas imprescindibles en su voz: Aquí, de pie.

(*) Todos los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base.

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Joseíto Fernández (Cuba)

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Joseíto Fernández, quién fuera conocido como El Rey de la Melodía, habanero de pura cepa y natural de la barriada de Los Sitios, nació el 5 de septiembre de 1908 allí en el mismo corazón de la ciudad.

 

Se sabe que a los 12 años ya el adolescente Joseíto cantaba en serenatas con sus amigos del barrio. Luego sin poseer estudios musicales académicos formó tríos y sextetos de aficionados hasta que comenzó a cantar en varias orquestas típicas, mientras se ganaba la vida como zapatero.

 

Creó su conocidísima composición Guantanamera en el año 1928; pero no es hasta casi una década después, cuando Alejandro Riveiro la emplea como tema de despedida de su orquesta, que comienza a hacerse conocida esta melodía convertida hoy en la creación cubana más difundida universalmente.

 

Así, Joseíto, a medida que la orquesta interpretaba los acordes de la pegajosa melodía, iba improvisando décimas sobre las cualidades de las mujeres del lugar, lo que comenzó a hacer, adecuando la letra improvisada al pueblo de Cuba donde se estuviera realizando la fiesta bailable. Confesó el propio autor, que la guajira quedó dedicada a la mujer de la ciudad de Guantánamo, a la guantanamera, por razones sentimentales. Mucho se ha escuchado en el mundo desde entonces la Guantanamera.

Joseíto Fernández fue contratado de manera exclusiva  por una emisora de la radio cubana en el año 1943 para que su canción fuera parte diaria de un programa que divulgaba y escenificaba la crónica roja del día, utilizando el estribillo de dicha canción.

 

Joseíto interpretaba décimas, al compás de la melodía, que complementaban el drama o hacían reflexiones sobre los trágicos sucesos. Este programa se mantuvo en el aire durante 14 años y gozaba de elevadísima audiencia.

Pero cuando dejó de ser trasmitido, la Guantanamera perdió algo de su popularidad, aunque siempre siguió siendo recordada por el pueblo que la citaba como referencia ante sucesos de cierta notoriedad.

 

En los años de esplendor del danzonete, cantó acompañado por la orquesta de Raimundo Pía y Rivero, y después con su propia agrupación de danzones.

Se hizo célebre de manera internacional la Guantanamera el ocho de junio de 1963, cuando en el Carnegie Hall de Nueva York, el trovador norteamericano Pete Seeger dio a conocer una versión en la que incluía varios de los Versos Sencillos de José Martí.

 

Pero fue varios años antes, que en la Peña del músico asturiano Benjamín Orbón, padre del compositor Julián Orbón, se introdujera por primera vez los Versos Sencillos, del Héroe Nacional de Cuba, José Martí, en la melodía de la popular obra.

 

Orbón, vino para Cuba siendo un adolescente; y esa versión era cantada por él acompañado por su piano durante las peñas que solía realizar en su residencia.

Héctor Angulo, uno de los miembros de la peña y alumno suyo, ganó una beca en los Estados Unidos allá por 1959. Entonces laboró en un campamento de verano y allí cantaba la "Guajira Guantanamera” para los veraneantes siendo esta la forma en que llegó a ser conocida por Pete Seeger.

 

La otra grabación se produjo en 1965 por un trío norteamericano que le añadió elementos del rock. Estas grabaciones comerciales de La Guantanamera, hicieron que se convirtiera en un verdadero éxito internacional.

 

La pieza, considerada por la crítica como un símbolo de cubanía, ha sido grabada por innumerables músicos tanto cubanos como de infinidad de países. Numerosos espectáculos cubanos llevados a diferentes escenarios por el mundo han tenido como centro o cierre esta composición. Así muchos espectadores de diferentes partes del planeta han bailado al compás de esta melodía. En relación con la titularidad de esta han existido acciones legales, y se han mencionado otras piezas de nombre semejante, pero que no son la misma obra.  

 

Joseíto Fernández fue el autor de más de 200 creaciones musicales que gozaron de gran popularidad, como la interpretada por Benny Moré titulada Elige tú, que canto yo. Compuso también varios boleros y guarachas, entre ellas Son candela, Amor de madre, Tu tierra y tu libertad, Así son, boncó.  

Joseíto Fernández fue, además, alguien que hizo de la sencillez un modo de actuación cotidiana. Sobresalió también por el trato respetuoso hacia todos aquellos que se relacionaban con él, por su amor a los niños y a la gente de su barrio.

 

Nos abandonó este juglar cubano en su Habana, el 11 de octubre de 1979. La lista de los que la han grabado en el mundo es interminable, pero la Guajira Guantanamera es y será tan cubana como las palmas, porque se ha convertido ya en un segundo himno de Cuba.

 

 




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