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La brújula de la vocación

La brújula de la vocación

Por Ricardo R. González

Foto: Ramón Barreras Valdés

El transcurso de la vida estudiantil impone incógnitas y cambios de opiniones. En muchos casos se rompen las hipótesis iniciales de la llamada vocación y surgen no pocas dudas entre ese acertijo de lo que depara el futuro.

El tiempo pudiera cambiar las inclinaciones iniciales y tomar caminos diferentes como el del matemático que terminó siendo doctor, o el del deportista que abrazó el magisterio; sin embargo, es real el hecho de que no siempre se ha contado con la necesaria orientación vocacional como facilitadora del camino para ayudar a los adolescentes y jóvenes en la elección de una carrera profesional.

Este eslabón resulta fundamental, dominar los perfiles de cada especialidad, hacerlos conocer, aclarar dudas a fin de evitar ese momento de tener delante la boleta de opciones que decidirá el mañana y llenarlas sin fundamentos porque se desconoce a qué se dedican, por el impulso errado de un amigo que «orienta» y a lo mejor no es lo que se desea, por seguir las sendas de los compañeros de aula, por la tendencia de vestir con una bata blanca, o porque los nervios traicionan y pasan factura cuando prima la inseguridad.

Los cambios futuros de lo que se aspira estudiar no puede verse como un rompecabezas porque la vida responde a su dinámica, y hoy los sueños pueden acariciar una aspiración y a la postre aparecer otra, pero es lamentable que a la hora de solicitar las posibilidades técnicas o universitarias se desconozcan los verdaderos perfiles de cada rama.

Por suerte Villa Clara trabaja desde hace un tiempo en las llamadas reservas científicas y el seguimiento a los jóvenes talentos como garantía de la continuidad y miradas certeras hacia el desarrollo de habilidades y formación vocacional desde la propia vida estudiantil.

Existen muestras elocuentes como las acciones que desarrolla el IPVCE Ernesto Guevara cuyo número significativo de egresados alcanzan carreras universitarias en su primera opción, pero no se puede olvidar a los que ingresan por vía directa a la alta casa de estudios villaclareña como premio a su aval sostenido en competencias internacionales, en concursos y en otras modalidades que hablan del verdadero alumno integral.

Si algo llama la atención es la incorporación de jóvenes talentos a las sesiones del Polo Científico Productivo (PCP) del territorio, una manera de entrar en contacto con las realidades en las diversas ramas que impulsan la sociedad y con la sabia de quienes hacen de la ciencia verdadera innovación en beneficio de la vida.

Otro tanto ocurre en el IPU Capitán Roberto Rodríguez, de Santa Clara, que de conjunto con el IPVCE y algunos politécnicos despliegan estrategias y acciones para la atención a los jóvenes.

Y uno de los eslabones fundamentales en el proceso de orientación recae en los organizadores de las sociedades científicas como esos expertos que poseen la «radiografía» de sus alumnos y el tino necesario sobre las posibilidades y particularidades de cada uno con el propósito de sugerir el camino a seguir.

Recuerdo las palabras del profesor Alejandro Moya Pérez, organizador de este tipo de sociedad en el IPU urbano santaclareño, que la labor demanda mucha paciencia, a partir de múltiples maneras de seguir a esos jóvenes llamados a desarrollar aptitudes, actitudes y capacidades.

Así mencionaba la utilidad de intercambiar con ellos, propiciar conversaciones y ¿por qué no? el debate sobre temas históricos, geográficos, científicos, culturales o de suma actualidad que perfilen detalles impostergables.

A criterio de Alejandro Moya un orientador no puede descuidar su tarea ni dejarla a razón de un solo día o guardarlas en el portafolios a manera de impulsos, hay que trabajar con los educandos a base de sistematicidad, aplicando evaluaciones a través del desenvolvimiento, y para ello existen equipos formados en el trabajo colectivo con la finalidad de enriquecer habilidades, escuchar criterios conjuntos, y sobre todo investigar como elemento prioritario en ellos.

Está claro que no todo el alumnado puede aspirar a una plaza universitaria porque depende mucho de las capacidades intelectuales y de otras coyunturas que influyen, lo que también no puede perderlo de vista un eficiente orientador.

Que no se olviden en este abanico de posibilidades numerosas vías para estimular la formación vocacional mediante los círculos de interés, las propias sociedades científicas, las Brigadas Técnicas Juveniles (BTJ) y diversas modalidades que orienten y no ocasionen efecto contrario.

Y me detengo en el Día de las Puertas Abiertas, esa jornada en la que diferentes instituciones educacionales reciben al estudiantado para mostrarles cómo son realmente, qué posibilidades ofrecen, y propicien el intercambio.

Al hurgar por los intereses mayoritarios de los jóvenes en la actualidad no se ocultan las predilecciones por las diversas disciplinas de las ciencias médicas, pero si vamos más allá hay escasa matrícula e inclinaciones hacia las ramas agropecuarias y otras que demandan prioridades para el desarrollo de programas priorizados en Cuba.

Lo que resulta evidente es la vinculación existente entre la enseñanza media, la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas (UCLV) y el CITMA como herramientas definitorias en la captación, formación  y empleo del potencial humano con una mayor dimensión que apoye, incluso, el completamiento de la reserva científica en centros y entidades productivas, sin excluir las universidades.

Ojalá aquellos tiempos vividos por muchos en que las guías formativas del futuro quedaban en aguas superficiales y eran programadas para «salir del paso» hayan desaparecido. Lo cierto es que cada eslabón de orientación reclama su perfeccionamiento a fin de evitar caminos errados que no encuentran esa necesaria brújula de la vocación.

PIE DE FOTO: Los círculos de interés, un buen camino para perfilar la vocación en los estudiantes.

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