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soyquiensoy (Ricardo R. González)

Sobresale cirugía vascular en Villa Clara

Sobresale cirugía vascular en Villa Clara

Resultados comparados, incluso, con las principales instituciones a nivel mundial.

Por Ricardo R. González

Los saldos acumulados por el equipo de cirugía vascular en el Cardiocentro Ernesto Che Guevara, de Villa Clara, despuntan a nivel nacional, y son comparados con aquellos que reportan las principales instituciones dedicadas a esta rama a nivel mundial.

Un estudio realizado a 369 pacientes revascularizados, de los casi mil intervenidos, arroja el 62 % de utilidad operatoria durante más de una década, lo que significa una calidad medida por el tiempo que sobrevive el enfermo posterior al acto quirúrgico (permeabilidad acumulativa) y no por la cantidad de procesos operatorios atribuibles al centro.

La propia investigación demostró que un 85 % también rebasó el primer quinquenio de existencia luego de los procederes motivados, entre otros, por lesiones oclusivas de las arterias, y los peligrosos aneurismas, cuyos pacientes registran un 91 % de supervivencia pasados diez años, algo novedoso a tenor de que resultan en su mayoría fatales.

Según explicó el profesor Rubén Moro Rodríguez, al frente de la cirugía vascular en la unidad, este tipo de operaciones busca el apoyo de las cardíacas en los centros internacionales de prestigio, y utiliza todos los recursos habilitados en la terapia intensiva y los salones de operaciones, pues los padecimientos vasculares están muy ligados a los del corazón.

El servicio quedó habilitado en noviembre de 1996 para la atención a la región central, desde Villa Clara a Camagüey, aunque ha intervenido a residentes de todo el país portadores de irregularidades en los sistemas venosos, linfáticos o en el arterial que resulta el de más graves pronósticos.

Tampoco falta el seguimiento de cada caso mediante ultrasonidos y otras técnicas modernas que posibilitan aplicar diferentes tratamientos, a tenor de que no toda irregularidad conlleva a la vía quirúrgica. En este sentido, se ha logrado detener el crecimiento de los aneurismas gracias al desarrollo científico técnico.   

Un detonante mayoritario en los enfermos es la arteriosclerosis, y en dependencia de la localización así será su comportamiento, sin descartar otros factores asociados como la genética, el sexo, la edad, el hábito de fumar, la obesidad, el sedentarismo  la hipertensión arterial, y la diabetes mellitus no tratadas.

 

Federadas villaclareñas en la vanguardia

Federadas villaclareñas en la vanguardia

Por Ricardo R. González

El incremento de mujeres en las diferentes instancias de los órganos de Gobierno figura entre las múltiples razones que tienen las villaclareñas para resultar vanguardias en la emulación nacional de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) por este 23 de Agosto, máxima categoría en dichas lides.

Y las nuestras llegan al aniversario 50 de su organización con el 30,74 % de delegadas en circunscripciones, cifra incrementada respecto al mandato anterior en el que solo reportaron un 24 % entre el total de los representantes del pueblo.

Según precisiones de Alicia Camila Campos Pérez, secretaria general de la FMC en el territorio, las féminas ocupan el 42 % de las 

elegidas a la Asamblea Provincial del Poder Popular, en tanto se incrementa la presencia de ellas en el Parlamento cubano, y entre las que rigen los destinos gubernamentales en los municipios.

Otros aspectos decisivos fueron el vínculo a las diversas tareas y programas agrícolas, pues el 26 % del potencial humano del sector lo aportan las mujeres.

Villa Clara inauguró, hace casi dos décadas, la primera Casa de Orientación a la Mujer y la Familia, experiencia valiosa generalizada en el país, mientras la vida interna de las organizaciones de base se revitaliza con el completamiento de los ejecutivos en bloques y delegaciones, y un mayor acercamiento a las federadas que totalizan 304 mil 950, para un 89,6 % de integración a las filas considerado uno de los más altos en la nación.

Las acciones comunitarias también suman al proceso con talleres y encuentros que insisten en la formación y rescate de valores a partir del legado de Vilma Espín, Mariana Grajales y José Martí.

El seguimiento al trabajo con alumnos de preuniversitarios urbanos aparece, también, entre los saldos que destacan a las villaclareñas en este archipiélago, como lauro también alcanzado por las provincias de Guantánamo, Granma, Matanzas y Camagüey.

Agradece a Fidel y Raúl esposa de Gerardo Hernández

Agradece a Fidel y Raúl esposa de Gerardo Hernández

La Habana, Cuba. - Adriana Pérez, esposa Gerardo Hernández, uno de Los Cinco antiterroristas cubanos prisioneros políticos en EE.UU., agradeció a Fidel, Raúl, al pueblo cubano y de otras partes del mundo, por la solidaridad que obligó a que sacaran a su cónyuge de la celda de castigo.

En entrevista al noticiero Nacional de Televisión, Adriana significó cómo Gerardo, quien estuvo recientemente 13 días confinado en el llamado “hueco”, en Victorville, California, tuvo fuerzas para soportar esas condiciones.


Mantiene su optimismo, alegría, forma de bromear, el modo de buscar siempre un sentido humorístico a las cosas; eso lo pude percibir desde la primera llamada que me hizo, después de que la solidaridad internacional hizo que lo devolvieran a su celda habitual, agregó.

Para yo conocer las condiciones en las que realmente estuvo, debí preguntarle directamente, explicó Adriana.

No había forma de que él hablara de la situación, pero no es por no recordar o no hablar de ésta, sino porque él borra todas esas dificultades con su carácter, su ánimo, con el optimismo que no le falta, subrayó.


Fueron 13 días prácticamente sin poder respirar, con falta de oxígeno casi total, y él se llenó -como dice en su mensaje- con todo el oxigeno, con todos los que estábamos fuera y lo hizo buscando el ánimo y el optimismo que le da la gente, dijo la esposa del Héroe.

Comentó que las duras condiciones de la prisión han provocado a su compañero trastornos de salud y que aún no recibe atención médica, sin embargo resaltó que lo más importante para él fue corroborar que existe un gran movimiento internacional por su libertad.

Explicó que se pudo demostrar que esa solidaridad existe, está latente y cada día crece más. Incluso las autoridades de la cárcel se lo expresaron.

Adriana reafirmó que la batalla por la liberación de Los Cinco debe continuar hasta que todos regresen a casa.

Cuba, infinita

Cuba, infinita

Por Ricardo R. González

En este abanico de un mundo convulso e impredecible muchos preguntan ¿cómo ha podido Cuba sobrevivir ante tantos vendavales, tsunamis, tormentas o mareas durante más de medio siglo?

Y quienes edifican la vida en el archipiélago o lo aman desde cualquier punto de ultramar saben que uno de los pilares descansa en esa unidad sostenida por gran parte de su pueblo para hacerlo grande y escalar cimas insospechables.

Esa unión depende de voluntades humanas y sentimientos profundos, pero se multiplica a fin de que cada eslabón de la cadena resulte vital en el afán de consolidar una obra que trata de moldear sus aristas en bien de todos.

Una unidad sin cerrar puertas a las discrepancias como reafirmara Raúl en la clausura del último período de sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular donde insistió en la discusión abierta —y necesaria— de cada asunto por delicado que parezca.

Ni columnas de humo ni hermetismos, y de esta forma enfrentar las estrategias asumidas por el país ante la reducción de plantillas sobredimensionadas en el sector estatal que demanda la información pormenorizada a los trabajadores, que no primen paternalismos, discriminación de género ni el tan dañino favoritismo, y tenga en cuenta la idoneidad o mezcla de aptitudes, competencia y capacidad a la hora de determinar quien merece una plaza.

Las cadenas del largo bloqueo norteamericano agudizadas por la hecatombe de una crisis que desmorona al universo conlleva a la restructuración de la vida contra el absurdo de pagarle y crearle un monumento a la improductividad, de que para realizar un trámite existan diez personas que recrudezcan el cáncer de la burocracia, y con tal de borrar la concepción de que Cuba es el único país del mundo en que se puede vivir sin curtir el cuerpo con el hábito del trabajo.

Ninguna nación sostiene sus modelos económicos a base de estas indignas realidades, algo parecido a ese marabú que se extiende y resta a los rendimientos agrícolas porque sin el incremento de la eficiencia y la productividad será imposible elevar salarios, hacer grandes nuestras fuentes exportables con la finalidad de reducir aquellas de etiqueta foránea, y mantener los enormes gastos destinados al beneficio social de los que usted y todo cubano —trabaje o no, aporte o no— los exige como derechos propiciados por el sistema, imperfecto y con problemas, pero nuestro.

EN BLANCO Y NEGRO

Todas las medidas respaldarán a los Juanes, los Pedros y las Marías que dignifican a Cuba. Nadie quedará como barco a la deriva en busca de un puerto donde anclar.

Por cada eslabón humano que fortalece la gran cadena de la unidad tendrá que prender el llamado a ser racionales, a utilizar lo necesario sin afectar la calidad, a resultar mejores ciudadanos alejados de esos vicios sociales que se inflan de dinero a expensas del bisne, la bolsa negra y los juegos ilícitos, esos hechos personificados que aprovechan las carencias del prójimo para exprimirle los poquitos billetes y engrosar poderosas billeteras sin apenas esfuerzos.

Nuevas modificaciones vendrán. Y ya se aprecian en la división político-administrativa, y la aprobación del Código de Seguridad Vial en pro de mover los molinos acorde con sus tiempos.

No son caprichos, valen si se trata de aliviar las tensiones poblacionales mediante fórmulas más racionales, o de preservar lo más preciado de la existencia resumido en el caudal inagotable de la vida.

Y el mundo gira, pero de manera insegura. Fidel ha advertido los peligros de una contienda nuclear en este siglo cuyos tambores retumban desde hace rato allá por el Oriente Medio. La llama está prendida. En cualquier momento estalla la pólvora, y en medio de otras amenazas aun Cinco Héroes cubanos permanecen, injustamente, detrás de las mazmorras del Imperio.

La solidaridad de los buenos humanos del universo acaba de obtener otra victoria al sacar de un castigo atroz a Gerardo Hernández Nordelo de aquella celda reprochable en el propio país que enarbola, a cada segundo, el llevado y traído banderín de los derechos humanos, de libertades y democracia, y que aun no ha situado el médico que debe examinar los contratiempos de salud latientes en su prisionero.

Nada nuevo ofrece la actual era Estados Unidos-Cuba, sentenció Raúl. No es noticia ni perturba los sueños, y mientras prosiguen campañas difamatorias y ensañamientos trasnochados, hay miles de gentes solidarias que abrazan los colores del tocororo, el olor de las mariposas, la identidad de las palmeras, y esa bandera que hondea con la estrella solitaria escoltada por los millones de buenos humanos del universo que, también, están unidos a quienes desde adentro hacen a Cuba infinita.   

La autobiografía de Fidel en “La victoria estratégica”

La autobiografía de Fidel en “La victoria estratégica”

Fidel y el Comandante Juan Almeida Bosque. Página 377

En exclusiva para Cubadebate, publicamos el ensayo autobiográfico que inicia “La victoria estratégica”, el libro del Comandante en Jefe Fidel Castro. La obra fue presenta este lunes por su autor en La Habana, ante un auditorio encabezado por un grupo de guerrilleros que lo acompañaron en la Sierra Maestra.

Introducción

Dudé sobre el nombre que le pondría a esta narración, no sabía si llamarla “La última ofensiva de Batista” o “Cómo 300 derrotaron a 10 000″, que parece un cuento de Las mil y una noches. Me veo obligado, por ello, a incluir una pequeña autobiografía de la primera etapa de mi vida, sin la cual no se comprendería su sentido. No deseaba esperar que se publicaran un día las respuestas a incontables preguntas que me hicieran sobre la niñez, la adolescencia y la juventud, etapas que me convirtieron en revolucionario y combatiente armado.

Nací el 13 de agosto de 1926. El asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953, se produjo tres años después que me gradué en la Universidad de La Habana. Fue nuestro primer enfrentamiento militar con el Ejército de Cuba, al servicio de la tiranía del general Fulgencio Batista.

La institución armada en Cuba, creada por los Estados Unidos después de su intervención en la isla durante la segunda Guerra de Independencia, iniciada por José Martí en 1895, era un instrumento de las empresas norteamericanas, y la alta burguesía cubana.

La gran crisis económica desatada en los Estados Unidos, durante los primeros años de la década de 1930, implicó altos niveles de sacrificio para nuestro país, al que los acuerdos comerciales impuestos por aquella potencia hicieron totalmente dependiente de los productos de su industria y de su agricultura desarrolladas. La capacidad adquisitiva del azúcar se había reducido casi a cero. No éramos independientes ni teníamos derecho al desarrollo. Difícilmente podían darse peores condiciones en un país de América Latina.

A medida que el poder del imperio crecía hasta convertirse en la más poderosa potencia mundial, hacer una Revolución en Cuba se tornaba una tarea bien difícil. Unos pocos hombres fuimos capaces de soñarla, pero nadie podría atribuirse méritos individuales en una proeza que fue mezcla de ideas, hechos y sacrificios de muchas personas, a lo largo de muchos años, en muchas partes del mundo.

Con esos ingredientes se pudo conquistar la independencia plena de Cuba, y una revolución social que ha resistido con honor más de 50 años de agresiones y el bloqueo de los Estados Unidos.

En mi caso concreto, sin duda por puro azar, a esta altura de la vida puedo ofrecer testimonio de hechos que, si tiene algún valor para las nuevas generaciones, se debe al esfuerzo de investigadores rigurosos y serios, cuyo trabajo durante decenas de años, reunió datos que me ayudaron a reconstruir gran parte del contenido de este libro, al que decidí poner el título La Victoria Estratégica.

Las circunstancias que me llevaron a tales acciones bélicas las guardo imborrablemente en mi mente. No deja de ser satisfactorio para mí recordarlas, porque de otra forma no me explicaría por qué llegué a las convicciones que al fin y al cabo determinaron el curso de mi existencia.

No nací político, aunque desde muy niño observé hechos que, grabados en mi mente, me ayudaron a comprender las realidades del mundo.

En mi Birán natal, solo había dos instalaciones que no pertenecían a mi familia: el telégrafo y la escuelita pública. Allí me sentaban en la primera fila porque no había, ni podía haber, algo parecido a un círculo infantil. Forzosamente aprendí a leer y a escribir. En el año 1933, cuando no había cumplido todavía siete años, la maestra, que no recibía siquiera el sueldo que le debía el gobierno, pretextando la hipotética inteligencia del niño, me llevó para Santiago de Cuba, donde residía su familia, en una vivienda pobre y casi sin muebles, que se filtraba por todas partes cuando llovía. En aquella ciudad, no me enviaron siquiera a una escuela pública como la de Birán.

Después de muchos meses sin recibir clases, ni hacer algo como no fuera escuchar en un viejo piano la práctica de solfeo de la hermana de la maestra, profesora de música sin empleo; aprendí a sumar, restar, multiplicar y dividir, gracias a las tablas impresas en el forro rojo de una libreta que me entregaron para practicar la caligrafía, y que nadie dictó ni revisó nunca.

En la vieja casa donde inicialmente me albergaron, de una cantina que llevaban una vez al día, nos alimentábamos siete personas, entre ellas, la hermana y el padre de la maestra. Conocí el hambre creyendo que era apetito, con la punta de uno de los dientes del pequeño tenedor pescaba el último granito de arroz, y con hilo de coser arreglaba mis propios zapatos.

Al frente de la modesta casa de madera donde vivíamos, un Instituto de Bachillerato permanecía ocupado por el Ejército; vi soldados golpeando con las culatas de sus fusiles a otras personas. Podría escribir un libro con aquellos recuerdos. Fue la institución infantil a donde me condujo aquella humilde maestra, en una sociedad en la que el dinero reinaba de forma absoluta.

Mi familia había sido engañada, y yo ni siquiera podía percatarme de aquella situación; el engaño me hizo perder tiempo, pero me enseñó mucho sobre los factores que la determinaron. Después de varios episodios, cumplidos los ocho años, fui matriculado en enero de 1935 en el primer grado de una escuela de los Hermanos La Salle, muy próxima a la primera catedral que los conquistadores españoles habían erigido en Cuba. Otro rico y nuevo aprendizaje comenzaba.

Ingresé en aquella escuela como alumno externo, residía en una nueva vivienda, muy próximo a la mencionada anteriormente, a donde se mudó la profesora de música, hermana de la maestra de Birán. Llegamos a ser tres hermanos los que vivíamos con aquella familia: Angelita, Ramón y yo, por cada uno de los cuales se pagaba una pensión. El padre de ellas había muerto el año anterior. Ya no existía hambre física, aunque seguí todavía un tiempo obligado a repasar hasta el cansancio las conocidas reglas aritméticas. Aún así, yo estaba harto de aquella casa y me rebelé de manera consciente por primera vez en mi vida; rehusé comer algunos vegetales desabridos que a veces me imponían y rompí todas las normas de educación formal, sagradas en aquella casa de familia de exquisita cultura francesa, adquirida en la propia Santiago de Cuba. En la familia se había insertado el cónsul de Haití, por la vía del matrimonio. Pero tan insoportable se volvió mi rebelión que me enviaron de cabeza como interno a la escuela. Me habían amenazado con eso más de una vez para imponerme disciplina; no sabían que era precisamente lo que yo quería. Lo que para otros niños era duro, para mí significaba la libertad. ¡Si nunca me llevaron ni siquiera a un cine! Disfrutaría de las delicias de un alumno interno. Fue el primer premio que recibí en mi vida. Estaba feliz.

Mis problemas desde entonces serían otros. Había llegado a Santiago con dos años de adelanto, y entré a la escuela de los Hermanos La Salle con unos de retraso. Cursé fácilmente el primero y segundo grados. Aquel centro era una maravilla. Como norma íbamos a Birán tres veces al año: Navidad, Semana Santa y vacaciones de verano, donde Ramón y yo éramos totalmente libres.

Del tercer grado en la escuela La Salle pasé al quinto como premio por mis notas, así recuperé el tiempo perdido. Durante el primer trimestre todo iba bien: buenas notas y excelentes relaciones con los nuevos compañeros de clases. Recibía el boletín blanco que se daba cada semana a los alumnos por conducta correcta, con los problemas normales de cualquier discípulo. Sucedió entonces un percance con uno de los miembros de la congregación, inspector de los alumnos internos.

La escuela disponía de un amplio terreno al otro lado de la bahía de Santiago, llamado Renté. Era un lugar de retiro y descanso de la congregación. Allí llevaban a los alumnos internos los jueves y domingos, días en que no se realizaba actividad escolar. Había un buen campo deportivo. Además, hacía deportes, nadaba, pescaba, exploraba. No lejos de la entrada de la bahía se observaban los rastros de la Batalla Naval de Santiago, en forma de grandes proyectiles que adornaban la entrada de las edificaciones. Un domingo después del regreso, tuve un pleito intrascendente con otro de los alumnos internos cuando viajábamos en la lancha El Cateto, de Renté al muelle de Santiago. Apenas llegamos a la escuela terminamos de zanjarlo; debido a ello, aquel autoritario hermano de la orden religiosa me golpeó en la cara con las manos abiertas y con toda la fuerza de sus brazos. Era una persona joven y fuerte. Quedé aturdido, con los golpes zumbándome en los oídos. Antes, me había llamado aparte, ya casi de noche. No me dejó siquiera explicar. En el largo corredor por donde me llevó nadie nos veía. Transcurridas dos o tres semanas, intentó de nuevo humillarme con un pequeño coscorrón en la cabeza por hablar en filas. En esa segunda ocasión yo iba entre los primeros al salir del desayuno porque los discípulos tratábamos siempre de ocupar un primer lugar en las filas, para jugar con pelotas de goma, un rato antes de las clases. Un pan con mantequilla que llevaba en la mano, otra costumbre de los alumnos cuando salíamos del comedor después de ingerir precipitadamente los primeros alimentos del día, se lo lancé al rostro al inspector, y luego lo embestí con manos y pies de tal forma, delante de los alumnos internos y externos, que su autoridad y sus métodos abusivos quedaron muy desprestigiados. Fue un hecho que se recordó en esa escuela durante bastante tiempo.

Yo tenía entonces 11 años, y me acuerdo bien de sus nombres. No deseo, sin embargo, repetirlos. De él no supe nada, desde hace más de 70 años. No le guardo rencor. Del alumno que motivó el incidente, conocí muchos años después del triunfo revolucionario, que mantuvo una conducta intachable y seria.

Sin embargo, el hecho tuvo consecuencias para mí. El incidente había ocurrido semanas antes de la Navidad, en que tendríamos dos semanas y media de vacaciones. Él seguía como inspector, y yo como alumno; ambos nos ignorábamos totalmente. Por elemental dignidad mi conducta fue intachable. Al venir nuestros padres a buscarnos, evidentemente citados por ellos, les ocultaron la verdad, acusaron a mis dos hermanos y a mí de pésimo comportamiento. “Sus tres hijos, son los tres bandidos más grandes que pasaron por esta escuela”, le dijeron a mi padre. Lo supe por lo que contó entristecido a otros agricultores amigos que a fines de año lo visitaban. Raúl tenía apenas seis años, Ramón siempre se caracterizó por su bondad, y yo no era un bandido.

Trabajo me costó que me enviaran de nuevo a Santiago para estudiar; Ramón y Raúl, que nada tenían que ver con el problema, permanecieron el resto de ese curso en Birán. Me matricularon en enero de 1938 como alumno externo en el Colegio Dolores, regido por la Orden de los Jesuitas, mucho más exigente y rigurosa en materia de estudios, pero más de clase alta y rica que su rival de los Hermanos  La Salle.

En esta ocasión me tocó residir en la casa de un comerciante español amigo de mi padre; allí, desde luego, no pasé ningún tipo de penuria material, pero en aquella casa, donde residí hasta finalizar el quinto grado, era un extraño.

Al inicio del verano, Angelita, la hermana mayor, llegó también a esa casa con el propósito de preparar su ingreso en el bachillerato. Para darle clases se contrató a una profesora negra, quien se guiaba por un enorme libro donde estaba el contenido de la materia a impartir para el examen de ingreso. Yo asistía a sus clases. Era la mejor profesora y, quizás, una de las mejores personas que conocí en mi vida. Se le ocurrió la idea de que estudiara a la vez el material de ingreso y el primer año del bachillerato, con el fin de examinarme tan pronto alcanzara la edad pertinente para el ingreso en el bachillerato, un año después. Despertó en mí un enorme interés por el estudio. Habría sido la única razón por la que estaba dispuesto a soportar la casa del comerciante español en ese período vacacional, tras finalizar el quinto grado como externo en Dolores.

Enfermé a fines de ese verano, y estuve ingresado alrededor de tres meses en el hospital de la Colonia Española de Santiago de Cuba. No hubo vacaciones de verano ese año. En aquel hospital mutualista, por dos pesos mensuales, equivalentes a dos dólares, una persona tenía derecho a los servicios médicos. Muy pocos, sin embargo, podían cubrir ese gasto. Me habían operado del apéndice, y a los 10 días la herida externa se infestó. Hubo que olvidarse de los planes de estudio concebidos por la profesora. A fines de ese mismo año, 1938, los tres hermanos nos volvimos a reunir, como alumnos internos en el Colegio Dolores.

En el sexto grado, con varias semanas de clases perdidas, debí esforzarme para ponerme al día. Una etapa nueva se iniciaba. Profundizaba los conocimientos en Geografía, Astronomía, Aritmética, Historia, Gramática e Inglés.

Se me ocurrió escribirle una carta al presidente de los  Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, que con su silla de ruedas, su tono de voz y su rostro amable despertaba mis simpatías. Gran expectación, una mañana las autoridades en la escuela anunciaron el gran suceso: “Fidel se cartea con el presidente de los Estados Unidos”.

Roosevelt había respondido mi carta. Eso creíamos. Lo que llegó fue realmente una comunicación de la embajada informando que la habían recibido, dando las gracias. ¡Qué gran hombre, ya teníamos un amigo: el presidente de los Estados Unidos! A pesar de todo lo que aprendí después, y tal vez por ello, pienso que Franklin Delano Roosevelt, quien luchó contra la adversidad personal y adoptó una posición correcta frente al fascismo, no era capaz de ordenar el asesinato de un adversario, y por lo que se conoce de él, es muy probable que no hubiese lanzado las bombas atómicas contra dos ciudades indefensas de Japón ni desatado la Guerra Fría, dos hechos absolutamente innecesarios y torpes.

En aquel colegio de la rancia burguesía en la provincia mayor y más oriental de Cuba, había más rigor académico y disciplina que en La Salle. Eran jesuitas, casi en su totalidad de origen español, ungidos como sacerdotes en una etapa avanzada de su formación, en la que debían ejercer como miembros de la Orden en alguna tarea o responsabilidad. El prefecto de la escuela era el Padre García, un hombre recto, pero amable y accesible que  compartía con los alumnos.

Mis vacaciones, mientras transité desde el primer grado de primaria hasta el último de bachillerato, fueron siempre en Birán, zona de llanos, mesetas y alturas de hasta casi 1 000 metros, bosques naturales, pinares, corrientes y pozas de agua; allí conocí de cerca la naturaleza, y fui libre de los controles que me imponían en las escuelas, las casas de las familias donde me alojé en Santiago o en la mía de Birán; aunque siempre defendido por mi madre y con la tutela tolerante de mi padre, a medida que era ya estudiante con más de seis grados, y por ello disfrutaba de creciente prestigio en la familia.

Pero este no es el lugar para hablar del tema, solo el mínimo indispensable para comprender el asunto que abordo en este libro.

Del Colegio Dolores, yo mismo tomé la decisión de trasladarme al Colegio Belén, en la capital de Cuba. Allí, a la inversa de lo que ocurrió en el Colegio La Salle de Santiago de Cuba, el responsable más directo de los alumnos internos -más de 100-, el Padre Llorente, no era una persona autoritaria, y lejos de ser un enemigo se convirtió en un amigo. Español de nacimiento, como casi todos los jesuitas de aquel colegio, estaba en la etapa previa a la investidura como sacerdote. Un hermano suyo, mayor que él, ejercía el sacerdocio entre los esquimales de Alaska, y bajo el título de En el país de los eternos hielos, escribía narraciones sobre la vida, las costumbres y las actividades de aquel pueblo indoamericano en una naturaleza virgen, que a los alumnos nos llenaba de asombro.

Llorente había sido sanitario en la Guerra Civil Española; él contaba la dramática historia de los prisioneros fusilados al concluir aquella contienda. Su tarea, junto a otros que hacían la misma función, era certificar que estaban muertos antes de proceder a darles sepultura. El Padre Llorente no hablaba de política, ni recuerdo haberlo escuchado nunca opinar sobre el tema. Era un jesuita orgulloso de su orden religiosa. Estimulaba las actividades que ponían a prueba el espíritu de sacrificio y el carácter de sus alumnos. Ambos estuvimos planificando una cacería de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata, donde había miles de ellos; y en 1945, durante las últimas vacaciones de verano, organizamos un plan para escalar el Turquino. La goleta que debía llevarnos por mar, desde Santiago de Cuba hasta Ocujal, no pudo arrancar en toda la noche y no había otro camino. Hubo que suspender el plan. Recuerdo que llevaba una de las escopetas automáticas calibre 12 que tomé de mi casa. ¡Cómo me habría ayudado más tarde aquella excursión cuando me convertí en combatiente guerrillero, cuyo reducto principal radicaba precisamente en esa zona!

Al graduarme de bachiller en Letras, a los 18 años, era deportista, explorador, escalador de montañas, bastante aficionado a las armas -cuyo uso aprendí con las de mi padre-, y buen estudiante de las materias impartidas en el colegio donde estudiaba.

Me designaron el mejor atleta de la escuela el año que me gradué, y jefe de los exploradores con el más alto grado otorgado allí. Mi madre se sintió complacida con los aplausos de todos los asistentes aquella noche de la graduación. Por primera vez en su vida se había confeccionado un traje de gala para ir a una ceremonia. Ella fue una de las personas que más me ayudó en el propósito de estudiar.

En el anuario de la escuela, correspondiente al curso en que me gradué, aparece una foto mía con las siguientes palabras:

Fidel Castro (1942-1945). Se distinguió en todas las asignaturas relacionadas con las letras. Excelencia y congregante, fue un verdadero atleta, defendiendo siempre con valor y orgullo la bandera del colegio. Ha sabido ganarse la admiración y el cariño de todos. Cursará la carrera de Derecho y no dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida. Fidel tiene madera y no faltará el artista.

En realidad, debo decir que yo era mejor en Matemática que en Gramática. La encontraba más lógica, más exacta. Estudié Derecho porque discutía mucho, y todos afirmaban que yo iba a ser abogado. No tuve orientación vocacional.

El hecho real es que las escuelas de élite lanzaban a la calle oleadas de bachilleres carentes de conocimientos políticos elementales. Sobre un tema fundamental como la historia de la humanidad, nos narraban en primer lugar las consabidas aventuras bélicas de nuestra especie, desde la época de los persas hasta la Segunda Guerra Mundial, historias que tanto cautivan a niños y jóvenes varones.

El negocio de la producción y venta de juguetes de guerra hoy día es casi tan grande como el comercio de armas. Del sistema social que conduce a tales locuras y a las propias guerras no se nos enseñó una palabra.

Nos ilustraban sobre la historia de Grecia y Roma, pero civilizaciones tan antiguas como las de India y China, apenas se mencionaban, como no fuese para contarnos las aventuras bélicas de Alejandro Magno y los viajes de Marco Polo. Sin ambos países, hoy resulta imposible escribir la historia. No podría siquiera soñarse que nos hablaran entonces de las civilizaciones maya y aimara-quechua, del colonialismo y del imperialismo.

Cuando me gradué de bachiller en Letras, no existía más que una universidad, la de La Habana, a ella íbamos a parar los estudiantes con nuestra ausencia de conoci­mientos políticos. Salvo excepciones, casi todos los alumnos procedían de familias de la pequeña burguesía, que afanosamente deseaban mejor destino para sus hijos. Pocos pertenecían a la clase alta, y casi ninguno a los sectores pobres de la sociedad. Muchos de los de familia pudiente realizaban sus estudios superiores en los Estados Unidos, si es que no lo hacían desde el bachillerato. No se trataba de culpabilidades individuales, era una herencia de clase. La incorporación de la gran mayoría de los estudiantes universitarios a la Revolución en Cuba, es una prueba del valor de la educación y la conciencia en el ser humano.

Quizás algunas cosas de las hasta aquí referidas ayuden a comprender lo que vino después.

No asistí a la universidad desde el primer día, pues rechazaba las humillantes prácticas de las llamadas novatadas, consistentes en rapar a la fuerza a los recién llegados. Pedí que me pelaran bien bajito para identificarme como alumno nuevo.

Después de resolver el complejo problema del alojamiento, me fui al estadio universitario, buscando cómo incorporarme a los deportes. Había básquet, pelota, campo y pista, todo lo que me gustaba. Trabajo me costó liberarme del compromiso con el manager de básquet de Belén. Hacía tiempo había acordado proseguir como discípulo suyo en ese deporte, pero él era entrenador de un club aristocrático. Le expliqué que no podía ser estudiante de la universidad y jugar en otro equipo contra esta. No entendió y rompí con él. Comencé a entrenar en el equipo universitario de básquet. También la escuela reclamó que jugara pelota por mi facultad y le dije que sí.

Los líderes de la facultad de Derecho solicitaron que fuera candidato a delegado por una asignatura, y no tuve objeción.

Me veía obligado a realizar muchas cosas en un día, y residía en un reparto distante, donde Lidia, la hermana mayor por parte de padre, siempre atenta y afectuosa con nosotros, decidió vivir al trasladarse de Santiago de Cuba a La Habana cuando inicié mis estudios universitarios.

Un día descubrí que no me alcanzaba el tiempo ni para respirar. Sacrifiqué los deportes y decidí cumplir la tarea que me solicitaron los líderes de la escuela. Luché duro por obtener la representación, como delegado, de la asignatura de Antropología, lo cual requería especial esfuerzo. En la tarea me enfrentaba a un antiguo cuadro, para quien un cargo en la dirección de la escuela significaba una profesión política. Así comenzó mi actividad en esa esfera.

No había imaginado hasta qué punto la politiquería, la simulación y las mentiras prevalecían en nuestro país. Pero no lo supe desde el primer día. Cuando se realizó la elección, obtuve más de cinco votos por cada uno del adversario, y pude contribuir así al triunfo de los candidatos de nuestra tendencia en otras asignaturas. Fue de esa forma como, en pocos meses, por el número de votos obtenidos, me convertí en el representante de los estudiantes del primer curso, en una de las escuelas más numerosas de la Universidad de La Habana. Ello me otorgó determinada importancia, pero era muy pronto. No tenía siquiera idea de los intereses que se movían alrededor de aquella Universidad.

A medida que me familiarizaba con ella, iba conociendo también su rica historia. Había sido una de las primeras fundadas en la época de las colonias. Las ilustres personalidades de la cultura y la ciencia eran recordadas en figuras de bronce y mármol a las que se rendía tributo, o al bautizar con sus nombres las plazas, edificios e instituciones universitarias.

Especial admiración se sentía por los ocho estudiantes de Medicina, fusilados el 27 de noviembre de 1871 por los voluntarios españoles, al ser acusados de profanar la tumba de un periodista reaccionario que servía al régimen colonial, un hecho que según se comprobó después, ni siquiera ocurrió.

Junto a mi escuela, un pequeño parque llamado Lídice -aldea checoslovaca donde los nazis perpetraron una atroz matanza-, añadía elementos de internacionalismo.

Los nombres de Martí, Maceo, Céspedes, Agramonte y otros, aparecían por todas partes y suscitaban la admiración y el interés de muchos de nosotros, sin que importara su origen social. No era la atmósfera que se respiraba en la escuela privada de élite donde estudié el bachillerato, cuyos profesores procedían y se educaban en España, donde se engendró parte importante de nuestra cultura, pero también la esclavitud y el coloniaje.

En esa etapa, después de las elecciones del 44, el país era presidido por un profesor de Fisiología, que emergió de la universidad en los años 30, cuando en medio de la gran crisis económica mundial, fue derrocada la tiranía de Machado, y se creó, por breves meses, un gobierno provisional revolucionario. En aquel proceso, dentro del marco de una independencia limitada por la Enmienda Platt, los estudiantes, junto a la combativa clase obrera cubana y el pueblo en general, desempeñaron un papel fundamental. El profesor de Fisiología, Ramón Grau San Martín, fue designado presidente del gobierno en 1933. Un joven revolucionario antimperialista, Antonio Guiteras, representante de otras fuerzas populares, designado ministro de Gobernación, fue la figura más destacada de aquellos meses, por las medidas valientes y antimperialistas que adoptó.

Fulgencio Batista, procedente del sector militar revolucionario de los sargentos y soldados profesionales, ascendido a jefe del Ejército, captado más tarde por los sectores reaccionarios y la propia embajada de los Estados Unidos, derrocó aquel gobierno radical que duró apenas 100 días.

En la caída de Gerardo Machado había sido  decisiva la clase obrera. La huelga general revolucionaria, organizada fundamentalmente por el pequeño partido de los comunistas, bajo la dirección brillante y vibrante del poeta revolucionario Rubén Martínez Villena, inició la batalla por el derrocamiento de la tiranía de Machado. Conviene recordarlo porque la idea de una huelga general revolucionaria estuvo asociada a nuestra posterior lucha, desde el ataque al cuartel Moncada. Fue el arma fundamental utilizada tras la ofensiva final exitosa del Ejército Rebelde, que lo condujo a la victoria total del pueblo el 1ro. de enero de 1959.

En los años 40 había emergido con fuerza el anticomunismo, la siembra de reflejos y el control de las mentes a través de los medios de comunicación masiva. Se habían creado las bases para el dominio militar y político del mundo. Muy poco quedaba ya en nuestra alta casa de estudios del espíritu revolucionario de los años 30.

El partido creado por el profesor, que lo llevó a la presidencia en virtud de pasadas glorias, tomó el nombre que utilizó Martí para organizar la última Guerra de Independencia: Partido Revolucionario Cubano, al que añadieron el calificativo de “Auténtico”.

Cuando los escándalos comenzaron a estallar por todas partes, un senador prestigioso de ese mismo partido, Eduardo Chibás, encabezó la denuncia al gobierno. Era de cuna rica, pero incuestionablemente honrado, algo no habitual en los partidos tradicionales de Cuba. Disponía de media hora cada domingo, a las 8:00 de la noche, en la emisora radial más oída de toda la nación. Fue el primer caso en nuestra patria de la promoción inusitada que podía significar ese medio de divulgación masiva. Se conocía su nombre en todos los rincones del país. No existía todavía en Cuba la televisión. De ese modo, a pesar del analfabetismo reinante, surgió un movimiento político de potencial masividad entre los trabajadores de la ciudad y el campo, los profesionales y la pequeña burguesía.

Entre los obreros industriales más avanzados e intelectuales destacados, las ideas marxistas se abrían paso con más facilidad. Rubén Martínez Villena murió joven, víctima de la tuberculosis, poco tiempo después de su más gloriosa obra, el derrocamiento de la tiranía machadista. Quedaron sus poemas, que continúan recordándose y repitiéndose. Pero los prejuicios anticomunistas, emanados siempre de los sectores privilegiados y dominantes de la sociedad cubana, continuaron multiplicándose, desde los días brillantes en que Julio Antonio Mella creó la FEU (Federación Estudiantil Universitaria), y junto a Baliño -compañero de José Martí en su lucha por la independencia- fundó el primer Partido Comunista de Cuba.

El gobierno corrupto de Grau San Martín era caótico, irresponsable, cínico. Le interesaba controlar la universidad y los escasos institutos públicos donde se estudiaba el bachillerato. Su instrumento fundamental no era la represión, sino la corrupción. La universidad dependía de los fondos del Estado.

Un sujeto sin escrúpulo resultó designado ministro de Educación. Muchos millones de dólares fueron malversados. Nada parecido a un programa de alfabetización se llevó a cabo.

La reforma agraria y otras medidas promulgadas por la Constitución de 1940 pasaron al olvido. Batista se había marchado del país repleto de dinero para residir en la Florida. Dejó en Cuba a las Fuerzas Armadas llenas de ascensos y privilegios, y a un número no desdeñable de seguidores directamente beneficiados con cargos de elección en el Congreso, los municipios, y empleos en el aparato burocrático de instituciones sociales y empresas privadas.

Lo peor de todo fue el lastre pseudorrevolucionario que llegó al poder en Cuba junto con Grau San Martín. Eran gente que de una u otra forma habían sido antimachadistas y antibatistianos. Se consideraban, por tanto, revolucionarios. Al peor grupo de estos le asignaron cargos importantes en la policía represiva, como el Buró de Investigaciones, la Secreta, la Motorizada y otros cuerpos de esa institución. Se mantuvieron los tribunales de urgencia, con la facultad de arrestar a un ciudadano sin derecho alguno a la libertad provisional. En fin, todo el aparato represivo de Batista permaneció inalterable.

Con distintos nombres surgieron una serie de organizaciones formadas por personas que tuvieron relaciones con Guiteras y otros prestigiosos líderes de la lucha contra Machado y Batista. En las filas de aquella pseudorrevolución existían personas serias y valientes, consideradas a sí mismas como revolucionarias, una idea y un título que siempre atrajeron en Cuba a los jóvenes. Los órganos de prensa les asignaban con todo rigor ese calificativo, cuando en realidad lo transcurrido era una dramática etapa de revolución frustrada. No había programa social serio, y menos aún objetivos que condujeran a la independencia del país. El único programa verdaderamente revolucionario y antimperialista era el del partido fundado por Mella y Baliño, y luego dirigido por Rubén Martínez Villena. Este joven y valioso líder, lleno de pasión, proclamó en un poema: “Hace falta una carga para matar bribones, /para acabar la obra de las revoluciones (…)”. Pero el Partido Comunista de Cuba estaba aislado.

Entre los muchos miles de estudiantes de la universidad que conocí, el número de antimperialistas conscientes y comunistas militantes no pasaban de 50 ó 60, del total de matriculados, que ascendían a más de 12 000. Yo mismo, un entusiasta de las protestas contra aquel gobierno, me sentía impulsado por otros valores que más adelante comprendí que estaban todavía distantes de la conciencia revolucionaria que adquirí después.

Eran miles los estudiantes que repudiaban la corrupción reinante, los abusos de poder y los males de la sociedad. Muy pocos pertenecían a la alta burguesía. Las veces que tuvimos necesidad de salir a la calle, no vacilaron en hacerlo.

Nuestra universidad sostenía relaciones con los exilados dominicanos en lucha contra Trujillo, con quienes  se solidarizaba plenamente. También los puertorriqueños que demandaban la independencia, bajo la dirección de Pedro Albizu Campos, contaban con su apoyo. Eran elementos de una conciencia internacionalista presentes entre nuestros jóvenes, y que también me movían entonces a mí, a quien habían asignado la presidencia del Comité Pro Democracia Dominicana y el Comité Pro Independencia de Puerto Rico.

Una etapa de mis estudios universitarios ayudaría a comprender lo que allí viví. Cuando inicié el segundo año de la carrera, en 1946, conocía mucho más de nuestra universidad y nuestro país. Nadie tuvo que invitarme a participar en las elecciones de la escuela de Derecho. Yo mismo persuadí a un estudiante activo e inteligente, Baudilio Castellanos, que iniciaba su carrera, para que se postulara por la misma asignatura que yo lo había hecho el año anterior. Lo conocía bien porque éramos de la misma zona oriental; él había estudiado el bachillerato en una escuela regida por religiosos protestantes. Su padre era farmacéutico en el pequeño poblado del central Marcané, propiedad de una transnacional norteamericana, a cuatro kilómetros de mi casa en Birán.

Seleccionamos entre los estudiantes del primer curso a los más activos y entusiastas para integrar la candidatura. Contaba con el apoyo total del segundo curso, donde los adversarios ni siquiera pudieron nuclear alumnos suficientes para formar una candidatura contra mí. Aplicamos la misma línea del año anterior y, en las elecciones, nuestra tendencia obtuvo una aplastante victoria. Contábamos ya con amplia mayoría entre los estudiantes de la escuela de Derecho, y podíamos decidir quién sería el presidente de los estudiantes de la facultad, una de las más numerosas de la Universidad de La Habana. Los del quinto y último año no eran muchos, los del cuarto se correspondían con el año en que el bachillerato se elevó de cuatro a cinco años, y eran muy pocos los que habían ingresado en ese curso. No teníamos la mayoría de los delegados, pero sí la inmensa mayoría de los estudiantes.

En ese tiempo entramos en contacto con el Partido Ortodoxo y, también, con militantes de la Juventud Comunista, como Raúl Valdés Vivó, Alfredo Guevara y otros. Conocí a Flavio Bravo, una persona inteligente y capaz, que dirigía a la Juventud Comunista de Cuba.

Pude dejar las cosas como estaban y esperar un año más. Al fin y al cabo mis relaciones no eran malas con los delegados de los cursos superiores, políticamente neutros. Pero pudo más en mí el espíritu competitivo y quizás la autosuficiencia y la vanidad que suele acompañar a muchos jóvenes, aún en nuestra época.

Esto no significa que yo habría tenido una nueva oportunidad para esperar un tercer curso normal. Los compromisos ya contraídos me llevaron por otros caminos. Pero antes debo señalar que viví los mayores peligros de perder la vida con apenas 20 años, sin provecho alguno para la causa verdaderamente noble que descubrí después.

De hecho, nuestra actividad y fuerza llamaron prematuramente la atención de los dueños de la única universidad del país. Nuestro alto centro de estudios había adquirido especial importancia por su raíz histórica y su papel dentro de la república disminuida, que nació de la imposición de la Enmienda Platt a la nación cubana cuando se liberó de España. La nueva presidencia de la Federación de Estudiantes Universitarios estaba por decidirse, ya que el anterior presidente había pasado a ocupar un alto cargo en el gobierno de Grau.

Dado mi carácter rebelde, le hice frente al poderoso grupo que controlaba la universidad. Así pasaron días, en realidad semanas, sin otra compañía que la solidaridad de mis compañeros de primero y segundo cursos de la escuela de Derecho. Hubo ocasiones en que salí de la universidad escoltado por grupos de estudiantes que se apretaban alrededor de mí. Pero yo, a pesar de eso, iba todos los días a las clases y las actividades, hasta que un día declararon que no me permitirían entrar más a ese recinto.

He contado alguna vez que, al día siguiente, un domingo, me fui a una playa con la novia, y acostado boca abajo lloré porque estaba decidido a desafiar aquella prohibición, y comprendía lo que ello significaba. Sabía que el enemigo había llegado al límite de su tolerancia. En mi mente quijotesca no cabía otra alternativa que desafiar la amenaza. Podía obtener un arma, y la llevaría conmigo.

Un amigo militante del Partido Ortodoxo, al que conocí porque le gustaban los deportes y visitaba con frecuencia la universidad, me contaba las experiencias del enfrentamiento a las dictaduras de Machado y Batista, conversaba mucho conmigo, y conocía nuestras luchas, al tener noticias de la situación creada, y la decisión adoptada por mí, movió cielo y tierra para evitar lo peor.

Después de esto tuvieron lugar innumerables sucesos que he narrado en distintas oportunidades, y no deseo añadir a lo que aquí expongo, ya de por sí extenso; pero siento la necesidad de expresar que desde entonces estuve decidido a todo y empuñé un arma. Las experiencias de mi vida universitaria me sirvieron para la larga y difícil lucha que emprendería poco tiempo después como martiano y revolucionario cubano. Mi pensamiento maduró aceleradamente. Apenas transcurridos tres años de mi graduación, asaltaba con mis compañeros de ideal la segunda plaza militar del país. Fue el reinicio de la insurrección armada del pueblo de Cuba por su plena independencia y por la república de justicia soñada por nuestro Héroe Nacional José Martí.

Tras el triunfo del 1ro. de enero, conocidos e incansables historiadores, encabezados por Pedro Álvarez Tabío, y gracias a la iniciativa de Celia Sánchez, que estuvo presente y cumplió importantes misiones en la defensa de aquel baluarte revolucionario, recorrieron cada rincón de la Sierra Maestra, donde se desarrollaron los acontecimientos, y recogieron información fresca de las personas en cada vivienda y lugar donde estuvimos, archivando datos sin los cuales nadie y, por supuesto, tampoco yo, podría responsabilizarse con cada detalle que da total veracidad a lo que aquí expongo.

Por otro lado, solo alguien que fuera conductor y jefe de aquella fuerza de combatientes bisoños podría responsabilizarse con una historia rigurosa de los acontecimientos en los 74 días de combate, en que desesperadamente los revolucionarios logramos destrozar los planes de las Fuerzas Armadas de entonces, asesoradas y equipadas por los Estados Unidos, y convertimos lo imposible en posible. No existe otra forma de honrar a los caídos en aquella gesta. De una contienda así no teníamos antecedentes en nuestra patria. Las gloriosas luchas por la independencia habían concluido casi medio siglo antes. Las armas, las comunicaciones, eran todas muy diferentes en otra época; no existían los tanques, los aviones, las bombas de hasta 500 kilogramos de TNT. Fue necesario comenzar de cero. Disponía ya desde que me gradué de bachiller, y a pesar de mi origen, de una concepción marxista-leninista de nuestra sociedad y una convicción profunda de la justicia.

De la excelente prosa del historiador Álvarez Tabío recogí lo mejor y depuré lo innecesario. El cartógrafo Otto Hernández Garcini, expertos militares y diseñadores elaboraron, por su parte, los mapas que contiene este libro, donde tales planos se requerían para el análisis del tema por los profesionales de las armas. Aún faltaría por explicar cómo, después de la última ofensiva enemiga que quebró el espinazo de la tiranía, al decir del Che, de la Sierra Maestra trasladamos al llano nuestras concepciones de lucha, y en solo cinco meses destrozamos la fuerza total de 100 000 hombres armados que defendían al régimen y les ocupamos todas las armas.

Este libro, La Victoria Estratégica, es el preámbulo de ese otro, aún sin escribir, sobre la rápida y contundente contraofensiva rebelde que nos llevó a las puertas de Santiago de Cuba y al triunfo definitivo de la Revolución Cubana.

Pliego fotográfico

(Se ha respetado el pie de fotografía del libro y el número de la página. Quien desee descargar las imágenes en alta resolución, puede obtenerlas en nuestra página de la red social Picasa, pinchando AQUÍ

Un santiagüero espectacular

Un santiagüero espectacular

Por Miguel Rubiera Justiz

En eso de andar con mascotas, hay para todos los gustos. La mayoría prefiere estar acompañados por un perro, otros se decantan por los gatos, algunos gustan de los gorgojeos de las aves. Pero, ¡tener un majá en la casa! La experiencia puede contarla el santiaguero Julio Dinza González, que hace cuatro años se encontró un majá de Santa María accidentado en una carretera, lo llevó a su hogar, lo curó y desde entonces lo saca a pasear por las calles santiagueras, causando admiración o pavor entre los transeúntes que se cruzan en el camino. El fotógrafo Miguel Rubiera nos trae estas imágenes de la pareja hombre-majá.

Mensaje de Gerardo Hernández Nordelo

Mensaje de Gerardo Hernández Nordelo

En la mañana de hoy Adriana Pérez, esposa del Héroe cubano Gerardo Hernández, preso político en los Estados Unidos, recibió el siguiente mensaje de él, mediante los compañeros del Comité Internacional por la Libertad de los Cinco.

Queridos hermanos:

Estas palabras espero dictarlas por teléfono, por lo que debo ser breve, y además no podré decirles todo lo que quisiera, para que no se corte la comunicación. Ayer me sacaron de “el hueco” con la misma rapidez con la que me habían metido en él. Me habían llevado supuestamente bajo investigación. Las investigaciones pueden durar 3 meses, a veces más, pero estuve allí 13 días. Como diría un conocido periodista cubano: saquen sus propias conclusiones…

Quiero expresarles mi profundo agradecimiento. Ya saben que fueron días particularmente difíciles por el exceso de calor y la falta de aire, pero ustedes fueron mi oxígeno. No encuentro mejor manera de resumir la enorme importancia de sus esfuerzos solidarios. Muchas gracias a todas las compañeras y compañeros de Cuba y del mundo que unieron sus voces para condenar mi situación. A las instituciones, organizaciones y personas de buena voluntad que, de una manera u otra, trataron de poner fin a la injusticia.

A nuestro Presidente Raúl, que tanto nos honra con su apoyo. Al Parlamento cubano y su Presidente Ricardo Alarcón, incansable luchador por la causa de los Cinco. A mis 4 hermanos, que me hicieron llegar sus mensajes de aliento, y que han sufrido y viven bajo el constante peligro de volver a sufrir similares abusos. Y por supuesto, a nuestro querido Comandante en Jefe: ¡Gracias por tanto honor! (No sé si deba decirlo, pero sólo por el privilegio de escuchar mi nombre en la voz de Fidel me dan deseos de agradecer también a los que me mandaron a “el hueco”…)

¡Gracias Comandante, por la alegría de escucharlo y verlo tan grande como siempre!

Gracias a todos por haber demostrado una vez más el poder de esa solidaridad que sin dudas también, algún día, nos hará libre.

¡La lucha continúa!

Un fuerte abrazo,

Gerardo Hernández Nordelo

Prisión Federal de Victorville, CA

Agosto 3, 2010

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La presión internacional saca a Gerardo del “hueco”

La presión internacional saca a Gerardo del “hueco”

El Noticiero de la Televisión Cubana divulgó en la noche del martes la siguiente Nota Oficial del Gobierno Cubano:

En la mañana de hoy, 3 de agosto, el Héroe de la República de Cuba, Gerardo Hernández Nordelo, se comunicó telefónicamente con su esposa, Adriana Pérez O’Connor y le informó que en la tarde de ayer 2 de agosto lo habían trasladado de la celda de castigo donde se encontraba desde el pasado 21 de julio para el área habitual donde cumple su injusta condena en una cárcel de Estados Unidos.

Una nota oficial señala que el Departamento de Estado, en la tarde de ayer, había informado a las autoridades cubanas sobre dicho traslado.

Adriana, en la conversación, lo encontró con buen estado de ánimo y elevada moral.

En nombre del pueblo cubano agradecemos las muestras de apoyo y la solidaridad mostradas por diversas organizaciones y personas de buena voluntad que reclamaron poner fin a este cruel e inhumano trato. Seguiremos en la lucha hasta que se haga justicia y Los Cinco regresen a la Patria.

En medio de una intensa campaña librada por Fidel Castro, los diputados del Parlamento cubano, sus abogados y miles de seguidores en todo el mundo, la Autoridades de EE.UU. liberaron hoy a Gerardo Hernández, uno de los Cinco héroes, de los días en aislamiento en una celda de castigo.

El Comité Nacional para la Liberación de los Cinco en EE.UU. informó en su página web Free The Five en un comunicado de prensa que la liberación se produjo después de que simpatizantes con la causa enviaron miles de correos electrónicos a la Oficina de Prisiones.

Leonard Weinglass, uno de los abogados de Gerardo, le visitó este fin de semana junto a su compañero el abogado Peter Schey.

El martes, él describió a Gloria La Riva del Comité Nacional para la Liberación de los Cinco las abismales y crueles condiciones donde colocaron a Gerardo.

“Gerardo está de muy buen humor pero en realidad está sufriendo. En un clima de más de 100 grados, el aire estaba tan sofocante que Gerardo estaba tumbado en el suelo inhalando el aire que corría por debajo de la puerta”, dijo el abogado.

No podía tomar su medicamento para la presión arterial como le recetó el médico debido al intenso calor.  No podía usar la ducha porque era agua hirviendo. La ropa de cama que le dieron estaba sucia,  y tuvo lavarlos en el lavabo, denunció Weinglass.

El abogado señaló que la defensa envió una carta de cinco páginas a la prisión que contiene todas las violaciones que cometieron al ponerlo en aislamiento.

(Con información de Free The Five/ Prensa Latina/ AIN