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Fatigas del alma

Fatigas del alma

Por Ricardo R. González

Ya suma un año y cinco meses que llevamos de cara a un virus letal. Llegó y pensamos que resultaría transitorio, pero lejos estábamos de conocer sus intenciones, por lo que viene a la mente una frase del célebre uruguayo Mario Benedetti que, en circunstancias ajenas, expresó: «Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas». 

Así ocurrió, se transformó nuestro mundo, y pese a ello el personal de la Salud continúa en su titánica misión, por esa en la que un día, de determinado año, juraron entregarse por completo a ese prójimo devenido razón.

Hace unas horas vi salir a un connotado especialista villaclareño de zona roja. Se apoyó en una de las paredes del pasillo y la golpeaba con fuerza. Quién dice que los hombres no lloran ante la impotencia de no poder convertirse en ángeles salvadores de un paciente. Eso desploma aunque haya que seguir dándolo todo.

Y continúan en condiciones muy difíciles ante la falta de medicamentos e insumos necesarios, con el déficit de oxígeno, de una tecnología indispensable, con un transporte sanitario deprimido, y las innumerables dificultades que sabemos no constituyen secretos.

Mas siguen ahí, y no son tiempos para recurrir a la semántica y analizar si están «agotados» o «cansados» porque lo están, solo meterse en sus mundos y conocer tantas vivencias conmovedoras que han tenido que echar a la espalda a pesar de que duelen. Galenos que por más de un mes no han podido besar a su criatura de días de nacida por cuenta de los períodos de aislamiento, otros que solo conversaron con sus hijos a través del teléfono y con la mayor ingenuidad del universo esos «locos bajitos» de los que habló Serrat, preguntaban: «Papá, cuándo tú vuelves a casa», o la de aquella enfermera que no pudo compartir con su mamá el día de su cumpleaños, sin imaginar que sería el último de su progenitora.

El corazón se desgarra. Pensemos en todo momento en ellos y en muchos más porque quien lleva dignidad y es humano se le mueven las fibras del alma con solo saberlo. Son seres de carne y hueso que sufren, sienten y padecen, y ahí están, dispuestos a todo, a seguir luchando contra vientos y mareas, levantando el pedestal del honor y a la vez del sacrificio entre las fisuras presentes en el sistema de salud cuya atención primaria ocasiona múltiples quejas e inconformidades de la población.

Debo aclarar que aquí también hay consagrados, esos a quienes reconozco, pero no siempre las pesquisas han contado con la calidad y el rigor requerido, como tampoco puede ocultarse el sol con un dedo ante el resquebrajamiento de los ingresos domiciliarios en los que ha fallado el seguimiento diario por parte del grupo básico de trabajo junto a negligencias en el tratamiento de algunos enfermos que, portadores de signos, tampoco han contado con la orientación facultativa sistemática y en el momento preciso. Súmele a las problemáticas los maltratos verbales impropios de la coyuntura, y las demoras en conocerse resultados de los exámenes cuando el tiempo se prolonga y causa interminable agonía, cuando la vida se alarga tanto que desgasta en ese compás de espera, entre muchas otras…

Punto y aparte para las consultas destinadas al abordaje de las infecciones respiratorias agudas (IRA), eslabón básico ante esta situación que también manifiestan deslices. No todas ubicadas en un sitio idóneo con las condiciones requeridas, muchas en espacios castigados por el sol u otras contingencias, a lo que se añade la aglomeración de personas que complican más el panorama, algunas de ellas sin presentar síntomas, pero que crean el «escenario» fantasioso para tratar de conseguir una prueba rápida, un PCR, u obtener las gotas de Nasalferón como recursos también insuficientes que han marcado notorias irritaciones populares entre quienes verdaderamente lo necesitan.

Ojalá el fin de este fenómeno esté cerca; sin embargo, desconocemos cuánto más queda. Por ello aplaudo a todos los buenos del sector de la Salud que, sin precisar oficios, dejan a un lado el peligro real de contagiarse o de llevarlo al hogar, desafiando agotamientos y cansancios —como quiera llamársele—, siendo los titanes de esta era sin poder recostarse ante un sueño que vence porque la vida de sus semejantes les pide más y en susurros multiplicados les dicen: «hagan todo por mí».

Pienso que a este aplauso se une el pueblo, y a pesar de estas realidades, y de muchas más, pudiéramos aliviarles sus tensiones si hiciéramos por cuidarnos, por acabar de consolidar nuestro deber individual y colectivo traducido en responsabilidad, y si tuviéramos el sentido común de asistir a una consulta cuando verdaderamente resulte necesario justificado por síntomas.

Vale, a la vez, la referencia a los estudiantes que jamás habían vivido un panorama similar y están presentes, a los trabajadores de otros sectores convertidos en una fuerza más, y a los que entran a diario a una sala con la valentía impuesta por el tiempo.

Creo que es el mejor estímulo para seres humanos que tienen familias, que desean encaminar el futuro de sus hijos, y ver un mundo mejor en el que no falte ninguno de nosotros. Sería nuestra contribución efectiva, la suya, la mía, la de todos ante esas fatigas que rondan por el alma.

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