20190130143315-vivirenbajos.jpg

Por: Ricardo R. González

Ilustración: Martirena

Muchos de los residentes en plantas altas confiesan que la mayor desdicha es el sube y baja de escaleras, pero no crean, tampoco quienes viven en bajos encuentran siempre la armonía necesaria para enfrentar el curso de los días con plena satisfacción.

Todo depende de la calidad de los vecinos en un mundo en que, lamentablemente, el sentido de la convivencia navega por el infortunio de la pérdida de tantos valores.

Cuántas veces el patio de los de «abajo» constituye un reservorio de platillos voladores de todo tipo, desde un tubo pesado que puede terminar con la vida de alguien en el momento de la caída hasta antenas, frazadas de piso, alfombras, etiquetas de galleticas, caramelos o muestras que papel higiénico que emprenden el vuelo hacia destinos equivocados. Es también la puerta abierta para alguna que otra lata de refresco o cerveza tirada al espacio, y como es natural la puerta abierta que ven los pequeños al no querer ingerir algún alimento para arrojarlo hacia la planta baja.

Qué decir en ocasiones de esas duchas inesperadas de agua que cae cuando se limpia en la planta superior, se riega una matica y los vecinos no piensan que esa agua va hacia abajo, o de esas colillas de cigarros que viajan al vacío y hacen «canasta» en el patio de la vecindad para llenarlos de todas las marcas, con filtros o sin el, apoyados en el mal hábito de aquellos que tiran los cabos sin importarles si el de «abajo» tiene ropa colgada o algo que les pueda perjudicar.

¿Sería muy difícil picar una latica de refresco o de cerveza y convertirla en un improvisado cenicero en caso de que no existan originales?

Pero uno de los problemas agudos y reiterativos concierne a las filtraciones. En muchos casos traspasan los límites y llegan a convertirse en verdaderas inundaciones, pero entonces se evade la responsabilidad porque no se quiere asumir la realidad y comienzan las teorías que si pudiera ser derivada de esto o de lo otro.

Señores hasta ahora nunca cae agua de abajo hacia arriba, y si de escape del líquido se trata y traspasa una placa el hecho es ocasionado por problemas existentes en pisos superiores y cercanos a una fuente de agua, ya sea un inodoro, una bañadera, un tubo roto o mal colocado, entre otras causas.

Conozco un caso que estuvo tres meses con habitaciones llenas de cubos y calderas para recoger aquel continuo aguacero, mientras los causantes se aferraban a teorías injustificadas. En resumen las paredes de esos cuartos se afectaron totalmente y los techos comparten un pedazo con la blancura anterior y la otra con la mugre negra provocada por el desastre.

Mas complicado es el cuadro de los edificios multifamiliares. Imagine cuando la causa depende de un quinto piso. Y en este tipo de edificaciones las problemáticas se agudizan con las jabas de desperdicios tiradas desde lo alto, o lo que es peor con el excremento de algunos que todavía crían cerdos en bañaderas o en pequeños espacios de esos habitáculos.

Si bien la infancia necesita de esparcimiento no dejo de reconocer que hay padres inconscientes que permiten que sus hijos escandalicen de una manera descomunal o emprendan una competencia a ver quién da mayor cantidad de golpes en el piso. ¿Acaso han pensado que el vecino de abajo no tiene el por qué soportar esos actos? ¿Dónde están los adultos que pueden encauzar a los menores y hacerles comprender que no están en una piscina imaginaria ni en un complejo de pistas a sus anchas?

Pero donde si hay tela por donde cortar es cuando se emprenden tareas constructivas y reconstructivas, tanto en edificios como en viviendas. Así comienza el «festival de la mandarria» que lo mismo aparece un domingo a las 7:00 de la mañana en que las personas desean descansar un poco más o en cualquier otro día, y si por casualidad otros colindantes se embullan entonces disfrutamos de un concierto en su máxima expresión por doble o triple partida.

Pero hay más. No a todo el mundo le importa si parte de los escombros o de la mezcla de cemento cae a la propiedad ajena, y si el propietario de los bajos no se encuentra ese amasijo tiende a secarse y después… ¿quién lo quita?

Pocos piden disculpas, otros ensucian y nadie brinda su cooperación sobre una realidad que ellos provocaron, y a veces ni se avisa previamente de lo que se piensa hacer para que los sufrientes de los bajos lo conozcan. Mucho menos coordinan antes para ver si el supuesto arreglo pudiera causar daños posteriores.

En medio de todo no escapan los decibeles de la música. ¿Alguien se ha percatado si hay personas laborando en horario nocturno y convierten su día en noche? ¿quién piensa en un enfermo o en otra persona en fase terminal que necesita el mayor apoyo posible? ¿dónde están los inspectores o autoridades que toman cartas en el asunto?

Y mucho ojo con las mascotas. Aquí hay también tela por donde cortar, sobre todo los felinos que en múltiples ocasiones cruzan la tapia y viven en el domicilio de la vecindad, mientras en otras aparecen las heces diseminadas como «regalitos» donde no tienen que estar.

Aclaro que no todos los vecinos son así. Hay personas con una cautela a prueba de fuego y son de los que uno nunca quisiera que permutarán del barrio.

Con los otros, da mucha pena esas involuciones de comportamientos en un siglo de adelantos científicos. Son de los que defienden eso de «lo mío primero», pero vivir en colectividad lleva al cumplimiento de normas que no son tributarias de la selva.

Ojalá algún día interioricen que en castellano persiste un vocablo llamado convivencia cuyo significado se va perdiendo por cuenta de ellos y de muchos más, que están en deuda con esa clase magistral a desarrollar a diario dirigida al respeto hacia los demás, y que también las leyes y decretos ajusten sus cinturones y funcionen, de manera ejemplarizante, cuando la persuasión y otros métodos transiten por caminos trillados y, verdaderamente, inoperantes.

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/riciber91