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Por Ricardo R. González

El mapamundi parece colorearse a cada segundo con una pandemia que no respeta fronteras ni continentes. Un zancudo agresivo y sin clemencia causante de un virus emergente que, por primera vez, mostró su detestable rostro en Uganda allá por 1947.

Cinco años después se identificó en humanos en el propio país y en Tanzania para diseminar su triste historia hasta en los más incalculables sitios del universo.    

Cuando todo parecía agua pasada apareció en América en 2014 al registrar la isla chilena de Pascua algunas notificaciones. Ya entre febrero y mayo del año pasado Brasil aportó a una lista que hasta la primera semana de 2016 agregaba la enfermedad en 14 países y territorios del continente americano; sin embargo, las estadísticas muestran en la actualidad como un estallido de pólvora al declarar la Organización Mundial de la Salud (OMS) casos autóctonos de Zika en más de una treintena de países, de los que ya no escapa Cuba que reporta, hasta el momento, a dos pacientes provenientes de otras latitudes.

Lo suficiente para no descuidar la vigilancia, si se tiene en cuenta que seis provincias cubanas acumulan los mayores niveles de infestación de mosquito Aedes Aegypti como «protagonista del delicado problema de salud.

En el caso de Villa Clara la situación higiénico epidemiológica persiste como el principal problema de la sanidad local, y con más complejo panorama dos de sus municipios: Santa Clara y Sagua la Grande que no escapan de personas diagnosticadas con dengue.

Ahora bien, ¿qué diferencia el dengue del zika si son causados por idéntico agente?

Según los expertos el dengue irrumpe con fiebre alta de aparición repentina entre cuatro y siete días posteriores a la infección.

A esta su suman dolores de cabeza y musculares, dificultades respiratorias, náuseas, vómitos, tos, congestión nasal y una erupción rojiza en casi todo el cuerpo posterior a los dos a cinco días de estado febril.

Aunque el cuadro clínico del zika se asemeja al de un dengue leve, una de sus evidencias es atribuida a la coloración roja en los ojos motivada por la conjuntivitis que provoca.

No excluye la fiebre, la falta de apetito, las diarreas y los trastornos digestivos, entre otras manifestaciones.

Tanto el dengue como el zika y el chikungunya abren las puertas para un desenlace fatal de no tratarse de inmediato. Insisten los especialistas que en zonas donde coexistan el dengue y el zika habrá que corroborarse o descartarse, primeramente, al dengue a tenor de sus altas tasas de mortalidad, pero no olvidemos que cualquier afección de índole viral pudiera impactar funciones de primer orden como la miocárdica o encefálica.

A mi modo de ver por mucho que se hable del tema no todos los terrestres acuden de inmediato al galeno ante los primeros síntomas. Se acude casi siempre al «vamos a esperar», y ese compás de tiempo resulta catastrófico.

Tampoco creo que la eliminación y modificaciones de los sitios propensos al hábitat del mosquito adquieran prioridad absoluta.

Todavía persisten hogares, centros laborales, y solares yermos, entre tantos, que presentan cubos, macetas, neumáticos u otras fuentes demostradas como ideales para que proliferen los criaderos.

A pesar de la amplia batida que al menos se desarrolla en Cuba son considerables las cifras de viviendas cerradas a la hora de la fumigación. Ello resulta la cobija principal para un insecto insistente en la búsqueda de un refugio a fin de garantizar su subsistencia.

El momento exige la revisión y tratamiento de los tanques elevados, mas continúan los depósitos bajos destinados al almacenamiento de agua como reservorios mayoritarios para la cría del vector.

Las coyunturas exigen disciplina y cooperación entre todos ante este alerta que reclama atención: De acuerdo con reportes internacionales el zika transcurre de manera asintomática entre el 70 y el 80 % de los casos. Es decir, por cada individuo portador de sus clásicas manifestaciones existen cuatro que no las manifiestan, sin que disminuya la posibilidad de trasmitir la enfermedad si el zancudo pica a estos silentes.

Más claro, ni el agua. Si no hay mosquito cesa el peligro. Por ello la responsabilidad individual resulta vital en esta historia porque con el zika, el dengue o el chikungunya no se trata de aburrir con «cantaletas» preventivas. El peligro late, y cada vez va en ascenso, por lo que tampoco es llover sobre mojado.    

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