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Por Ricardo R. González

Surgió en una etapa en que Santa Clara reanimaba su vida nocturna, y le insuflaba cultura a las principales arterias de la ciudad. Más o menos en la época en que «paría» el bulevar, y también se esperaba la imaginaria cigüeña para el nacimiento del Piano Bar, ese céntrico sitio que, tradicionalmente, regala los acordes de la talentosa Freyda Anido y sus acompañantes a fin de alimentar el alma.

Durante mucho tiempo conservó su identidad. Un complejo cultural gastronómico de excelencia reconocido por varias generaciones de coterráneos e incluso por visitantes de otros lares que admiraban el proyecto generador de una placentera estancia.

Pero… el tiempo, el implacable, el que pasó,y el que arrasa a veces con las buenas intenciones, fue desmoronando el proyecto, y lo que constituía uno de los cuatro o cinco homólogos existentes en el país solo le queda el nombre, y algún que otro recuerdo.

Los sábados Freyda sigue deleitando con su piano bajo el derroche de la maestría que envuelve a esa mujer; sin embargo, gran parte del público —en su mayoría jóvenes— aguarda en los exteriores, y quisiera que pasaran las horas para echar a andar una clásica Discoteca, que irrumpe a las 11:00 de la noche,de martes a domingo, a 20:00 pesos la entrada en moneda nacional.

Imagino las cosas. Alguien llegó un día y determinó que aquella estructura de la renombrada instalación estaba obsoleta, por lo que debía cambiar su objeto social y «ajustarse» a la nueva era.

Soy el primero que está consciente de que los tiempos cambian. La generación de Los Beatles difiere a la de Charanga Habanera, y cada una tiene —y defiende— sus códigos, mas lo que nadie me puede contradecir es que la cultura, esa nuestra, necesita y demanda su diversificación.

Para escuchar reguetón—buenos, malos o (re)malos—hay sitios, pero el pueblo también desea nutrirse del bolero, del feeling, conocer a los grandes de la inmensa trova cubana, y por sobre todo, darle espacio al enorme talento disponible en Villa Clara que, más allá de sus habituales peñas, pudieran revivir el Piano Bar sin apartarlo de las posibilidades del momento.

Recuerdo que nunca fue una institución inflexible ni exclusiva. Allí tuvieron su espacio el dúo Blanco y Negro, y otras agrupaciones de pequeño formato que le dieron vida a cada noche santaclareña.

Allí, en esa esquina de Luis Estévez y Bulevar se reunían personas a celebrar aniversarios o momentos imborrables de sus vidas, y desde allí también existían homenajes para quienes, con sus buenas acciones, se convertían en personalidades de esta urbe por todo lo que han entregado en sus respectivas vidas.

Es cierto que ahora imperan presupuestos, gastos y economías racionadas y ajustadas. Hay que ver lo rentable y lo irrentable, pero la cultura necesita masificarse, hacerla grande, y socializarla.

En esto vale el dinero, pero mucho más el empeño y, sobre todo, los buenos propósitos.

Ahora el restaurante del Piano Bar está en reparaciones, pero en las noches tiembla la tierra con esa discoteca que ha causado innumerables quejas de los vecinos, por diversas vías, debido a los altisonantes decibeles. No obstante, el panorama sigue igual.

No me explico cómo un pequeño local acoja ese tipo de funciones, por lo que urge rediseñar los perfiles de nuestros centros y adecuarlos a sus características.

En mis pesquisas supe que existe un proyecto —incluso aprobado por la Empresa de Alojamiento y Gastronomía de Santa Clara— con el propósito de rescatar el Piano Bar. Algo atinado, y con opciones tanto para el día como para las noches ¿Y qué falta entonces para aplicarlo? ¿esperar a que el comején se coma el piano o que el bum bumexcitante de la música desplome el local?

No me opongo a las discotecas, pero el sentido común tiene que trabajar mejor, y alejarlo de esas neuronas comprometidas con la inercia o alimentadas solo por el cálculo de los ingresos. Entonces ¿quién se ocupa de ese plan vital encaminado a recrear el alma?

Ojalá dentro de muy poco nuestro talento local y los pequeños formatos musicales encuentren allí otro espacio en la ciudad. Tantosexcelentes artistas que tenemos y no sabemos aprovecharlos. O que figuras reconocidos a nivel nacional lleguen por ese sitio emblemático, y dejen huellas de lo que han sabido ganar gracias a su respetable trayectoria.

Mientras tanto, sigo aplaudiendo a Freyda, a su grandeza dentro del arte, y a esa persistencia de mantenerse, contra vientos y mareas, tocando su magistral piano. Reconozco a los trabajadores del centro, y a quienes, a pesar de los pesares, tratan de salvaguardar la institución aunque el Piano Bar exhiba sus angustias y también llore.  

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