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Por Ricardo R. González

Cuando el trabajo comunitario cobra fuerza y parece instituirse como una plataforma cubana encaminada al futuro satisface que una de las acciones ejecutadas por Villa Clara sea la de llevarlo hacia las comunidades costeras a fin de lograr la participación activa de sus habitantes.

Es cierto que hay aristas favorables como la de esos proyectos vinculados a las áreas de Manejo Integrado en las zonas de La Panchita, Carahatas, Isabela de Sagua, y Nazabal.

No se olvidan Uvero, Juan Francisco, Jinaguayabo y Caibarién, en tanto tres de los municipios vinculados a nuestras costas aparecen incluidos en la experiencia nacional con miras integrales dirigidas al desarrollo.

Y nada descartable son los programas implementados en varias áreas protegidas, de conjunto con el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma), que reafirman la necesidad primordial de preservar un entorno rico en diversidad, pero castigado por diversos azotes, tanto de índole natural como por esas desenfrenadas esquizofrenias humanas que resurgen como virus.

Conozco muy bien las acciones realizadas en el refugio de fauna Las Picúas—Cayo del Cristo, un sitio caracterizado por su amplio ecosistema marino y aves acuáticas como garzas, patos y en especial el Flamenco Rosado (Phoenicopterus ruber ruber).

Esta comunidad constituye un centro importante de reproducción de las especies provenientes de Norteamérica, aunque presenta daños en sus manglares, fundamentalmente del Mangle rojo (Rhisophora mangle) atribuido a factores multicausales.

Tampoco los arrecifes coralinos escapan de heridas, en tanto el manatí (Trichetchus manatus) manifiesta su declive propiciado por las capturas furtivas, junto a las actividades pesqueras en sus hábitats.

Ello pone la situación en una balanza de peligro. Por un lado, las serias afectaciones en el estado de conservación, y por la otra, el prolongado proceso reproductivo de la especie con riesgo para la supervivencia a largo plazo.

Otro tanto ocurre con las tortugas marinas (Caretta caretta), (Chelonia mydas) y (Eretmochelys imbricada) blanco de amenazas, a pesar de figurar en veda total.

De mucho o poco en favor del equilibrio pudiera decirse de la Iguana Cubana (Cyclura nubila nubila), la Jutía Conga (Capromys pilorides), o de la amplia diversidad de la fauna marina que múltiples ocasiones ha pedido clemencia ante tantos actos despiadados.

Una mirada a otro refugio: Lanzanillo-Pajonal-Fragoso muestra diferentes formaciones vegetales con predominio del manglar, y una variedad de flora, desarrollada en las dunas, que sobrepasa la veintena de especies.

Si algo distingue a esta porción es que estos cayos constituyen un poderoso corredor migratorio hacia otras áreas, sin menospreciar la presencia de la jutía rata, algo endémico y con extremo peligro de extinción, que se concentra de manera exclusiva en Cayo Fragoso.

Por suerte los especialistas del Citma junto a otras instituciones tratan de enmendar los daños, de reforestar al máximo, de devolverle al medio ambiente lo que un día nos regaló, y no fuimos capaces de apreciarlo.

Pero la tarea, por marcadas buenas intenciones, no puede dejarse solo al talento y a los buenos deseos de hacer por parte de los expertos. A pesar de esos esfuerzos algunos descalabros resultan ya irreversibles, y evitarlos también compete a ese gran conglomerado llamado comunidad.

No solo en áreas protegidas y en paisajes envidiables, si no en lo que nos pudiera parecer insignificante traducido en nuestro radio de acción. Todavía hay plantaciones que se siembran y secan, existen flores que engalanan el ambiente y unas manos irreverentes las arrancan. Tampoco han cesado los infantes, y no tan niños, que persiguen la horqueta para utilizarlas como armas lacerantes de las aves, y prevalecen aquellos que oscurecen más los maltratados ríos.

Qué decir de los microvertederos que proliferan por cualquier punto de la urbe santaclareña, —y diría que más allá de esta—, considerada entre las más limpias de Cuba, aunque a mi modo de ver hace mucho tiempo perdió este distintivo llamado a rescatarse cuanto antes, y así sumaríamos tantos hechos que muestran esas deudas vigentes en nuestro actuar cotidiano, y como seres que padecemos o propiciamos holocaustos imperdonables.

Soy de quienes piensan que aun los programas de Educación Ambiental no llegan con la fuerza necesaria a todos los lares, como tampoco las asignaturas afines, incluidas en el sistema educacional, provocan el impacto necesario a fin de modificar conductas e indolencias desde edades tempranas.

La Natura hay que sentirla, y más que sentirla diría amarla. No se trasmiten emociones leyendo un simple papel o una cita de lo que alguien dijo al respecto. A ello hay que ponerle pasión, iniciativas, motivaciones, y sobre todo sumar a favor del bien. 

Valen, entonces, los acertados propósitos del trabajo comunitario, pero que no queden en meras teorías para llenar papeles y «cumplir» planes, pues la vida necesita de nuevos bríos y realidades que compulsen. Reflexionemos sobre esa asignatura pendiente, de la que un día habló Arjona, y convirtámonos en celadores permanentes de ese entorno nuestro que es el de cada día.  

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