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Por Ricardo R. González

Ya no aparece tanto por las pantallas televisivas como en tiempos atrás. Me refiero a aquel spot de apenas un minuto dirigido a la ancianidad. El viejo Juan se va a morir solo… y la historia de los 40.00 pesos que solo dejaba su hijo sobre la mesita mes tras mes.

No había tiempo para más. Apenas dos palabras entrecruzadas, y se daba la espalda…
Sin dudas para quienes tienen sentimientos rasga el alma, a la vez que abre un caudal de reflexiones.

Ocurre en numerosas familias que ven a los ancianos como una carga, o más bien un estorbo del cual hay que salir pronto.

Esos olvidan cuanto de gratitud les debemos al guiarnos por el buen camino. Tampoco recuerdan sus desvelos e incertidumbres ante una fiebre o un desequilibrio de salud que nos privaba de aquel mundo de travesuras infantiles.

Resultan historias pasadas sus desesperos por aquellos cólicos de los primeros tiempos, los paseos ante las vidrieras repletas de juguetes por el Día de Reyes, y los contoneos por perretas caprichosas que solo ellos supieron aplacar.

Ya no recodamos las visitas a la escuela para constatar el aprovechamiento académico, o de cuando, a escondidas, les sustraíamos algunos billetes para sentirnos reyes del universo con el primer noviazgo, y en cambio ellos guardaban silencio.
Cada uno a su manera, pero ninguno de quiso para nosotros que navegáramos en la soledad.

Ahora ya no valen. Están viejos, y quedó atrás la etapa vigorosa. Faltan las fuerzas, y son otros quienes tienen el mando dentro de la generación que ellos formaron.
Entonces, estorban, se invierte dinero en medicamentos para los «viejos», hay que soportar caprichos y majaderías, y no pocos ven en el Hogar de Ancianos o la Casa de Abuelos la mágica solución para salir de ellos.

Que lo digan las personas sensibles de este mundo si no ocurre en muchas de nuestras comunidades. Que lo diga el personal de los centros vinculados a la tercera edad que ha visto, en reiteradas ocasiones, cómo se llega al ocaso de la vida sin sentirse el afecto filial. Que cuenten esas historias de familias e hijos que ignoran a los suyos, y sin embargo; un vecino, un amigo o alguien lejano asume ese momento y entrega lo que ha faltado.

Se agradece, pero no es igual. El afecto de un padre o una madre hacia un hijo, de un abuelo o una abuela a sus nietos resulta un tesoro único. Brota de un manantial especial que inunda la existencia con beneplácito.

Y todavía se es más inhumano cuando, aun estando en instituciones de ancianos, recurrimos a mentiras, a supuestos viajes, o a la intensa carga laboral para evadir una visita.

Por suerte la línea cubana no es la de incrementar hogares de ancianos a fin de convertirlos, de forma masiva, en el destino final de la tercera edad. Su lugar está en el seno de cada familia, entre esos que ayudaron a formar y lo dieron todo.

Unos con mayor preparación, otros con menos, pero, salvo excepciones, hicieron mucho y se desvelaron bastante para entregarles los mejores caminos a sus hijos.
No olvido a esos abuelos convertidos en padres, los que con absoluta dignidad nos abrieron sus corazones para convertirse en los mejores amigos, confidentes y guías, en los que constituyeron un libro abierto en las buenas y en las malas, los que nos enseñaron a descubrir el mundo, y a defendernos ante las miserias humanas.
Eso perdurará entre los agradecidos porque devienen lecciones inolvidables, siempre que exista un mínimo de dignidad.

Aplaudo a quienes han sabido cumplir su rol filial, y a los otros, a los que deponen sus compromisos sociales, a quienes dieron caramelos hasta que el anciano pasara la casa u otra propiedad a nombre del joven para después mostrar sus garras, que abran su corazón y dignifiquen el alma porque, a la postre, también llegaran a «viejos», y nadie sabe las sorpresitas que les depare la vida.

Que Juan no muera solo es una responsabilidad nuestra. Aprendamos, entonces, a llenarnos de valores para que la colectividad nos mire de frente como apreciables terrícolas de este universo.

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