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«Me sentí motivada en uno de los días más tristes de mi vida. Tenía que decidir entre abandonar la brigada o marchar a Nicaragua ante la situación de mi abuela ya en coma», subraya la doctora María Esther Betanco Vázquez.

Una nicaragüense graduada en la filial de la Escuela Latinoamericana de Medicina en Villa Clara comparte las vivencias que le produjo un país envuelto en el holocausto de un terremoto, y en las garras del cólera

Por Ricardo R. González

Foto: Liván Montiel Campos

A Villa Clara llegó en una tarde de 2001 con los sueños de hacerse médica. Dejaba atrás su Carranza natal, en el Pacífico nicaragüense, para iniciar un camino desconocido y lleno de incógnitas. Ahora María Esther Betanco Vázquez echa a volar sus recuerdos consolidados en la primera graduación de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) en tierras villaclareñas.

Si algo la curtió fue su trabajo en comunidades intrincadas. Allá en la Chucho Alfredo, de la localidad remediana de General Carrillo, inolvidable para ella. Uno de los puntos que desea visitar Gerardo Hernández Nordelo una vez en su Patria.

Ya estaba en Santa Clara cuando ocurrió el terremoto en Haití. Las imágenes vistas por la TV le resultaron deprimentes. «Ese pueblo necesita ayuda, y no me puedo quedar con los brazos cruzados», se dijo, pero al constatar que un médico dominicano, graduado de la ELAM, llegaba a ese país a brindar su cooperación, le basto para convertirlo en detonante.

No transcurrió media hora. Ya tenía una lista de 45 voluntarios dispuestos a partir desde la Universidad Médica villaclareña, y rápidamente contactaron con la dirección nacional de la escuela latinoamericana en La Habana, y la embajada de Nicaragua en Cuba a fin de oficializar la voluntad.

«Mediante un comunicado le pedimos a Daniel Ortega que nos dejara ir. Nuestro embajador aquí, Luis Cabrera, quedó muy impactado, y se comunicó con el presidente. Él respondió desde Managua que, por su parte, no había inconvenientes, que de aprobarse estuviéramos a disposición de la brigada médica cubana.»

Aquello provocó un hervidero. Además de los nicaragüenses, querían asistir alumnos de otras nacionalidades. Unos 350 manifestaron su interés de marchar.

«Fueron días de insistencia. Por razones de seguridad había que esperar, hasta que en la noche del 5 de febrero de 2010 recibo una llamada para confirmar que solo podían viajar cinco compañeros. En principio yo no estaba incluida, pero una situación familiar de un colega hizo que me aprobaran desde La Habana. De inicio el vuelo era para el día 15; pero ya estando en la capital cubana planteé que mientras más tarde llegáramos eran más vidas perdidas, y pedimos salir cuanto antes.»

El 12 de febrero, a las 10:00 de la noche, la nave de Aerocaribbean enrumbaba a Haití, con una breve escala en la urbe santiaguera.

«La llegada a nuestro destino la califico de impactante. Oscuridad total desde el aire. Apenas unos focos indicaban la pista de aterrizaje, y desde que bajamos del avión encontramos la presencia de militares.

«En medio de todo, nos relajó el hecho de ver a la doctora Yiliam Jiménez Expósito, directora de Colaboración Médica en Cuba. Ella nos había recibido cuando llegamos a la ELAM en busca de nuestros horizontes, y ahora ya le entregábamos la realización profesional.

«Los militares apuntaban con sus armas. Nos acordamos de las palabras de Fidel que expresó en una ocasión: «Ustedes serán como ángeles, y cuando se sepa que van a salvar vidas, nadie les hará daño». Eso nos dio fuerza y frente a los militares comentamos: Cuba no envía soldados, somos médicos.»

Port au Prince mostraba sus ruinas. Todavía María recuerda al uniformado que empujó a un nativo, los restos humanos que aun permanecían en la calles en estado de descomposición, y así llegaron al campamento número 2 de la localidad de Leogane, a unos 18 km del epicentro del sismo.

Las calles estaban quebradas. Muchas de las personas en espera de asistencia. Los efectos del terremoto aceleraron los partos que se hacían en cualquier lugar, sin un mínimo de condiciones.

«Nada de descanso. No había tiempo que perder. Por suerte, en nuestro grupo había algunos malienses que dominaban el francés. Ellos resultaron nuestros facilitadores, junto a los estudiantes haitianos de Medicina que también se incorporaron. Entre creole y francés logramos el propósito. Jornadas intensas e interminables, y después las guardias a fin de evitar la sustracción y desvíos de recursos.

El resto es historia conocida.

LA CARA DEL CÓLERA

Como si las desgracias fueran pocas, apareció la epidemia de cólera. Muchas brigadas médicas de otros países comenzaban ya a retirarse luego de su estancia por el terremoto. Los alemanes, franceses y españoles estaban muy interesados en el proyecto de la ELAM, algo que desconocían.

«Éramos 75 integrantes en el colectivo, y a partir de ese momento firmamos la incondicionalidad de permanecer el tiempo necesario, independientemente de recibir o no la docencia.»

El cólera lo enfrentaron en zonas de difícil acceso. Una hora de espera significaba 20 fallecidos como consecuencia del padecimiento.

« La explosión de casos comenzó distante de donde laboramos. Ello nos permitió trazar las estrategias para que no nos sorprendiera si acaso llegaba a nuestra zona. Aquí comprendes lo valedero del sistema de Salud cubano en cuanto a sus previsiones, y eso lo aplicamos.»María Esther permanecía en el hospital de referencia de Fort Liberté, en su unidad de cuidados intensivos. Estuvo allí hasta que le indicaron asumir la dirección del centro de Mombin Crochu a raíz de la epidemia.

«Cuando salgo, expresé. No había tiempo que perder. Iniciamos las visitas a las comunidades. En este punto el cólera irrumpió cuatro meses después, y porque el portador no era oriundo del lugar. Teníamos la orientación de hacer las pesquisas en las comunidades. Cuarenta y cinco km a pie… Salíamos a las 6:00 de la mañana, retornábamos cayendo la noche. A veces incumplíamos las normas de seguridad, pero de lo contrario quedaban casas sin visitar en una comarca donde jamás había llegado un médico.

Caminos peligrosos rodeados de cascadas, elevaciones y curvas pegadas a barrancos era la topografía a vencer. La loma de Dorée fue un reto para María Esther al no poder subirla y necesitar el apoyo de dos compañeros.

«A raíz del cólera identificamos el lugar de residencia como la sierra Maestra, mientras la enfermedad quedaba ejemplificada en los invasores. Yo firmaba los partes como Comandante Betanco… Explicábamos las medidas higiénico sanitarias, observábamos como hacían los procederes, distribuíamos los medicamentos, y aprendíamos de la vida.»

El 28 de diciembre pasado fue la última visita a Dorée. Llevaron mayor cantidad de fármacos enviados desde Cuba y cargados por los burros. El personal emprendió, una vez más, la caminata.

«Fue grato pero muy triste. A ese lugar no íbamos más ¿Quién sabe si volverían a ver alguna vez a otros médicos? Comíamos lo que apareciera en el camino. Muchas veces la loma de Dorée resultó nuestro improvisado restaurante.

— ¿Y no enfrentaron casos graves?

— Un paciente de 48 años. Eran evidentes sus síntomas. Presentaba además una bronconeumonía que demandó terapéutica combinada. Presentíamos que no pasaba de esa noche. Sin embargo, salió de la gravedad.

Pasaron cinco días, y alguien me toca por el hombro. Se acercaba el fin de año y andábamos por aquellas callejuelas averiguando los precios para comprar algo y hacerle una comidita al equipo que muy bien lo merecía. Y en medio de eso me dicen «Merci, merci beaucoup» (Gracias, muchas gracias).

No lo conocí de primer momento. Su semblante era otro, y se dirigió a los presentes para agregar: « A esta doctora le debo la vida, ella me salvó del cólera».

Me sentí motivada en uno de los días más tristes de mi vida. Tenía que decidir entre abandonar la brigada o marchar a Nicaragua ante la situación de mi abuela ya en coma.

Momento difícil. Sus compañeros le aseguraron que trabajarían por ella, mas al final…

«Decidí quedarme. Pensé mucho en Fidel, en sus enseñanzas, en mis profesores de Villa Clara, en el doctor Fernando Aparicio Martínez, del hospital universitario Celestino Hernández Robau, quien tanto insistía en la aplicación del método clínico… Eso hicimos, y cumplimos. Yo tengo una deuda con la humanidad.»

María volvió después a su hogar luego de cuatro años de su última visita. Ya su abuela no estaba. La parte cubana asumiría el pago a fin de que viera por última vez a su ser querido, pero debía hacer escala en Miami y pagar una visa de tránsito.

«Mi país consideró que Cuba había invertido bastante en la formación de nosotros para tener un gasto más. Desde allá lo iban a sufragar, pero yo dije que no, que no iba a dejar ese dinero en el norte… Al fin llegué, aunque tarde, y pude dar conferencias de nuestro trabajo en Haití. Luego me invitaron a Costa Rica donde expuse la experiencia, y lo que a su vez significa el ALBA. Allí me dieron muchos medicamentos de donativos que, gracias a la compresión de Aerocaribbean viajarán conmigo hacia Haití.

De paso por Villa Clara me confesó algunas aspiraciones: Soy una médico general graduada, con especialidad clínica y una maestría aún no concluida, y quien de vuelta a esta provincia, pretende terminar su residencia en endocrinología y el resto de las cuentas pendientes.

Una nicaragüense con nacionalidad latinoamericanista, como ella se define, que lleva en sus entrañas la forja de la Patria grande, esa que le permite en estos momentos seguir haciendo por Haití, a pesar de sus vivencias navegantes entre dos aguas.