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«Con 2 que se quieran» Enrique Molina (Parte I)

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“La vida nos vuelve a levantar”

Amaury. Muy buenas noches. Estamos en Con 2 que se quieran, aquí, en el corazón de Centro Habana, en Prado y Trocadero, en los legendarios Estudios de Sonido del ICAIC, en el barrio de Lezama.

Hoy nos acompaña, es un nuevo privilegio para mí, uno de los actores más coherentes, de los actores más brillantes, de los actores más populares. Sencillamente, usando un calificativo que casi nunca uso en la vida, está aquí con nosotros el maravilloso Enrique Molina. Mi socio. Mi amigo querido de los años. ¿Qué te parecen, Enriquito, los programas de entrevistas? ¿Tú crees que tienen alguna utilidad? Ahora hay muchos, no quiero que me hables de este, sería vanidad y petulancia, sino de los programas de entrevistas.

Enrique. Mira, depende, porque yo no sé si será que respondo siempre lo mismo, no tengo otra cosa que contar. O si será que, desgraciadamente, la mayoría de los periodistas que me han hecho entrevistas, todos preguntan lo mismo. Y entonces, cuando me invitaste a venir, yo dije: voy a repetir nuevamente lo que he hablado en otras oportunidades; y uno un poco que ya, no es por mí, sino porque uno tiene el temor de atiborrar a los televidentes de las mismas cosas siempre.

Amaury. Hay muchas preguntas que te voy a hacer que seguramente ya tú has contestado en otras entrevistas, pero hay una generación de gente que cuando te las hicieron en televisión no estaban aquí, o…

Enrique. …O tenían diez años y no les interesaba para nada…

Amaury. …O no les interesaba para nada y ahora, sin embargo, sí. Además, tú sigues haciendo papeles, porque tú no eres un actor que está viviendo del pasado. Ahora, tú naciste en Bauta, vamos a irnos a las cosas esenciales. Bauta, ¿cómo era tú vida en Bauta? ¿Era una vida bonita, o era una vida triste o era una vida pobre, o era una vida alegre? Cómo tú la calificarías.

Enrique. Era una vida bien dura, bien dura. Porque bueno, yo nací en el año 43, te podrás imaginar… los primeros 15 años de mi vida los pasé en Bauta. Con una familia maravillosa, porque mi árbol genealógico se alimenta de las dos razas que tenemos en Cuba: los blancos y los negros. Mi madre y todos sus hermanos, sus padres eran blancos de ojos azules, de ojos verdes. Y la familia de mi padre, mi abuelo, que es el dueño del apellido, Juan Molina, era un poquito más clarito que el traje ese que tienes puesto.

Amaury. (risas) Un poquito nada más.

Enrique. Un poquito más clarito. Yo recuerdo en mi niñez…, mi madre se enfermó de los pulmones cuando yo tenía dos años y entonces los médicos me separaron de mi mamá para que yo no me contagiara. Y a los cuatro años, dos años después de esa separación de mi madre, ella falleció y mi abuela siguió conmigo con un poco de lástima. Yo creo que ella abocó en mí un exceso de cariño. Porque mi padre, a partir del momento en que mi madre se enfermó de los pulmones, se separaron, mi padre fue a hacer otra vida en Camagüey, se casó por allá, qué sé yo. Y mi abuelita me mantuvo ahí, con todo el esfuerzo, con todo el sacrificio que se podía, hasta que ya ella decidió irse a vivir, cuando triunfa la Revolución, en el año 60, ella decide irse a vivir a casa de una hija que tenía en Santiago de Cuba, para descansar un poco de la lucha de la vida que había llevado y me llevó a mí para allá, porque todavía yo era menor de edad y ella sentía todavía gran responsabilidad sobre mí.

Yo tuve una niñez bien dura, porque a los 10 años tuve que dejar la escuela, en cuarto grado; una escuela pública que había en la Calzada de Bauta y dedicarme a hacer un montón de cosas durante el día. Repartir mi horario desde vender aguacates a las 8 de la mañana, con una cesta enorme en la cabeza, que me hundía la cabeza, a las 10 de la mañana dejar los aguacates, los que quedaban, y recoger la bolita, la charada, un listado de la gente que jugaba a la bolita y me buscaba un medio o diez quilos con eso. Por la tarde limpiaba zapatos en el parque de Bauta. Por la noche vendía maní en lo que era el cine Suárez, que ya no existe. Y bueno, y así fue pasando…

Amaury. …Fue pasando tu niñez…

Enrique. …Mi niñez en la lucha esa. Mis primas por otro lado limpiando pisos. Después tuve un tiempo fregando máquinas en un garaje que había ahí en la Calzada de Bauta que se llamaba el Garaje de Lambín, porque así se llamaba el dueño, y en fin, así… Realmente no fui un caso excepcional, aquella era una época bien dura, bien difícil. A mí me tocó vivir esa y la recuerdo porque me ayudó a formarme como persona.

Amaury. ¿Y continuó esa época complicada en los años del principio de la Revolución en Santiago de Cuba o ahí ya la cosa tú sentiste que empezaba a suavizarse para ti?

Enrique. Bueno, allí un amigo, Denis Morales, me consiguió un trabajo en una cafetería que estaba por el Parque Dolores, que se llamaba en aquella época…

Amaury. …Dime más o menos tu edad, para ir llevando…

Enrique. …Yo tenía como 17 años ya en ese momento. Entonces empecé en aquella cafetería a poner en los estuches, en sus cajas correspondientes las botellas de Coca Cola, las de Orange, las de Materva, qué sé yo. Ese era mi trabajo y sacar todas esas cajas para el portal afuera, que el carrero venía a recoger eso. Y ahí empecé a luchar la vida. Ahí me hice ya trabajador oficial, porque ya me reconocieron como trabajador de la cafetería. Ahí tuve mi primera relación matrimonial.

Amaury. ¿Cómo? Estando en la cafetería trabajando, estando de dependiente ahí.

Enrique. De dependiente ahí. Ahí en esa etapa conocí a una mujer que se llama Marta Mestre, con ella tuve tres hijos. Ahí hice mi primera familia. A Santiago de Cuba yo le agradezco, porque mucha gente me ve por la calle y me dice: yo soy coterráneo tuyo, de Santiago de Cuba como tú. Y yo no puedo estarle aclarando a todo el mundo por la calle que yo no soy santiaguero.

Amaury. Claro, pero tampoco hay que estar aclarando eso. Uno es santiaguero porque uno es cubano también.

Enrique. Claro que sí. Yo me siento muy feliz de haber vivido 10 años en Santiago de Cuba y haber comenzado mi vida, ya como hombre, mi vida social y mi vida profesional.

Amaury. Ahí vamos a llegar, ahí vamos a llegar. ¿Tú empezaste en Santiago en el Movimiento de Aficionados, ¿no?, ¿Qué significó para ti el Movimiento de Aficionados? Porque eso es una cosa que está perdida.

Enrique. Está perdida.

Amaury. Perdida, como marchita, ¿no?

Enrique. Perdida.

Amaury. Y tanta gente valiosa que salió de ahí. Tú mismo…

Enrique. Empecé en un grupo de aficionados que había en el sindicato gastronómico de ahí, de Santiago de Cuba. Como la cafetería esa donde yo trabajaba, en el Café Nubiola, ahí, en el Parque Dolores, estaba al doblar de donde estaba la Sala Teatro Profesional de Santiago, el Conjunto Dramático de Oriente. Que era como se llamaba en aquella época. Ahí estaban Félix Pérez, (Raúl) Pomares, Obelia Blanco, todo el grupo, María Eugenia García.

Amaury. Todos esos santiagueros célebres.

Enrique. Ellos iban a la cafetería a merendar y ahí seguimos enriqueciendo la amistad. Hasta que Félix me dice: ¡Oye, dentro de dos o tres días va a salir una convocatoria para el Grupo de Teatro para nuevos ingresos de actores profesionales! Me presenté, me desaprobaron. Esa vez fui junto con Miguel Sanabria, aprobaron a Sanabria, me desaprobaron a mí. Me fui con el moco caído para la cafetería, porque imagínate, yo ganaba 69 pesos, ya tenía el primer hijo. Entonces el Grupo de Teatro pagaba 150 pesos. Yo dije: no, no, yo tengo que comerme a alguien ahí, pero yo tengo que… ¡150 pesos en aquella época!

Amaury. No, no, ¡muchacho!

Enrique. Y a los dos o tres días Félix me volvió a buscar otra vez. Me dijo: Mira, hablé con el argentino. Él sabía que yo…

Amaury. Ah, ¿porque eso quién lo dirigía?, ¿unos argentinos?

Enrique. Adolfo Gutkin y Jaime Swetinzky.

Amaury. ¿Y qué hacían esos argentinos dirigiendo un Conjunto Dramático en Oriente?

Enrique. ¡Tremendos directores!

Amaury. ¿Eran buenos?

Enrique. Tremendos formadores de actores. Y entonces bueno, Félix me dijo: Mira, hablé con el argentino, vuélvete a presentar para ver qué. Y fui y el argentino, Adolfo Gutkin, estaba sentado dentro de una oficina y se me quedó mirando así, ya me había desaprobado y me dice: Mira, ahora tú sales por esa puerta por ahí y entonces dentro de dos o tres minutos entras y lo único que quiero que tú me digas es: Yo quiero ser actor. Es lo único que yo quiero, pero me lo tienes que decir de distintas maneras hasta que yo te pare. ¡Mira, por tu madre!, yo creo que una de las veces me tiré en el piso llorando, me dio como un ataque: ¡¡¡Yo quiero ser actor!!! Otra vez me encaramé arriba del buró y yo creo que los gritos se oyeron en el Parque Céspedes: Que yo quiero ser actor.

Amaury. Yo quiero ser actor, a veces llorabas. (risas)

Enrique. Aquel argentino se reía así mismo como lo estás haciendo tú.

Amaury. Claro, yo te imagino diciendo: Yo quiero ser actor, de distintas maneras.

Enrique. Este hombre está loco o qué le pasa. Hasta que me dice: Mira, tú vas a ser actor. Ya, llegué a la cafetería y digo: ¡Pedro Carrió, yo soy actor! ¿Cómo? Yo quiero. Yo soy actor, ya, de ahí del Conjunto Dramático de Oriente, yo soy de allá. Me voy de la cafetería y no trabajo más. Y de ahí para adelante, bueno, la primera noche, imagínate tú, una reunión con los argentinos y todos los actores, hablando de Stanislavky, de Grotowski, de Brecht toda esa gente. ¡De qué hablan!, me dieron ganas de bajar la escalera corriendo. ¿Dónde me he metido yo? y de ahí, Amaury, mira, a golpe de…

Amaury. A golpe de talento, mi socio.

Enrique. A golpe de luchar y de batallar.

Amaury. De talento que como tú hay muy poquitos que tienen ese talento. ¿Y en Santiago hiciste radio?

Enrique. Sí, hice radio en la CMKC, pero soy muy malo en la radio.

Amaury. ¿Sí?

Enrique. Oh, horrible.

Amaury. Tú no puedes ser malo en nada, Enrique.

Enrique. No, no, malísimo soy, porque mira, para mí el medio más difícil que hay en la actuación es la radio. Yo admiro muchísimo a esos actores que cogen un libreto y a primera vista empiezan ya a interpretar, a actuar con eso que está escrito ahí. Yo…, eso es muy difícil, yo no estoy preparado para eso. Yo estoy preparado para aprenderme en mi tiempo, el que yo le doy, memorizar, estudiar la situación del personaje que voy a interpretar.

Amaury. Las líneas.

Enrique. Qué sé yo, ya cuando yo tengo el dominio, más o menos, de ese texto que está ahí, vamos para allá.

Amaury. ¿Tú te aprendes también el texto del otro actor que se relaciona contigo o solamente el pie que te da?

Enrique. No, no, tú tienes que estudiártelo todo, por lo menos yo me lo estudio.

Amaury. Porque hay gente que nada más se estudia el pie del que viene.

Enrique. No, no, no, eso…, esos son los actores que tú ves que están como pescado en nevera. Que el otro está hablando y él está pensando nada más que el otro diga: papa, cuando diga papa, hablo yo, están muertos ahí. No, no, no, yo no puedo hacer eso. Yo tengo que incluso estudiar la  psicología del personaje con el que estoy dialogando yo, no solamente el mío. Porque ¿cómo tú puedes establecer una relación?…

Amaury. Y una cosa, Molina, en esa relación, ¿Quién marca el tono en un diálogo?…, por ejemplo: entre tú y yo, ¿quién va a marcar el tono, el tono en el que hablamos?

Enrique. Tú empezaste en un tono haciendo la entrevista y en el tono tuyo continúo yo. Yo, puede ser que en lo que voy a hablar, puedo subir un poquito más el tono porque estoy bravo, porque no sé qué.

Amaury. No, no te pongas bravo. (risas)

Enrique. No, no, yo no me pongo bravo, pero siempre uno va al tono con el que está…

Amaury. …Al tono con el que yo te voy llevando.

Enrique. Claro.

Amaury. Y si yo voy levantando el tono o lo subo un poco más porque me parece que hay que ser un poquito más enfático en algo, tú te vas conmigo.

Enrique. En este caso, sí. Aquí, aquí. En la actuación, no, porque a lo mejor tú estás interpretando un personaje que te pegas al pecho del berrinche que tienes.

Amaury. Un histérico loco.

Enrique. Y el mío está muerto de risa, tranquilo.

Amaury. Te lo preguntaba, porque para un músico el asunto de las tonalidades es muy importante. ¿Cuánto vienes para La Habana y por qué vienes para acá? Ya tenías allá una esposa y tenías unos muchachos y todo. ¿Con todo el mundo arrancaste para acá?

Enrique. Ah, bueno. La vida se me fue complicando, esto es algo bien íntimo, pero no sé, aquí uno viene a tu programa como a confesarse.

Amaury. No digas eso, no digas eso.

Enrique. Por lo menos es lo que he sentido. A mí me gustaron muchísimo las cosas tan lindas, tan íntimas, que dijo Frank Fernández.

Amaury. Es que la gente cuenta cosas.

Enrique. Tan humanas.

Amaury. Yo me siento privilegiado por eso.

Enrique. Sí, cosas preciosas de la vida de él personal, qué sé yo. Y entonces, bueno, mira, cuando yo… mientras yo trabajaba en la cafetería, la relación mía matrimonial iba perfecta; pero cuando empecé a ser actor, que ya yo bajaba por Enramada.

Amaury. Calle maravillosa.

Enrique. Además, yo tenía 17, 18 años ¿tú me entiendes? Estaba precioso, yo tuve belleza.

Amaury. Tú eres muy lindo, chico.

Enrique. Entonces, mi hermano, ya eso, ya ahí empezó como que ha resquebrajarse la relación matrimonial, ya había cosas que no se entendían, que por qué yo tenía que pasarme tantas horas en un ensayo. Ya las mujeres me saludaban por la calle y querían retratarse con el actor que trabajaba en una obra de teatro. Esas cosas que ocurren en la vida nuestra. Hasta que llegó un momento en que ya aquello no dio más y yo tuve que decidir romper aquella relación. Vine a La Habana en el año 70. A los pocos días de estar aquí empezó mi nueva relación, con la mujer que todavía sigue siendo mi esposa.

Amaury. Que ya cumplieron 40 años de estar juntos.

Enrique. Anjá, ya cumplí los 40 años de casado, que ha significado mucho para mí, mucho, mucho, mucho. Yo vine de Santiago de Cuba con un maletín en el que traía dos pantalones y tres camisas y 28 pesos en el bolsillo, no tenía nada más que eso. Vine con una carta de Enrique Bonne, que hacía constar que yo era actor.

Amaury. ¿Enrique Bonne, el músico?

Enrique. Enrique Bonne, el músico, que era jefe de programación de Tele Rebelde en Santiago de Cuba. Yo fundé Tele Rebelde. Del teatro pasé a la televisión allá en Santiago y él me dio una carta que decía: Enrique Molina, actor de aquí, qué sé yo. Me dijo, bueno, con eso ve para La Habana a ver qué tú puedes resolver. Vine para aquí y estaba yo parado frente a la cafetería que en ese momento estaba frente a la escalinatica del ICRT, y estoy conversando ahí con Carlos Quinta, para que él me alumbrara de cómo era la cosa aquí en La Habana y me dice: mira, ese que viene bajando por ahí es el director general de la televisión, Abraham Masiques. Agarré mi maletín, crucé la calle y dígole: mire, usted me disculpa, yo traigo una carta aquí de Enrique Bonne, que dice que yo soy actor de Santiago de Cuba y vengo a ver si me pueden dar trabajo aquí. Se me quedó mirando así. Ahí está él, que no me dejará mentir nunca.

Amaury. Él no deja mentir a nadie, así que no te preocupes.

Enrique. Agarró mi maletín, viró para atrás, me dice: sigue detrás de mí, pro, pro, pro, cogió el elevador. Ahí cogió por todo el pasillo, cogió el otro elevador hasta el 9no. piso. Me llevó a ver a uno que se llamaba Carlos Díaz, que era el que repartía el talento cuando venía un director a pedir actores y actrices, y pra, pra, le dijo a Carlos Díaz: A partir de mañana me le das programas ya, en las teleclases que se están haciendo aquí a las 7 de la mañana. Y ahí empecé.

Amaury. Rapidísimo.

Enrique. Me dijo: ¿Tú no tienes dónde vivir? Dígole: bueno, tengo la familia mía en Bauta. Me dijo: mira, esta llave es de una casa de visita que está en muy mal estado en la calle Neptuno, allí hay un cuarto que tiene como cuatro o cinco camas, yo creo que hay una cama vacía, por lo menos para que no duermas en la calle. Toma. Yo me quedé así que no entendía nada… Es de esas cosas de la vida de las cuales yo siempre me he sentido muy feliz, de la suerte, de la luz, de no sé qué.

Amaury. ¿Pero no habías conocido a Elsa todavía en ese momento?

Enrique. Sí, ya la conocía. Y ahí me quedé y a los seis meses me casé con Elsa Ruiz y ya, 40 años y dos hijos maravillosos que tengo con ella.

Amaury. Tienes hijos…

Enrique. …Mis hijos de Santiago.

Amaury. Tienes hijos, pero tienes nietos, y tienes bisnietos.

Enrique. Tengo tres bisnietas.

Amaury. Es que esto no se puede creer, bueno, claro, es que empezaste muy temprano.

Enrique. Muy tempranito y mis hijos también empezaron temprano.

Amaury. No, hombre… con esa escuela del padre, que a los 17 años ya tenía dos hijos.

Enrique. La bisnieta mayor va a cumplir 11 años.

Amaury. No puede ser.

Enrique. En Santiago de Cuba, bisnieta.

Amaury. Es que contigo cualquier cosa puede ser. Bueno,  debes haber hecho algo antes, pero cuando yo me fijé por primera vez en ti, fue en Los Comandos del silencio, de Eduardo Moya. ¿Habías hecho algo antes en TV importante?

Enrique. Bueno, había hecho las Teleclases que te hablé. Moya dirigía algunas.

Amaury. Algunas de las escenas de las teleclases.

Enrique. De esas escenas y él, bueno, fue mirando a los actores y cuando fue a hacer Los Comandos del Silencio, me llamó. Esa fue mi primera gran posibilidad.

Amaury. ¿Estaban quiénes? Miguel Navarro estaba.

Enrique. Estamos hablando de hace 40 años atrás.

Amaury. Sí, sí, esa fue una serie que rompió todos los esquemas.

Enrique. Salvador Word estaba en su apogeo como actor, Miguel Navarro, Reinaldo Miravalles.

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