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«Con 2 que se quieran» Alfredo Guevara. (Parte I)

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Amaury. Muy buenas noches, estamos en Con dos que se quieran, aquí en 5ta. y 32, en Miramar, en los maravillosos Estudios ABDALA. Hoy me acompaña, nos acompaña uno de los más grandes intelectuales cubanos del siglo pasado y de este. Cineasta, escritor, ideólogo, soñador. Para mí es un privilegio, no sólo tenerlo en el programa, sino que me haya acompañado durante muchos años su magisterio y su amistad; mi amigo, Alfredo Guevara. Alfredo, ¿cómo está usted? Todo mi amor.

Para no explicar mucho, en nuestra intimidad, nos tratamos de tú, pero por respeto a los televidentes, por respeto al espacio, me voy a permitir tratarlo de usted. Alfredo, la primera entrevista que le hice, fue hace 16 años para un programa que yo tenía que se llamaba Muy Personal, ¿cuánto ha evolucionado su pensamiento en 16 años? ¿Qué cosas le importaban entonces, qué cosas le importan ahora?

Alfredo. Me haces pensar en mí mismo más que en hecho y época, porque imagínate, has hecho una presentación de un personaje de dos siglos, yo no tengo dos siglos, pero tengo muchos años.

Cuando muy joven sí tenía otra visión, pero en 16 años nada ha cambiado de esta obsesión que te diré: los jóvenes. Se me salió desde entonces, y desde un poco antes, desde que regresé de París, la vocación que había tenido inicialmente y la que pareció iba a marcar mi vida: la de profesor. Me preparé para ello, fue lo que estudié, me complacía el camino que había elegido, pero después del período de París, de la UNESCO, realmente vine con otra visión del papel del profesor. Es decir, identifiqué profesor y político, porque no hay modo -en mi opinión-, de ser un verdadero revolucionario sin pensar que el destino está en manos, o debía estar en manos, o estará en manos, o tendrá que estar en manos, por fuerza, de las generaciones jóvenes.

Y tuvo una desgracia tremenda la Revolución y Fidel: que en el momento en que ya cientos de miles de jóvenes ascendían al rango más alto de la instrucción, no de la cultura, al rango más alto de la instrucción, y podía empezarse a pensar en esa transición hacia los jóvenes, llegó el derrumbe del llamado campo socialista y con ello una crisis de un carácter inesperado y terrible, que obligó a que todo el pensamiento de nuestra dirección, y fue muy sabio, se volcara en encontrar otros caminos de sobrevivencia, que nos permitieran resistir. Y esa es, tal vez, una hazaña tan grande como la guerrillera y la toma del poder. Es decir, haber salvado un bastión del socialismo  en medio del caos total.

Amaury. Aquí nos acompaña un grupo grande de muchachos jóvenes. Muchachos jóvenes que seguramente cuando usted dirigía el ICAIC, no estaban todavía ejerciendo las funciones de camarógrafos, iluminadores, etc… pero en este estudio y con este personal del ICAIC, se respira desde el primer día, un gran profesionalismo, un gran rigor, un gran respeto por el trabajo, por los invitados, por el programa, hay un silencio que usted notará, y yo pensaba que quizás las enseñanzas suyas, en los dos períodos en que dirigió el Instituto de cine, ellos han recibido esa herencia de alguna manera. ¿Usted cree que ellos son herederos del rigor, el profesionalismo, y la inteligencia con la que usted manejó el cine en los años en que pudo hacerlo, en que tuvo que hacerlo?

Guevara. ¡Dios mío, qué herencia me entregas! Quisiera que fuera así. Lo cierto es que contra mis convicciones y mis líneas y concepciones, el ICAIC empezó como una gran improvisación, pero con el propósito irrenunciable de saltar esa etapa en cuanto se pudiera y entrar en la del rigor más absoluto.

Le llamo rigor a buscar un nivel de formación, no sólo técnica, sino en el campo de la cultura, en el campo de la espiritualidad. Pero también eso supone estudiar, y estudiar sistemáticamente, y organizadamente, ¿no?, y yo creo que eso se logró en el ICAIC.

Amaury. Alfredo, leyéndome sus libros y sus entrevistas, porque lo he hecho siempre, ha tenido la gentileza de enviarme sus libros y sus entrevistas a lo largo de todos estos años. Yo descubro un pequeño detalle, pareciera que…

Guevara. …¿Hay algo que descubres todavía? (risas)

Amaury. (risas) Nosotros nos conocemos mucho. Pero hay cosas que yo descubro, y es como si su vida comenzara en la Universidad, porque todo lo que aparece, lo que uno puede conseguir suyo, es a partir de la Universidad, de su encuentro con Fidel, de su ya decidida vocación política, pero para llegar allí hubo un niño, un joven de bachillerato, de primaria. Yo sé que no le gusta hablar de su vida personal, ya lo sé, pero conmigo va a hacer una excepción, por lo menos por arribita me va a contar.

Guevara. Me voy a limitar en esa excepción a lo que, si algún día la termino, estará en la autobiografía.

Muy de niño, niño de veras, me tocó ver desde el balcón de mi casa en el Malecón de La Habana, la efervescencia de la caída de Machado, que al doblar casi, un poquito más allá del Prado, estaba el Palacio (Presidencial). Y bueno, ni entendía nada, ¿no?, pero las imágenes están, muchas imágenes. Me tocó ver el bloqueo de nuestra ciudad por la Armada Americana, por la Flota Americana. En el horizonte se veían los cruceros que aparecían y desparecían, tal vez por el movimiento del mar o de ellos mismos, o por la niebla, no sé, una imagen terrible de cerco, porque mi familia era una familia revolucionaria, que sentía muy de cerca eso. Yo era un niño, niño, niño.

También tuve la vivencia terrible de ver el bombardeo del Hotel Nacional por unos barcuchos que yo en mi imaginación consideraba acorazados, pero eran unas barcazas horribles que tenía la Marina Cubana. Me acuerdo que cuando Manolito Castiñeiras, al Triunfo de La Revolución, era el Almirante y era, además mi amigo, amigo, nos reíamos de la palabra Almirante entre nosotros pensando en aquellas barcazas, ¿no? que eran las mismas. Es decir, que tengo recuerdos muy marcados en la niñez, que en el caso de la Flota Americana, la presencia de los marines… Yo creo que empecé a ser antimperialista sin saberlo, nada más ver tanta brutalidad. Y en el Bachillerato, pasó algo rarísimo, hubo otro compañero, que no quiero mencionar porque le amé y no le amo, porque echó a perder su vida y su historia, nos hicimos anarquistas. Y tuvimos, antes de entrar en la Universidad, antes de entrar, yo, que fui el primero en entrar, una experiencia especial, porque formábamos parte de una organización revolucionaria anarquista del Puerto en la cual todos eran estibadores negros y nosotros éramos los dos jovenzuelos blanquitos… no sé, yo digo ¡qué diferencias tan radicales! de extracción social, de las situaciones raciales que habían en la época, de las ideas tan explosivas. Y lo recuerdo…, y recuerdo aquellos personajes, qué sé yo, con una deleitación especial, como diciendo: qué momento más lindo de la vida.

Amaury. El momento en que uno es joven.

Guevara. Ahora, la huella es la que hace de mí, con mi voluntad y sin ella, un revolucionario socialista libertario.

Amaury. Cuando llega a la Universidad, entonces ¿ya usted entra siendo un socialista?

Guevara. Sí, es cierto, ya se había estado produciendo la evolución, pero a esas edades uno no es nada. A esas edades uno es alguien que busca. Yo sigo siendo alguien que busca, pero en aquella época había un modo más…, más, no sé, más diluido entre unas cosas y otras, ¿no?. En realidad uno no sabía bien lo que era, aunque sí sabíamos que queríamos la independencia, la soberanía, la libertad de Cuba y eso es lo que nos unió tan fácilmente a algunos de los estudiantes que llegábamos de distintos orígenes y áreas geográficas del país. Nos reunimos y nos convertimos en un grupo porque lo traíamos ya en la cabeza.

Amaury. Claro, ahora, Alfredo, en los últimos tiempos, usted ha estado ofreciendo conferencias en el ISA (Instituto Superior de Arte), en el ISRI (Instituto Superior de Relaciones Internacionales), con la FEU (Federación de Estudiantes Universitarios) y algunas sentencias que usted ha utilizado en esas conferencias, a mí me llaman la atención y quisiera que las explicara en televisión, una es: “Yo no vivo entusiasmado por mi pueblo sino por las potencialidades de mi pueblo”.

Guevara. Así es, creo que esas potencialidades son cada vez mayores, y las dificultades para echarlas a andar, para desplegarlas también son cada vez mayores. Pero también soy un profesional de la esperanza, y confío, a pesar de mis años, en que veré esas rupturas de caminos que permitirán que esta maravillosa generación construida por la Revolución, una generación de un millón de universitarios.

¡Un millón de universitarios! ¡Un país de 12 millones de habitantes, con un millón de universitarios! Ni los países más desarrollados, y que no podamos utilizarlos como es debido. Yo daría cualquier cosa porque, por ley, se impusiera que todo ignorante tuviera al lado un Think tank (tanques pensantes) de talentos. Es decir, ya que no podemos barrerlos de la vida, o de la historia, están ahí, y algunos con más poder de la cuenta…

Amaury. …Ya sabemos, ya sabemos…

Guevara. Están ahí. Bueno, pongámosle aunque sea un think tank. Aprovechemos el talento, que los asesoren, que los ayuden a acertar.

Amaury. Claro.

Guevara. Ya nuestros dirigentes han puesto el dedo en la llaga. Todo el mundo es burócrata, no en el sentido peor…

Amaury. …Sí, sí…

Guevara. …Todo el mundo es funcionario de algún modo.

Amaury. Y no todo el mundo funciona.

Guevara. No, nadie funciona. Porque aún los que quieran funcionar y sepan funcionar, tienen tal carga de funcionarios a su alrededor dando vueltas, mosqueando… Raúl Roa decía una frase genial, porque también en el MINREX (Ministerio de Relaciones exteriores) de la época los había, y decía: “Son giro-vagantes”

Amaury. Son giro-vagantes.

Guevara. Entonces estamos rodeados de giro-vagantes, que no saben qué hacer con las tareas que tienen y que no sé, las destruyen o las guardan en gavetas, o qué sé yo. Porque es que, cuando tú doblas una esquina, encontrarás a un funcionario ¿que pasa? a cumplir su función, teóricamente, y casi siempre a no cumplirla.

Amaury. ¡Qué bárbaro!

Bueno, usted también ha dicho en esas conferencias, y lo he ido he entresacando: “Hay una gran confusión entre cotidianidad y contemporaneidad”.

Guevara. ¡Ah!, qué problema, qué problema para el arte…

Amaury. …¡Sobre todo para el arte!.

Guevara. ¡Qué problema para el arte! ¡Y qué problema para los jóvenes! y sobre todo, para estas posibilidades inmensas que han abierto las nuevas tecnologías que son caminos de libertad, y caminos de ignorancia y de sometimiento al mismo tiempo.

Como todo. Casi todo en la vida tiene una carga de ambigüedad especial y sólo con la voluntad, y la inteligencia y el saber, se pueden romper caminos y aprovechar de cualquier cosa que se invente, lo mejor.

Pero hay que aprender a distinguir, es una voluntad y tiene que ser también una acción práctica de estudio, de profundización, de no cansarse nunca de recorrer caminos. De no temerle nunca a las interrogantes, sino ir hacia ellas.

Porque la verdad es inalcanzable, la verdad absoluta. Lo absoluto no existe. Es decir, siempre que se llega a un punto, no es nada más que punto de llegada y punto de partida. Nuestro objetivo debe ser partir de lo más alto que se ha logrado, y el gran modelo para los escritores tiene que ser Martí, tiene que ser Carpentier, tiene que ser Lezama. No puede ser Perico Pérez, muy distinguido y que tiene muchas crónicas en los periódicos, no, no, no. Ni aunque tengan los Premios Nacionales de Literatura, que creo que entonces se daban de algún modo…

Amaury. …Se daban, había varios.

Guevara. Ahora es muy prolijo.

Amaury. Bueno…

Guevara. Pero debo decirte una cosa.

Amaury. Sí, cómo no.

Guevara. Decírtela a ti para decirla.

Amaury. ¡Para decirla, claro!

Guevara. Todo lo que sea un premio, debía ser un premio al talento. Y si no hay un súper talento en 10 años, pues no hay premio. Si teníamos que cubrir ciertas lagunas históricas, correcto, aplausos, pero es hora de legislar y de organizar esto de modo tal de que no sea… ¿La palabra choteo le vendría bien?

Amaury. Sí, le vendría bien, bueno…

Guevara. …Está muy cerca, ¿no?, todavía, pero está muy cerca.

Amaury. Todavía no. Pero me acaba de decir lo del punto al que se llega. Y me da la impresión, y es primera vez que se lo escucho decir, que para Alfredo, entonces, no existe el punto final, existe siempre el punto y seguido.

Guevara. Claro que existe el punto y seguido. Hay un punto final, ¿sabes?, que es la vida.

Amaury. Yo no estoy tan convencido.

Guevara. Bueno, tú no estás tan convencido, pero el curso de la vida es un despilfarro o un atesoramiento. Ese atesoramiento, cuando vale la pena, es el del saber. Y yo creo que así se construye el alma. ¿Para qué?… Ahí está la última pregunta.

Amaury. Seguro.

Guevara. ¿Te das cuenta? ¡Ahí está la última pregunta! ¡Pero el almita no te la dan hecha!.

Amaury. No, hay que cultivarla.

Guevara. Hay que cultivarla, hay que refinarla, hay que ponerla al servicio del otro y al servicio de uno mismo, pero también del otro. El otro puede ser cercano, o lejano, y abstracto incluso, pero del otro. ¡Ah!, después, ¿qué va a pasar? Tú eres creyente, me lo cuentas después del programa.

Amaury. ¿Por qué, Alfredo y, esto sí se lo he oído decir varias veces?… Yo creo que nosotros teníamos… (hubiéramos tenido en cualquier circunstancia), un grupo de cineastas virtuosos, que hubieran llegado a donde hubieran llegado. Pero yo soy de los que opina, con mucha fuerza, que sin Alfredo Guevara al frente del cine, nosotros no tendríamos el cine que tenemos hoy. Podíamos haber tenido otro, pero no el que tenemos hoy.

Y a mí me irrita, amorosamente, tiernamente, que usted diga que usted es un cineasta de vacaciones. ¿Por qué usted dice que es un cineasta de vacaciones?

Guevara. Bueno, tengo derecho a un divertimento, ¿no? (risas). No, yo quisiera de todas maneras precisarte una cosa. Yo creo que yo hice una contribución, entre otros. Yo hice una contribución, que ojala que haya sido valiosa.

A crear; primera época.

Amaury. Sí, sí.

Guevara. A crear el clima espiritual en que era posible. Es decir, el que recuerde como vivencia, por ahí anda Iván Nápoles.

Amaury. Iván, anda por aquí, sí.

Guevara. Sabrá que nosotros éramos un taller de pensamiento. Estábamos siempre reunidos, discutiendo, profundizando, diciéndonos horrores. Estudiando y nos habíamos convertido en una especie de Logia, que no nos propusimos eso. Pero cuando se cerraba una reunión y todo el mundo salía, no había quién se enterara de lo que nosotros habíamos discutido..

… Era una cosa misteriosa que uno…, no la planeamos. A mí me encantan las Logias.

Amaury. …Claro ¿y quién sería el Gran Arquitecto de esa Logia?, usted. (risas)

Guevara. (risas) Mira, soy Pitagórico, pero no hasta ahí.

Amaury. Alfredo, ¿qué diferencia puede haber entre un cineasta intelectual y un cineasta a secas?

Guevara. Bueno, esa es la misma entre un buen bodeguero y un buen fabricante de alimentos. (risas)

Amaury. ¡Qué símil, qué símil! (risas)

Guevara. Lo voy a decir de un modo más fácil: A mí me horrorizaba en mi época de director del ICAIC; primera y segunda época, porque me ha horrorizado siempre, cuando le preguntaba a un cineasta: “oye, ¿qué estás haciendo ahora?”, y que te respondiera: “Bueno, estoy buscando una idea”.

Cuando alguien me decía que estaba buscando una idea, un argumento, un proyecto, yo me quedaba desconcertado y en silencio. Porque le podía decir algo que resultara hiriente. Porque era ya la definición del no artista. Yo creo que un artista vive en ebullición…, un pensador, un creador de cualquier cosa…, un compositor musical, si es de verdad, vive en ebullición no le alcanza la vida para lo que tiene que hacer. Yo me acuerdo de Silvio…

¡Ese Silvio!, que cuando era un chiquillo se encerraba ahí, en lo que nosotros llamábamos La Pecera ¿tú te acuerdas de eso?

Amaury. ¡Claro, cómo no, claro!

Guevara. A grabar sus canciones en una horrible grabadora de la RDA que yo tenía, que era una maravilla tenerla, pero tenía el tamaño de esa mesa.

Amaury. Sí, era inmensa. Yo era el que la operaba, por eso lo recuerdo. (risas)

Guevara. Y él se encerraba ahí a cantar sus canciones para no olvidarlas. ¡Ese es el artista! Vamos a olvidarnos de Silvio, y voy a dar un salto, no porque Silvio no merezca la comparación.

Yo por ejemplo, me acuerdo de…, conviviendo con Carpentier en París, y ¡Dios mío!, Alejo no paraba.

Amaury. No paró nunca.

Guevara. ¡No paraba!. A mí me tocó estar con…, bueno, el día de su muerte. Es decir, estar en París esperando su muerte, porque sabíamos que iba a morir, y para estar junto a Lilia. Y Lilia no sabía que hacerse con tantos papeles.

Y empezó a llegar gente y Lilia tenía que cuidar aquello, estaba desgarrada y al mismo tiempo salvando.

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