20180601185010-20180521-213829.jpg

Por Ricardo R. González

Acabo de regresar de Santiago de Cuba, y aun me pregunto si resultó un viaje acompañado de la ciencia ficción o por la pura realidad. Ya con los pies sobre la tierra me inclino por la segunda hipótesis.

No es que la urbe resulte el edén ni de esas ciudades dibujadas en los cuentos de hadas, mas lo primero sorprendente constituye la limpieza general, la de sus calles, avenidas, y todo lo referente al ornato público.

Impresiona durante la noche ver el desfile del transporte urbano. Ómnibus que no hay que ponerles en su carrocería un «límpiame» porque salen a sus recorridos de manera impecable. Llegué por un momento a pensar si estaba ante ventanillas y parabrisas porque por el brillo que desprenden parecían espejos.

Así se lo hice saber al chofer, con la solicitud de que no dejaran caer lo ya logrado. Asintió con la cabeza y expresó su gesto de gratitud que concluyó con un: «Cuando regrese de nuevo, así los encontrará a todos»

Caminamos bastante. De esta forma es que se obtienen las mejores vivencias. Las realidades quedan a medias u opacas si la travesía se realiza en carros que dan un «recorridito» por las principales arterias, por supuesto, las más bonitas y se retorna al hotel o al lugar de hospedaje.

Otra arista de impacto es la utilización acertada de la cultura del detalle. Esa que comenzó muy bien en Villa Clara en épocas anteriores, y ya parece forma parte del olvido. Tomo como ejemplo los «ericitos», tan criticadas por algunos y algunas en mi ciudad, como los existentes en la Carretera Central y la calle de Marta Abreu.

Los vi en Santiago, pero insertados a un juego de luces que impregnan un sello distintivo, al igual que los edificios multifamiliares con amalgama de lumínicos verdes, azules y rojos en las fachadas para propiciar un entorno agradable.

De la red de Comercio ni hablar. Además de los restaurantes y mercados genéricos han sabido lograr la especialización según los productos que expenden. Por eso no es extraño encontrar la Casa del Lácteo, la del chocolate, o una diversidad de panaderías—dulcerías, tanto del sector estatal y particular, diseminadas por la ciudad, que abren el espectro a los más diversos gustos y posibilidades monetarias.

Quizás algunos precios no estén todavía al alcance de todos, pero al menos existe la opción, y sin colas.

Mas no solo de comestibles. Santiago tiene la riqueza de la historia en el cementerio de Santa Ifigenia, sitio que impresiona con solo verlo, pero además, la solemnidad del Mausoleo del II Frente, la magia peculiar del Santuario de El Cobre, las enormes aristas de su acervo cultural con un Teatro Heredia, el Cabaret Tropicana, la Casa de la Trova, entre muchas otras, que revitalizan la vida para que el visitante se lleve un pedacito de la idiosincrasia del lugar. Esas trovadas invitan a madrugar y a esperar el nuevo día.

Dejo para lo último —y no por menos importante— lo que ha sido un distintivo constante de la ciudad, y es su gente. Hospitalarios, solidarios, generosos, de esos que ceden el paso con gusto, o cuando uno lo hace por cortesía dan de inmediato las gracias. Esa palabra que todavía existe en el español y que me parece, también, en peligro de extinción.

No encontré a nadie —al menos de los que vi— que ofreciera una mala respuesta, que no se dirigiera de inmediato al cliente, e incluso que emprendiera una amena charla para conocer de dónde éramos y las impresiones que teníamos durante la estancia.

Por esa tenacidad vencieron los estragos del huracán Sandy cuando en 2012 trató de borrar a una urbe casi acabada de restaurar. Y ahí está, erguida y con sus valores patrimoniales.

Solo pediríamos lo que dice la canción. Que el reloj hubiera detenido su camino para llenarnos mucho más de la vida de la tierra caliente. Por esto y más vale la pena andar Santiago, sudar bastante la ropa, meterse por aquí y por allá porque quien llega desea saber. No que la historia se cuente a través de otros, si no verificarla y conocerla por uno.

Para los turistas no vale el recorridito en carro ni el mundo del mejor de los hoteles como bien lo tiene el Meliá Santiago con sus cinco estrellas. Se quiere apreciar, ver, constatar, compartir con el lugareño, darle un abrazo de gratitud, en fin, poder decir somos Cuba.

De todo esto me queda el sinsabor de que si bien en los años 90 de las provincias orientales viajaban a Villa Clara para tomar experiencias, en estos tiempos la situación lo sugiere a la inversa.

Ya Santa Clara no figura entre las ciudades más limpias del archipiélago, y es mucho lo que debemos aprender de los demás. Por eso aplaudo a los santiagüeros, a sus hombres, mujeres y a sus autoridades que, sin resultar una ciudad maravilla, se ganan el corazón de los huéspedes y tributan, dignamente, al legado histórico que atesoran en su tierra.

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/riciber91