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Por Ricardo R. González

Si la realidad responde a lo que suscriben los informes me agrada conocer la existencia de determinados colectivos que no despiden, definitivamente, a quienes entregaron gran parte de su vida para configurar la historia de un centro laboral, aunque ya estén acogidos a la merecida jubilación.

Según la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) en Villa Clara existen buenos ejemplos en el hospital universitario Arnaldo Milián Castro, en el matadero Chichi Padrón, así como en industrias importantes ejemplificadas en Planta Mecánica, y la INPUD Primero de Mayo.

Pudieran existir otros, mas lo que resulta irrebatible es que la mayoría de los colectivos no siguen dicha línea, y se acogen al capítulo de las aguas pasadas una vez que el afiliado marcha a su hogar.

Son innumerables los ex obreros que nunca más han recibido una llamada que les diga: «hoy es nuestro Día y nos acordamos de ustedes». Tampoco para expresarles la felicitación de cumpleaños, e incluso invitarlos a una actividad a fin de rememorar aquellos momentos en que resultaban imprescindibles en la fábrica, en el central, o en otras instituciones de las tantas existentes.

Casi nadie recuerda a quienes, con astucia e inteligencia, sacaron adelante infinidades de planes y compromisos para hacer que su trinchera no quedara a la zaga.

Cuántas secciones sindicales se acuerdan de esos baluartes que hasta ocuparon responsabilidades en el ejecutivo, y asumieron esa tarea, de manera voluntaria y colateral, y hoy ni se sabe quienes fueron.

Pienso en aquellos que, cumplido el tiempo reglamentado, eran merecedores de la medalla de su sector y jamás le hicieron los trámites para congratularlos en el momento preciso. Hoy no cuentan con el distintivo, a pesar de tener una hoja de servicios intachable en las décadas ocupadas por la vida laboral.

Salvo alumnos que los reconocen en la calle hay maestros y maestras que solo cuentan con esos instantes felices porque ya muy pocos de los directivos de cada escuela memorizan aquellos avatares que enfrentaron frente a un aula en el afán de formar a las nuevas generaciones.

Pensemos en los veteranos azucareros que de solo escuchar el pitazo del central se les estremecía el alma, en el constructor que supo de mezclas, embarres y esfuerzos para empinar una obra que lleva el sello de muchos, y también el propio, o en quienes debido a una enfermedad o por otras causas no pudieron concluir su período laboral ni entregar todo el caudal de posibilidades.

Siempre digo que habrá que respetar las tradiciones a tenor de que canas no salen por gusto, son resultados de esa gama de aciertos y desaciertos que conforman la vida, pues la experiencia no llega en un día ni siquiera con una década de trabajo.

Pienso que la jubilación aparece en el momento oportuno. Deviene una etapa de la existencia que posee sus encantos y alternativas para mantenerse útil. Hay que asumirla con toda dignidad, y no apruebo eso de «esclavizarse» con la jaba en la bodega, aferrarse al movimiento de las agujetas, o dedicarse al cuidado exclusivo de los nietos.

Depende mucho de las cualidades personales y de la visión para interiorizar esa nueva etapa que puede desarrollarse con prismas infinitos, siempre que el contexto familiar interiorice que tener al «viejo» o la «vieja» en casa no constituye la solución para olvidarse de las responsabilidades comunes.

Ya suman 15 mil 411 jubilados en Villa Clara, y la cifra se irá incrementando de año en año. Habrá que ver si todos experimentan el deseo de de visitar ese recinto que los vio transitar durante largos años y donde dejaron el inmenso manantial de su sabiduría.

Cada obrero —aun jubilado— merece un trato diferenciado, sin olvidar particularidades, sus problemas más o menos agudos. Viéndolos como entes de carne y hueso que en cualquier momento necesitan comprensión, ayuda, solidaridad…

A veces las coyunturas económicas, la falta de tiempo, lo agónico de lo cotidiano afloran como excusas a fin de justificar lo que no hemos hecho, pero alegrar la espiritualidad no requiere de desvíos de recursos ni soñar con imposibles. Encuentra sus bases en la cultura del detalle, en cultivar el humanitarismo que llevamos dentro, y sorprender a quienes forman parte del patrimonio sagrado de la clase obrera.

La Universidad del Adulto Mayor constituye ferviente prueba de utilidad y valía a pesar de los años. Por eso me incluyo entre quienes aseveran que la jubilación no es un demérito. Resulta el cierre de un capítulo a fin de comenzar una nueva historia. 

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