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Por Ricardo R. González

Despertamos ya en 8 de Junio, el día que desde 2009 la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) lo seleccionó para representarlo como la jornada mundial en favor de los océanos, esas dos terceras partes de la superficie terrestre poseedora de un caudal de excelentes recursos que van desde los alimentos, el agua, o la energía.

Cuanto los admiramos y cuanto necesitamos de sus divinos tesoros; sin embargo, la realidad se torna muy distante al valorar los recientes dictámenes científicos que confirman un grado de degradación superior a lo estimado hasta hace poco tiempo.

Aun así seguimos opacando sus bondades, y dando la espalda a las riquezas ante un universo cuyas aguas suponen el 95 % de la totalidad del espacio disponible para la vida que nutre a unos 41 millones de terrícolas a expensas de esa fortuna tributada por los fondos marinos.

Pero de acuerdo con revelaciones del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de la Universidad de California, en Estados Unidos, 11 millones de ellos dependen de la acuicultura, de manera exclusiva, a lo que se suma el más de un tercio de quienes residen en las costas del Planeta.

A mi modo de ver estamos distantes de percibir que de esas enormes masas de agua depende la supervivencia del ecosistema, puesto que por su evaporización y la posterior precipitación se mantienen la producción de las cosechas, en tanto el agua retorna a los humanos liberada de los desechos acumulados a través de las corrientes fluviales.

Todavía no entendemos la amenaza existente por los impactos del cambio climático que ha provocado el flujo migratorio de peces y de otras especies que encuentran su hábitat en esas aguas, y originan  contratiempos en las fuentes alimentarias, la flora y la fauna microbiana como elementos esenciales para la subsistencia de los océanos.

Alarma conocer que el 90 % de los recursos pesqueros del Orbe están sobreexplotados, según informes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), o de la proliferación de las medusas causante de cambios en la estructura de las  cadenas alimentarias marinas.

Por otro lado, el cúmulo de desperdicios en las profundidades del mar requerirá de siglos para que se diluyan, mientras el tema de los residuales se mantiene como constante que nutre la peligrosa contaminación ambiental con su carga de hidrocarburos y otros detonantes.

No es aislado ver cómo los arpones coartan la vida de las ballenas, o manadas de delfines que son privadas de sus pacíficas acrobacias por las manos despiadadas de algunos hombres.

Todavía los mares amanecen con infinidad de peces muertos en sus orillas, y las acciones de las redes tendidas a la mar atrapan hasta ejemplares en peligro de extinción sin que haga mella en la conciencia de los pescadores furtivos.

Despertamos ya en 8 de Junio, sí, mas temo que, en el próximo año, los daños sean mayores de no adoptarse medidas urgentes, y ocurra la principal de todas: esa «metamorfosis» impostergable que se necesita en las conductas humanas.

De no existir una pesca sostenible y un cuidado extremo con los ecosistemas marinos el mundo sufrirá las consecuencias de no haber aplicado a tiempo el antídoto para los océanos.  

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