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Santiago Feliú (Cuba)

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Por Ricardo R. González (*)

El tiempo, el implacable, el que pasó… aplaza, sin desearlo, deudas impostergables. Y esta reseña se la debía a Santiago Feliú Sierra desde que en aquel fatídico 12 de febrero pasado emprendió el camino hacia la eternidad acompañado de sus musas inspiradoras de poesías.

No tuve el privilegio de conocerlo personalmente, mas al saber de su partida me pareció que rasgaba su guitarra en la sala de mi casa con un inmortal Para Bárbara, o que el reproductor de CD repasaba, una y otra vez, Vida.

Cantante, guitarrista, compositor, productor, y componente de una familia prolífera en el arte, formó parte de aquella generación que, a principio de los 80, oxigenó la trova con nuevos bríos.

Junto a Carlos Varela, Frank Delgado, Pedro Luis Ferrer, Gerardo Alfonso, Alberto Tosca, Xiomara Laugart, Donato Poveda, Anabell López, el grupo Arte Vivo, y muchos más, nos llegaba otra manera de cantarle a la vida, al amor, a las desigualdades, a las esferas del día a día apacible, sorpresivo o convulso, dentro de una acuarela de realidades que tampoco ocultó la rebeldía propia de una generación con derecho para hacerlo.

Algunos, como Santiaguito, se quedaron, otros partieron al extranjero, pero los buenos hacedores de la cultura cubana no pueden tacharse de un plumazo porque, estén donde estén, sería, a la postre, un error imperdonable.

En sus cortos, pero fecundos 51 años, Santiago tuvo la posibilidad de disfrutar de la llamada versatilidad. Además de su inseparable guitarra supo de los encantos de un teclado, descubrió los secretos de la percusión, y probó los sonidos graves emitidos desde el bajo.

Quizás por ello el sobrenombre de «El Eléctrico», como lo conocían en el medio. Alguien que bebió la sabia de su hermano Vicente, aunque con estilo definido, o de los íconos del Movimiento de la Nueva Trova.

Con solo 13 años conoció a artistas de su generación. Luego, con el paso del tiempo, creció artísticamente hasta compartir escena con el

majestuoso Ibrahím Ferrer, Ismael Serrano, Luis Eduardo Aute, León Gieco o Fito Páez, sin dejar de recrearse con las obras clásicas de Beethoven, Vivaldi, lo sui generis del maestro Juan Formell, o hasta del rock aunque no le simpatizara tanto.

En cierta oportunidad declaró: «Soy un adicto al «bajo cero» (la depresión), a toda esa cosa que se arma de la melancolía o el desamor, el meterle lo gris a mis melodías»; sin embargo, jamás las apartó del contexto real ni utilizó metáforas de más para resaltar, ante todo, los diferentes matices de la existencia humana.

Desde su primer CD Vida, en 1986, Santiaguito sumó otros siete fonogramas:  Trovadores (1987), Para mañana (1988), Náuseas del fin de siglo (1991), A guitarra limpia (1998), Futuro inmediato (1999), Sin Julieta (2002), y Ay, la vida, en 2010, sin contar otras producciones en vivo, y cuatro álbumes colectivos.

En mayo de 2013 grabó lo que nadie imaginaba que sería su último tema en estudio. Se trata de Los poetas, con texto perteneciente al escritor Paco Álvarez, e incluido en un material discográfico múltiple en el que también colaboran diferentes letrados y artistas como Luis Eduardo Aute, Elena Poniatowska, Jaime Sabines, y Tania Libertad bajo el título de Manual para Olvidados.

Su entrevista ¿final? la ofreció al diario Granma en agosto de 2013 en la que, de manera raigal y con sólidos argumentos, sostuvo el presupuesto de que lo menos artístico de hoy es lo que resulta más rentable.

Un infarto quebró su corazón. Toda partida física duele, mas la obra perdura, retoña, e incluso, se nos hace nueva.

Así me ocurre cada vez que lo escucho, Sobre todo en este antológico Para Bárbara que eriza la piel y perdura en el alma. Un tema inspirado en la esposa con quien se casó a los 18 años para sostener una relación de solo ocho meses.

Mientras tanto, desde la sala de mi casa me sigue pareciendo que el trovador la interpreta una y otra vez, como en aquel día de febrero cuando imaginaba que estaba sentado en el sofá, en el sillón, o paseándose de una esquina a otra junto a un cigarrillo nervioso o un traguito de ron para calentar las cuerdas. Quizás hasta sentí Para Bárbara con más fuerza mezclada entre la nostalgia. Y lo veo con su melena al aire, apoyado en la tilde comprometida, con su canto de esperanzas iluminando la vida. O para no resultar egoísta, compartiendo con muchos desde el patio del Centro Pablo a guitarra limpia.

Canta Santiago, canta, porque el perverso infarto te pudo llevar, pero jamás arrancar las raíces rebeldes que perduran por siempre desde tu eterno descanso de paz.     

(*) Nota de Editor: Los trabajos publicados en temas (Artistas) han sido elaborados por este autor, a partir de informaciones de base, sin que consignen la totalidad de detalles, hechos, y personalidades que influyeron en el desarrollo artístico.

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