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María Calvo vive el siglo de las luces

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Adentrarse en la vejez resulta un privilegio ofrecido por la vida siempre que las condiciones físicas y del entorno alimenten el deseo de esperar un nuevo día. María Emelina Calvo Domínguez posee esa dicha con 100 años cumplidos

Por Ricardo R. González

Fotos: Carlos Rodríguez Torres

Un bastón le acompaña cada vez que decide abandonar esa especie de trono respetado en la sala hogareña. Eso sí, no permite que nadie la ayude a pesar del centenar de años repartidos sobre su anatomía.

Solo es cuestión de lograr la estabilidad, y caminar con la increíble  precisión provocante del asombro, con esa que, también, evoca fechas, detalles, nombres, momentos de alegrías, de tristeza, de glorias y desdichas desde que llegó al mundo, en 1912, allá por tierras cienfuegueras.

Entonces recuerda a su padre, aquel carpintero ebanista que lograba maravillas con las bondades de sus manos, y la partida hacia Camagüey, por decisión familiar, cuando apenas era una niña de cuatro años.

Es admirable cómo su mente lúcida vuela por el tiempo, juega con los recuerdos, y por ello no olvida que tuvo una niñez perdurable. «Casi sin darme cuenta crecí y me convertí en una mujer que a los 27 años conoció el amor, y fue la causa por la que vine para Santa Clara».

Después asomaron tiempos difíciles y la pareja decidió enfrentar la lucha contra las fuerzas batistianas. Ella pertenecía al grupo encabezado en la ciudad por Margot Machado, y no en pocas ocasiones le acechó el peligro.

«Tenía como misión la de recorrer diversos establecimientos para recolectar víveres destinados a los presos desafectos a la dictadura y los del levantamiento del 5 de Septiembre en Cienfuegos, pero un día el  jefe del campamento dio la orden de que si yo proseguía en esas andanzas me esperaba la cárcel de seguro. Íbamos hasta Camajuaní y otros lares en busca de comida para ellos».

Las manos de María apenas tiemblan, y su rostro renuncia a las marcadas arrugas aunque el tiempo delate que ya la piel perdió su lozanía, mas vivencias e historias reverdecen ante cada verbo bien empleado junto a la ausencia de una palabra mal dicha.

No oculta que uno de los mejores regalos tributado por la vida fue disfrutar de la maternidad y recibir a su única hija María Isabel.

«Ser madre es una dicha inmensa. Sentí ese placer en 1952. Vivo muy orgullosa de haberla tenido porque sus propias cualidades, el hecho de comprobar que es una profesional de valía, y su reciprocidad me hacen olvidar, en parte, esa lejanía que nos separa».

EL PRODIGIO DE LA LUCIDEZ

La vida para María Emelina resulta como un gran laberinto lleno de sorpresas e incógnitas. Una especie de caja de Pandora que aguarda por su destape. Todavía se pregunta cómo ha llegado a los 100 años en plenas facultades. ¿Casualidad, suerte, fortaleza, o qué?

«Quizás el reto de vencer cada día, aunque en verdad la vista ya no resulta la misma, y el sistema auditivo está un poco «defectuoso», pero tuve la posibilidad de ser una persona muy sana. Algún que otro catarro, y las varicelas… Nada más. Con el tiempo todo va cambiando, y ahora me sorprende un dolor en el pecho a cada rato; sin embargo, aplico los medicamentos, y pienso que todavía no me voy de este mundo porque me quedan algunas cosas  por hacer…»

— ¿Conoce la hipocondriasis? 

— Yo alejo toda conversación en torno a las enfermedades, nunca dejo que los dolores me venzan. Por eso me gusta reunirme con las amistades, conversar de temas gratos, y así rememoro mis peripecias juveniles y aquellas de cuando no era tan joven. Todo eso me devuelve energía… los paseos a la playa, las reuniones con la familia Gómez Lubián… Ahora no es solo vivir de recuerdos porque están mis amigas Teresita, Nereida, Limbania, Ana Josefa… a quienes llamo por teléfono, o nos reunimos en algún momento para conversar, escuchar un poema, celebrar determinado cumpleaños, o sentir la manera en que el piano hace vibrar una melodía,  y eso también constituye parte de la vida».

Entre las evocaciones no deja de mencionar a Camilo Cienfuegos. Enero de 1959 la sorprendió en Yaguajay junto a su esposo. «Íbamos a encontrarnos con él para recoger unas armas ante la negativa de alguien que no quiso comprometerse. Hablamos mucho con Camilo, Era muy simpático, se acostaba a veces con una calibre 50, y simulaba tirarle a los aviones de la tiranía cuando pasaban. En verdad tengo muy buenos recuerdos de él. Después nos reunimos en La Habana luego del triunfo, y conversamos largo rato».

Desde su asiento predilecto, en una parte cercana a la ventana, busca la claridad, y se lamenta de algo.

«Ay… Como yo leía Vanguardia y el resto de los periódicos, pero ya no puedo ver ni los títulos. Los «devoraba» hasta hace poco, y sin usar espejuelos. Me decían: «te vas a comer el periódico», y era un hobby diario».

Aficionada al béisbol no deja de remarcar su fanaticada por el equipo de Villa Clara de pies a cabeza. «A pesar de que se retiró admiro a Eduardo Paret, y a Ariel Pestano, y aunque estén perdiendo sigo jugada tras jugada a través de mi radiecito portátil».

Y de pronto María entona una bella canción… «Ya tú ves, son letras que expresan un contenido hermoso, aluden a sentimientos… Barbarito Diez, Tito Gómez, y uno que le decían la voz de cristal a pesar de que no dejó ni un disco grabado… Cuantos recuerdos».

— ¿Y el reguetón?

— Hay temas muy cursi, algunos insoportables. Que lástima».

Una taza de café llega a sus manos, Conoce que le achacan perjuicios para la salud, mas no deja de reconocer su devoción. «Me encanta, siento que me estimula, pero me gusta con su punto de azúcar, y cuando no me lo tomo todo tengo mi escondite para preservarlo.

Adorada por su familia reconoce el cariño de sus nietos Marilé y Raúl Alejandro, el de sus respectivas parejas, de sus biznietos Marcos, con 10 años, e Ignacio, de apenas tres, del resto de la familia que la contonean como el mayor tesoro existente, sin descontar el afecto de sus amigos y vecinos. 

Diversas medallas y distinciones avalan su historia. Habla de cuando trabajó en el antiguo Obras Públicas, y algunos refieren de verla al volante, en décadas atrás, demostrando las capacidades de una mujer disciplinada y segura.

— ¿Qué le pide María Calvo a la vida?

— Mucha salud para al menos llegar a los 101 o más. La vida es muy dulce, sin ocultar sus espinas. Yo he tratado de pasar por ella de una manera feliz.

Ya estoy «en remojo», pero hay que buscar las vías a fin de proseguir. Ese optimismo me ha ayudado a llegar a los 100 años, y a las enfermedades les digo: «aléjate de mí».

Y entre el aprecio de sus seres queridos deja la recomendación de pensar de manera positiva para que fluyan las cosas. ¿El pesimismo? No lo conoce porque, a su criterio, conforma la imagen de los fracasados.

Mientras tanto, desde su asiento preferencial, con la claridad que penetra por la ventana, el cariño familiar, y el bastón que le ayuda a encaminar sus pasos María Calvo acaricia feliz su bien ganado siglo de las luces.

MEMORÁNDUM

— Villa Clara resulta la provincia más envejecida del país con 171 mil 526 habitantes mayores de 60 años. Ello representa el 21,4 % del total de la población.

— Entre los municipios que sobresalen por su longevidad figuran Remedios, Cifuentes y Camajuaní, con el 21,4 % de sus pobladores que sobrepasan la sexta década de vida, en cada caso, seguidos de Placetas que logra el 21,3 %.

— La esperanza de vida al nacer es de 79,1 años; sin embargo, en el caso de las féminas asciende a 81,1, mientras los hombres alcanzan los 77,2.

— Unos 152 centenarios registraba la provincia hasta el cierre del pasado septiembre.

CONTRASTES

No en todos los casos la vejez muestra el rostro alegre de María Calvo desde el punto de vista de la convivencia familiar.

Por cuestiones éticas obviaré el nombre, pero conozco a una abuela que crió a su nieta con idénticos placeres y privilegios que a sus hijos.

Diría que hasta con más; sin embargo, aquella muchachita creció, y mientras su abuela prometía donarle la vivienda todo marchaba en comunión… Al fin llegó el ansiado día, se firmaron los papeles ante la ley, y en menos de una semana afloró la realidad.

Aquella tierna señora que tanto se sacrificó y le ofreció a su nieta alma y corazón era expulsada de su propia casa, del aquel hogar  que constituyó su patrimonio de años. Papeles firmados y hecho consumado, pues una donación no admite marcha atrás.

Este es solo un caso; sin embargo, ¿cuántos repetirán escenas similares? ¿cuántos ancianos son maltratados mediante golpes o con la marcada ofensa verbal? ¿cuántos más jóvenes reprocharán las acciones propias de la adultez, de sus caprichos naturales, o les usurparán el espacio que han ganado esos seres humanos con honor? ¿cuántos familiares pensarán, erróneamente, en el hogar de ancianos como la forma de deshacerse del viejo?

A quienes así se conducen vale una reflexión. Como dijo el poeta, el tiempo pasa y cobra sus saldos. La juventud se va, y vendrán los achaques e infortunios de la vejez, llegarán las canas y las arrugas, los olvidos voluntarios e involuntarios, los patinazos de la memoria, o las enfermedades irremediables. No descartemos que esta pudiera ser la futura fotografía de muchos en los próximos años, y que existe desde ya, en algunos, conciencias marcadas por el sobrepeso de la culpa.

¿Tenemos o no nuestras Razones?

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