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Por Ricardo R. González

El árbol del caucho (Ficus elastica), ubicado en las proximidades del restaurante santaclareño El Marino, no soportó la carga de los años. Traía gran parte de su sustento podrido, y fue necesario adoptar determinadas medidas a fin de evitar consecuencias mayores.

Queda el sitio semivacío con un segmento de su grueso tronco para recordarlo o contarle a las futuras generaciones el había una vez… de una historia infeliz.

Ahora en que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río + 20) exigió un cero para la deforestación, a pesar de muchos oídos sordos, ocurren holocaustos que claman por un uso más racional de las neuronas.

Y no se necesitan misiles ni aviones sofisticados para exterminar a la Naturaleza. La acción indiscriminada del hombre constituye el principal agresor cuando se desnuda al entorno de sus bosques o de sus componentes al coartar el equilibrio ecológico y la biodiversidad.

La era moderna es suficiente para que una simple sierra u otra herramienta protagonice una tala en fracciones de segundos; sin embargo, a quienes dan órdenes encaminadas a exterminar árboles y a sus ejecutores les recuerdo que una de las funciones más importantes de estos resulta la capacidad de evapotranspiración de volúmenes considerables de agua mediante sus hojas, y cuando estas caen, aunque nos parezca que ensucian el entorno, provocan su enriquecimiento por la acción de las bacterias que permanecen en el suelo.

Y aunque el árbol de caucho expiró no escapa Santa Clara —ni otros municipios—  de esas talas indiscriminadas que en más de una ocasión se han realizado atenido a las contingencias ciclónicas, peligros eléctricos o de derrumbes, entre un largo etcétera.

Ahí están la Carretera de Sagua, la que avanza a Camajuaní, las márgenes de los ríos, y muchos otros sitios que han visto cómo sus componentes son ultimados, de forma parcial o total, por h o por b. Advierto que la deforestación ocasiona la pérdida local o regional de especies, de recursos genéticos, el aumento de plagas, y de otros tantos sucesos que nos convierten en seres irracionales a pesar de vivir en un siglo de grandes, y a la vez contradictorios, adelantos científicos.

Un solo árbol, por aislado que esté, forma parte del patrimonio forestal cubano, y para cortarlo imperan los correspondientes permisos del Servicio Estatal Forestal, representativo de la legislación en dicha materia, y vale el precepto de que para sacrificar uno solo deben sembrarse al menos cinco.

Una tercera parte del total de la tierra en el mundo está cubierta por bosques. Ello representa cerca de cuatro mil millones de hectáreas, y en tiempos en que sentimos un calor agobiante fuera de época, o inviernos que entregaron apenas uno o dos jornadas de agradables temperaturas, es justo decir que el propio fenómeno de la deforestación  provoca cambios en las condiciones climáticas, estimula la desertificación, e incluso afecta la cantidad de lluvia.

Cada año desaparecen cerca de 130 mil Km2 de bosques por acciones humanas, pero fijemos los ojos en nuestra realidad al constatar, en estudios especializados, que Cuba experimentó un fuerte decrecimiento de su superficie boscosa en los últimos 200 años al perder casi 8 millones de hectáreas con una alta diversidad de especies preciosas.  

Han sido hechos reiterados, y nadie es tan imberbe para dar la espalda a peligros acuciantes, pero pensemos que los árboles son pulmones que nos llenan de vida, y no tenemos derecho para acabar con los ecosistemas.

El país cuenta con leyes y decretos que regulan o impiden estos homicidios. Resulta conveniente que las autoridades los repasen, y no se tomen decisiones por libre empresa.

Estoy seguro que el propio Sistema Estatal Forestal, la delegación del Ministerio de Ciencia, Tecnología, y Medio Ambiente en el territorio (CITMA), u otras partes involucradas están dispuestos a orientar o sugerir la conducta a seguir sobre la base de lo posible e imposible, de lo lógico e ilógico, de los límites y sin límites.

A pesar de los pesares se han cometido errores que revierten en daños irreversibles. Sus responsables aniquilaron a los testigos de infancias, de amoríos legales y hasta clandestinos, de sombras agradecidas ante el impetuoso calor, de anécdotas y vivencias que llenan a cada sitio del necesario oxígeno para vivir

Hace unos días trascendió que Villa Clara acumula el mayor índice de supervivencia en el país en cuanto a la reforestación. Ojalá que el logro no quede en simples cintillos publicitarios, y que la materia gris de la corteza cerebral se active a fin de que los ejecutores de las infortunadas talas no se conviertan en depredadores censurables que habitan en pleno siglo XXI.