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Mi Comentario (Premuras y ladrillazos)

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Por Ricardo R. González

Ilustración: Martirena

Todo lo que reanime la imagen de un pueblo o una ciudad resulta siempre bienvenido, y es más aplaudible si a ello se suma la buena fe de quienes aportan y contribuyen, en contraste con los que hablan y critican desde el palco de los pasivos.

Ahora bien. Advierto, una vez más, sobre esas avalanchas (re) constructivas que marchan tan vertiginosas como una carrera en los fabulosos tiempos de Ana Fidelia Quirot y de Alberto Juantorena, o de un Boeing que rueda por la pista en plena fase de despegue.

Busque en sus memorias cotidianas para encontrar tantísimos ejemplos de construcciones y reconstrucciones, de inauguraciones y reaperturas, y al cabo del tiempo, a veces en cuestiones de días, ya portan el cartelito de cerrado por una o varias causas.

En algunas ni aparece el aviso, y comienzan las especulaciones de Liborio que alegan motivos ciertos o no, pero motivos.

Y el cuento envolvente vislumbra, pero a nadie he visto llorar —ni pagar— por los materiales invertidos y el derroche de recursos, y lo cierto es que dichas unidades vuelven a suscribirse dentro de lo que llamo el festival de las mandarrias, sin tener a King Kong ni a Polifemos como protagonistas.

Un ejemplo reciente es el punto para el expendio de perros calientes, en una esquina del boulevar santaclareño (Independencia y Juan Bruno Zayas), que el día de su demolición muchos transeúntes quedaban boquiabiertos ante el hecho, mientras otros anhelaban tener un mínimo de esas posibilidades desechadas para resolver, al menos, las necesidades hogareñas.

¿Y usted que escribe, no va a hablar sobre esto? Y cumplo mi deber profesional y ético ante mis coterráneos. Ello constituye solo una estampa, mas ¿cuántas veces he asistido a coberturas informativas, y minutos previos a cortar la cinta se da el último brochazo? Y mientras los oradores pronuncian sus discursos aquellas gotas de pintura destilan y llegan al piso para descubrir lo que ocasiona la premura con vendavales de disloques.

Recorrer al menos Santa Clara en estos momentos trae un hervidero de remodelaciones. Hay esfuerzos por tratar de recuperar el tiempo perdido al margen de las razones que hayan sido. Y escojo al azar el hotel América, los moteles Las Palmas y el Oasis, una bodega en la esquina de Martí y Plácido, el nuevo cierre (he olvidado ya cuantos) de la Casa del Gobernador, el movimiento en la antigua Cubanita (que según informes será el local destinado a la venta de productos lácteos), y el dilatado caso del restaurante y merendero Los Cocos, allá por la carretera a Camajuaní, cerca de la Textilera, que al parecer la «buena suerte» se mueve como la aguja en un pajar, o el cuento de la buena pipa para nunca acabar. 

Un paso más, y me detengo en el hospital pediátrico José Luis Miranda donde 29 empresas del territorio trabajan al unísono en un proyecto que abarca desde el paqueo exterior hasta las salas, salones de operaciones, y casi la totalidad de sus dependencias a favor de modificaciones que, desde hace años, pedían a gritos.

Vivo en este país, y sé que no todo se puede lograr cuando queremos. Que no hay Aladinos ni lámparas maravillosas, que conozco los estragos de una crisis global, del barco imposibilitado de llegar a tiempo, de falta de moneda convertible, y de restricciones por ese muro interminable del bloqueo, con los que, a pesar de los pesares, Cuba sigue en pie.

Lo incomprensible radica en que, pese a ello, sigue el derroche de recursos a causa de obras que, debido a dichas avalanchas, traen, después, filtraciones, chapucerías o detalles que escaparon, y conllevan al cese temporal o indefinido. ¿Puede hablarse, entonces, amparados en el slogan de remodelaciones capitales para ofrecer un mejor servicio al pueblo?

Y tampoco es mentira la imagen anterior que tuvo ese parquecito de Independencia y Alemán, publicado en la sección Flashazos ¿Cuántos recursos invertidos para tener que llover sobre mojado? ¿Es acaso esa la cultura del detalle que caracteriza a Villa Clara?

Pienso, además, en las innumerables dificultades dejadas al policlínico Capitán Roberto Fleites cuando reabrió, luego de años en faenas constructivas, en la Terminal de Ómnibus Intermunicipales que ya ofrece algunos indicios de que no está olvidada, de las tantas edificaciones en los municipios que guardan historias e historias.

A mi entender, las fechas y efemérides compulsan y dan bríos, pero que la plataforma del día a día, a pie de obra, repulse lo irracional de cumplir o adelantarnos al cronograma previsto sin velar por la calidad, el ahorro, y el sentido común de que será el pueblo quien aplauda o censure.

Que supervisores y ejecutores logren un parto con feliz término y esquiven lo prematuro, que las mentes funcionen con pies sobre la tierra, y que no sean nuestras ideas e impulsos como esas vuvuzelas sonantes en la Copa Mundial de Futbol Sudáfrica 2010 convertidas en ruidos, entusiasmo, y… nada más.    

 

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