“Llevo 25 años de vida artística, cantando y dando lo mejor de mí desde el escenario. Pero no estoy entregada al éxito. No es eso lo que me interesa. Cuando investigas te das cuenta de que ninguno de los grandes artistas del mundo quiso eso. Todos anhelaron tener integridad y se entregaban en cuerpo y alma a lo que hacían para dar lo más puro de su corazón. Van Gogh no vendió ni un cuadro, y eso es lo que quiero que entiendan quienes me conocen, quienes me aplauden en un concierto, quienes me ven en la calle. Yo soy una artista entregada a mi pueblo”.

En Cuba se te quiere mucho…

Me alegra saberlo. Y quiero pensar que en gran medida es por eso. Quiero ser una artista que sea un ejemplo en el escenario y fuera de él. Quiero ser íntegra, una buena persona, limpia, que sea capaz de relacionarme con cualquiera y hacer mío cualquier dolor, cualquier expresión de amor. Quiero seguir teniendo ganas de ir hacia adelante y créeme, ahora siento que tengo más ganas que cuando empecé.

Yo quiero entregarle a Cuba el ejemplo de una artista que no se ha contaminado con la necesidad de ser un éxito, un boom. No me interesa. Cada día voy a subsistir como lo hace nuestro pueblo, todos los días voy a salir a flote. Y además, todos los días quiero sacar de mí todo lo que no es compatible con ser un ejemplo. Que haya llegado a esta profesión por casualidad no quiere decir que ahora la siga defendiendo de la misma manera.  Ahora estoy con fuerzas, con ganas, con emociones, para seguir dando lo mejor”.

Por estos 25 años de vida artística y por la década que llevas trabajando con el grupo Reflexión, sé que quieres hacerte un regalo muy especial…

Sí, para mí y para todos. Llevo cinco años seleccionando canciones que han tocado mi corazón de una manera diferente y que en este momento de mi vida son las idóneas para expresar lo que quiero decir. Muchas de ellas han estado olvidadas, otras pintan con colores bellos el amor, otras cierran heridas… Descubrí que había obras que visité en un momento de mi vida y que ahora no significaban lo mismo. Este pueblo demanda más amor, más pureza, algo más contundente, algo más especial.

Cuando estuve en el funeral de Santiago Feliú supe que quería empezar el disco con una canción de él, para reverenciar a su generación. Escogí también una de Jhosvany Palma, trovador de Rodas, y otras de Carlos Varela, Augusto Blanca, Pedro Luis Ferrer, Polito Ibáñez y Eduardo Aute, el único extranjero que incluí. Así, hasta completar doce.

William Rivero, Lino Lores y José Luis Beltrán hicieron arreglos maravillosos y les agradezco mucho, al igual que a unos pastores de Estados Unidos que quisieron escuchar lo que hacían y a los tres meses me dijeron que me regalarían el disco.

Ha sido difícil. Pero un día recordé cuando mi profesora de Botánica nos mostró en el aula un poco de hierba, casi seca, y dijo que nos podía impresionar mucho. La puso en un plato con agua y vimos revivir aquella planta. Ahí conocí por primera vez a la rosa de Jericó. Puede estar hasta 600 años muerta y revivir con unas pocas gotas de agua. Es como el abrazo de un amigo que te hace renacer cuando peor te sientes.

Yo me sentía así, seca, porque no encontraba las canciones precisas. Al final, ya las tengo, y aunque algunas fueron incomprendidas e inaceptables en su tiempo, hoy las pude entender y aceptar en mi corazón y espero que se escuchen de una manera diferente ahora, porque todos hemos crecido.

El disco, después de grabar la música en los estudios de la Egrem, se mezcla en estos días en Estados Unidos. Participaron además los jóvenes de la Orquesta Sinfónica del ISA. Tengo previsto presentarlo en noviembre en el teatro Karl Marx. Ese día propongo recordar Estaciones, mi primer concierto, con los mismos que estuvieron en aquella ocasión. Al otro día, quiero recorrer mi camino musical de todos estos años y presentar La rosa de Jericó.

¿Qué es lo más difícil para ti, ahora, al cabo de 25 años de vida artística?

Pienso que no hay un momento más difícil para un cantante que cuando el concierto termina, y aunque te duelen los pies y sudas y quieres quitarte ese vestido, sabes que la gente te espera, y quiere una foto, abrazarte, expresarte lo que sintió. Y ese momento que pudiera significar el extra, es muy difícil, pero ahora lo asimilo como algo diferente. Es el momento en el que te das cuenta de que asumes un compromiso que a la vez te da fuerzas. El 95 % de mis amigos hoy son personas que he encontrado en conciertos, así que disfruto ese instante como si fuera el primero.

Todavía sigue siendo difícil para mí mirar atrás y darme cuenta de que tuve que tomar decisiones muy fuertes. Tenía 30 años cuando cambié el rumbo de mi vida, y los dos años anteriores probé y no me sentía cómoda. Entonces era profesora, y no podía ser cantante y profesora a la vez. No puede salir agua salada y dulce de la misma fuente. Mi forma de vestir, de actuar, la forma de organizar mi vida como profesora no tenía nada que ver con la vida nocturna de una cantante que entonces debía levantarse a las cinco de la mañana para ir a diferentes lugares de Artemisa a dar clases. Eso era imposible.

Primero decidí que no iba a cantar porque mi responsabilidad primera estaba en el magisterio. Hasta que un día tuve una pequeña decepción que me hizo sentir que ya no era tan útil, que ya había dado todo lo que humanamente podía dar como profesora. Había empleado todas mis energías para ser profesora desde el nivel primario hasta en la Escuela Pedagógica José Martí y en el Instituto Enrique José Varona, impartiendo clases de la metodología de la enseñanza de Matemática. Era el periodo especial y sentí que necesitaba descansar. Un día me llama un amigo, me dijo que necesitaba una cantante, yo ya había hecho algo como profesora aficionada con ellos, en otros lugares, intentando probar y aquí estoy.

Otro de los momentos más difíciles que he vivido fue aquella primera vez que me dieron una propina en divisas y la pusieron por dentro de mi blusa. Por poco me muero, empecé a llorar. Yo decía: Esto no es para mí, porque yo había construido mi vida como lo que era, una profesora de la Universidad de La Habana.

La década de trabajo con el grupo Reflexión también ha sido un regalo…

Sí, es cierto. Se me ha ido el tiempo en un pestañazo, como sucede con todas las buenas cosas. Con el grupo todo ha sido intenso, fructífero, tan grande como para echar raíces. No somos como un bonsái ni como una planta que fructifica en cada disco. Somos como un gran cedro que crece y echa raíces. Ya somos una familia. La sonoridad que alcanzo con ellos es única. Me siento feliz entre ellos y ha sido una gran escuela.

Estaciones fue tu primer concierto. ¿Cuánto has cambiado?

Estaciones fue mi primer concierto. Entendí que el cantante no es quien canta lo que otros quieren, sino que es alguien que quiere dar mensajes a través de otras personas. Es un intermediario entre su corazón y el de las otras personas. Cuando ese concierto terminó yo estuve en una silla preguntándome: ¿Qué voy a hacer a partir de ahora? Tuve que tomar las riendas de mi carrera hasta el día de hoy y comprendí desde entonces que quería ser cantora de mi pueblo, dondequiera que esté, sin obnubilarme por la fama.

(Con información de Ana María Domínguez Cruz)

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/riciber91