20150909142147-caricatura-2.jpg

Por Ricardo R. González

Ilustración: Martirena

Lo apreciado en la última tarde dominical en el Parque Vidal de la capital provincial merece comentarios. Múltiples personas, y hasta familias enteras, atraídas por las bondades de la WIFI pisoteaban sin compasión las áreas verdes del emblemático sitio como si fueran los viejos adoquines que soportan el paso por la ciudad.

Nadie pensó en normas de ornato ni en los daños que pudiera causar al entono de una urbebastante deteriorada por el tiempo y que debe preservar las pocas vistas agradables que sobreviven.

No me opongo a la WIFI, incluso soy partidario de extenderla por todo el archipiélago en la medida de las posibilidades. Tampoco la culpo como causante de estos hechos, pero resulta alarmante la falta de sentido común prevaleciente en los humanos hasta en los mínimos detalles de la vida diaria.

Según cuentan hay quienes han podido apreciar otro tipo de espectáculo con algún que otro colchoncito tirado sobre el césped para pasar las horas nocturnas y recibir el nuevo día bajo los encantos que propicia un paseo por el ciberespacio a través de la conexión.

¿Y qué más nos faltaría por ver? Vivimos en tiempos donde lo alarmante —por rutina— deja de serlo. Microvertederos que proliferan hasta en el propio corazón santaclareño, acompañados de la diseminación de heces equinas y de mascotas «adornando» cualquier arteria, y el peligro de adicionarla a los zapatos si no andamos atentos y con la mirada puesta en el pavimento.

Por otro lado las arbitrarias decisiones adoptadas, como la llamada ventanilla única en ETECSA, que lejos de aliviar los escollos del día a día complican más la existencia ciudadana. Por cierto, ese propio domingo en la tarde el Telepuntotenía cerrado su salón principal y solo permanecía abierto el gabinete para el expendio de los componentes en divisa donde se realizaban la totalidad de las operaciones, excepto la opción de Internet cuyas computadoras, al parecer, pidieron de conjunto la tarde libre.

Es triste que todo esto suceda. Cualquiera pica una calle para beneficiarse de las acometidas del acueducto, y no pasa nada. Allí queda el hueco mal tapado que se pronuncia cada vez más hasta convertirse en un bache permanente.

Se rompen tuberías de agua para utilidad individual y nadie vio nada o se hace de la vista gorda. Hay aceras que han perdido su estructura de antaño casi en su totalidad porque los moradores han levantado quicios a diestra y siniestra, mientras la vecindad olvida la existencia de normas de convivencia como algo tan pasado de moda que ni se recuerdan.

Cada quien construye y reconstruye bajo el concierto de las despiadadas mandarrias, sin pensar en las afectaciones que pudiera ocasionar a los vecinos de los bajos o de los laterales como exige la vida en comunión. Solo en casos excepcionales se demuestra esa solidaridad llamada a existir, y que vela por no afectar a los demás.

Cuántos detalles pudieran engrosar este «recorrido», sin contar esas piñas y corazones —de los que hablé una vez— y que se suman a la cotidianidad del lenguaje cubano, tan normal como que el infante diga mamá y papá.

Lo cierto es que mientras no actuemos con el ánimo de modificar nuestros patrones, de crecernos en la vida, y de convertirnos en ciudadanos plenos estaremos entre un baño de lodo que no aporta nada y nos degrada.

Será necesario abandonar ciertos paternalismos y blandenguerías a fin de adoptar los métodos establecidos cuando la persuasión y el convencimiento formen parte de algo sin efecto.

Ojalá que la imagen de los próximos domingos y la del resto de los días traigan mejores suspiros. Al menos la de este 23 de agosto fue salvada por los respetables acordes de Los Fakires que, desde los portales de la Casa de la Cultura Juan Marinello, constituían un excelente antídoto para olvidarnos de ese ramillete de impunidades que nos remonta a los tiempos de cowboy y del oeste.

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/cibergonza