20110826135619-maria-1.jpg

“Sueño dormida y sigo soñando despierta”

Amaury. Muy buenas noches. Estamos en Con 2 que se quieran, ahora aquí en 5ta. Avenida y calle 32, en el barrio de Miramar, en los maravillosos Estudios Abdala. Hoy nos acompaña y es otro de esos privilegios que trae este programa. Me acompaña, y nuevamente -porque ya estuvimos juntos hace unos años en una entrevista- una gran mujer, una gran comunicóloga, como se llama ahora también. Una gran comunicadora, una gran profesora, una licenciada, una doctora. Una de las mujeres más dulces que ha salido jamás en la televisión cubana. Mi admirada y muy querida, la doctora María Dolores Ortiz.

María Dolores. Muchas gracias, Amaury, estoy muy contenta de estar aquí contigo.

Amaury. Es un gusto que haya aceptado -porque la doctora me ha dicho -usted me dirá por qué- que es tímida para la televisión.

María Dolores. Sí, sobre todo para determinados tipos de preguntas.

Amaury. Intentaremos no tocar esas preguntas que la conviertan en una persona tímida. En estos días, que la he estado estudiando y la he estado investigando, encontré una entrevista que alguien le hizo en algún momento, donde usted decía que cuando niña le gustaba encaramarse en los techos, en los tejados de su casa, y claro, eso me llamó la atención y la pregunta entonces sería: ¿Para estar cerca de las estrellas, para estar cerca de las nubes o para estar cerca del sol?

María Dolores. No sabría decirlo, Amaury. Mira, la primera vez que hice una travesura de ese tipo yo tenía escasamente dos años, según cuentan, brinqué una baranda y andaba caminando por un techo inclinado, de tejas, además, así que te puedes imaginar el corre, corre que se formó de amigos, vecinos, familia y todo eso. Yo no sabría decirte por qué hice eso.

Amaury. ¿Por qué subía?

María Dolores. ¿Por qué subía? Tal vez es un instinto que yo creo que además no es mío solamente, yo creo que es de cualquier persona, de cualquier ser humano porque creo que ninguna persona debe conformarse con estar donde está, sino que tiene que superarse, estudiar y tratar de escalar un peldaño más alto en la escala social, yo creo que eso es muy importante. Pero según contaba mi mamá, todas esas travesuras -después eran de otro tipo, las travesuras, por supuesto- pero esa travesura de tipo de trepar lugares y eso, se me quitó, sencillamente, cuando aprendí a leer, cuando yo descubrí lo que era un libro.

Amaury. Que también es una forma de ascender.

María Dolores. Indudablemente.

Amaury. Claro. ¿Y usted?, ya sabemos que nació en Holguín y, además, yo sé que usted es una holguinera que anda pregonándolo, o sea, usted se siente muy orgullosa.

María Dolores. Exactamente.

Amaury. ¿En qué parte de Holguín usted nació?

María Dolores. En el mismo centro de Holguín. Más o menos en el barrio del parque San José o Parque Céspedes.

Amaury. Ah, bueno.

María Dolores. No sé si tú…

Amaury. Sí, cómo no, yo conozco.

María Dolores. En el parque que tiene una iglesia dentro del parque.

Amaury. Sí, sí, sí.

María Dolores. Ese es mi barrio de mi infancia y de mi primera juventud.

Amaury. ¿Y la casa cómo era? Descríbame la casa.

María Colores. Era una casa, déjame decirte, que cada vez que voy a Holguín, voy hasta la esquina de mi casa. Yo le sigo diciendo mi casa.

Amaury. Claro, siempre es su casa, siempre será.

María Dolores. Me paro allí en la esquina, miro para todas partes, pero nunca he vuelto a entrar a la casa. Después que mis padres vinieron para La Habana, en los años sesenta y pico, nunca más he vuelto a entrar a la casa. Porque prefiero recordarla como era entonces.

Amaury. ¿Cuántas personas vivían en su casa, con usted, doctora?

María Dolores. Éramos mi mamá, mi papá, mi hermana y yo.

Amaury. Ya, ¿Y los abuelos?

María Dolores. Vivían aparte.

Amaury. ¿En el mismo Holguín?

María Dolores. Bueno, mis abuelos paternos habían fallecido ya cuando yo era niña, o sea, cuando mis padres se casaron incluso. Mi familia por parte de padre, Amaury, es puertorriqueña, o sea, mi abuelo vino para Cuba cuando enviudó de mi abuela, que murió de parto. Y vino, -según la leyenda familiar- él había estado preso en dos ocasiones porque había escrito artículos en la prensa puertorriqueña, criticando la administración colonial de Puerto Rico.

Mi familia materna, yo sí tuve la suerte de conocer a mis abuelos. Mi abuelo murió cuando ya yo era estudiante universitaria y mi abuela murió ya en los años 70, con mis hijas ya grandes que la recuerdan perfectamente.

Amaury. Ah, bueno, entonces llegó a ser bisabuela.

María Dolores. ¿Mi abuela?, sí, cómo no, bisabuela. Mi mamá también fue bisabuela.

Amaury. ¿Cuánto puede importar, doctora…? Usted hablaba de que empezó a leer, de que cuando empezó a leer empezó a ascender en otro sentido, pero el hábito de la lectura es un hábito que se tiene que crear desde niño. ¿Quién impulsó ese hábito de lectura?

María Dolores. Bueno, yo diría que la familia completa. No solamente mis padres, que eran unos grandes lectores, sino en general la familia. Incluso yo conservo un libro, una novela de esas góticas, que era de mi abuela y lo conservo con un cariño tremendo, porque ella siempre estaba leyendo.

Mira, te voy a contar una cosa: Cuando yo aprendí a leer, ya yo tendría 7 u 8 años, más o menos, estaría en tercero o cuarto grado, ya era una niña que sabía leer bien, porque no es lo mismo un niño de primer grado, que un niño ya de cuarto grado.

Amaury. Tercero o cuarto.

María Dolores. En la esquina de la casa de nosotros, vivía una familia: era la familia Elósegui de Holguín y el padre de los Elósegui, o sea, el tronco familiar, era un inspector escolar y una persona muy simpática, y él se encariñó mucho conmigo. Vivíamos prácticamente al lado, solamente con una casa por el medio. Yo me pasaba la vida dando viajes de mi casa para la casa de él, porque yo era la niña linda, malcriada de esa casa. Malcriada hasta tal punto de que ese maestro, Elósegui, que tenía la colección completa del Tesoro de la Juventud, que fue una colección importantísima en la formación de generaciones…

Amaury. Y de la mía también.

María Dolores. Me dejaba hacer con esa colección lo que yo quisiera. Como los libros pesaban mucho, yo era chiquita y los tiraba en el suelo y yo me tiraba boca abajo en el suelo, horas enteras a leer esos libros, porque la colección es grande. Por eso yo te decía, al principio de esta conversación, que yo hice muchas travesuras de ese tipo de trepar cosas y eso, hasta que aprendí a leer, porque cuando aprendí a leer, ya yo trataba de aprovechar todos los momentos libres que tuviera para leer.

Amaury. Y tenía, porque ocurre, por lo menos, a mí me ocurría, me imagino que a usted también, empezó a vivir vidas paralelas, la vida de los libros y la vida real.

María Dolores. ¡Sí, sí, cómo no!

Amaury. Porque esa es la parte hermosísima de leer.

María Dolores. ¡Cómo no, sí!

Amaury. Uno empieza a tener otras vidas.

María Dolores. Yo recuerdo que lo leí una vez, no sé si fue algo de…, referido a Julio Verne, o algo que dijo Julio Verne, no estoy segura ahora. Tú sabes que él fue, este escritor, Julio Verne, todo el mundo lo conoce, fue una persona que prácticamente no viajó. Él vivía en un pueblo de Francia y no fue a ninguna parte. Entonces tú dices: bueno, ¿cómo escribió tanta cosa? ¿Qué información tenía?

Amaury. Ah, claro.

María Dolores. Lo mismo hablaba de los mares, que de las selvas tropicales.

Amaury. Que del centro de la tierra.

María Dolores. Que el centro de la tierra, exactamente, y no cosas descabelladas, sino cosas que de acuerdo con el desarrollo científico.

Amaury. De la luna.

María Dolores. Que de acuerdo con el desarrollo científico de la época eran correctas ¿no?

Amaury. Sí, sí.

María Dolores. Y él decía que todo eso lo había hecho con la imaginación. A mí eso me pareció de una importancia tremenda. Porque muchas veces uno no puede viajar, pero uno con la imaginación puede saber todo lo que uno quiera saber. Y no solamente con la imaginación, sino con la lectura, que lo puede llevar a uno lo mismo al País de las Sombras Largas, o ver el Támesis, por ejemplo, o la Acrópolis de Atenas y hablo de lugares, la mayoría de los cuales yo no he visto. Se me han quedado por ver y ya…

Amaury. Sí, pero hay muchos de esos lugares, por ejemplo, que yo te tenido la oportunidad, no voy a decir que no la he tenido. He tenido la oportunidad de ir alguna vez en la vida, por mi trabajo, porque ya sabemos cómo viaja uno y he llegado a algunos lugares y de tanto leerlos, cuando llego es como si hubiera estado.

María Dolores. Ah, sí, mira, a mí me pasó cuando estuve en París. Me acordaba mucho de mi profesora de Historia del Arte, esa inolvidable maestra que fue Rosario Novoa.

Amaury. La gran maestra.

María Dolores. Que cuando me dio clases a mí en los años 50, ella siempre nos decía: Cuando ustedes vayan al Louvre y empiecen a subir la escalinata, lo primero que se van a encontrar es la Victoria de Samotracia.

Amaury. Sí, la Victoria de Samotracia.

María Dolores. Yo sabía que me la iba a encontrar ahí, por supuesto, pero cuando la encontré… Mira, Amaury, yo me tuve que sentar en uno de los escalones de ahí, del Louvre, porque la emoción fue tan grande que me temblaron las piernas. Me puse a llorar, en plena escalera del Louvre.

Amaury. Lo puedo comprender.

María Dolores. Y por supuesto, el primer pensamiento fue para la Dra. Novoa. Me parecía estar viéndola en la clase y eso te da una idea también y lo voy a decir incidentalmente, de la importancia de un maestro y de una buena clase, que siembra cosas que nunca se olvidan.

Amaury. Yo también tuve buenos maestros, pero el tema de los maestros, lo vamos a tocar. Vamos a seguir con los libros que me parece muy interesante el tema. Tengo un amigo que lee mucho, es un gran lector, pero él me dijo un día: me voy a leer todos los libros que me alcance la vida, pero hay libros que no me voy a leer nunca, porque son lecturas obligatorias y no me da la gana de leerlos. Y ahí mismo arrancó y dijo: La Biblia, no me la voy a leer, no me voy a leer el Quijote y por ahí arrancó con una cantidad tremenda de libros. ¿Usted cree que hay libros que son fundamentales que las personas debieran leerlos de todas maneras?

María Dolores. Sí creo que sí, creo que hay que leérselos. Por ejemplo, uno de los que tú mencionaste, la Biblia. La Biblia hay que leérsela, independientemente de la creencia religiosa o no que pueda tener una persona. Por un problema cultural hay que leerse la Biblia.

Amaury. Además que es entretenida, porque dicen…

María Dolores. Porque mira, yo te voy a poner nada más un ejemplo. Si cualquier persona de una cultura mediana, por supuesto, le interesa el arte, y cuando ve, por ejemplo, los grandes cuadros de los grandes maestros del Renacimiento, ¿cómo entiende el descendimiento de la cruz, el juicio final que está en La Capilla Sixtina?

Amaury. Claro.

María Dolores. ¿Cómo tú entiendes eso si tú no tienes el conocimiento previo porque te lo has leído en la Biblia? Yo creo que para poder tener una interpretación adecuada, incluso del arte, y de muchas cosas de la literatura, hay que haberse leído la Biblia, con determinado detenimiento incluso.

Amaury. Sí, eso no se puede leer de pasada, no se puede leer de corrido.

María Dolores. No, no, tal vez hay libros que son un poco más… Vamos a decir, novelescos, ¿no? Lo digo con el mayor respeto y con el mayor cariño, pero hay otros que requieren una lectura más cuidadosa.

Amaury. Doctora, ¿A qué usted le atribuye -estoy empezando con las preguntas más complejas, primero, y después nos vamos a soñar- la pobreza de lenguaje que tiene el cubano, hoy?

María Dolores. Es una cuestión complicada. Yo creo que tal vez hace falta leer más. Tal vez haría falta que muchos de los libros que leen nuestros jóvenes, no traten de reproducir tanto el lenguaje cotidiano, sino que eleven un poco el nivel en que se comunican los personajes. Tal vez la propia escuela y las propias universidades, no estamos propiciando un mayor desarrollo en este sentido. Yo creo que hay que dedicarle, sobre todo en las edades tempranas, quiero decir, primaria, secundaria básica, incluyendo el Pre universitario, que son etapas formadoras, esencialmente del ser humano, de la personalidad y de todo eso, habría que darle más énfasis a la asignatura Español en estos niveles.

Yo recuerdo cuando yo era niña, y estoy ahora como los viejos que dicen: En mis tiempos no era igual.

Amaury. (risas) No, no.

María Dolores. No, esa no es mi intención, es poner un ejemplo.

Amaury. Claro.

María Dolores. Lo que era la clase de Lenguaje, era diaria. La caligrafía se daba aparte. La ortografía se daba sola. Entonces, naturalmente, cuando tú venías a ver, del horario o del plan del currículum de la primaria, había un montón de asignaturas relacionadas con el lenguaje. No quiero decir que se tenga que hacer igual ahora porque los tiempos cambian, las técnicas cambian, todo cambia, ¿no?

Amaury. Sí, pero hay cosas de antes que siguen siendo buenas todavía.

María Dolores. Lo que yo quiero decir es que en esos niveles, precedentes a la universidad o a los niveles superiores de estudio, hay que dedicarle más tiempo a esas asignaturas que tienen que ver con la lengua materna del muchacho.

Amaury. Pero, hay una cosa que a mí me llama la atención y eso quizás me toca muy de cerca. En algunas especialidades vinculadas con el arte, y por eso es la pregunta -puede ser el caso del ballet, puede ser el caso de la música- los muchachos empiezan desde muy temprano en las escuelas y terminan su instrumento, en el caso de los violinistas, los pianistas, los bailarines igual, terminan su carrera, se gradúan, pero su escolaridad no va al paso de la carrera, porque te encuentras las lagunas culturales, la pobreza del lenguaje, que no pueden sacar una cuenta. ¿Qué usted piensa de eso, en el caso de las artes, de las Escuelas de Arte?

María Dolores. Amaury, yo tengo poca vivencia real de las Escuelas de Arte porque nunca he tenido que trabajar con ellas, pero no tengo esa impresión tan absoluta que tú tienes con relación a los bailarines, los músicos.

Amaury. Bueno, me detuve en eso un minuto, porque a mí me preocupa y me imagino que…

María Dolores. …Claro, yo creo que en general nos tiene que preocupar a todos el problema de esa pobreza de vocabulario a la que tú te referías.

Amaury. Total.

María Dolores. A veces me pongo a mirar la televisión, todas esas entrevistas que se les hacen a personas que están recibiendo los beneficios de las distintas misiones de la salud, culturales, deportivas, etc., que Cuba está enviando a otros países latinoamericanos como pueden ser Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia y cuando entrevistas a esas personas, tú ves que hablan con mucha mayor fluidez, que con la que hablan nuestros estudiantes. A todo eso, en este momento, se le está dando una importancia muy grande, la que realmente tiene y entonces es de esperar que en los próximos años pues haya un cambio en esta cuestión.

Amaury. Ahora, usted me dijo, en la otra entrevista, hace muchos años, hace 14, y fue una acción valiente de su parte, que este era un pueblo instruido, pero no culto. ¿Mantiene esa afirmación todavía?

María Dolores. Bueno, yo creo que en cierto modo todavía lo seguimos siendo. Pero, yo creo que en lo que nos falta mucho, Amaury, yo diría que es en la cultura del comportamiento y cuando digo esto, lo digo en el sentido del saludo, de dar las gracias, de pedir las cosas por favor. Observo, por ejemplo, yo a veces voy caminando por una calle, hay un grupo de personas hablando en la acera, y yo tengo que atravesar por el medio de ese grupo y digo: con permiso. Nadie contesta, es como si tú no dijeras nada, como si fuera un soplo de aire que pasara por el medio de las personas. O sea, son cuestiones elementales de la educación, del comportamiento, de la urbanidad (risas), como diría aquel famoso Manual de urbanidades, de Carreño, famosísimo a finales del XIX principios del XX, que no estaría de más que muchas personas lo leyeran. Porque yo creo que la cuestión de la comunicación, yo creo que eso tiene mucho que ver con esto que estamos hablando.

Amaury. Claro.

María Dolores. Esas cosas que nos faltan, Amaury, hablar bajito, cuidar nuestro vocabulario porque el problema no es solamente la pobreza de vocabulario. A mí me duele mucho ver, a veces, a las jovencitas, muchas veces vestidas con uniforme de secundaria, de preuniversitario, caminando por la calle, hablando a grito pelado, utilizando palabras que no hay por qué utilizar, de esas llamadas malas palabras. Que no son palabras vacías de significación.

Amaury. No, tienen tremenda significación.

María Dolores. Todas tienen tremenda significación y yo me imagino que el que la usa sabe lo que quiere decir, el que usa esa palabra sabe lo que quiere decir.

Amaury. A veces no, a veces no. Ahora, vamos otra vez para su infancia. Hay una cosa preciosa que es una costumbre, que estamos perdiendo también apresuradamente. Su abuela usaba aquella tradición mambisa de poner en la ventana una bandera cubana.

María Dolores. Ah, no, esa era mi tatarabuela.

Amaury. ¡La tatarabuela era!

María Dolores. Mi tatarabuela.

Amaury. De poner una bandera cubana.

María Dolores. A ver, ¿era mi tatarabuela? Era mi bisabuela.

Mi bisabuela. Una de mis bisabuelas maternas. Esa bisabuela fue un caso, es un caso muy novelesco. Ella fue una mujer, yo diría de las relativamente pocas mujeres letradas, o sea, mujeres que sabían leer y escribir en la época de preparación de la Guerra de Independencia. Y ella, según contaba mi mamá, tenía la costumbre de poner una bandera grandísima, que la había hecho ella con sus propias manos, como era, como la hacían las mambisas para la guerra. La ponía en una reja de esas grandísimas, que había en casa de mi abuela en Holguín y formaba a todos los nietos, que eran ya como 13 ó 12 en aquella época, después hubo más, y los hacía cantar el Himno Nacional, los días de las grandes fechas patrióticas: 10 de Octubre, 20 de Mayo, 24 de Febrero.