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Las lecturas de tabaquería constituyen una actividad neta­mente cubana surgida a mediados del siglo xix en medio de la efervescencia productiva y la urgencia organizativa del naciente proletariado en las fábricas torcedoras.

Así lo reconocen tres significativas investigaciones que destacan la trascendencia de esa actividad: «La lectura en las tabaquerías. Monografía histórica», escrita en 1942 por José Rivero Muñiz; así como Biografía del tabaco Habano, publicada por Gaspar Jorge García Galló en 1960; y más recientemente, El lector de tabaquería, historia de una tradición cubana, ensayo monográfico prepa­rado por la mexicana Araceli Tinajero en 2006.

A esas fuentes hay que recurrir constantemente, apunta Francisco Águila Medina, presidente del Consejo técnico asesor de lectores de tabaquerías en Villa Clara. En sus respectivas mesas de comunicación oral, frente a los trabajadores, ellos están ubicados en 21 establecimientos de torcido, despalillos y escogidas de la provincia.

En ese ambiente laboral, líderes sindicales cubanos adquirieron su formación política y económica para enfrentar los desmanes de la explotación capitalista. Allí estuvo, por ejemplo, Lázaro Peña, Capitán de la clase obrera, quien se inició en su juventud en una mesa de tabaquero en la fábrica El Crédito, de Belascoaín y Desagüe, en La Ha­bana. De allí provienen las esencias de sus dotes naturales de dirigente y orador marxista-leninista.

Previo a la celebración este sábado del acto por el Día del trabajador del ramo, en la fábrica Eliope Paz Alonso, de Camajuaní, más de seis mil villaclareños afiliados al gremio hicieron un reconocimiento a Lázaro Peña (29 de mayo de 1911-11 de marzo de 1974), en ocasión del centenario de su natalicio.

En Cuba, como en ninguna otra parte del mundo donde concurren fábricas de torcido o curación de la aromática hoja, persiste aquella tradición fundada en 1865 en la antigua instalación El Fígaro, de La Habana. El establecimiento fue gestor de la profesionalización de las lecturas de tabaquería, con lo cual creció la educación y organización económica y política de los trabajadores.

Las lecturas, recuerda Águila Medina, se extendieron durante el siglo antepasado en homólogos servicios de manufacturas. Talleres como La Pilarcito, H. Upmann, Por Larrañaga, Las tres coronas, El Moro Muza, La Meridiana, La Africana, por citar algunas de aquellas fá­bricas existentes entonces en la capital del país, inscribieron en el mundo la calidad del habano cubano hecho a mano.

Desde allí surgieron los primeros periódicos obreros, como La Aurora, editado por el torcedor Saturnino Martínez, y El Artesano. Refiere Rivero Muñiz que aquellas primeras lecturas incluyeron piezas literarias e históricas de referencia universal, tales como las luchas del siglo, economía política, los estudios sobre la Revolución Francesa y la trascendencia universal de España. También leían poesía, crítica artística y de acontecimientos relevantes aparecidos en la prensa periódica en medio del surgimiento de la nacionalidad cubana. Ese proceso se ensanchó con el devenir de las luchas políticas y sociales en defensa de las reivindicaciones laborales a mediados del siglo antepasado, y en el decurso del siguiente.

Hay que recordar a Martí, justo como reconocen las misiones revolucionarias y de unidad que desplegó a principios de 1892 entre los emigrados cubanos de Nueva York, Cayo Hueso y Tampa.

De ahí nació la unión entre «los pinos nuevos» y aquellos hombres curtidos de gestas libertarias anteriores agrupados en torno al Partido Revolucionario Cubano y el periódico Patria. Águila Medina recuerda en ese sentido las cartas patrióticas dirigidas por Martí a José Dolores Poyo, al examinar la trascendencia histórica de los tabaqueros cubanos en los Estados Unidos. 

Lo anterior fundamenta el porqué en todas las fábricas de torcido para la exportación o el consumo nacional, así como en escogidas y despalillos, existen más de 250 lectores profesionales que llevan adelante idéntica prédica en defensa de las conquistas y la unidad nacional de los cubanos.

En relación con el texto de la Tinajero, el lector advierte que  su periplo historiográfico abarca hasta los primeros años del presente siglo. Según criterios de Águila Medina, no existe una continuidad en esos estudios, sobre todo en tiempos en que las misiones profesionales de los lectores tienden a agrandarse con la promoción de la verdadera cultura del tabaco, como ocurre dos veces al mes en la tertulia Habano-Mejunje, auspiciada por la Sociedad Cultural José Martí.

Esa cultura, no su nocivo hábito de fumar --perjudicial para la salud humana-- establece una fuente insustituible de cubanía. Es una vertiente cultural que se refuerza en Villa Clara, al disponer de una entidad, como ABT, dedicada a la hechura de puros para la exportación y el consumo nacional, galardonada por dos años consecutivos como la mejor de su tipo en el país.

En tal sentido, hay que defender la cultura del tabaco, y la manera como Habano-Mejunje robustece en sus discusiones teóricas las actividades que otros hacen desde sus mesas de torcido o despalillos. Es la lectura, como historia inmaterial, un reconocimiento al acervo martiano y a la trascendencia de la Revolución. Ese hecho perdura también en las tabaquerías, devenidas fuentes de inspiración económica y social del cubano en la contemporaneidad. 

(Con información de Luis Machado Ordetx. Periódico Vanguardia)