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Estampas de Santa Clara: La historia del Burro Perico

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Hace ya setenta y tantos años en la finca de Loa Pacheco, enclavada en la loma de Cerro Calvo, un humilde señor dedicado por necesidad a la compra y venta de botellas adquirió un pequeño burro para que ayudara en los quehaceres. Por nombre le puso Perico, y no imaginó jamás que en aquel momento acababa de hacer el más hermoso regalo a la tradición folklórica villaclareña.

En un Principio, Bienvenido Pérez (Lea) prestó el animal de trabajo a su primo Eusebio quien lo utilizó en el tiro de un carro de helados; pero Perico escapaba con mucha frecuencia hacia Cerro Calvo, quizás por inadaptación, quizás guiado por sus sentimientos. La verdad es que tenía cansado al heladero y una tarde fue el colofón. Cuando se encontraba vendiendo helados en el paradero de trenes los truenos y relámpagos anunciaron un fuerte aguacero, y el hombre fue a refugiarse en los portales dejando amarrado al pobre jumento a un poste. Las primeras gotas de lluvia aterrorizaron tanto al animal que logró partir las riendas que lo sujetaban, y se lanzó a toda carrera para la casa de Lea, no sin antes dejar el carro de las sorbeteras en un deplorable estado.

Muy molesto Eusebio devolvió formalmente el burro a su dueño, quien al parecer lo entendía mejor, pues no pasó mucho tiempo sin que Perico tirara de un carro al que llamaban "La Ferretería ambulante". Ese carretón después pasó a la recolección de tercerolas de manteca, y por último a la recogida de botellas por todos los establecimientos de la ciudad. Más de mil botellas vacías transportaba el burro en cada viaje.

Así pasaron tres lustros; el negocio de la botellería, gracias al trabajo de toda la familia Lea y la "modesta colaboración de Perico, dio muy buen resultado, al punto que el burro fue sustituido en su trabajo por un medio más moderno: Un camión. Lea, agradecido del trabajo de Perico, lo exoneró de todo deber, con el retiro merecido y una suculenta ración diaria de maíz.

No obstante, el animal, que ya había demostrado su inteligencia en otras ocasiones ingenió un plan para procurarse el sustento sin afectar directamente a su benefactor, y así comenzó a recorrer las empedradas calles santaclareñas con su andar lento y distraído.

Al principio, el contacto con la gente le fue un poco difícil pues había quien no aceptaba que un animal paseara las calles de la ciudad tan libremente. Esa fue la primera conquista de Perico, ganarse pacientemente la simpatía de todos. Los niños lo llamaban para ofrecerle caramelos y otras golosinas, que él lentamente saboreaba agradecido.

Algún día de aquellos, Perico aprendió un manejo muy importante; tocó delicadamente con uno de sus cascos delanteros a la puerta de alguna casa, donde seguramente con anterioridad y de forma espontánea le habían brindado pan. Fue como un toque a la puerta de la historia, pues desde entonces trascendió a la celebridad y la fama.

Comenzó a visitar algunas casas donde le procuraban su alimento predilecto, el pan. Así siguió engrosando la lista de sus cariñosos suministradores. E1 toque de Perico era algo sensacional en la cotidianidad de una casa; brindarle pan, más que una limosna era un acto de gratitud por tan simpático gesto. Cuando alguien, sin él solicitarlo le brindaba algo de comer en la puerta o ventana de la casa, aceptaba la invitación sin tardar, grabando el recuerdo en su solípeda memoria, de modo que jamás olvidaría saludar diariamente a los nuevos amigos.

Su ruta incluía a todos los barrios. La Pastora, el Carmen, y Buen Viaje, entre otros.  y es notable que en ninguno de estos lugares a pesar de haber pozos de magníficas aguas, tomaba ni una gota de sus fuentes pues sólo la tomaba de manos de Victoria, la esposa de su dueño quien mimosamente se la servía cuando, al atardecer, regresaba de sus andanzas.

Cierta vez, este invariable curso por las calles fue alterado cuando tuvo un altercado con un novato agente del orden que estrenaba su azulado uniforme en la posta de Parque y Marta Abreu. Perico venía en dirección al Parque por la referida calle para dirigirse al Liceo (hoy Casa de la Cultura); pero ese día el nuevo vigilante, desconociendo que Perico no era un burro ordinario, y creyendo que era su deber ahuyentarlo, comenzó a realizar toda suerte de maniobras y gesticulaciones a tono con el típico cantar de los vaqueros del sur de las provincias centrales al conducir sus reses para que este desviara su rumbo; pero el burrito, que no entendía que el policía tuviera derecho a bloquear su acostumbrado camino, le jugaba cabeza una y otra vez.

El incidente se fue convirtiendo en un espectáculo; la gente comenzó a aglomerarse para presenciar las peripecias de Perico y las ineptitudes del agente, y éste, presionado por su vanidad autoritaria propinó dos fuertes golpes en el lomo para que el animal entrara en razones. Aquello puso de mal humor al público y hubo voces que se alzaron contra la actitud del advenedizo esbirro. Un sargento de la Policía que se encontraba entre los espectadores amonestó públicamente al guardia y le aclaró que Perico no era un burro ordinario, sino que se trataba de un burro "con los mismos derechos de cualquier ciudadano de la República". El vigilante amoscado, y aún sin explicarse el suceso en su real magnitud, se excusó ante la gente y prometió guardar al burro todas las consideraciones que le habían concedido.

Pero ello no termina todavía: Perico, desde aquel día cuando llegaba a 1a barbería de Marta Abreu y VIlluendas, detenía su paso y levantaba la vista para observar al vigilante de la posta del Parque. Si el que encontraba allí era el del referido altercado, daba marcha atrás y tomaba otra ruta.

Así, Perico, amparado por el cariño, la admiración y el cuidado popular va dejando paulatinamente de ser un burro ordinario para convertirse en la amada mascota de la ciudad .

Hubo quienes trataron de utilizar su imagen para beneficios personales en las campañas politiqueras típicas de aquella época. Levantaron una ola de injurias a través de la prensa contra su dueño aduciendo que este después de haberse hecho rico a costa del trabajo del animal y de haber explotado al admirable burro lo tenía en la indigencia, pero el pueblo conocía el gran amor con que el propietario del burro y sus hijos lo trataban.

A raíz del primer gobierno de Batista, Perico salió a la calle portando carteles que decían: "Abajo Batista" y "Abajo el director", refiriéndose al Director del Instituto de Segunda Enseñanza que en componenda con los políticos de turno permitía a algunos estudiantes que recogieran dinero a nombre del estudiantado para su beneficio personal.

Perico estuvo preso. Un día cometió el error de invadir los jardines del Parque Vidal: El alcalde asomado a una de las ventanas del Palacio de Gobierno lo vio personalmente, y lo mandó a prender por comerse el césped.

El estudiantado, al enterarse de 1a noticia, se lanzó a la calle conjuntamente con la población, y el alcalde, al ver que se ponía en juego su próxima reelección creando estas discordias, accedió a ponerlo en libertad.

Todos los informantes coinciden en decir que lo más asombroso de su vida fue su muerte. Eran las seis de la tarde del día 26 de febrero de 1947. Perico se encontraba cerca del café Villaclara.  Lea lo vio y se le acercó. Notándolo cabizbajo y afiebrado le dijo: Perico tú estás enfermo, vamos para la casa. Y el animalito siempre obediente le siguió hasta la botellería.

Al otro día por la mañana, Caballo; el sereno que cuidaba del patio de la botellería, muy temprano le preguntó a Victoria que ya estaba en pie: "¿El viejo está durmiendo?" y tras su respuesta afirmativa. "Pues mira. Perico ni se mueve, pa’ mi que está muerto, yo lo estuve mirando por una ventana.

No hallaban cómo decírselo a Lea; Pero al final, la dolorosa realidad se impuso. Al divulgarse la noticia, muchos centros de trabajo cesaron en sus labores, innumerables escuelas enviaron a sus alumnos a los funerales; todos querían ver por última vez su simpática figura.

Los niños desfilaron cerca de su cadáver para ofrendarle flores, los obreros le llevaban coronas a nombre de sus lugares de trabajo; los muchachos del Instituto de Segunda Enseñanza, quisieron enterrarlo en el cementerio de la ciudad; pero Lea no permitió que su cadáver fuera sacado a la calle, y tras la autorización del Ayuntamiento. se acordó enterrarlo en el propio patio de la botellería donde durmiera toda su vida. Su sepelio debía llevarse a cabo allí, en una fosa que el mismo pueblo cavó. Cuatro metros cúbicos de tierra fueron removidos para ocultar su cuerpo eternamente, con una mezcla de arena y cal. pues bajo estas condiciones había accedido el Gobierno Provincial a su entierro dentro de la localidad de Santa Clara.

El infatigable andador de las adoquinadas calles de Santa Clara, continuará paseando su asnal filosofía en la imaginación de los niños, en la memoria de quienes lo conocieron y entre los recuerdos bellos de esta ciudad.

(Con información de Sitio Web Cultural Santa Clara)

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/cibergonza


Teatro La Caridad. Una joya de Santa Clara

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Se encuentra situado en Parque Vidal entre Máximo Gómez y Lorda. Santa Clara, Villa Clara, Cuba.

Inaugurado el 8 de septiembre de 1885, fue costeado y donado a la ciudad de Santa Clara por Marta Abreu, perteneciente a una ilustre y rica familia de la localidad, quien entregó esta propiedad a la ciudad para que parte de sus ingresos sirvieran de socorro a los pobres.

Construcción

La propuesta de la construcción del teatro se hizo saber al Ayuntamiento de Santa Clara en diciembre de 1883, el Dr. Don Luis Estévez y Romero tuvo a su cargo las gestiones para la adquisición del terreno y apoyó incondicionalmente la decisión de su esposa Marta Abreu. El Ayuntamiento, de total acuerdo, aceptó y aprobó la propuesta.

En agosto de 1885 se dio por terminada la construcción del edificio teatro, proyectado por el Ingeniero Herminio Leiva y Aguilera, acordándose su inauguración para el 8 de septiembre del propio año.

Inauguración

El 8 de septiembre de 1885 abrió sus puertas la sobria instalación, la que fue realizada por iniciativa de la ilustre Marta de los Ángeles Abreu de Estévez y Arencibia, para con sus ganancias hacer obras caritativas y perpetuar la memoria de sus padres. La inauguración, fue precisamente el día de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.

El Teatro La Caridad se erigió en el espacio que ocupó La Ermita de la Candelaria, primer templo que tuvo la villa y que había sido construido en 1696 por iniciativa del benefactor Padre Juan de Conyedo. En 1849, fue convertido en cuartel y posteriormente en Oficinas de Telégrafos hasta su total demolición en 1884.

Para perpetuar su huella y dar un sentido de continuidad, La Ermita de la Candelaria, quedó estampada sobre el telón de entreactos de la naciente obra arquitectónica.

Es invitado el Capitán General de Cuba para que asistiera, lo que no fue posible, según hizo saber al Gobierno de la ciudad, por sus ocupaciones de trabajo, aunque agradeció la invitación que se le hiciera.

Rafael Tristá, como Alcalde Presidente del Ayuntamiento de la Ciudad Capital, acompañado de concejales y autoridades tuvo a su cargo la apertura del acto. Le siguieron, el discurso del Autonomista Rafael Montoso.

A la escena subieron aficionados locales con la obra Los Lazos de la Familia y el Artista Camilo Salaya dio lectura a la poesía A Villa Clara. Cerró la noche teatral la polca La Pasionaria.

Como parte de las actividades de inauguración, los habitantes de la ciudad y de otros lugares de la provincia ofrecieron al día siguiente su agradecimiento a Marta y a su esposo en el propio teatro.

Ellos fueron conducidos sobre una alfombra de flores naturales y se le obsequió, a la benefactora, una medalla conmemorativa a nombre del pueblo, también se presentó un grupo de aficionados que deleitaron a los presentes con la obra dramática La Caridad.

Seis días después, a propuesta del Concejal Juan Manuel Martínez, el Ayuntamiento aprobó por acuerdo unánime, otorgar al Dr. Luis Estévez Romero la condición de hijo ilustre de la ciudad, teniendo en cuenta los valiosos servicios que había prestado a ésta en unión de su esposa.

Años más tarde, el 4 de abril de 1894 bajo la presidencia del Alcalde Martínez Pupo y a solicitud de los vecinos de la Calle San Juan Bautista, se le cambió el nombre por el de Estévez como gratitud a la familia de Marta; catorce días después sé modificó el acuerdo y se decidió nombrar a la Calle Luis Estévez en honor a éste y evitar que en un futuro pudiera ser confundido con un apellido similar, además se le nombró hijo adoptivo de la ciudad.

Administración del Teatro

El 15 de septiembre de 1885, en la segunda convocatoria de la reunión ordinaria del Ayuntamiento de la ciudad bajo la presidencia de su Alcalde Rafael Tristá y los nueve concejales, se dedicó especial atención a tratar los asuntos relativos a la administración del recién inaugurado Teatro La Caridad, el que ocupó una extensión superficial de 1 950,48 metros cuadrados, incluyó restaurante, barbería y espacio para sociedades de recreo.

Los primeros visitantes pudieron observar y admirar la elegante decoración, expresión del buen gusto y reconocimiento a los altos valores de la cultura nacional y universal. El cubano Miguel Melero, destacado pintor y profesor de la Escuela de San Alejandro realizó los bustos de Calderón y Echegaray.

El ilustre escenógrafo español Miguel Arias laboró en los diversos telones y la escenografía; por otra parte, la decoración a relieve situada en la embocadura, y el conjunto escultórico para el frontón, estuvieron a cargo del ingenio de Bossi.

El pintor Filipino Camilo Salaya, graduado de la academia madrileña San Fernando, tuvo a su cargo la decoración del cielo raso y los laterales de la parte superior de la boca escena.

Las publicaciones periódicas locales, nacionales y también algunas publicaciones en España reflejaron lo que fue para los santaclareños un hecho de trascendental significado histórico cultural.

En la Actualidad

Sin dudas, a partir de ese momento hasta la actualidad, el Teatro La Caridad ha sido una de las plazas culturales más relevantes del quehacer artístico de Santa Clara y de Cuba.

Por su escenario han desfilado figuras y compañías de renombre mundial, entre ellas: Enrico Caruso, Libertad Lamarque, Jorge Negrete, Rosita Fornés, la Compañía de Lola Flores, Chucho Valdés, Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba, la Compañía de teatro de Enrique Arredondo, y la Compañía Codanza, entre otras.

Hoy, gracias a un riguroso proceso de restauración  puede disfrutarse de alegorías, retratos y representaciones que nos permiten recorrer los caminos de la más exquisita creación artística de los hombres a través del tiempo.

Obras similares al Teatro La Caridad existían en nuestra Isla con anterioridad, así tenemos: El Teatro de la Marina en Santiago de Cuba (1823), El Brunet en Trinidad (1840), El Principal de Camagüey (1850), el Sauto de Matanzas (1863), y posteriormente, en 1890, se erigió el Terry en la vecina ciudad de Cienfuegos.

La construcción de estas instalaciones en Cuba constituyó una peculiaridad en las ciudades cubanas más importantes del siglo XIX.

Testigo permanente durante 127 años de aciertos y desaciertos, del buen arte ejecutado por músicos, bailarines, actores dramáticos y artistas plásticos, aficionados y profesionales, de la preocupación y ocupación de muchos hombres y mujeres porque por siempre y para siempre esté entre nosotros nuestro Teatro La Caridad, que no es solo Monumento Nacional, —declarado en 1981— sino que es por excelencia, un monumento a la vida, y joya arquitectónica, patrimonial y cultural de la ciudad de Santa Clara.

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La historia del Burro Perico

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Hace ya setenta y tantos años en la finca de Loa Pacheco, enclavada en la loma de Cerro Calvo, un humilde señor dedicado por necesidad a la compra y venta de botellas adquirió un pequeño burro para que ayudara en los quehaceres. Por nombre le puso Perico, y no imaginó jamás que en aquel momento acababa de hacer el más hermoso regalo a la tradición folklórica villaclareña.

En un Principio, Bienvenido Pérez (Lea) prestó el animal de trabajo a su primo Eusebio quien lo utilizó en el tiro de un carro de helados; pero Perico escapaba con mucha frecuencia hacia Cerro Calvo, quizás por inadaptación, quizás guiado por sus sentimientos. La verdad es que tenía cansado al heladero y una tarde fue el colofón. Cuando se encontraba vendiendo helados en el paradero de trenes los truenos y relámpagos anunciaron un fuerte aguacero, y el hombre fue a refugiarse en los portales dejando amarrado al pobre jumento a un poste. Las primeras gotas de lluvia aterrorizaron tanto al animal que logró partir las riendas que lo sujetaban, y se lanzó a toda carrera para la casa de Lea, no sin antes dejar el carro de las sorbeteras en un deplorable estado.

Muy molesto Eusebio devolvió formalmente el burro a su dueño, quien al parecer lo entendía mejor, pues no pasó mucho tiempo sin que Perico tirara de un carro al que llamaban "La Ferretería ambulante". Ese carretón después pasó a la recolección de tercerolas de manteca, y por último a la recogida de botellas por todos los establecimientos de la ciudad. Más de mil botellas vacías transportaba el burro en cada viaje.

Así pasaron tres lustros; el negocio de la botellería, gracias al trabajo de toda la familia Lea y la "modesta colaboración de Perico, dio muy buen resultado, al punto que el burro fue sustituido en su trabajo por un medio más moderno: Un camión. Lea, agradecido del trabajo de Perico, lo exoneró de todo deber, con el retiro merecido y una suculenta ración diaria de maíz.

No obstante, el animal, que ya había demostrado su inteligencia en otras ocasiones ingenió un plan para procurarse el sustento sin afectar directamente a su benefactor, y así comenzó a recorrer las empedradas calles santaclareñas con su andar lento y distraído.

Al principio, el contacto con la gente le fue un poco difícil pues había quien no aceptaba que un animal paseara las calles de la ciudad tan libremente. Esa fue la primera conquista de Perico, ganarse pacientemente la simpatía de todos. Los niños lo llamaban para ofrecerle caramelos y otras golosinas, que él lentamente saboreaba agradecido.

Algún día de aquellos, Perico aprendió un manejo muy importante; tocó delicadamente con uno de sus cascos delanteros a la puerta de alguna casa, donde seguramente con anterioridad y de forma espontánea le habían brindado pan. Fue como un toque a la puerta de la historia, pues desde entonces trascendió a la celebridad y la fama.

Comenzó a visitar algunas casas donde le procuraban su alimento predilecto, el pan. Así siguió engrosando la lista de sus cariñosos suministradores. E1 toque de Perico era algo sensacional en la cotidianidad de una casa; brindarle pan, más que una limosna era un acto de gratitud por tan simpático gesto. Cuando alguien, sin él solicitarlo le brindaba algo de comer en la puerta o ventana de la casa, aceptaba la invitación sin tardar, grabando el recuerdo en su solípeda memoria, de modo que jamás olvidaría saludar diariamente a los nuevos amigos.

Su ruta incluía a todos los barrios. La Pastora, el Carmen, y Buen Viaje, entre otros.  y es notable que en ninguno de estos lugares a pesar de haber pozos de magníficas aguas, tomaba ni una gota de sus fuentes pues sólo la tomaba de manos de Victoria, la esposa de su dueño quien mimosamente se la servía cuando, al atardecer, regresaba de sus andanzas.

Cierta vez, este invariable curso por las calles fue alterado cuando tuvo un altercado con un novato agente del orden que estrenaba su azulado uniforme en la posta de Parque y Marta Abreu. Perico venía en dirección al Parque por la referida calle para dirigirse al Liceo (hoy Casa de la Cultura); pero ese día el nuevo vigilante, desconociendo que Perico no era un burro ordinario, y creyendo que era su deber ahuyentarlo, comenzó a realizar toda suerte de maniobras y gesticulaciones a tono con el típico cantar de los vaqueros del sur de las provincias centrales al conducir sus reses para que este desviara su rumbo; pero el burrito, que no entendía que el policía tuviera derecho a bloquear su acostumbrado camino, le jugaba cabeza una y otra vez.

El incidente se fue convirtiendo en un espectáculo; la gente comenzó a aglomerarse para presenciar las peripecias de Perico y las ineptitudes del agente, y éste, presionado por su vanidad autoritaria propinó dos fuertes golpes en el lomo para que el animal entrara en razones. Aquello puso de mal humor al público y hubo voces que se alzaron contra la actitud del advenedizo esbirro. Un sargento de la Policía que se encontraba entre los espectadores amonestó públicamente al guardia y le aclaró que Perico no era un burro ordinario, sino que se trataba de un burro "con los mismos derechos de cualquier ciudadano de la República". El vigilante amoscado, y aún sin explicarse el suceso en su real magnitud, se excusó ante la gente y prometió guardar al burro todas las consideraciones que le habían concedido.

Pero ello no termina todavía: Perico, desde aquel día cuando llegaba a 1a barbería de Marta Abreu y VIlluendas, detenía su paso y levantaba la vista para observar al vigilante de la posta del Parque. Si el que encontraba allí era el del referido altercado, daba marcha atrás y tomaba otra ruta.

Así, Perico, amparado por el cariño, la admiración y el cuidado popular va dejando paulatinamente de ser un burro ordinario para convertirse en la amada mascota de la ciudad .

Hubo quienes trataron de utilizar su imagen para beneficios personales en las campañas politiqueras típicas de aquella época. Levantaron una ola de injurias a través de la prensa contra su dueño aduciendo que este después de haberse hecho rico a costa del trabajo del animal y de haber explotado al admirable burro lo tenía en la indigencia, pero el pueblo conocía el gran amor con que el propietario del burro y sus hijos lo trataban.

A raíz del primer gobierno de Batista, Perico salió a la calle portando carteles que decían: "Abajo Batista" y "Abajo el director", refiriéndose al Director del Instituto de Segunda Enseñanza que en componenda con los políticos de turno permitía a algunos estudiantes que recogieran dinero a nombre del estudiantado para su beneficio personal.

Perico estuvo preso. Un día cometió el error de invadir los jardines del Parque Vidal: El alcalde asomado a una de las ventanas del Palacio de Gobierno lo vio personalmente, y lo mandó a prender por comerse el césped.

El estudiantado, al enterarse de 1a noticia, se lanzó a la calle conjuntamente con la población, y el alcalde, al ver que se ponía en juego su próxima reelección creando estas discordias, accedió a ponerlo en libertad.

Todos los informantes coinciden en decir que lo más asombroso de su vida fue su muerte. Eran las seis de la tarde del día 26 de febrero de 1947. Perico se encontraba cerca del café Villaclara.  Lea lo vio y se le acercó. Notándolo cabizbajo y afiebrado le dijo: Perico tú estás enfermo, vamos para la casa. Y el animalito siempre obediente le siguió hasta la botellería.

Al otro día por la mañana, Caballo; el sereno que cuidaba del patio de la botellería, muy temprano le preguntó a Victoria que ya estaba en pie: "¿El viejo está durmiendo?" y tras su respuesta afirmativa. "Pues mira. Perico ni se mueve, pa’ mi que está muerto, yo lo estuve mirando por una ventana.

No hallaban cómo decírselo a Lea; Pero al final, la dolorosa realidad se impuso. Al divulgarse la noticia, muchos centros de trabajo cesaron en sus labores, innumerables escuelas enviaron a sus alumnos a los funerales; todos querían ver por última vez su simpática figura.

Los niños desfilaron cerca de su cadáver para ofrendarle flores, los obreros le llevaban coronas a nombre de sus lugares de trabajo; los muchachos del Instituto de Segunda Enseñanza, quisieron enterrarlo en el cementerio de la ciudad; pero Lea no permitió que su cadáver fuera sacado a la calle, y tras la autorización del Ayuntamiento. se acordó enterrarlo en el propio patio de la botellería donde durmiera toda su vida. Su sepelio debía llevarse a cabo allí, en una fosa que el mismo pueblo cavó. Cuatro metros cúbicos de tierra fueron removidos para ocultar su cuerpo eternamente, con una mezcla de arena y cal. pues bajo estas condiciones había accedido el Gobierno Provincial a su entierro dentro de la localidad de Santa Clara.

El infatigable andador de las adoquinadas calles de Santa Clara, continuará paseando su asnal filosofía en la imaginación de los niños, en la memoria de quienes lo conocieron y entre los recuerdos bellos de esta ciudad.

(Con información de Sitio Web Cultural Santa Clara)


El niño de la Bota Infortunada, una peculiaridad del parque de Santa Clara

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La escultura de un niño con el calzado en la mano, por cuyas  costuras desechas cae el agua, singulariza al parque Leoncio Vidal y  resulta una de las imágenes más representativas de la ciudad de Santa  Clara.

Realizada en bronce, la figura  está colocada en medio de una fuente circular frente al centenario Teatro La Caridad, Monumento Nacional, donde acapara la atención de nacionales y turistas quienes, en mayoría, plasman en una foto, la curiosa representación infantil.

Esta efigie, patrimonio local, fue situada en la plaza citadina, por primera vez, el 15 de julio de 1925, en el aniversario 236 de la fundación de la urbe del centro de Cuba.

En esa fecha se inauguraron obras de ampliación del Parque y entre las nuevas propuestas ornamentales se encontraba la figura del Chico, ejecutada por The Union Manufacturing Co., Ohio, Estados Unidos.

Esculturas similares  pueden existir en otros lugares del mundo como consecuencia de su fabricación en serie y resulta evidente que el modelo no fue un infante cubano, por su fisonomía se asemeja a un pilluelo de rasgos afrancesados.

En 1959, con la introducción de cambios en el Leoncio Vidal, la fuente fue eliminada, pero 11 años después, aparecieron los  restos de la escultura  del Niño; y desde entonces se exhiben en el Museo  de Historia, de Villa Clara.

Una obra escultórica similar, a cargo de José Delarra, artista de la plástica nacional, se repuso  en el sitio original, durante  las festividades por el tricentenario de la localidad, en l989, para beneplácito de pobladores y  visitantes.

La presencia del Niño de la Bota Infortunada atrae principalmente a los pequeños, quienes juegan a su alrededor cautivados por una presencia familiar que imperturbable sostiene su calzado, mientras embellece la más importante plaza de Santa Clara.

(Con información de Luz María Martínez Zelada. AIN)

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