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Confesiones del joven pediatra que atendió a los primeros niños ingresados por la COVID-19 en el Hospital Militar Manuel Fajardo Rivero, de Villa Clara. Emociones y sentimientos encontrados con el único fin de ofrecer vida a la esperanza del mundo.

Por Ricardo R. González

Fotos del autor, cortesía del entrevistado y la Dra. Lisset Ley Vega

Una vez alguien lo calificó como «un hombre chiquito», una especie de paradoja ajena a la estatura y a otras cualidades físicas. Simplemente asociaban el grado de responsabilidad, madurez, y esa manera de mirar el mundo de una forma tan peculiar que escapaba del comportamiento habitual para un adolescente de su época.

Ahora Richar Godoy León tiene 32 años. Ya es doctor, y sigue siendo esa persona humana, sensible al máximo, y amigo de tender su mano en todos los momentos de la vida, quien muchas veces se remonta a su Yaguanabo arriba, un pueblito campestre cienfueguero situado a siete km de la carretera que une a la capital de la Perla del Sur con Trinidad, y en el casi siempre se imponía subir y bajar el camino con la complicidad de aquellos zapatos que conocen la historia.

Por entonces sus padres le sugerían que fuera médico o ingeniero, hasta que un día les pidió que no le hablaran más de la medicina porque en el campo solo veía suturar heridas causadas por el filo de un machete, y eso nunca le gustó. Una vez en secundaria básica eligió la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, y al término de duodécimo grado aquel muchacho sorprendió al inclinarse por la medicina militar cuando ocupaba el quinto puesto académico de toda la escuela.

Fue la única opción que solicitó. Hizo dos años en Cienfuegos y luego marchó a la Universidad de La Habana en una trayectoria que demuestra las vueltas que da la vida porque «he tenido que suturar muchas heridas, y aquí estoy». Entonces da riendas sueltas a sus emociones, acuña cada palabra con el corazón, llora sin prejuicios, y emprende un diálogo sin dobleces.  

— La llegada a Villa Clara ¿impuesta o casual?

— Durante el sexto año de Medicina roté por esta provincia y Cupido me flechó. Aquí me casé con quien es hoy enfermera de Cardiología en el hospital Celestino Hernández Robau. Una vez graduado trabajé un tiempo en Cienfuegos hasta que retorné a Villa Clara donde concluí la Medicina General Integral. Luego del año opté por la segunda especialidad en el hospital José Luis Miranda porque mi decisión estaba bien definida: quería ser pediatra y ejerzo mi profesión en el hospital militar Manuel Fajardo Rivero de Villa Clara.

— ¿Por qué la devoción por la infancia?

Casi todos los médicos y el personal de Salud le temen un poco. Devino reto y gusto a la vez. Tienes en ella, prácticamente, a dos pacientes: al niño y a su familia, y es donde ves aquella personita que aun enfermo no oculta la ternura. Te agradece con espontaneidad y sonrisas, y recompensan, profesionalmente, cuando se van de alta.

«Es un reto, también, porque en muchos casos resulta imposible que el pequeño responda qué se siente y dónde le duele. Lo hace a través del llanto e impone mucho ojo clínico y un examen muy exhaustivo, además de preguntarle a la madre que constituye el mejor «médico» del niño».

— En el orden personal ¿te consideras sumamente sensible?

— En extremo, a veces hasta lloro porque soy padre y me parece que cada uno de ellos es un hijo ya que veo el dolor de un niño enfermo como algo delicado y propio.

Imagino que has vivido situaciones complejas ¿las enfrentas en el momento de aplicar métodos cruentos?

— Aparece una disyuntiva inevitable. Por un lado, el sentimiento de recurrir a un proceder quirúrgico o invasivo, por el otro, la responsabilidad como médico que no puede flaquear. Recuerdo las primeras punciones lumbares practicadas a recién nacidos y sentí un desgarro en mi alma. Hasta pensé en la imposibilidad de realizarla… pero tienes que controlarte porque es para bien. Ese llanto del niño, como expresión de angustia, también lo siento ya que crecemos en la profesión; sin embargo, las emociones permanecen intactas. 

— A veces el niño no puede expresar palabras; pero cuando un padre o familiar dicen: gracias doctor ¿qué se siente?

— ¿Te lo confieso? Uno llora con el paciente, y no nos abrazamos por el distanciamiento social, pero ese agradecimiento de los adultos se ve en los ojos que es sincero. Ellos entran con el temor de que al pequeño le pueda ocurrir algo, y al ver que se retorna a casa te entregan, en ese momento, la seguridad de que confiaron en el equipo, de que pusieron a sus criaturas en nuestras manos en espera de curarlos.

— ¿Cómo fue que enfrentaste el primer caso de una menor sospechosa de la COVID-19 en el Hospital Militar?

— Ese día fui a trabajar y pensé que sería una jornada normal, mas cuando arribó la paciente me dijeron que fuera para la sala a examinarla y comenzó el trabajo con Verónica, hija de una boliviana con un papá cubano, que entró como paciente sospechosa. Estaba muy alegre, activa… Llegó con sus abuelos ya que el padre había tenido varios contactos, y ellos realizaron muchas preguntas sobre la alimentación, los útiles para vestirla, en fin… Luego de examinarla la jefatura me comunicó que debía permanecer junto a ella las 24 horas sin retornar a mi casa.

— Para la atención a infantes era necesario tener cunas y otros detalles apropiados ¿Resultó para ustedes un rompecabezas?

— La institución no atendía a niños desde 1966 en que funcionó aquí parte de la atención pediátrica, y ante la epidemia del SARS-CoV-2 el hospital fue designado para atender tanto a positivos como sospechosos. De primer momento no contábamos con pañales ni culeros cuya tarea de confección la emprendió de inmediato el departamento de lavandería, ya que no se podía entrar nada de la calle.

«Tampoco teníamos cunas. Se hizo una movilización con respuesta rápida y el Pediátrico José Luis Miranda las facilitó. Con la ayuda de los soldados y otro personal las desinfestamos para colocarlas en las salas habilitadas. En cuanto a la alimentación se habló con la jefa de Logística del centro y activó todo lo necesario. Carecíamos de malanga y contamos con el apoyo de las FAR y del Pediátrico para el suministro de viandas unido al proceso de elaboración, ya que era necesario suministrar puré a una niña de, prácticamente, un año.

— ¿Recuerdas algún caso peculiar entre los pequeños hospitalizados?

— Al término de noviembre la institución había atendido a 409 ingresados; de ellos, 93 positivos y 316 sospechosos. La relación incluye a dos hermanos cubano americanos, uno de 18 años y otro de nueve, que se pasaron todo el tiempo hablando y riéndose por lo que había que estar con ellos para que cumplieran los protocolos. Tenían que esperar en aquel momento los 14 días a fin de conocer los resultados del PCR y recibir el egreso, pero en ellos se prolongó más el tiempo pues se realizaron dos o tres veces más y continuaron con respuestas positivas a pesar de manifestarse asintomáticos, con rayos X negativo, y el resto de los complementarios sin contratiempos. Al final tuvieron más de un mes en el hospital hasta que llegó la normalidad.

— ¿Por qué en los niños la enfermedad se manifiesta más benévola?

— Existen diferentes teorías que aluden a la inmunidad infantil, también difiere la respuesta del organismo. El adulto puede estar acompañado de otras enfermedades que acentúan o complican el padecimiento como la hipertensión arterial, la diabetes mellitus, el asma… al tiempo que los menores responden mejor ante las infecciones virales como el coronavirus.

— Cuán difícil resultó para ti marchar del trabajo al centro de aislamiento sin poder abrazar a tu pequeña Jimena?

— Estuve un mes sin verla. Todos los días hablaba con ella y la sentía llorar… fue muy duro para los dos, nos extrañábamos de manera mutua. Los primeros días trascurrieron sin relevo y luego nos llevaban para el aislamiento hasta que pudimos reencontrarnos. Tenía en la casa un cartel de bienvenida y su expresión era incontenible. Muchas veces me llamaba y preguntaba cuándo iba a venir a la casa, y yo le explicaba que debía cuidar a otros niños, hasta que en una jornada me dijo: ¿y quién me cuida a mi?… Aquello me impactó, no pude aguantar, se me salieron las lágrimas en el centro de aislamiento. Tenía solo dos años y cuatro meses en aquel momento.

— ¿Puede hablarse de satisfacciones en medio de un panorama que provoca cansancio y tensiones?

— La mayor de todas es que no hemos tenido ningún infante fallecido ni con la necesidad de remitirlo a una unidad de cuidados intensivos. Ahora somos seis pediatras en funciones y en los primeros tiempos estaban, además, los doctores Diana Rosa Sánchez, Marvin Machado y Beatriz Rodríguez en una sala de sospechosos y otra de positivos, mas recuerdo aquellos días en que nos trasladaban del trabajo al centro de aislamiento y viceversa. Me parecía que las miradas de las personas que andaban por la calle y observaban el ómnibus lo hacían con agradecimiento. Sentía hasta escalofríos, pero estábamos siendo útil a la sociedad.

— De esos momentos que estremecen por dentro ¿Cuál constituye para ti el más impactante?

El aplauso que tributamos todos en la Sala al proceder a un alta hospitalaria, pero a la vez se suman los padres y el resto de los menores que permanecen hospitalizados. Se me eriza la piel porque es una reinserción a la vida, el estímulo al trabajo cotidiano. La alegría de sentir que los niños no están contagiados hay que vivirla y también impone el cuidado extremo a la hora de entrar en zona roja cuyos medios están ya más avanzados.

— Al escuchar por primera vez hablar de COVID- 19 ¿pensaste que llegaría a la magnitud que ha experimentado la pandemia?

Jamás. Ha ido sorprendente por el propio comportamiento del virus y la acción de los asintomáticos, Gracias al sistema de salud cubano los resultados hablan por sí solos, y trabajaremos para que llegue el día final. El intelecto de nuestros científicos, del personal de Salud, las vacunas por venir, y el aporte de la sociedad nos ayudarán en el empeño.

— Ahora emprendes el doctorado en Ciencias Médicas y asumes la jefatura del servicio de Pediatría en el «Manuel Fajardo» ¿Eres de quienes piensa que la vida es un privilegio a enfrentar sin pérdida de tiempo?

— Constituye una experiencia de oportunidades y retos. Si no te trazas una meta siempre estarás en el mismo lugar, y al terminar los Camilitos me preguntaron ¿qué quieres hacer? Y respondí; ser alguien en la vida, y ahí está el fundamento de la utilidad. Hay que mirar hacia delante, ser un continuo insatisfecho, y seguir para vencer los años cuando avanzan. Creo ha sido el regalo mayor para mis padres y mi familia. 

— ¿Asumir la vida militar te nutrió de enseñanzas?

— He aprendido la disciplina. Me gustan las cosas correctas, el respeto hacia los demás. La medicina es igual, pero recibimos otras nociones militares que hacen prepararte tanto en tiempo de guerra como de paz. 

— ¿Que sintieron tus padres al ver que su hijo había seguido el buen camino?

Ellos me ven más grande, como un médico realizado. Al principio lo hacía todo para que mis padres se sintieran orgullosos, pero el día que estaba cansado o bajaba la guardia ellos constituían el estímulo para seguir. Y es también alegría para mis hermanos.

— ¿Un aficionado practicante del ciclismo, el futbol, el baloncesto, incluso con anécdotas en el salto alto, es de los que piensa que por tener dos o más títulos se llega a la cima de la montaña?

— Nunca se dice adiós a los libros ni a las investigaciones aunque tengas muchas cosas por hacer. Se crea un hábito de querer aprender y de repasar lo conocido y más en la Medicina. A veces un paciente resulta una lección, pero jamás debe producirse el divorcio con la literatura que llama a la actualización constante porque es inadmisible el criterio de que el médico se deshumaniza, y donde se demuestra el sentido máximo de humanidad es en una unidad de cuidados intensivos y en una sala de Oncohematología. Ellos ven pacientes en circunstancias muy difíciles y algunos hasta irreversibles, y cada vez que ocurre algo incompatible su personal llora, y así llevan trabajando años y años; sin embargo, el sentimiento fluye como si fuera el primer día. Jamás se perderá el instinto humano hacia los pacientes.

— ¿Cómo imaginas que será ese abrazo final cuando concluya este holocausto de pandemia que vive el mundo?

— Una mezcla de alegrías y lágrimas, el reencuentro infinito de familiares y amigos, como si nunca quisiéramos que ese instante acabara. Dibujo a la sociedad mejor de lo que era antes, y ese día estaré en familia, con las amistades, con quienes me han apoyado y realizaron sus llamadas para darme todas las fuerzas ante lo que a partir de un día de 2020 cambió los colores del mundo.

PIE DE FOTOS

1.- «Cuando nuestro trabajo es reconocido, nuestro cuerpo cansado se levanta y anda a luchar con la energía de esos aplausos del pueblo. Gracias. Nosotros seguiremos luchando por nuestra Cuba y todo el mundo», expresó el Dr. Richar Godoy León.

2.- Noviembre de 2018 le trajo la satisfacción enorme de haberse graduado como pediatra en su segunda especialidad. La Dra. Lisset Ley Vega, oponente del tribunal, emitió el fallo.

3.- El venidero febrero traerá el segundo hijo, mas Richar Godoy dejó una recomendación al sentir la satisfacción que le provoca su primogénita Jimena: «Para aquellos que aún esperan tenerlos no demoren más que esto es lo más hermoso de la vida».

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