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La vida en el Acuario—Delfinario Cayo Santa María demuestra el cuidado extremo del entorno sin afectar el hábitat de las especies. Allí laboran hombres y mujeres que logran una feliz comunión para preservarlas

Por Ricardo R. González

Fotos: Ramón Barreras Valdés

Nicky y Ángel constituyen una pareja. Al parecer son felices. Ella tiene cinco años mientras él la supera en uno. Bailan al compás de un mambo o de un rock and roll, pero también del ritmo trepidante de una salsa, de la movida macarena o con un reposado bolero. Todo pudiera resultar normal, mas lo peculiar en esta historia trasciende a tenor de que el binomio no pertenece a la especie humana porque son delfines protagonistas del show en el Acuario—Delfinario Cayo Santa María.

Una y otra vez Nicky y Ángel tocan balones a gran altura, saltan entre aros de manera espectacular, o sorprenden con sus acrobacias a fin de demostrar lo científicamente corroborado: La inteligencia de estos mamíferos es tan grande que se sitúan en segundo lugar después del hombre y por encima de los simios, en tanto sus facultades para el aprendizaje figuran entre las más impactantes del Planeta.

Hace apenas dos meses y medio una bióloga de profesión graduada de los cursos de Gaviota de Gerencia y Gestión Turística asume la directiva del centro. Nunca lo imaginó, pues prefería la biología criminalística ejercida antes en La Habana durante cuatro años. Al llegar a esta porción del noreste villaclareño la vida de Aniusky Navarro Broche cambió, Ahora siente como suyo ese universo que protege junto a su avezado colectivo.

ENTRE PASARELAS Y PISCINAS

La institución, perteneciente al Grupo Marina Gaviota Cayo Santa María, abrió sus puertas en 2011 cuando solo disponían de cuatro delfines trasladados desde Varadero en viaje de unas seis horas que transcurrió sin dificultades como rememora Mario Toledo Legón, director general del Grupo. Una travesía que trataba de evitar sufrimientos a los ejemplares y lograr la rápida adaptación al nuevo hábitat.

Poco a poco llegaron otros inquilinos, entre ellos Isaac y Lucas nacidos en esos predios y convertidos en las pequeñas mascotas de la institución.

Para Aniusky no existen preferencias. Todos los animales tienen su función, y participan en la diversidad de programas habilitados que incluyen, además del show con delfines y el león marino, interacción grupal, baños en las piscinas, junto a otras acciones según las cualidades demostradas por cada uno. A partir de ello planifican lo que se quiere lograr para satisfacer, también, las exigencias de las excusiones insignias del Grupo Marina que arriban en catamarán.

Entre los versados entrenadores aparece Daniel San Pedro Rodríguez, uno de los amigos de Julio, el único león marino existente, por ahora, en el lugar. Él sabe de similitudes entre delfines y leones como mamíferos marinos y de semejanzas a la hora del aprendizaje, pero también de marcadas diferencias en las plataformas de entrenamiento pues en el caso de los lobos marinos admiten tanto el medio acuático como la tierra; sin embargo, los delfines solo pueden hacerlo en el agua.

«Estos —precisa— no responden a los nombres, trabajan con señales visuales; en cambio los lobos o leones del mar admiten familiarizaciones con sonidos y reconocen su identificativo».

Ya el establecimiento villaclareño dispone de 15 delfines con sorprendentes comportamientos. Desde el punto de vista sexual son los únicos que realizan el acto por placer en el medio acuático. «Son bastantes promiscuos. Pueden tener sexo macho con macho y hembra con su similar, y una característica de los masculinos es que pasan todo el año en estas prácticas para cuando la hembra esté en celo realizar el coito», explica San Pedro Rodríguez.

Amaestrar delfines es un arte cargado de paciencia y encantos. Hay que sentir extraordinario amor hacia ellos y vocación por lo realizado. En más de una ocasión impera el cambio de estrategia, de acuerdo con las características del animal.

Cada jornada implica el reporte del estado anímico y de salud de los ejemplares que cuentan con una pormenorizada historia clínica individual, sin descartar el suministro de medicamentos y vitaminas orientadas. Tampoco se descuidan los exámenes sanguíneos, y la dieta suministrada con los componentes básicos a base de jurel, calamares y pescados de plataforma.

Un complejo universo que trata de evitarles el estrés, al tiempo que se analiza el estado de las aguas con el nivel de oxígeno requerido y certificado por GeoCuba. Una vez concluidas las actividades cotidianas los entrenadores se introducen en las piscinas para interrelacionarse con los ejemplares como parte indispensable del enriquecimiento ambiental.

CON VIENTOS Y MAREAS

El Delfinario de Cayo Santa María no ha sufrido embates por fenómenos naturales, aunque dispone de las medidas y planes contra catástrofes u otras contingencias. Tiene la dicha de que

ningún ejemplar ha dado muestras de inadaptación, y solo lamenta la pérdida de Juana, una loba marina que llegó al término de su vida debido a la marcada edad.

Si de acciones conservadoras se trata no pueden olvidar aquellos agónicos días en que una delfina se debatía entre la vida y la muerte. Al ejemplar se le vio durante un recalo en Ensenacho. Una mordida considerable de un tiburón en mar afuera marcaba el fin de su existencia. De inmediato llamaron a la instalación para consultar su posible salvación.

«Ello nos puso en tensión. El colectivo de veterinarios y entrenadores se esmeraron con las curas prolongadas. La evolución era notoria, la salvamos, y Valentina nos dio la maternidad con nuestro primogénito Lucas, que ya tiene tres años, y fue el primer ejemplar logrado aquí en condiciones de semicautiverio», enfatiza Aniesky.

Ella muestra sus cualidades con garbo, y aparece entre los artífices relevantes en los programas de interacción, aunque no oculte su enorme cicatriz visible en el dorso.

Como animales al fin quizás en determinados momentos exterioricen caprichos y se tornen majaderos; sin embargo, nunca han dado motivos para suspender un show. Quizás la moraleja de este mundo la aporta Wiliam León Naranjo, un joven entrenador con 11 años de experiencia, quien sustenta que el éxito con los delfines radica en la efectiva comunicación.

«En la medida que se profundiza este vínculo ellos saben discernir entre lo correcto e incorrecto. Los delfines no admiten castigos. Sería el método más frustrante para un guía, e induce a conductas agresivas. En lo individual, los animales me han enseñado la manera de comprender mejor al resto de los seres humanos porque ellos también constituyen una escuela».

Entonces vale la pena confraternizar en este entorno que entrelaza la magia y la paciencia gracias a seres humanos que, sin distingo de oficios, se convierten en excelentes protectores de sus delicias marinas.

MEMORÁNDUM

— Por su sociabilidad e inteligencia el delfín mular o nariz de botella (Tursiopstruncatus) resulta la especie más común y reconocida entre las más de 30 variedades existentes en la familia Delphinidae.

— Según estudios el animal vive de 35 a 40 años. Nadan a una velocidad de 5 a 11 km/h, mientras que en tiempos cortos pudieran alcanzar un rango máximo de 35 km/h.

— Las aletas dorsales varían en cada ejemplar. Tienen una sola descendencia cada dos o tres años con períodos de gestación entre 11 y 12 meses, en tanto poseen cerca de 30 sonidos que, unido a los movimientos corporales, permiten su comunicación aunque cada animal presenta uno característico con el cual se identifica.

— Esta variedad puede entrenarse para fines diversos. La propia marina estadounidense los utiliza en la detección de minas, protección de las instalaciones, y ataque a enemigos, entre otros.

CONTRASTES

La imagen resulta elocuente. Cada año los habitantes de la aldea japonesa de Taiji sacrifican 20.000 delfines, ballenas, y otros pequeños cetáceos con los métodos más horrendos.

La masacre arranca en alta mar para conducir a los animales hacia la bahía. Una vez allí son arrastrados a las aguas poco profundas a fin de realizar la matanza en medio de terribles agonías, sin importarles la gestación de algunas ballenas o delfines ni la existencia de pequeñas criaturas.

También en las Islas Feroe, situadas entre el mar de Noruega y el océano Atlántico Norte, existen espectáculos denigrantes que toman la etiqueta de tradiciones «por diversión».

Muchos lugareños afirman que para iniciar la vida adulta, un adolescente debe matar a un delfín o una ballena.     

Sin embargo, en un punto norte de Villa Clara viven apacibles gracias a las bondades humanas que engrandecen la vida.

¿Tenemos o no nuestras Razones?

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