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Por Ricardo R. González

«Ya era hora», exclamó una villaclareña al conocer que el director del grupo Teatro Escambray, Rafael González Rodríguez, era merecedor del Premio Omar Valdés Por la Obra de la Vida como distintivo mayor que ofrece la Asociación de Artes Escénicas, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).

A las dotes de dramaturgo y conductor teatral el homenajeado suma su labor pedagógica e investigativas que cobran su vuelo desde la década de los 70 cuando laboró en la zona del Escambray.

En una entrevista que le realicé hace pocos años Rafael González me confesó su pasión por este segmento de la geografía cubana, a tal punto que no vaciló en integrarse a aquel proyecto renovador de las tablas cubanas engendrado por Teatro Escambray con sus fundadores Gilda Hernández y Sergio Corrieri.

Autor de varias de las puestas del colectivo, entre las que resaltan Calle Cuba 80 bajo la lluvia, Molinos de viento, El metodólogo, y la Paloma negra, su brújula busca la interpretación de la contemporaneidad con el consiguiente espacio para la reflexión y sus diferentes puntos de vista.

Más allá de ese paraíso especial que brinda el campamento de La Macagua, sede de la agrupación, el arte de sus integrantes ha llegado a diferentes países como Canadá, Venezuela y Panamá para demostrar que el arte cubano se nutre de esas raíces que beben de la idiosincrasia nacional.

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