20150423162138-juan-carlos-reyes-y-nieta.jpgUno de los villaclareños que mitigó los efectos de la terrible enfermedad en África retornó a su tierra, y evoca aquellos días en que el peligro se hizo minúsculo a fin de alimentar la esperanza de la humanidad.

Por Ricardo R. González
Foto: Ramón Barreras Valdés

Ahora Juan Carlos Reyes Cardoso besa a la pequeña Jennifer como parte del amor desmedido de un abuelo hacia su primera nieta, a esa que muchas veces imaginó desde la lejana Liberia cuando enfrentaba la epidemia de ébola en tierras africanas. No es iluso decir que en ocasiones hasta la configuró en sus sueños, la veía tan distante como las propias estrellas, y deseaba estar en Cuba para el nacimiento de una niña caprichosa que no aguantó en el vientre materno, y arribó al mundo tres días antes de la llegada del internacionalista a su Sagua la Grande.

«Jennifer resulta un regalo preciado. Partí cuando mi hija tenía tres meses de embarazo, pero por el tiempo sabía que no estaría para el parto», afirma el licenciado en Enfermería quien permaneciera, durante cerca de seis meses, conviviendo con el dolor de la humanidad.

«Una experiencia difícil matizada de añoranzas y fortalezas, de tristezas y alegrías. Nos íbamos a enfrentar a algo desconocido, pero sí sabíamos que era tremendamente letal en un momento en que aun los tratamientos están en fase de experimentación».

Por su propio dinamismo Reyes Cardoso trata de ordenar los recuerdos. A veces le resulta imposible en esta mezcla rara de contrarrestar el peligro y el orgullo. Era la primera misión cubana que desafiaba algo desconocido. 20 mil cubanos dispuestos a asumirla, sin términos medios.

«Desde que brindé mi disposición a la partida medió un mes y medio. Al final quedamos unos 500 como finalistas para escoger algo más de 200 que serían los que marcharían a Liberia, Sierra Leona y Guinea Conakry en tres brigadas. Personal altamente calificado, con experiencias anteriores en el campo internacional, y en nuestro país».

Luego de una preparación de excelencia en la capital cubana, que incluyó desde las nociones de máxima protección hasta el curso de inglés para eliminar las barreras idiomáticas, llegó el momento cumbre.

«La despedida triste y emocionante. Atrás quedaba la familia. Hubo personas que en vez de alentarnos nos desalentaban, pero fueron más los que apoyaron y confiaron en que volveríamos vivos y victoriosos.

Un vuelo directo de Cubana de Aviación los pondría, en ocho horas, de cara a la realidad liberiana. Entonces iniciaría un capítulo contundente en esta historia.

ÁFRICA AGUARDA

No olvida Juan Carlos que la llegada la marcó el 22 de octubre en medio de una gran incertidumbre.

«Pensábamos en una hecatombe, en ver fallecidos por todas las partes, y no fue así. A pesar de que Liberia no tiene relaciones con Cuba nos hicieron un recibimiento extraordinario. Ya desde un poco antes había una brigada nuestra que se encargó de los detalles organizativos. A las 24 horas del arribo comenzaron los preparativos en el terreno. Duró tres días, y ya después… el enfrentamiento directo con la prueba de fuego».

— Qué recuerda de ese instante?

— Resultó complejo. Si se violaba algún paso podías infestar. El personal de Liberia estaba muy limitado en la realización de procederes al paciente. Muchos fallecían por la propia enfermedad, pero otros por las complicaciones que hacían. Llegaron los cubanos y el ambiente fue otro. Comenzaron a sobrevivir enfermos, aplicamos terapéuticas adecuadas. Ninguno de nosotros se contagió por ébola ni por paludismo, y será inolvidable la preparación extraordinaria que recibimos antes de partir. Extraordinario el apoyo del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, dirigido por el prestigioso doctor Jorge Pérez, y por otras instituciones, pues el 90 % del éxito de la misión se debe a ese gran entrenamiento.

El inquieto villaclareño describe que entraban a la llamada zona roja (donde permanecían los afectados) con las escafandras.

«Parecíamos cosmonautas. Si era difícil esa impresión para los adultos imagínense ante un infante. Cómo ellos nos verían a nosotros, e imperaba buscar métodos para ganarnos la confianza. Veíamos el miedo en sus rostros, comenzamos a bailar, a hacer saltos, en fin… hasta ir ganando el aprecio porque no los podíamos cargar. No te podías llevar por el instinto.

«Mi primer paciente fue un adulto y se salvó. En la medida que reincorporábamos casos a la vida sentíamos un regocijo indescriptible. Nos partía el corazón enfrentar a los niños. Tuve que hacerlo muchas veces. Algunos de ellos perdieron a la totalidad de sus familiares. Quedaron solos en este mundo. Hubo momentos en que te parecía que no ibas a resistir, junto a otras vivencias que no quisiera relatar, pero había que seguir. La vida humana estaba en juego».

— Hay referencias de que la labor de la enfermería constituyó algo vital…

Los propios médicos elogiaron el trabajo. Diría que resultó protagónico. No solo era cumplir el tratamiento, sino suministrarles los alimentos, realizar el aseo, limpiar a los pacientes si se defecaban, aplicar las sustancias hidratantes, las sales de rehidratación, y proceder con el resto de las acciones estipuladas.

— ¿Hubo mujeres dispuestas a partir?

— Que no se puede esperar de las cubanas. Algo grandioso como Marianas. Por un problema de seguridad se decidió, a última hora, no incorporarlas. De hecho el primer aviso que tuve de esta misión fue a través de Amparo Cortiñas, del policlínico Mario A. Pérez, una enfermera sagüera que estaba dispuesta a marchar.
En la medida en que transcurrían las jornadas el personal cubano ganaba el reconocimiento popular en un sitio donde estaban, además, brigadas de Médicos sin Fronteras, de China, Alemania, Estados Unidos, Francia... Unas 70 organizaciones del mundo apoyó a Liberia, pero, sin dudas, los antillanos brillaron y de qué manera.

«Era una verdadera devoción. Elogiaban los métodos de trabajo, la organización, la profesionalidad. Las estadísticas demostraban la afluencia de pacientes por encima de los demás, y todo ello nos hacía sentir el rigor de la protección para no enfermar en un lugar donde no solo predominaba el ébola, pues se notificaba paludismo, y Sida, entre otras».

Liberia controló bastante rápido la epidemia; sin embargo, los tres colectivos de cubanos, repartidos además en Sierra Leona y Guinea Conakry, salvaron a un número considerable de diagnosticados por la principal pandemia, mientras redujeron de manera ostensible las tasas de mortalidad. Al término de la encomienda el personal quedó en espera de cualquier determinación y tarea.

«Estando allá los servicios de Salud reabrieron porque ya el ébola era una pesadilla para aquella zona .Era otra vida la que respiraba el país».

¡AL FIN!..CUBA

La travesía hacia la mayor de Las Antillas resultó más larga. «Salimos en un vuelo que partió por el mediodía. Hicimos escala en Sierra Leona para recoger a 99 de nuestros compañeros que también retornaban, y otra en Isla Sal para reabastecer el avión».

Parecía que el tiempo quedaba detenido. Casi 12 horas en el interior de la aeronave hasta que por las ventanillas divisaron las primeras luces de Cuba.
«Arribamos por Varadero. Sentimos una emoción tremenda. Los trabajadores del aeropuerto Juan Gualberto Gómez y otras autoridades estaban en la pista, a pesar de que era la 1:00 de la madrugada. En verdad los sentimos como si fueran nuestros propios familiares, aunque no pudimos saludarlos por razones de seguridad y protección hacia la vida de ellos.

«Pasamos 21 días de control sanitario hasta que el domingo 12 de abril arribamos a Villa Clara».

— Una vez en la Plaza ¿qué experimentó?

— Volver a la raíces. Algo hermoso y de detalles que rompen el corazón. Vi a mi hermana y a mi sobrino, y a un matrimonio amigo. Nos reconocieron prestigiosas personalidades de la Salud en un gesto conmovedor. Después… lo más fuerte… la llegada a Sagua en el mediodía. El reencuentro con mi esposa, con mi hija, con los compañeros de trabajo, con la pequeña Jennifer, con los vecinos… Qué más puedo decir.

Desde entonces no han faltado los reconocimientos. Al de cumplimiento de misión, medalla de internacionalista, y la Piti Fajardo se suma la entrega del Escudo de la Ciudad de la Villa del Undoso, en esa que ha ejercido su profesión por más de tres década, que conoce de su estancia anterior en Venezuela (2007-2011), y que sabe de sus desvelos en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital general docente Mártires del 9 de Abril.

En la urbe donde un día sus amigos lo bautizaron como Billy, quizás por su temperamento y predilección por la música en inglés partiendo del cantante Billy Joel, y la que conoce su defensa a ultranza por la explosión naranja, el equipo de pelota que ama esté en las buenas o en las malas.

—Luego de esta experiencia ¿Puede hablarse de un héroe?

— Lo que hice pudo realizarlo cualquiera de los 20 mil cubanos que dieron el paso para enfrentar la misión de forma voluntaria. Lejos de ser un héroe simplemente cumplí con la humanidad, y no hay distingo mayor.

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