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Por Ricardo R. González

Hay retos que parecen invencibles; sin embargo, recordaré por siempre el de aquella profesora de primaria que se impuso vencer uno ante aquel alumno que, para el resto del claustro, resultaba apático, indiferente, y hasta un caso perdido.

Como excelente pedagoga notó que algo extraño ocurría en el niño y era su deber investigarlo. Poco a poco la maestra desplegó sus habilidades, fue reconociéndolo ante el colectivo según era capaz de ganárselo, lo invitó a compartir responsabilidades, y sobre todo, hizo que no se sintiera relegado contando para ello con la complicidad de los restantes discípulos.

Una batalla vencida en este complejo mundo nuestro en el que los cartelitos de apáticosparecen extenderse como el dañino marabú. Pensemos en el entorno laboral ¿Cuántos compañeros valiosos cumplen su trayectoria de trabajo sin que apenas se les haya reconocido?

¿Cuántos innovadores y racionalizadores siguen alumbrando con  brillantes ideas ese camino largo e incesante de soluciones y ni siquiera trasciende su obra?

En décadas pasadas asistía a determinado Sindicato y siempre que llegaba la relación de los vanguardias me parecía estar viendo una copia del año precedente. Los mismos consagrados y «consagrados», bajo un compás en que la emulación perdía el incentivo porque ya el colectivo conocía el veredicto de antemano.

Mas, hay de todo en la viña del señor. Cualquier premio o distinción recibidos llena de regocijo el patrimonio personal, pero no es menos cierto que deja huellas en ese centro que ha visto empinarse al obrero.

¿Y cuántas veces dichos lauros pasan sin penas ni glorias? Solo entre el susurro de algún compañero o de quien se entera por casualidad y felicita a título personal, o cuando en una reunión se emite un aplauso verdaderamente anémico, mientras la vida sigue su curso tan normal como resulta la sucesión de los días y las noches.

Si de algo puede iluminarse Cuba es de la cantidad de talentos que ha dado en todos los órdenes, mas afirmo que no en todos los casos encuentran su justo sitial.

Todavía guardo el sabor amargo del deceso de Teresita Fernández y de Esther Borja, figuras cimeras de nuestra cultura nacional que ganaron su prestigio entre cuatro generaciones, y tuvieron una pálida difusión a la hora de la partida.

Nadie nace con el gen de la tan llevada y traída apatía. Tampoco la ciencia le consigna, hasta el momento, antecedentes hereditarios. Y si alguien manifiesta estos indicios es porque hay causas que inciden en dichos alejamientos y frialdades.

¿Qué papel han jugado los directivos, las secciones sindicales, el resto de las organizaciones en función de indagar los motivos?

A cada obrero, cederista, federada y ser humano hay que dispensarle un trato diferenciado, sin olvidar sus particularidades, sus problemas más o menos agudos. Viéndolos como entes de carne y hueso que en cualquier momento necesitan comprensión, ayuda, solidaridad…

¿Se ha conversado con los considerados apáticos a fin de determinar si realmente lo son? ¿existen iniciativas encaminadas a acercarlo al colectivo a fin de que recuperen lo supuestamente perdido? ¿Se ha sido consecuente con su aval y con los resultados del trabajo en períodos anteriores?

Existen miles de preguntas antes de tildar a los X o a los Y de apáticos. Ello no obedece ni al bloqueo, ni a la falta de recursos materiales, ni a la necesidad de un milagro que transforme al individuo. Depende de todos, de la propia familia, de lo que pueda hacer su comunidad, de cultivar el humanitarismo que llevamos dentro sin resbalar en un mar de adulonerías.

Eso sí, habrá que desbocarnos como personas, de ser creativos e ingeniosos en la denominada cultura del detalle, y, sobre todo, en eso de aplicar el concepto de camaradería en el terreno práctico.

La apatía está muchas veces en quienes tienen que percatarse y no se percatan, en los que deben actuar a tiempo y lo olvidan, en los que solo alimentan el yo sin pensar que existe el nosotros, el ellos, el tú…, en los pragmáticos, y en quienes ven la vida bajo el prisma unilateral e infeliz de sus concepciones que, lejos de ayudar, eclipsan el sol.

No pretendo a partir de ahora promover un glosario de loas, adjetivos y reconocimientos exagerados para atraer a los «apáticos». Simplemente propongo ubicar en su lugar aquello que no está situado, detenernos en la virtud cuando merezca gratificarla.

Martí lo sentenció: «!La virtud es un hada benéfica: ilumina los corazones por donde pasa: da a la mente la fuerza del genio».

De eso se trata, de encontrar corazones que ennoblezcan el almaen tiempos en que tanto se necesita, como el de aquella maestra de primaria que salvó a su alumno del terrible abismo.

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