20140627213035-pedro-1.gif

Por Ricardo R. González

Un día de febrero de 1983 llegué a Vanguardia para comenzar mi vida laboral. Llevaba una mochila cargada de sueños que muchos se han cumplido, y otros se desmoronaron en las largas sendas del camino, mas uno de ellos era conocer a los integrantes del colectivo humorístico Melaíto que, desde la calle, me provocaban las carcajadas debido a ese humor tan peculiar y tan de ellos.

De todos me hice un «pre boceto mental», y a todos los he conocido, incluso al conductor de esa tropa respetable que se llama Pedro Méndez Suárez, y que ayer llegó a su última jornada de actividad laboral oficial.

Me resulta extraño escribirlo, pero es real. No obstante, lo seguiré viendo a través del largo pasillo que conduce a su oficina a donde yo llegaba a veces, a manera de refugio, en busca del momento que me hiciera reír.

Si algo admiro de Pedro es esa dualidad muy de él a la hora de enfrentar el humor. Dice cualquier detalle de la forma más seria posible, y sin inmutarse.

Cada vez que traspasaba la puerta me decía: ¿Y tú qué haces aquí sin mi permiso?, o de lo contrario se le escapaba un «ahhh, llegó el que faltaba», y ya de por sí me alegraba el alma.

Siempre en estos momentos de «despedida» se acuden a cualidades y adjetivos, mas lo mejor de Pedro está, al margen de su indiscutible distintivo profesional, en ser un cubano espontáneo que nunca se le subió la fama para la cabeza, un terrícola sin falsos protocolos, sin exhibicionismos desmedidos, ni chanchullos baratos que, lamentablemente, envician a los mundos profesionales.

Confieso que ha sido uno de mis compañeros de trabajo que más afecto le he tenido porque, ante todo, se lo supo ganar, y creo que también esa afectividad resultaba recíproca y hoy se la agradezco.

Fuimos cómplices de situaciones humorísticas que él le sacaba genial partido, y de otras que dadas, por las ridículas actuaciones de algunos personajes, constituían el aliño perfecto para conformar una especie de ajiaco inolvidable.

Y en esta historia no puedo dejar de mencionar a su familia como vital prolongación de su obra. A Lupe que ha estado con él en las buenas y en las malas, a sus hijos que complementan la armonía y el equilibrio, y hasta el can hogareño que supo entender en qué mundo transitaba con un dueño espectacular y sui géneris.

No asistí ayer a tu despedida, mas dejo este recuerdo que expresa mi aplauso hacia ti por todo lo que entregaste y por lo que aun falta, porque el humor de Pedro Méndez no se apaga ni eclipsa, aun con la jubilación. Al contrario. late para hacernos sentir que estamos vivos y que al camino hay que irrigarlo con la risa.

Por todo esto y por mucho más… larga vida, Pedruco.   

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/cibergonza