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Por Ricardo R. González

Apreciado Roger:

Estas ideas te las debía desde que los Tigres se despidieron de la Serie 52 de la pelota cubana.

No se pudo saborear el trofeo de campeones por segundo año consecutivo, pero el hecho de aparecer entre los titanes que batallaron hasta el final en busca del título constituye, de por si, un premio y distintivo compartido con la afición.

Si de algo puedes sentirte realizado es que llevaste a Ciego de Ávila a planos estelares en el béisbol de este archipiélago, sin menospreciar tu presencia en 17 Series Nacionales, dos Ligas de Desarrollo, cuatro Super Ligas, una Copa Revolución, cinco Juegos de las Estrellas y dos Olimpiadas del Deporte Cubano, así como en otros eventos internacionales en lo que lograste el pabellón de campeón olímpico en Atenas, y subtitular del primer Clásico Mundial de Béisbol.

Creo no equivocarme si digo que junto a Yovani Aragón, Ramón Moré, Iday Abreu (inolvidable con esa dispensa que lo hizo más hombre digno), y el mismísimo Lázaro Vargas apareces entre los managers más serenos y respetuosos con los integrantes de la novena, y con las autoridades que llevan la voz cantante en un desafío, aunque una jugada no haya sido la oportuna, un strike se haya cantado cuando es bola, o un desliz provoque el mayor de los descalabros.

Eso engrandece a quienes son, también, figuras públicas, caballeros, padres, y maestros en el banco o en el terreno, y también en el día a día para alimentar la gran pasión de los cubanos que buscan la salud del espectáculo en su deporte insignia.

Si algo no comparto contigo es la decisión de acogerte a un descanso, mas razones tendrás y son totalmente respetables.

Es cierto que cada Serie constituye una agonía. Atropellos de viajes continuos, lejanías de la familia, desacuerdos arbitrales, tensiones, ratos felices cuando se logra la victoria o desencantos ante reveses indeseados… En fin, lo imaginable y lo que no en la vida de alguien sobre quien recaen aplausos o irreverencias cuando, en definitiva, siente y padece como ser humano.

Aun así, no olvides las grandes satisfacciones que propiciaste al público donde quiera que estuviera, a los que inundaron el «José Ramón Cepero» u otro stadium siguiendo a tus muchachos, y a los que, por encima de todo, desean que los Tigres vuelvan a rugir y dominen el universo apasionado de ese pasatiempo que bombea el corazón.

Son estas las ideas que deseaba expresar. Sin ápice de adulonerías porque me repugnan, pues soy de quienes piensan que la obra se hace con el esfuerzo diario y les corresponde a otros, siempre que sean justos, validar o no su trascendencia, pero en tu caso tómalo, a la vez, como reconocimiento que destierra algunos silencios mediáticos  e indiferencias humanas. Créeme que es así.

Un aficionado que los siguió y se sintió avileño aunque resida en la provincia naranja.

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