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Nuñez Rodríguez: El vacilón del Gordo cubano

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No olvido ningunas de las ocurrencias escritas u orales de Enrique Núñez Rodríguez [Quemado de Güines, 13 de mayo de 1923 - La Habana, 28 de noviembre de 2002], justo cuando se cumplen las nueve décadas de su existencia. Las ingeniosidades las escuché en «voz propia», y otras me llegaron por remembranzas ajenas. Todas vienen como anillo al dedo en un permanente e insistente acto de devoción al vacilón cubano.

Eso fue el escritor, y nunca quiso alejarse de la ruta que lo sedujo, a partir de una mirada escrutadora de la realidad circundante. Con un fino y humilde humorismo, caló siempre con palabras --sin caer en el choteo ramplón, la burla o la chota vulgarizada-- en el espíritu del ser nacional. Su goce tendió siempre a una respetuosa dimensión sensualista del decir del otro, a la búsqueda de la novelería y del lado atrayente de la verdad que encierran los dones de nuestra idiosincrasia.

Nunca sus actos escriturales, o de oralidad, cayeron en la explosión del filón ridículo de los hechos o del escarnio de los dichos trillados. Fue sencillamente un cubano que jamás perdió la nota cómica en interés de acoger con seriedad y compostura la vida de sus semejantes. Así lo presentó Pedro Méndez Suárez, cuando lo cotejó en caricatura y anécdotas que, a veces, fueron acompañadas del sorbo insistente de algún licor.

También el declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz lo mostró como hombre de risa infantil, casi contagiosa. En una ocasión, luego de presenciarlo cuando recitó La rumba, de José Zacarías Tallet, el humorista Núñez Rodríguez lo hizo volver sobre un escenario improvisado. Deseó apreciar nuevamente el ritmo de la palabra, el contoneo sensual que inspiraba la audición de la pieza poética.

Mayor gracia muestran las Crónicas cifuentenses (2001), del narrador Luis Pérez Pérez. Allí se cuenta que en cierta ocasión de los años 80, Núñez Rodríguez, en tránsito de Quemado de Güines a Santa Clara, se parapetó delante de una tarima pública. Allí vendían pan con lechón asado, el delirio de todos los cubanos, y el olfato se alegró. Solicitó un bocadito. El gastro­nó­mico lo miró de soslayo. El escritor, con el alimento en mano, aliñó la carne, y dio un primer mordisco. Después salió caminando, como «perro por su casa», sin pagar el importe.

Los acompañantes dieron las gracias al dependiente. El humorista residente en La Habana asintió con un gesto afirmativo de su cabeza, y hasta la movió a un lado y al otro. Todos siguieron el paso del hombre de la guayabera blanca, el personaje de ocasión. Contemplaron algunas edificaciones de mediana altura de ese poblado de cruce de caminos, y abordaron el automóvil rumbo a Santa Clara.

Siempre he preguntado a Pérez Pérez sobre la veracidad del hecho inusual. Por respuesta, afirmó que así ocurrió, según comentan los habitantes del Oasis Villaclareño, lugar de la historia devenida anécdota popular. Pienso en el dependiente a quien Núñez Rodríguez le esquilmó dos pesos. Asimismo, en la carcajada que batió al aire el hombre de Cifuentes cuando se vio convertido en protagonista del antológico suceso.

Todos concuerdan que Núñez Rodríguez fue «descubierto» por algunos curiosos en el momento en que colocó sus pies en el poblado de tránsito. ¡Claro, había un asombro escrutador! En ese momento, también antes, era uno de los escritores más influyentes del escenario literario y periodístico cubano.

Las historias de humor y cubanía que escribió para la serie televisiva Si no no fuera por mamá --difundida allá en los años 80 del siglo pasado-- tenían en parte ese acostumbrado desenfado de Núñez Rodríguez. Habría que recordar, incluso, el reflejo social, a partir del reencuentro con la parodia de aquella legendaria familia cubana integrada por los personajes que encarnaron Edwin Fernández, Marta del Río, Reynaldo Miravalles o Eloísa Álvarez Guedes.

Algunas narraciones de otros tienen rasgos de verosimilitud. Ahora, nadie podría negar que, con sus ocurrencias insistentes, Núñez Rodríguez se empeñó siempre en hacer reír a sus semejantes. Lo hizo a partir de una frondosa y original narración. Convirtió al oyente, al lector o al televidente en hombre reflexivo, de risa batiente y de cabeza propia, impuesto en el cotejo de realidades, avatares y alegrías del devenir diario.

(Con información de Luis Machado Ordext. Periódico Vanguardia)

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