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Una Margarita revive en su jardín

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Enfermera y madre. Una dualidad que dignifica el alma con el afecto de los pacientes.

Por Ricardo R. González

Foto: Carlos Rodríguez Torres

Todavía recuerda cuando su maestra de estudios primarios la convidaba a escribir un relato, y el único tema recreado por las musas sugería la pasión desmedida a favor de la enfermería.

Hace ya 46 años que María Margarita Moreno García cumplió sus sueños. Desde entonces conoce cada rincón del hospital universitario José Luis Miranda, de Santa Clara, como única institución recogida en su trayectoria.

No hubo en su familia una fuente inspiradora. Solo aquellos pinchazos incontables e imaginarios propiciados a sus muñecas en el afán de curar.

La vocación estaba definida: una prueba de ingreso valió para que defendiera sus aptitudes, en un tiempo en el que solo existían tres especialidades.

«O escogías la rama obstétrica, la general o la pediátrica, y si bien desde un inicio sabía que la enfermería era mi destino sentía algo especial hacia el mundo de la infancia».

Bastan unos segundos para que los recuerdos vuelen en el tiempo… No olvida aquel niño de 11 años que debutó con una diabetes.

«En aquel momento trabajaba en la sala de Pediatría General. Yo lo recibí. Su mamá se apegó mucho a mí, y al poco tiempo fue necesario trasplantarle un riñón…Su organismo no resistió, pero aun así hemos continuado como una verdadera familia, nos visitamos y sentimos la compenetración en la vida».

Para Margarita su labor encierra esa mezcla de alegrías y tristezas compartidas. Las primeras aparecen siempre que a un infante se le devuelvan los colores de la existencia. Una satisfacción inigualable cuando se aprecia que el talento humano y la entrega profesional de un colectivo pueden vencer los derroteros ante la gravedad.

«No siempre ocurre. Enfrentar la pérdida de un niño conlleva a depresiones, una siente el dolor de la familia como si fuera de uno, y salgo para mi casa pensando en eso».

FRENTE AL ESPEJO

Si de virtudes se trata escogería aquellos que otros ven como defectos. Exigencia extrema, pleitos ante lo mal hecho, disciplinada al máximo… A tal punto que resultó la censora de que su hija Irene Rodríguez Moreno no siguiera las sendas maternas.

«Ella intentó en dos o tres ocasiones, mas yo misma me percaté que no tenía vocación, y le sugerí que abandonara la idea. Así lo hizo, y hoy está realizada en el universo de las comunicaciones, aunque conoce todos los procederes nuestros de manera empírica».

— ¿Qué se necesita entonces para llevar ese uniforme blanco, una cofia en la cabeza, y una sonrisa alentadora?

— Amor, sacrifico y mucha vocación. Es hacer noches, doblar turnos, cumplir responsabilidades, trabajar sábados y domingos, días festivos, sentir los problemas ajenos en carne propia, en fin… tener claro el precepto de que vives para el necesitado.

Además de su hija comparte el hogar con Jessica, la nieta de 11 años, que saca a la abuela a pasear en las jornadas dominicales. «Una vez en casa aguardan quehaceres, o vecinos que necesitan de mis servicios. No importa el cansancio, pues hay que cumplir».

Cederista, federada, militante del Partido desde 1979, con diversas responsabilidades, y cooperante internacionalista en la República Bolivariana de Venezuela.

«Hace 10 meses regresé luego de dos años de estancia. Estaba en el estado de Zulia, donde prima la oposición; sin embargo, la población chavista nos protegía sobremanera. Allí realizaba endoscopias y labores de esterilización, sin descartar el matiz educativo, muy ausente en la población».

Múltiples medallas y distinciones premian su obra, sin descartar aquellos ocho años como integrante de la microbrigada de Salud. Entre mezclas, cemento, acciones de carpintería, encofrados… aprendió que existen múltiples formas para ser útiles.

— Cada 12 de Mayo el universo celebra el Día Internacional de la Enfermería ¿Gratificada en el orden personal?

— Recibir un gracias resulta un premio al trabajo, mas todavía me falta mucho por hacer. A este Hospital lo quiero como si fuera mi hogar. Constituye una especie de jardín que me ha dado satisfacciones, dichas, ratos buenos y malos… Con una nueva generación más fuerte en los últimos tiempos desde el punto de vista de una formación completa, y a la que siempre recomiendo que llevar un uniforme no es moda ni vida fácil porque quien no sienta las pasiones del oficio se pierde en el camino.

Con este consejo retorna a su Sala de Cirugía. Los pacientes aguardan para que les haga un cuento, una anécdota, o la temible cura. Mientras tanto prosigue la historia de una Margarita que revive en su verdadero jardín.

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/cibergonza

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