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Por Ricardo R. González

No pienso que la vida resulte ese carnaval dibujado por la canción. Tiene momentos que nos llevan a contar hasta diez, multiplicar por cincuenta, y casi convertirnos en magos para encontrar soluciones a los múltiples agobios.

Sobre todo al agotarse ese mes de vacaciones estipulado cada año, o cuando nos sobrecarga la rutina laboral. También si queremos concluir la construcción en determinada fecha, o esperamos a un familiar que viene de visita, entre otras tantas situaciones. Entonces inventamos, y una de las múltiples maneras es conseguir a toda costa un papelito, con mucha fuerza legal, que nos justifique esos días de ausencia apoyados en un certificado.

Cubanos somos e ingeniamos bastante. No insinúo con esto —y lo aclaro bien— que todo certificado médico emitido tiene aires de complacencia o presenta dudosa emisión, ni que tampoco la totalidad de los galenos respalden la práctica, Sin embargo, el que más y el que menos conoce algún caso que resolvió su problema bajo el amparo del papelito sin tener una causa médica real.

Una vez logrado hay quienes se comportan de una manera discreta, pero otros «padecen» de determinada afección de reposo y es cuando más salen a la calle, van a las tiendas, hacen largas colas, y aprovechan para cumplimentar lo que normalmente no pueden porque el tiempo cobra sus jugarretas.

Todo a la vista pública, sin un ápice de respeto y dignidad, sin pensar que mientras disfrutamos de manera indebida hay compañeros de trabajo recargados por esa ausencia, que tienen que aguantar «tu maletín» y el de cada uno de ellos a fin de cumplir y suplir la falta, mientras los planes productivos y de servicios forman parte de un país que enrumba su desarrollo económico apoyado en concepciones éticas y políticas.

Tanto que se habla de crear y rescatar valores, y en muchas ocasiones las formas de aparentar una falsa enfermedad se hace a la vista y oídos de niños y jóvenes.

¿Podrán después los padres exigir responsabilidades y buenas conductas cuando el árbol formativo en la familia está descompuesto?, ¿De qué ejemplo se habla si los maestros del hogar hacen y deshacen a su antojo?

Cierto que la vida es muy compleja. Problemas con la alimentación, el transporte, en el plano laboral, en la convivencia, en fin…en todos los aspectos de la cotidianeidad. Es verdad que después de concluir un día agotador aguarda la otra lucha de la subsistencia, de los precios, de que el niño pide, llora y no entiende por qué no se le complace, y la marcada realidad de que el dinero se va como agua.

Pero si no actuamos de una manera consciente, colectivista y solidaria estaremos al compás de una ruleta con nada de avances y múltiples retrocesos.

Un certificado falso es engañarse a uno mismo y a cada uno de quienes integran la sociedad. Es mentirle al país que trata de no ahogarse ante tantas penurias y vendavales.

Y digo más, gran parte de esos dictámenes médicos irreales están a favor de «enfermos» con significativas entradas monetarias por una u otra vía, porque ningún trabajador cubano que dependa de un salarito mensual puede someterse al tajo abismal que provoca el descuento de un certificado.

Ese documento protege al trabajador accidentado, convaleciente… para su necesaria recuperación con el correspondiente respaldo económico, pero transcribo el concepto oficial que existe en la ínsula respecto al certificado por complacencia.  

Se describe así a toda facilitación de este tipo que «faltando a la verdad, certifica una enfermedad inexistente para que el paciente pueda obtener beneficios de diversos tipos (indemnizaciones, ausencia del trabajo, etc.)»

Y aclara; «extender este tipo de certificados es contrario a la ética médica, y puede constituir delito de falsedad en documento público».

Por eso es saludable que los facultativos piensen muy bien a la hora de expedir a fin de no caer en la gran danza de lo falso.