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De todo un poco. Increíble pero cierto. Y además, un equino pasta libremente en la zona.

Por Ricardo R. González

Fotos: Carlos Rodríguez Torres

El mar tiene a veces un encanto inexplicable. Susurra, evoca, nos hace cómplices y confidentes de sus estrellas o de las olas que besan y se desvanecen en el litoral. Y esa porción ultramarina de Caibarién reforzaba sus delicias después que un peculiar malecón apareció por toda la orilla para transformar la imagen del lugar.

Por un lado, algo estético, por otro, la necesaria protección a fin de impedir que el agua penetre en la ciudad como ya ocurrió con uno de esos caprichosos huracanes ensañados en malas pretensiones.

Hace unos días lo visitamos, pero ese deseo de disfrutarlo se derrumbó como castillo de naipes, al ver aquel panorama agravado en una de sus entradas.

No sé todavía si puede llamársele microvertedero, o un amasijo de objetos tan diversos que van desde envases plásticos, bolsas de nailon, zapatos viejos, cubos inservibles, calderos que despidieron su vida útil, penachos secos, latas de refrescos y cervezas, sobres de detergentes usados o de otros productos de las shopping, y una larga aparición de misceláneas.

Para completar… caballos pastando en determinada área cercana a aquel largo muro. Mas todo no queda ahí. El aire traía una fetidez incalculable, y alguien nos dijo «Vayan un poquito más allá, por aquella entradita, para que vean lo que provoca el mal olor.

En efecto, muy próximo a la zona del malecón, en una de las orillas del canalizo, las auras hacían competencia ante los restos de un equino.

La imagen de aquel momento es totalmente opuesta a la que inspiró un trabajo publicado en estas páginas, en junio de 2007. 

Por entonces, alumnos de la escuela primaria Francisco Ferrer, orientados por la entonces profesora de Biología Inés María Domínguez Castro crearon el proyecto CAIMALE (una combinación entre Caibarién y malecón) que pretendió cambiar hábitos entre los pobladores.

Tres años llevó el empeño encausado a transformar un medio ambiente herido, y que tuvo novedosos resultados.

Era, entonces, el afán de cambiar la mentalidad de quienes consideraban que «nunca el mar se iba a secar por verter basura ni que tampoco faltarían los peces», como argumentaban en aquel inicio del propósito.

Recuerdo, además, que el programa incluía la Fiesta del Mar, esa especie de maratón participativo, en cada mayo, y en la que diversos organismos destacados y la comunidad recibían sus premios por la dedicación a la limpieza de esa porción, con la premisa de que «si el mar estaba limpio ya se encontraba de fiesta.».

Ahora, en pleno siglo xxi, habrá que reorientar muchas cosas. En primer término examinar, una y otra vez, qué sucede con la recogida de basura en el área, y el horario establecido para ello.

Por otra parte mucho se habla de la educación ambiental, pero me parece que en esta zona se olvidaron los conocimientos, y que aquel proyecto pasó a ser parte de las buenas intenciones que el tiempo se encargó de borrar.

Una vez más llamo la atención. El mar no trae hasta la orilla esa diversidad de objetos y materias a la vista. Solo la especie humana es capaz de atentar de esta manera contra la Natura, y aunque los hábitos incorrectos de botar estén arraigados y, al parecer, resulte más cómodo tirar en cualquier sitio sin importar nada, no se puede permitir que dichas negligencias atenten contra el bienestar de los pobladores, a tenor de que la contaminación de las aguas, con todas las fuentes que inducen a ello, no resulta algo de juego.

Ya no son dos o tres laticas o una jabita aislada que aparecían entre los dietes de perros por aquellos tiempos. Vayan y vean cuál es el panorama de un sitio de interés turístico que irriga el propio corazón de la cayería del noereste villaclareno.

La cultura de un pueblo se refleja también en la limpieza, y muchos de esos detalles están captados en las cámaras digitales de quienes llegan un día y retratan para luego compartirlas por el mundo. Entonces ¿Es tan Blanca la Villa?

Lo dice el identificativo: Villa Blanca, por lo que rescatar su pureza les compete a quienes desde allí hacen el día a día. Son sus pobladores y directivos los llamados a nutrirse de ese sentido de pertenencia que evada parcelas de responsabilidades segmentadas para convertirla en tarea de todos.

Que destierre el ya clásico pero dañino «ese no es mi maletín» a fin de que el contenido de ese equipaje revierta, en este caso, en beneficio y salud para todos caibarienenses y visitantes.

Esperemos que algún día, con el esfuerzo de todos, y la vigilancia sobre los infractores, vuelvan a brillar aquellos Luceros en el mar de los que hablé en el reportaje de 2007 y que, por ahora, ni aparecen ni mucho menos iluminan.