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Por Ricardo R. González

Foto: Carlos Rodríguez Torres

Estos son algunos de los medicamentos indispensables para prolongar la ida de un niño con afecciones oncohematológicas, y que la isla no puede adquirir libremente.       

No importan nombres. Son niños y niñas que se levantan un día deprimidos, otro quizás cansados, sin ganas de jugar o de conversar, pero con el deseo interno de ver la luz y pensar en mañana.

De acariciar esperanzas y sentirse dueños de este mundo a pesar de que una enfermedad de base hiera el arco iris de su existencia.

Y no son pocos los que portan enfermedades oncohematológicas que demandan tratamientos específicos. Uno de los tantos rubros que el bloqueo norteamericano impide la compra directa y, por tanto, se hacen en extremo costosos.

Aunque el Estado y el Ministerio de Salud Pública tienen sus estrategias a fin de evitar las faltas, no son mínimas las tensiones que viven especialistas y paramédicos en la isla caribeña.

Barcos que no arriban en tiempo. Mercados que se caen. Trasnacionales que presionan y vetan… mas la realidad es una: existen humanos necesitados de esos recursos mayoritariamente importados.

Mientras tanto, esos niños y niñas aguardan por investigaciones que requieren de paciencia e insumos, pues conocer las causas de determinados padecimientos demanda un alto desarrollo cuyas disponibilidades tan limitadas hacen que se concentren solo en el Instituto Nacional de Hematología, de la capital cubana.

Un verdadero rompecabezas a tenor de que determinadas afecciones comienzan por una pequeña alteración molecular sin manifestar síntomas en largo tiempo, y luego de someterse el enfermo a un estrés u otro tipo de agente aparecen sus manifestaciones.

Están los microscopios; sin embargo, muchas veces no disponen del bombillo necesario, o exigen un contador de células indispensable para precisar diagnósticos y minimizar el margen de error humano, pero Cuba no lo puede adquirir debido a las trabas comerciales.

Imagine cuando hay que determinar una célula entre millones de ellas…Solo altas tecnologías son capaces de lograrlo, y también a la mayor de Las Antillas se les cierra las puertas. 

Si bien nuestros laboratorios ya producen el Intacglubín o inmunoglobulina, el LeukoCIM o el EpoCIM hay materias primas que demandan la adquisición en puntos foráneos, mientras citostáticos de primer orden como la Vincristina, el Metotrerate, la Citarabina o la L-asparaginasa dependen de su obtención en terceros países con precios excesivos y fluctuantes, sin contar el material desechable de uso diario que requiere desembolsar sumas considerables a fin de que no falten.

O ante la leucemia linfoblástica aguda (LLA) —considerada la de mayor incidencia en la infancia— y que una provincia situada en el centro de Cuba ha podido extender la sobrevivencia de los infantes cuando, entre 1962 y 1972, solo un 15 % de los enfermos llegaba a los 5 años de vida.

Desde 1987 hasta la fecha oscila entre el 70 y el 80 % en un padecimiento que registra más de 230 menores de la región central.

Son hechos y detalles que, inexplicablemente, conviven en este siglo xxi. Realidades que golpean al mejor tesoro de la humanidad y también a la familia que aguarda porque un día la vida les devuelta la sonrisa.

Y recurro a un hombre con dimensión universal al encontrar en estas palabras de José Martí un retrato excelente de la existencia:

«La vida se hace para algo más noble que para hacer oficio de quitarla a los demás.»

Una vez más en la opulenta Nueva York se someterá ante la Asamblea de Naciones Unidas (ONU) la necesidad de poner fin al bloqueo contra el archipiélago antillano. Dos décadas en la que prevalece una contundente respuesta a que venza la razón sobre lo irracional e inaudito.

Pero lo cierto es que el bloqueo aún está, y una pregunta ronda en el aire. De verás, ¿No te sensibiliza la infancia?