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Cuando Gran Bretaña ganó la primera Copa del Mundo de Béisbol en 1938 ya Holanda había debutado cuatro años antes en citas universales de fútbol, y seguramente no se vislumbraban monarcas del orbe en las bolas y los strikes sin levantar el cetro en el balompié.

Nadie en su sano juicio duda que los europeos sean mucho mejor dotados de cara a la portería que bate en mano, por ello resulta increíble el maleficio de los Cryuff, Van Basten, Rijkard o Gullit en  tres finales del más universal, mientras en el béisbol alcanzan la gloria a la primera; justo a tiempo, pues se rumora que las Copas del Mundo de la IBAF han llegado a su fin.

Este detalle deja un sabor aún más amargo para el aficionado criollo, nuevamente con ganas de aquello y sin esperanzas de nada, como en los Juegos Olímpicos, donde nos despedimos con un metal plateado. Si éste fue el adiós de los Mundiales, solo nos quedará el Clásico como escaparate para recuperar ese trono que alguna vez nos perteneció.

Mucho mérito para los holandeses, quienes juegan en distintas dimensiones: algunos de sus hombres muestran la explosividad característica de los latinos, y a otros les corre sangre fría, con el temple que identifica a los europeos.

Esta mezcla rinde frutos, aunque la verdadera riqueza de los tulipanes radica en el trabajo realizado durante años, a la incursión de decenas de  jugadores en ligas profesionales de todo el planeta. Solo eso los ha hecho mejores, pues en su país apenas ocho conjuntos participan en la máxima liga y no más de 20 mil personas practican la disciplina.

Por mucho corazón, entrega o dedicación que tengan, esto no basta para ser campeones mundiales, esto no basta para fildear casi perfecto (990) y promediar menos de dos carreras limpias (1.65) por encuentro; es una realidad que debemos aceptar, pues se nos ha quedado la cara de tontos al perder tres finales mundiales consecutivas sin poder -o sin querer- dar una explicación.

No hay que buscarle la quinta pata al gato, nuestro béisbol necesita un giro, una inflexión que varíe el rumbo de la nave, la cual no se hundirá (nos mantendremos entre los mejores del mundo), pero ya no tomará el camino que la afición desea y al que nuestros peloteros pueden llegar si les permiten elevar su techo.

El Mundial fue la enésima evidencia de ello: infinidad de entrenamientos, algunos juegos con una maltrecha selección puertorriqueña y un torneo preparatorio posterior no bastaron para alcanzar el cetro de un evento discretísimo, ignorado por los asiáticos, cuya presencia resultó anecdótica, y en el que solo los monarcas, Cuba y en menor medida Canadá prestaron seria atención.

Aún así, cuando los cubanos se encontraron con oponentes de alguna experiencia y con maña se las vieron canutas. Los ejemplos más elocuentes son los lanzadores Willy Lebron y Rob Cordemans, hombres inteligentes y con recursos -entiéndase no solo tirar duro-, ante los que pasaron muchos apuros por una razón simple: existen muy pocos serpentineros con estas características en nuestro béisbol.

Por ello el bateo sufre en sobremanera, algo que por suerte no sucede con el pitcheo, el cual da la cara pese a que no trabajan la totalidad de los efectivos (¿Por qué será, acaso falta de confianza en los hombres?).

Lo cierto es que la plata deja un mal sabor, y representa frustración, solo había que mirar los rostros de nuestros peloteros y sentir el silencio de la lluviosa noche cubana el día de la final. Son conscientes del bache y de lo que representa perder en un Mundial de tan poco caché.

Sin menospreciar el esfuerzo de los panameños, el evento pasará a la posteridad posiblemente como el peor de todos los tiempos, en parte por la irrespetuosa presencia de la lluvia que obligó, incluso, a celebrar pleitos de siete entradas.

Ahora el reto es Guadalajara, sede que espero nos depare mejor suerte. A nuestro favor: no habrán tulipanes, pero….

(Con información de CubaDebate)