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Por Ricardo R. González

Decir Rosita Fornés es como destapar un cofre inimaginable, percibir la magia de esa caja de Pandora que trata de abrirse hasta recorrer el más diminuto de sus recodos. Es, también, suscitar intrigas, esperar sucesos, alimentar el deseo de conocer cómo transcurre su vida luego de que se apagan las luces de un escenario y el teatro recobra su calma habitual, o qué pasa lejos del set televisivo… En fin, tratar de descubrir su existencia con el simple atuendo que porta Rosalía Palet Bonavía.

El encuentro con la vedette de Cuba y de América era inminente. Quisimos desplegar una plática alejada del glamaour que destella esa mujer admirada por diversas generaciones. Una vez en su casa, resultaron más de tres horas de inmenso placer sin apenas pausas. Las nunca suficientes para conocer el mito que recorre su anatomía, con pinceladas matizadas por Lupe, el ser más querido por Rosa, fallecida un tiempo después de esta conversación, y quien, en su condición de madre, conocía a su hija palmo a palmo.

Un diálogo que inició a raíz de una de las declaraciones de la artista y su argumento —casi paradójico—de tener tres vidas. Las mismas que  sustentaron el documental realizado por José Antonio Jiménez.

— Te diría que ya son cuatro o cinco, (y sonríe)… Cuando te pones a recordar todo lo realizado enmarcas tres etapas. Empecé siendo una adolescente que tuvo la suerte de iniciarse como aficionada.

No sabía nada del arte porque mi familia se oponía a que fuera artista. Comencé a los 15 años cuando me llevaron a La Corte Suprema. Al parecer le caí bien a la gente, y a partir de ahí inició esta larga historia.

Desde pequeña yo tenía mi vocación muy bien definida e imitaba a las grandes de la época. Pese a la oposición hogareña comencé mis estudios de canto, música, actuación con maestros excelentes que también influyeron en la formación de actrices de primera como Raquel Revuelta y Gina Cabrera, entre otras. Recuerdo a Enriqueta Sierra, e incluso tomé algunas nociones de ballet, al tiempo que trabajaba. Esa resulta mi primera vida que desarrollé hasta que marché a México después de llevar cinco años de actividad en Cuba donde abordé todos los géneros en temporadas recordables de zarzuelas y operetas dentro de lo lírico, sin descartar la interpretación de los principales autores.

Fue dirigida por Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig y Rodrigo Prats, los tres grandes del momento, mientras en las temporadas dramáticas conté con la sabiduría y el talento de Mario Martínez Casado, y con primerísimos actores como Otto Sirgo, con quien debuté, y con Enrique Santisteban.

Parto a México y me integro a una compañía de artistas argentinos, mexicanos y cubanos.

— Momento propicio para que aparezca como la primera vedette…   

— Así es. Estuve un quinquenio con muy buena acogida de público y de la prensa, y luego de dos años más ya figuro como la primera vedette de América porque había cultivado todos los géneros necesarios: el canto, el baile, la actuación…en fin…lo que se dice hoy una artista integral.

— Sin embargo, hay un retorno de México precedido por circunstancias muy personales ¿Puede hablarse entonces de una segunda vida?

— Efectivamente. Vine con mi hija Rosa María Medel que iba a cumplir tres años. Tenía idea de regresar a tierras aztecas porque dejé firmado un contrato prometedor en el cine para realizar películas notorias. .. Yo no le había dado mucha importancia a la cinematografía, filmaba una película al año, pero no más.

Entonces me contrataron en exclusiva. El año en que vine debía hacer cinco filmes bajo la guía de los hermanos Calderón que hubiese constituido mi plenitud cinematográfica, mas mi divorcio con Medel cambió todo el panorama, y al llegar a Cuba comenzó la propaganda de escándalos en México. En realidad no me gustó, se removió demasiado el hecho de mi separación matrimonial, y él también asumió una posición drástica… Como la televisión había empezado aquí me propusieron hacerla, y mandé a decir que cancelaba momentáneamente el contrato en México lo que no tomaron a bien.

Después accedí a trabajar en coproducciones mexicano-cubanas para retirar aquella mala impresión porque yo le debo mucho a México en los inicios de mi carrera, pero inicié en Cuba y siempre tuve un programa de radio y de televisión patrocinados por las mejores firmas.

El triunfo de la revolución me sorprende en España donde tuve una hermosa acogida. Allí tenía un contrato prolongado. Paso dos años y los interrumpo en 1959.

Había dejado a mi hija en Cuba, y llevaba casi tres años fuera. Entonces comenzaron las propuestas para diferentes espacios. Fue cuando dejé a un lado lo de España y me quedé aquí. Allá comenzó mi tercera fase que duró hasta que hice el documental «Mis tres vidas».

— Pero usted ha descansado muy poco…

— Apenas nada. Además de la radio y la televisión, con espacios de alto raiting y totalmente en vivo, viajé por todos los antiguos países socialistas y por disímiles lares del mundo. Me identifiqué mucho con Cuba, con su pueblo, y para el trabajé. Viví etapas muy intensas de hasta 12 horas de filmaciones. Salía a las 7:00 o a las 8:00 de la mañana y retornaba tarde en la noche, y ya entro en una cuarta vida que no sé cuándo acabará.

Llevo más de 70 años como artista y el tiempo libre no lo puedo dedicar a descansar.

— Una parte del público la ha visto siempre como una figura antológica rodeada de mitos en la historia del arte ¿Es así Rosa Fornés?

— Eso de ser una figura antológica no lo había pensado. Soy una mujer con mucha sensibilidad que valora cada detalle sin menospreciar ni exagerar. Encuentro el punto medio de las cosas, y ello es muy importante en cada arista de la vida, saber hasta dónde se puede llegar y saberlo admitir, y siempre servir a los demás en todo lo que pueda.

No he puesto trabas ni zancadillas a nadie y por ello estoy muy feliz internamente, y agradezco el cariño que me profesa la gente, y sobre todo la amistad.

He recibido tanto de este pueblo que fue lo que siempre le pedí a Dios, que me concediera el reconocimiento del público como le ocurría a Rita Montaner.

— Ya que menciona a Rita Montaner ¿Qué opinión le merece?

— Ella salía al escenario, y aunque estuvieran otros artistas valiosísimos era el acabose. La recibían con un cariño especial. Yo la seguía, tuve oportunidad de verla, y aunque decía que no se sentía bien de la voz siempre triunfaba. Poseía una vis cómica extraordinaria y una personalidad muy grande, a pesar de su carácter que no siempre se mostraba favorable.

Yo dije cuando empecé: «Ojalá algún día me pueda ganar el cariño del pueblo como lo tiene Rita, ese será mi mejor premio».

Pero ella seguirá siendo la única, y en lo que a mí concierne, paso a paso, he quedado en el corazón del público, aunque no exactamente como ella.

A veces me pregunto por qué me han aplaudido tanto si no he realizado algo de tanto valor…Eso me lo pregunto muchas veces. Y doy gracias porque me han premiado con el aplauso.

He salido a trabajar con fiebre, con estados gripales, con diferentes problemas que ya delante del público los he olvidado todo. Es como una especie de magia, y cuando culminaba el trabajo volvían de nuevo los malestares. Uno no sabe qué misterio sucede.

— ¿Es cierto que bailó un mambo con el mismísimo Benny Moré?

— Así es. A Benny lo admiré siempre. Fue un ser humano incomparable,  y lamenté mucho su deceso. Lo conocí en México, allá por el año 1950, durante un espectáculo junto a la orquesta de Dámaso Pérez Prado.

En aquella ocasión cantó dos temas para robarse el show, y fue cuando bailé con él.

Yo me quedé perpleja. Recuerdo que me dijo: «Muchacha si es muy fácil. Mira para acá», y comenzó a improvisar una coreografía. Al final bailamos, y nos llevamos los mayores aplausos. Parece que todo salió bien.

— No llegar a ser cantante de óperas —como aquellas piezas que escuchaba en la discoteca de su abuelo— le provocó a Rosa Fornés alguna que otra frustración?

— Me conformé con lo que la Naturaleza me dio. Llegué a cantar lo que creía, y me encaminé a la zarzuela y la opereta, pues reconozco que me faltaba para llegar a la ópera.

—Quiero referirme a personalidades e instituciones que han delineado su carrera artística. La Corte Suprema del Arte, Antonio Palacios, Mario Martínez Casado, Adolfo Guzmán, Germán Pinelli…

La Corte Suprema… fue la posibilidad de iniciar mi camino. Debuté cantando la milonga «La hija de Juan Simón» acompañada de Manolo Tirado, un guitarrista andaluz, y es ese premio inicial perdurable en lucha con la oposición familiar para que no fuera artista.

Antonio Palacios es mi padre artístico. Quien me hizo ir a un teatro a protagonizar obras españolas. Allí conocí a Ernesto Lecuona quien me llevó a su compañía pues creyó en mí y me ayudó.

Con Mario Martínez aprendí bastante. Era un actor muy competente en una etapa en que había que estrenar semanalmente una obra. Hice por primera vez con él «Morena clara», y otras puestas de autores argentinos. También «Casa de muñecas», de Ibsen, «Doña Rosita la soltera, de Lorca, en fin… Un maestro de actores.

Adolfo Guzmán constituyó un maestro y amigo inseparables. Me ayudó mucho en mi programación musical. Lo recuerdo de manera especial porque era incansable en busca de la perfección. Para mí él y Rafael Somavilla eran excelentes maestros, pero Guzmán resultaba más completo.

Pinelli fue mi ídolo. Alguien con una cultura vastísima. Me ayudó siempre, y tenía unos conocimientos musicales y un dominio de la escena únicos. Uno de nuestros presentadores y animadores más completos de todos los tiempos.

De repente en TV fue un espacio televisivo inolvidable. Después de «Desfile de la Alegría», «Su noche favorita», «En órbita con la alegría», que duró poco tiempo, resultó el más importante. Lo quise mucho, y le puse alma y corazón.

Después vino «Cita con Rosita» que cerró mis programas fijos en TV…

— ¿Y por qué desapareció casi de la noche a la mañana?

— Se fue del aire porque yo lo dejé de hacer. Deseaba mucho que «Cita con Rosita» no cayera en la rutina y llegó el momento en que consideré que ya estaba obsoleto. Lo cambiaron de horario varias veces. También pasó para el entonces canal 2 con un diluvio de directores que ya no era Condall el exclusivo. Cada uno tenía sus ideas y lo realizaba a su manera, y el programa se convirtió en algo que parecía un remolino dislocado. Tampoco había muchos recursos. Hice algunas propuestas y estuvimos un año en espera de alguna respuesta, al cabo del tiempo me dieron el veredicto, y con los argumentos expuestos…decidí no hacerlo más.  

— Se piensa que Rosita Fornés es una mujer que ha vivido a fuerza de ejercicio, que dispone de un gimnasio en su casa, que ve lejos los desempeños cotidianos del hogar, y que vive bajo estrictas restricciones alimentarias. ¿Falso o verdadero?

— Es una imagen distorsionada. Al principio de la Revolución se pusieron en moda los filminutos de ejercicios por TV. Eso es lo que yo hacía, pues gracias a la vida dispongo de un metabolismo que nunca tuve que ponerme una dieta rigurosa. A veces me pasaba unos kilos, pero moderaba y resolvía.

Claro no ingiero comidas sobresaturadas en grasas, ni en sal o azúcar, mas como de todo.

Incluso tengo una anécdota. Hubo un tiempo en que por exceso de trabajo no comía lo necesario, y padecí de anemia. El médico me dijo: «Usted tiene un sistema que necesita alimentarse porque quema tantas energías que requiere alimentarse».

Si aumentaba de peso después con el empleo de masajes estaba en forma en una semana, y seguía comiendo de todo. Hasta merendaba, y antes de acostarme también comía algo.

Nunca he tenido gimnasio en casa ni voluntad para hacer grandes tandas de ejercicios porque no tengo paciencia.  Y en cuanto a las cirugías…por favor…ya no sé por qué número voy.

Debo decir que solo dos porque les tengo terror, y en la primera pasé un gran susto  al separarse unos puntos y desgarrarse la piel alrededor del cuello. Aquello fue terrible. Tenía 40 años. Después vino otra en los ojos cuando fue a hacer «Papeles secundarios», y como han tenido que operarme tantas veces la cadera no quiero saber de las mesas de operaciones.

— En su vida ha enfrentado golpes duros y avatares impredecibles de la vida. En cierta ocasión dijo: «Soy una mujer que ha sufrido más de lo que la gente imagina».

— He superado cosas que sufrí y han sido muy tristes, aunque, lamentablemente, pienso que hay casos peores. He enfrentado situaciones sensibles, pero sigo adelante.

Y como no he sido una mujer superficial le doy a todo un valor sentimental, y por ello sufro más. Recuerdo a muchos compañeros de trabajo que he perdido, y me da dolor que hayan desaparecido, y también las «cosillas» que aparecen y suceden en los mejores matrimonios.

Me casé dos veces. Logré momentos muy felices y otros no tanto. Perdí a mi segundo marido (Armando Bianchi) de una manera muy trágica luego de 28 años de unión y cuando se recuperaba del alcoholismo.

Estuve un año que me parecía que no podía vencer esa pérdida. Yo misma salí de aquel bache dándome mis autoterapias. Nunca olvidaré que por entonces estaba «Cita con Rosita», e incluyeron en el espacio aquel tema «Llorando en la capilla». Por disciplina lo hice, pero en verdad nunca debió ocurrir…

Armando siempre me dijo que quería pasar de la vida a la muerte, y así ocurrió, sin darse cuenta. Le dio un coma en el agua que le hizo perder el conocimiento y vino el ahogamiento. Algo muy duro porque tuve que enfrentar toda aquella situación.

Con él tuve una experiencia extraordinaria. Me atrajo desde el primer momento. Hicimos muchos programas juntos hasta salir Mr y Mrs Televisión en 1953,  y todo culminó en una unión perfecta.

Viví una vida intensa con él, trabajé mucho, viajé con él…Adquirí nuevas experiencias en diferentes órdenes y partimos para España donde se inicia, como ya precisé, mi tercera vida.

Allí estuvimos casi dos años, y estrenamos varias obras 

Pero tengo muchos motivos para vivir. No solo entre los míos, si no para quienes me necesitan en el buen camino de seguir adelante.

— Rosa, además de los contratiempos impuestos por la vida, ¿Le quedan sinsabores laborales?

— Hay también algunos que me hirieron. Hace muchos años hubo impedimentos e incomprensiones para que no tuviera una programación tan exitosa. Me lo hicieron sentir en varios momentos, sobre todo cuando estaba determinado director en el entonces Instituto de Radiodifusión (ICR) que me propinó hasta ciertas humillaciones al enfatizarme que mi personalidad molestaba porque era la imagen de la burguesía.

Yo siempre quería lo mejor para los programas, y trataban de que me oyeran en función de la calidad y de que todo quedara bonito. Esa persona siempre que me oía decir «porque yo quiero esto o lo otro» a fin de mejorar, me ripostaba «tienes que meterte en la cabeza que se terminó el estrellato, ya aquí no existen estrellas».

Recuerdo que estando el programa «Su noche favorita» en el primer lugar de teleaudiencia lo retiraron de la noche a la mañana. Y soporté, una vez, que me dijera: «Usted no puede salir vestida modestamente, usted siempre tiene que andar con plumas y lentejuelas…»

Y le respondí: «Yo puedo salir con un traje de ir a cortar caña, y sigo siendo Rosita Fornés».

Hay otras situaciones que ni quisiera recordar. Por suerte los tiempos cambiaron.

— ¿Hasta qué punto ser artista, y de su valía, ha incidido en su vida privada. Siente que ha pagado el precio de la fama, le ha incomodado perder su intimidad?

— (Se ríe) Ya me he acostumbrado a no tener intimidad completa, pero eso se recompensa con todas las muestras que he recibido en la vida, hasta tal punto que el día que salgo y nadie se da cuenta me hace sentir mal.

No es que viva pensando en la grandeza, es que necesito a este pueblo pegado a la piel. Me halaga un saludo cordial, un comentario, alguien que venga a interesarse por mi estado de salud. En fin… son esos tesoros espirituales que me hacen vivir.

(Continuará)