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Algo más del Pez León

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Por Ricardo R. González

Es bello y extraño a la vez, pero corrobora el refrán de que las apariencias engañan.

Y dentro de ese mito nebuloso, el Pez León (Pterois antennata) está considerado entre los habitantes más peligrosos del entorno marino. Su picadura es venenosa, y guarda entre los radios de sus aletas la sustancia que provoca dolorosas heridas.

Sin embargo, no todo queda aquí, pues la toxina inoculada puede causar parálisis respiratoria humana, insuficiencia circulatoria, y fiebre que desaparecerán gradualmente pasados uno o dos días del «encontronazo», aunque no esconde las consecuencias fatales para personas con elevados niveles de alergia al veneno.

Su presencia se hace notar en las aguas caribeñas, y ya los expertos han advertido que representa una amenaza para el ecosistema al basar su alimentación en el consumo de cualquier tipo de especies marinas, a lo que se suma la ausencia de factores que contribuyan a mantenerlo bajo control en la zona.

Según Alfredo Lanuza, biólogo del Instituto de Investigaciones Tropicales Smithsonian,  el citado animal se alimenta de peces propios de la región en que permanece o visita, y busca sus provisiones tanto en los que se encuentran refugiados entre los arrecifes coralinos como en sustratos artificiales.

Otros consideran que el riesgo se incrementa para las especies nativas debido a la ágil reproducción del Pterois antennata, y a sus propias características de desplazamiento solitario en zonas profundas, con una manera lenta de nadar, con preferencia de las profundidades, y dotado del «arte» de arrinconar a sus presas mediante el uso de sus aletas.

Identificado también como pez escorpión, aunque de manera errónea, su hábitat lo describe en los lagos y arrecifes del océano Índico y el Pacífico occidental. Aparentemente no posee enemigos naturales, y tiene el indicio de acogerse al refugio diurno para dedicarse a la caza en horas nocturnas.

Puede alcanzar hasta los 20 cm, y desde hace algún tiempo se le ha visto incursionar en el océano Atlántico Occidental y en el mar Caribe, cuyas hipótesis más comunes indican la migración de especies en los lastres de las embarcaciones mercantes provenientes del Pacífico, y la liberación, en 1992, de al menos seis ejemplares en la bahía de Biscayne (EE.UU.) al romperse el acuario que los contenía debido a los estragos causados por el paso del huracán Andrew.

(Apoyado en materiales de base)

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