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¿Por qué?

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En Ranchuelo, una porción villaclareña herida por las garras del terrorismo, hay niños y familias que no perdonan la impunidad de un crimen. Gentes vestidas de inocencia que, a 34 años del crimen de Barbados, recuerdan el hecho a diario.

Cómo imaginaría Alejandro la esencia de un crimen. Aún sus trazos no le permiten obras así, pero sí piensa en la caída del avión y en su siempre eterno copiloto.

Por Ricardo R. González

Foto: Carlos Rodríguez Torres

El ruido de un avión le hace mirar hacia el cielo. Busca entre las nubes hasta encontrar la aeronave. A veces le resulta un pequeño punto brillante. Otras, una especie de pájaro negro dueño de la altura, y sigue el trazo del vuelo que, poco a poco, escapa entre sus diminutas pupilas.

Solo diez años acompañan a Alejandro Antonio Castellanos Santos. Corre al papel y dibuja esas imágenes a lápiz porque constituye su recurso predilecto. Se imagina dentro del aeroplano, tratando de tocar las nubes, de contemplar el sol o la luna desde un ángulo más próximo.

De pronto, el sueño quiebra. Alguien viene a su mente: Ángel Tomás Rodríguez Valdés, el copiloto del CUT-1201 precipitado en la playa Paradise de Barbados. Recuerda la última frase captada por la torre del aeropuerto de Seawell en una grabación escalofriante: «Pégate al agua Fello, pégate al agua…» El niño rememora. Guarda silencio por unos minutos.

El nombre de Ángel Tomás lo lleva su escuela primaria, del poblado ranchuelero. Allí 178 alumnos conocen muy bien a uno de los mártires de aquel octubre de 1976.

«Lo imagino ahora de estatura mediana, con bigote, canoso, no tan corpulento… A su lado, el piloto Wilfredo Pérez Pérez, hijo también de nuestro municipio. Los veo a los dos. Valientes con la enorme responsabilidad de salvar a los pasajeros, de impedir sus muertes.»

La ternura de la infancia despunta. Los niños no saben de hipocresía y son los más sinceros del universo. Sin embargo, de solo oír Posada Carriles su rostro cambia. La voz endurece.

«¡Un asesino! Todo lo ha destruido. Si escapa seguirá sus fechorías y a Bush le conviene que elimine a Cuba.»

Alejandro es zurdo. Aprieta la mano en señal de firmeza. Marca las ganas de justicia. Y su dibujo sería un acto de denuncia.

—Si de aquí a unos años te dedicaras a este arte de manera profesional, ¿cuál sería tu primera muestra?

—Ya lo he pensado. Pintaría a Cuba, y en el centro, un busto con Ángel Tomás. Hacia un lado, el avión que pierde altura marcado por las explosiones de un crimen.»

 

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