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Corazón herido

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Edith Rodríguez Valdés, hermana del copiloto del CUT-455, no ha encontrado sosiego desde aquel 6 de octubre de 1976.

Por Ricardo R. González

Foto: Carlos Rodríguez Torres

Edith Rodríguez Valdés porta dos cubos repletos de agua por una de las calles de Ranchuelo. Penetra en su domicilio envuelta en el calor de estos mediodías de abril. Para la tarde pronostican lluvias, pero jamás podrá compararse en intensidad con las lágrimas derramadas a partir de aquel 6 de octubre de 1976.

Adita —como se le conoce en familia— es la hermana menor de Ángel Tomás. No puede olvidar los juegos de la infancia ni aquel instante en que perdió sus zapatos... Tomasito los había escondido nada menos que en el refrigerador.

«Un día —sentencia Edith— marchó para unirse al Ejército Rebelde. Lo hizo muy calladito. Lo hizo de madrugada, pero tengo un sueño ligero y me desperté. Enseguida me hizo una seña de que me callara y no se lo dijera a mamá. Me dijo: voy a alzarme, y solo me dio por buscarle un cuchillo y un destornillador… A la semana volvió escondido ya con su traje de rebelde.»

Si hay alguien en el mundo que siempre mostró su vocación desde pequeño, ese fue Ángel Tomás. Sus juguetes predilectos eran los aviones. Quiso sentirse el rey de los cielos y pasear las alas de las aeronaves por todo el universo, y lo logró.

«Por sus continuas salidas hacia el exterior nos veíamos en La Habana. Nos hacía relatos del peligro que corría. De aquel 9 de julio de 1975, cuando estalló un artefacto explosivo dentro de un equipaje de un avión perteneciente a Cubana de Aviación, que viajaría desde Kingston (Jamaica) a La Habana. Por una demora en la salida, la bomba no estalló cuando el aparato estaba en el aire. Él venía de piloto en ese vuelo. Sabía que su vida corría riesgos, mas lo desafió.»

Los recuerdos rondan por la mente de Adita. Los acaricia. Muchas veces en la soledad evoca a su hermano. En otros momentos, lo hace con su esposo o con Adalberto, el mayor de los tres hijos de Gerardo y Angelina. Y confiesa algo que jamás había relatado.

«Una vez él tenía una salida para Madrid. Nos llevó al aeropuerto a despedirlo. Le dije adiós desde afuera del edificio y me eché a llorar. Tenía el presentimiento de que no iba a retornar jamás.

Afortunadamente, regresó de ese viaje. Yo sabía de otras contingencias por las que había pasado, y eso, de vez en cuando, me sobresaltaba.»

Dos años antes del crimen de Barbados, Ángel Tomás visitó, por última vez, su pueblo natal. Ya estaba casado con Marlene González Arias, azafata de la compañía aérea cubana, a quienes las manos asesinas les impidieron constatar la dicha de ser padres. A Tomasito no le correspondía volar aquel 6 de octubre, pero se aproximaba el cumpleaños de su esposa y cambió el turno a fin de compartirlo juntos.

Adita lo vio en julio de 1976. Justo tres meses antes de la tragedia. Era el mismo de siempre. Sincero, Cariñoso, «pero cuando había que imponer carácter lo hacía sentir.»

Aquel 6 de octubre transcurría como día normal para Edith. Tampoco llegó a presagiar la desgracia. Ya por la tarde se hablaba de un posible atentado… Una llamada cambió el curso de la vida.

«Mis padres estaban para Ciego Montero. Casi al inicio de la medianoche sonó el teléfono. Siempre un timbre a esa hora sorprende. Tengo que decir que la comunicación fue radical, sin paños tibios. No supe qué hacer durante unos minutos. Se me unió el cielo con la tierra y enfrenté la realidad. Se lo comuniqué a la familia. Sobre las 5:00 de la madrugada salimos para Ciego Montero. Me tocó informárselo a mis padres. Mamá se puso muy mal. A partir de ese instante dejó de ser ella hasta que la perdimos.

«De allí partimos hacia La Habana. Nunca olvidaré aquella despedida de duelo en la Plaza de la Revolución. No solo por la impactante multitud, si no por el silencio. Cuando Fidel concluyó: «cuando un pueblo enérgico y viril llora la injusticia tiembla» vi llorando a hombres de casi seis pies de altura. Resultó un dolor multiplicado y compartido.»

— ¿Y cuándo escucha dos apellidos… Posada Carriles?

Siento indignación, bajeza, asco ante un ser que ha acabado en el mundo ¿Cómo es posible que perdonen a ese hombre; sin embargo, cinco cubanos están presos por defender a la humanidad del terrorismo ¿Quién concibe eso? ¿Es digno que se les niegue el visado a sus familiares? Una vez más pido justicia, y soy partidaria de la extradición a Venezuela, porque además de mi hermano es el causante de muchas víctimas. De las 73 del avión, incluidas las de otros dos coterráneos Wilfredo Pérez Pérez, el capitán de la nave, y Carlos Tiburcio Conquero Perdomo, ingeniero de vuelo.

— ¿Qué experimenta al saber que una escuela de su localidad lleva el nombre de uno de sus tesoros?

Enorme satisfacción. Los alumnos se ponen muy contentos cuando me ven llegar. Asisto a matutinos, conversatorios, comparto con ellos algunas pertenencias que nos quedan de Tomasito y siento que mi hermano está presente.

Los seres queridos parten físicamente un día, mas permanecen eternos entre nosotros. Si tuviera la posibilidad de expresarle algo al copiloto del CU-T 1201 ¿cuál sería ese deseo?

Decirle, cumpliste con tu deber mi hermano... Eso nada más.

Y rompe a llorar.

Por estos días la grabación de los últimos minutos del vuelo 455 vuelve a escucharse. Adita se levanta del sillón… Escapa. La voz de su hermano late en ella, en la familia y en quienes tienen su corazón herido.

Por su parte, Alejandro Antonio, el niño de la escuela ranchuelera, vuelve con sus trazos zurdos a dibujar la imagen de Ángel Tomás.

Un ¿por qué? retumba ante las incongruencias de la madriguera del norte, con sus encrucijadas y cambios de decisiones turbulentas, con jueces cubiertos con la toga del dólar.

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