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«Yo conocí el A (H1N1)»

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Testimonio de la paciente considerada el caso más grave por la afección en la provincia de Villa Clara. Ya en el hogar María Pérez Milián, junto a su esposo Jorge Fernández Rivero (Yoyi), revive momentos incalculables. 

       

Por Ricardo R. González

Foto: Carlos Rodríguez Torres

 

Aun hay lagunas por su mente. Olvida detalles que trata de ubicar, después, en el justo sitio de la plática. Sonríe, y vence esas jugarretas desechables de la vida sobre las que uno se pregunta: ¿cómo es posible que se ensañen con una mujer en extremo tierna?

María Pérez Milián jamás imaginó que a los 46 años tuviera una prueba de fuego tan severa. La designan el caso más grave de los villaclareños que sufrieron el A (H1N1). Los médicos no contaban con ella. «Desde el primer momento tenían la certeza que era la influenza, pero no habían palpado algo similar en la realidad», sustenta Jorge Fernández Rivero (Yoyi), el esposo de la afectada.

La marea pasó; sin embargo, queda la historia. Prácticamente en tres días los órganos vitales cesaron sus acciones, sumado a niveles mínimos de potasio y hemoglobina en sangre. «Hice tres paros casi al unísono, uno cardíaco, otro respiratorio y también renal, pues mi hígado tan inflamado complicó el funcionamiento de los riñones», expresa María quien alude a continuos malestares 15 días antes del ingreso.

«Soy asmática desde los siete años. Noté falta de aire e inapetencia. Iba a mi consultorio o al policlínico Chiqui Gómez, me aplicaban los medicamentos, aerosoles y oxígeno y… nada».

 

EL DÍA CLAVE

 

Fue el pasado 9 de octubre. La ventilación le faltaba cada vez más. Intentó ir a su área de salud, y tuvo que sentarse en la acera. No podía esperar más. «El médico me auscultó e indicaron una radiografía. Una bronconeumonía salió a las claras. De inmediato, el ingreso en el hospital Arnaldo Milián Castro, y apenas pasadas 24 horas tuve el primer paro. Posteriormente los otros, incluso requerí hemodiálisis para aliviar mis riñones. Catéteres, sondas de Levine, venoclisis… hasta que hicieron la prueba y corroboró que padecía el A (H1N1).»

De su hospitalización no recuerda muchas cosas. Se debatió entre la vida y la muerte. Los partes facultativos eran de pronóstico reservado, sin ocultar la extrema gravedad. Yoyi  subraya que el profesor Armando Caballero López y el team de terapia intensiva le decía: «Estamos haciendo todo lo posible y habrá que esperar».

María confiesa que permaneció 19 días en dicha sección. «Tuve verdadero conocimiento los últimos cinco días de estancia, aunque es algo extraño porque sentía cada uno de los procederes. Incluso allí no perdí el apetito. Luego me trasladaron dos días a intermedia, y otros 17 a la sala de Medicina A.»

En su hogar revive una y otra anécdota. Cosas inexplicables que ocurrieron para ella. No olvida que la enfermera le decía te llamó tu hija, la embarazada, y ella se respondía: «Ay, que simpática es Adriana, decir que espera un niño. Lo ponía en duda, y sin embargo, yo sabía que era real.»

Una parte del ingreso la pasó acoplada. Al experimentar cierta mejoría los expertos decidieron retirar el instrumental. No fue por mucho tiempo. La falta de aire invadió, y se retomó la terapéutica.

«Hubo instantes en que no conocí a mi esposo, y llevamos 20 años de casados, y si hay algo que quiero alertar es la poca percepción de riesgo existente en la población. El A (H1N1) no resulta un juego, constituye una marcada pandemia. Al margen de la gravedad, tengo una pericarditis, otra lesión en la base del pulmón derecho, y una úlcera en la córnea como presuntas secuelas. Aun no estoy bien, y asisto a consultas especializadas, pero cumplo las medidas higiénico-sanitarias, a la vez que velo por mi familia.»

El 12 de noviembre María Pérez recibió el egreso. Poco a poco se impuso. Ahora vence todas las pruebas con una frase que atesora a manera de leitmotiv: «Fe y voluntad».

Mientras tanto, Yoyi, sus hijas Gisselle y Adriana, su mamá, los hermanos y los nietos sienten el privilegio de tenerla junto a ellos, en lo que se considera un verdadero milagro.

Carecen de palabras para agradecer las atenciones recibidas a lo largo de la enfermedad, y a quienes hicieron por un caso en el que se pensaba, por aquellos días de octubre, en la jornada final.

Cada instante, cada segundo constituyó una eternidad. Duro para la familia envuelta entre tensiones, espera y encrucijadas.

María Pérez mira al futuro, se recupera a fuerza de tesón. No pierde esa bondad que irriga su alma, mas sabe que por ella rondó un rostro feo, en extremo peligroso, porque con razón sentencia: «Yo conocí el A (H1N1)».

 

 

 

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