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Por Ricardo R. González

Fotos: Carlos Torres y Ramón Barreras Valdés

Acaba de recordarse el aniversario 176 del natalicio de nuestra patriota y Benefactora Marta Abreu de Estévez (1845-1909) y Santa Clara, como en cada noviembre, le rinde tributo a quien tanto amó y le ofreció a la ciudad.

En ella perdura una parte de sus obras, reliquias infinitas de esa pasión que la hacía feliz, sin pensar en una fortuna cada vez más desgastada pero entregada con gusto como regalo para el patrimonio de la colectividad y por la lucha de su país.

Pasó el tiempo. Muchos años después nació en la urbe otra cubana desprendida. Sus padres decidieron llamarla Marta Josefina Anido Gómez—Lubián al constatarse que el primer llanto escuchado correspondía a una niña.

Era un deseo materno que se cumplía, y desde los primeros momentos aquella cuna respiraba los aires de una educación esmerada entre los valores patrios y la raigal cubanía.

Así creció, porque Marta es eso, toda historia, y si alguien no puede apartarse de su vida es Doña Marta Abreu de Estévez como muestra de una emoción sin límites.

Admira a la Benefactora, a tal punto que la lleva a expresar: «Fue una mujer excepcional, revolucionaria para su tiempo por todo su pensamiento y acciones. Defensora a ultranza de su Santa Clara y de su pueblo».

Hay brillo en sus ojos y enfatiza que no existe mejor nombre para ella porque cree haber sido consecuente y lo será hasta sus últimos días.

Quizás por ello Marta Josefina Anido Gómez—Lubián recorría los barrios pobres de la urbe y sitios periféricos. Llevaba a sus alumnas apoyada por padres. Con una barra de ballet portátil y un tocadiscos de pila enseñaba a los niños las interioridades del arte danzario. Aquello resultaba asombroso ya que no habían visto algo semejante, y así estuvieron por lo que es hoy la Vigía, El Condado y hasta llegaron a la comunidad Wilfredo Pagés que la llamaban, entonces, «sin nombre», unido a otras instituciones vinculadas a la infancia.

El ballet resulta otra de sus pasiones, tanto que recuerda sus incursiones en esta modalidad del arte y la lleva a reafirmar que «Santa Clara tiene su tradición, son numerosos los admiradores, pero, lamentablemente, no disponemos de un cuerpo (de ballet) aquí formado. Muchas muchachas nuestras han engrosado la nómina del existente en Camagüey o de la compañía nacional y no se quedaron aquí. Es una ilusión que tengo, formar un colectivo pequeño, ya sea de cámara en un momento inicial y que luego se vaya incrementando».

Marta sabe que el tiempo transita de manera apresurada, por ello insiste en que si no llegara a cumplirse su anhelo en vida deja el legado para que se trabaje por la existencia de una agrupación con sello propio.

De convertirse su sueño en real se imaginaría calzando de nuevo sus zapatillas de punta para asumir el más sensacional de los actos.

«Tengo guardadas unas pequeñas que si bien ya no me sirven me las pondría en las manos en la función inaugural porque se hizo realidad lo que tanto he soñado. Sería lo máximo, una satisfacción cultural y personal.

Bien lo merece Marta Josefina Anido Gómez—Lubián la incansable promotora cultural, con su memoria bendecida, que la hace nuestra y de todos. La Hija Ilustre de Santa Clara que lleva a su ciudad en cada rincón de su alma.   

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