Por Ricardo R. González

Acabo de disfrutar del documental «Teresita Fernández», una ópera prima concebida por el Proyecto Alma Creadora que, entre sus encantos, devela la sorpresa de encontrar a una Liuba María Hevia enfrentando facetas desconocidas como realizadora y conductora.

Ni más ni menos. Liuba nos toma de la mano para adentrarnos en la vida de una cantautora que por la defensa de las raíces cubanas, el amor hacia la infancia, la sensibilidad ante los agudos problemas que golpean a los seres humanos, y su postura para asumir los comportamientos de un mundo irracional abrió su alma al prójimo para hacerse de todos sin pedir nada a cambio.

Es el justo homenaje que merece quien se inspiró en minúsculos detalles a fin de demostrar la belleza de las cosas y dejarnos una especie de magisterio incalculable.

Y es que el audiovisual—estrenado por la Televisión Cubana— «escanea» las disímiles aristas de la artista, cada retazo de su actuar, así como la impresión que sobre ella tienen personalidades de nuestra cultura ejemplificadas en el maestro del teclado Nelson Camacho Vidaurreta, el poeta y escritor Víctor Casaus, la renovadora Gema Corredera o el propio Silvio Rodríguez.

Es traspasar la epidermis de una mujer aferrada a la guitarra a través de largas horas de conversación con Ada Elba Pérez, la escritora, poetisa, compositora, escultora y pintora espirituana, a la que un fatal accidente le apagó la vida cuando entregaba esas ansias de crear convertidas en su propia existencia.

Es el retrato de una Teresita en extremo sencilla, irreverente con los dogmas, amante de la Naturaleza, de los tomeguines, jicoteas, zunzunes, o de las múltiples variedades de la flora, pero con verbo punzante en dependencia de las circunstancias, la de al pan pan y al vino vino, envuelta en una sensibilidad increíble y en una poesía convertida en la fuerza mayor que invadía cada uno de sus puntos cardinales.

Es la Tere familiar, quien una vez en Santa Clara, su ciudad natal, a veces me guiñaba un ojo para escapar de protocolos y emprender la travesía por las sendas de su urbe. Así recorríamos la calle Martí, donde residió muchos años y donde permaneció el gatico más famoso que ha recorrido el mundo. Ese «Vinagrito», representativo de la infancia de varias generaciones de cubanos tanto del archipiélago como los que residen en otras partes y lo llevan en su corazón.

El documental me recordó sus esencias, el amor infinito hacia el mar, el ejercicio de emprender una vida independiente sin pensar en rumores ni precio, en los paseos por la calle Máximo Gómez hasta llegar al Parque de El Carmen, uno de los refugios de vida y obra, o ese encanto muy de ella de adentrarse en los hogares de sus amistades, emprender la tertulia, disfrutar del habano en medio de anécdotas marcadas por el tiempo.

O entrar por la sacristía de la iglesia donde desplegó parte de su vida cristiana y desde allí tender la evocación infinita hacia sus seres queridos.

«Teresita Fernández» también nos deja el legado de una obra para adultos, tan importante como su prolífico ramillete de canciones dedicadas a los niños que nos llenan de felicidad.

Quizás la más conocida resulta «Cuando el sol», cuya primera grabación correspondió a Luisa María Güell, y que también recibiera la inexplicable censura en tiempos que no deseo recordar al reflejar en su letra: «Cuando el sol, ilumina la tarde Dios».

Bendita la hora en que nació el Proyecto Alma Creadora para recrearnos el espíritu y enseñarnos cuan inmenso es el universo de los grandes.

A ti, Liuba, y a tu equipo, la gratitud eterna por este regalo, por ampliar el horizonte de tu exquisitez creativa, y por haber cumplido ese sueño personal —e inquietante—que buscaba la luz de la realización desde hace años.

También puede ver este material en:

http://ricardosoy.wordpress.com

https://twitter.com/riciber91